

Durante años, las sociedades de Venezuela, Cuba e Irán se movilizaron contra regímenes autoritarios que parecían inamovibles. Sin embargo, las élites en el poder no vacilaron en activar el aparato represivo del Estado para preservar el control político. Las protestas fueron dispersadas con violencia y las cárceles se llenaron de presos de conciencia. La represión se convirtió así en el principal instrumento de supervivencia de estos sistemas.
Desde la intervención norteamericana en Caracas y el inicio de la guerra contra Irán, se esperan cambios significativos incluso en Cuba, estrechamente vinculada durante más de dos décadas al proyecto político del chavismo en la región. Pero en cada caso el proceso adopta formas distintas.
La operación militar estadounidense que culminó con la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 dio inicio a una transición en tres etapas —desarticulación del liderazgo, reacomodo del aparato del Estado y eventual apertura política— que avanza lentamente, pues el control del Estado quedó en manos del mismo núcleo dirigente, por demás ilegítimo.
En Irán todavía es demasiado pronto para definir qué forma adoptará. Aunque el ayatolá Alí Jamenei y parte de su gabinete fueron eliminados, el sistema de poder que sostenía al régimen no ha desaparecido y difícilmente lo hará de inmediato. El país dispone de un marco constitucional claro para situaciones de emergencia y de dos estructuras militares paralelas. Por un lado está el Artesh, el ejército regular encargado de la defensa convencional del territorio. Por otro, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza ideológica creada tras la revolución de 1979 con la misión específica de proteger al régimen clerical. A ello se suma la doctrina militar conocida como “defensa mosaico”, basada en la descentralización operativa y en la autonomía de mandos regionales para asegurar la continuidad de la resistencia incluso si el mando central desaparece.
La solidez de este entramado comienza, sin embargo, a ser puesta a prueba. Informes provenientes del interior del país mencionan episodios de insubordinación y deserción dentro de las fuerzas armadas, particularmente en sectores del ejército regular. Algunos soldados han abandonado sus puestos y, en gestos de ruptura con el régimen, han llegado incluso a quemar públicamente sus uniformes.
Aunque se trata de una tendencia aún limitada, su valor simbólico es significativo. Estamos hablando de lo que podrían ser las primeras señales de fisuras dentro del aparato coercitivo del Estado.
Este es un fenómeno que, por ahora, no se ha observado abiertamente en Venezuela. Pese a la extracción de Maduro y a la presión internacional, las fuerzas armadas siguen funcionando con una cohesión aparente.
Algo similar ocurre en Cuba, donde la combinación de crisis económica y presión internacional parece estar empujando al régimen a explorar salidas que hace pocos años parecían impensables.
La isla atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente: apagones prolongados, escasez de alimentos y combustible y un deterioro acelerado de las condiciones de vida. En ese contexto han reaparecido protestas de mediana intensidad en distintas ciudades, mientras el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha confirmado conversaciones con Washington. La presión estadounidense se manifiesta sobre todo en el plano económico y diplomático. Por ahora, el ejército se mantiene en la sombra, con una actitud de apoyo disciplinado al gobierno mostrando una cautela estratégica.
En los tres casos, cuando la presión externa subió de nivel se produjo un reacomodo de los factores de poder. Insipiente, insuficiente, pero reacomodo al fin. En Venezuela, sin embargo, el proceso luce estancado. La llamada Ley de Amnistía se presenta como una burla a las aspiraciones de verdad y justicia de la sociedad. El régimen parece resistir, alejando la alternativa democrática del horizonte político.
No es momento de rendirse. La historia de las transiciones muestra que la presión internacional puede abrir grietas en la estructura de los regímenes autoritarios, pero nunca sustituirá la acción política de las sociedades. Esto vale tanto para Venezuela como para Irán y Cuba, considerando las profundas diferencias entre estos escenarios, en particular los riesgos de escalada militar que plantea el conflicto iraní.
Si el aparato represivo comienza a retroceder, ese es precisamente el momento en que la sociedad civil debe avanzar.
Pero hablemos de lo que nos toca. La transición venezolana no puede quedar definida únicamente por los cálculos estratégicos de Washington ni por las maniobras de las élites que hoy controlan el poder. Dependerá, en última instancia, de la capacidad de los ciudadanos para organizarnos, presionar y convertir esa grieta en una verdadera apertura democrática.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973