En los pasillos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Diego Rosal aprendió que el cuerpo humano es un mapa de sistemas complejos. Lo que los libros no le enseñaron fue cómo navegar un sistema de salud que, en lo legal y administrativo, se empeña en no reconocer su propia existencia.
Diego tiene 26 años y es un hombre trans graduado como médico cirujano en 2024. Nació en Maturín, estado Monagas, pero su vocación por cuidar y sanar a otros lo llevó hasta Caracas a estudiar Medicina en la “casa que vence las sombras”.
Actualmente, ejerce como Oficial de Salud en el proyecto VIHvos y VIHsibles, donde su bata blanca no solo representa conocimiento científico, sino un refugio de identidad para poblaciones que históricamente han sido vulneradas por la sociedad y el Estado.
En el marco del Día de la Visibilidad Trans, que está próximo a conmemorarse el 31 de marzo, Diego conversa sobre cómo se vive la medicina cuando tu título profesional es, al mismo tiempo, un recordatorio de una deuda del Estado.
Una certeza temprana
Diego cuenta que todo comenzó con una “certeza muy temprana”. Desde niño supo que le atraían las mujeres y recuerda que, estando en preescolar, practicaba la escritura redactando cartas a sus amigos. “Entre ellos había una niña que yo adoraba”, dice, y un día, le pidió a su mamá que le enseñara a escribir “te amo” a esa niña.
“Mi mamá, con mucha dulzura, intentó corregirme: ‘Hijo, a las amigas no se les dice te amo, se les dice te quiero’. Mi respuesta, con apenas cinco años, fue inmediata y firme: ‘Mamá, es que tú no entiendes… yo la amo’“, relata en entrevista con Runrun.es. Ese fue el preámbulo de una adolescencia en la que exploró cómo se sentía más cómodo en sus relaciones.
Aunque, dice, vivió “experiencias emocionantes y enriquecedoras”, siempre sentía que “algo no terminaba de encajar”. Pero añade: “No era un problema con la otra persona; era algo en mí que no cuadraba en esas interacciones”.
”Siempre tuve una expresión masculina. Crecí haciendo deportes con entusiasmo, jugué fútbol profesional y me relacionaba desde códigos que la sociedad lee como masculinos. En el camino, tuve intentos de ‘corrección’: traté de obligarme a encajar en lo que se esperaba de mí, pero el resultado siempre fue una profunda infelicidad. No estaba viviendo mi vida; estaba cumpliendo un guion ajeno”, señala.
Para él, su primer gran paso “hacia la libertad” fue cortarse el cabello. Ese, el que considera un acto simbólico, abrió la puerta a cambios en su vestimenta y, eventualmente, la elección de sus pronombres. “Fue un proceso de afuera hacia adentro, hasta que finalmente, a los 18 años, todo cobró sentido. Comprendí que siempre había sido Diego, y que simplemente me había tomado un tiempo transitar la vida hasta encontrar el nombre que hoy porto con tanto orgullo”.
El proceso de renacer
Diego cursaba tercer año de Medicina en la UCV cuando tomó la decisión de iniciar su transición social. Él era del interior y vivía hacía tres años en Caracas de forma “prácticamente autofinanciada”. Se sentía agotado y solo, y aunque siempre contó con la cordialidad de sus compañeros y semejantes, confiesa que esa “fue probablemente la época de mayor distress emocional” de su vida.
Durante mucho tiempo su narrativa interna se centró en la pérdida: “pensaba que para ser yo mismo tendría que sacrificarlo todo, incluso mi carrera”, cuenta. Pero hubo un punto de quiebre. “Un momento en que me vi frente al espejo y me atreví a reconocer los ojos que me miraban de vuelta y lloré, no de tristeza, sino de alivio“. En ese momento la balanza cambió: “entendí que no estaba abandonando nada, sino sumando vida desde una experiencia que finalmente me pertenecía. Elegirme a mí mismo fue el primer paso para ser, hoy, el médico y la persona plena que soy”, recuerda.
Salir al mundo como ‘Diego’ fue un proceso de renacimiento. Él entendía que esto involucraba presentarse nuevamente no solo con su círculo social cercano, sino con espacios universitarios y hospitalarios donde ya hacía vida activa.
“Como toda reintroducción, no fue un proceso fácil, experimenté casos puntuales de exclusión deliberada, resistencia en algunos otros, pero a pesar de ello, también vino acompañado de mucha curiosidad, que antecedió a una ola de respeto y validación”, relata. Aunque para él este proceso estuvo lleno de incertidumbre, siempre apostó por la “cordialidad de sus semejantes”, y eso le permitió “abrir caminos que antes parecían cerrados”.
Se considera afortunado al haber tenido “padrinos y madrinas”, quienes se aseguraban de que cada servicio en el que rotara de forma intrahospitalaria supiera de él y lo recibiera haciéndolo sentir, no solo bienvenido, sino celebrado.
La deuda del Estado
Para Rosal, ejercer la medicina en Venezuela siendo un hombre trans “es vivir en una contradicción constante”. Señala que, por un lado, tiene la responsabilidad de cuidar la vida de sus pacientes “con el máximo rigor”, pero por el otro, el sistema lo obliga a firmar documentos, recetas y registros con un nombre que, dice, no le pertenece.
“Me he sentido vulnerado en situaciones cotidianas donde el sistema aún no está actualizado —trámites administrativos o legales donde tu identidad no coincide con un documento— esos momentos recuerdan que todavía hay mucho trabajo por hacer en materia de políticas públicas”, relata.
Pero, por otro lado, se sintió “inesperadamente aceptado” en el lugar que más le importaba: el gremio médico y sus pacientes. “Entender que mis colegas y pacientes valoran mi capacidad profesional por encima de cualquier prejuicio fue el impulso definitivo para caminar con seguridad”, dice.
Destaca también el recordatorio de la “deuda histórica del Estado”, al ver su título de médico cirujano y su cédula de identidad, ya que en todos estos documentos figuran su nombre y género asignados al nacer. “Cada vez que sello un informe o presento mi credencial, hay una fricción: el sistema ve un nombre legal, pero mis pacientes y mis colegas ven al doctor Diego”, reflexiona. A pesar de ello, su enfoque ha sido el de ofrecer un trato humano y ético, de manera que eso sea lo que vean sus pacientes en él.
En Venezuela, a pesar de que la Ley Orgánica de Registro Civil de 2009 permite el cambio de nombre, el Consejo Nacional Electoral (CNE) mantiene un bloqueo administrativo de facto al no emitir el reglamento para procesar estas solicitudes.
Según el informe anual publicado en febrero de 2026 por el Observatorio Venezolano de Violencias LGBTIQ+, esta falta de identidad legal forza a las personas trans a una “muerte civil cotidiana” que afecta su derecho al trabajo, a la educación y a la salud.
Del “miedo institucional” a la organizaciones inclusivas
Diego Rosal lamenta que su identidad de género “ha sido utilizada como un condicionante directo” de sus capacidades, y que por ella ha sido privado del acceso a cargos y empleos en clínicas convencionales.
Señala, además, que la mayor traba que ha encontrado es “el miedo institucional”. Especialmente, en el sector privado, pocas instituciones se atreven a encarar el reto de enfrentar la realidad que él representa siendo un médico trans. Para él, es “más fácil” ignorar su currículo o su trayectoria en la práctica clínica, antes que adaptar procesos administrativos o su cultura organizacional a su identidad legal y social.
Ese contraste hace que Rosal valore profundamente los espacios en los que actualmente hace vida profesional, entre ellos, el Proyecto VIHvos y VIHsibles, donde llevan casi un año realizando pruebas de tamizaje de VIH y sífilis a poblaciones clave, educando y concientizando sobre infecciones de transmisión sexual (ITS) y estrategias de prevención combinada.
“En este proyecto, mis particularidades no han sido un obstáculo, sino el motor que me ha permitido crecer organizacionalmente y ampliar los alcances de lo que significa un espacio seguro. Mi visión como médico y persona trans es vista como una pieza fundamental para construir una respuesta técnica y sensible frente al VIH”, relata.
Para el médico, poder estar en este proyecto es el ejemplo vivo de que, cuando una organización apuesta al talento sin prejuicios, el crecimiento no solo es profesional, sino que también se transforma la calidad de la atención para toda la comunidad. “Estamos demostrando que la salud inclusiva es, ante todo, salud de primera calidad y al alcance de todos por igual”, expresa.
La “lotería de la empatía”: vacíos en la formación médica
Para Diego Rosal, los vacíos en la medicina venezolana son profundos y los vive en carne propia. Según relata, la formación académica tradicional aborda la salud trans como una “nota al margen”, con pinceladas en endocrinología o psiquiatría que no cubren la complejidad clínica, ética y humana del acompañamiento en la transición. En ese contexto, identifica tres vacíos fundamentales que marcan la atención sanitaria en el país:
- Ausencia de protocolos: No existe un estándar de atención transafirmativa en programas de estudio ni en hospitales universitarios. Esto obliga a cada médico a improvisar según su criterio, convirtiendo la calidad del servicio en una variable dependiente de la sensibilidad individual. “Eso no es medicina, es una lotería”, afirma.
- Invisibilización de intersecciones clínicas: La formación actual no contempla la interacción entre condiciones médicas de base y la identidad trans. Diego cita su propio caso de Hiperplasia Suprarrenal Congénita, una realidad que prácticamente no existe en la literatura médica nacional ni en la malla curricular de postgrado.
- El miedo como factor clínico: La estructura educativa no enseña a manejar el historial de experiencias médicas invalidantes que cargan las personas trans. Para Rosal, el primer contacto médico debe ser “reparador”, una sensibilidad que no se imparte en los auditorios tradicionales.
A pesar de esos vacíos, para Diego, su identidad no es algo que se deja en la puerta del consultorio; es la herramienta de empatía clínica más poderosa que posee. “Cuando trabajo con poblaciones HSH (hombres que tienen sexo con hombres) o personas dentro del paraguas trans, la barrera del estigma se rompe en el instante en que cruzan la puerta, porque el paciente no ve a una figura de autoridad distante que lo va a juzgar, sino a un semejante que entiende sus miedos desde la vivencia propia”.
Esta confianza genera una mayor compenetración en los procesos de salud y enfermedad, fomentando la adherencia al tratamiento. Un paciente que se siente seguro, visto y representado es un paciente que regresa a consulta, se realiza sus exámenes y confía en el proceso.
Aunque un médico cisgénero (persona cuya identidad de género y sexo asignado al nacer son coincidentes) pueda tener la mejor intención técnica, Diego destaca que existe una “conexión de códigos compartidos” que surge al saber lo que es habitar los márgenes del sistema. Su presencia le dice al paciente:“Yo también ocupo este espacio, y tu salud me importa porque tu vida es valiosa para mí”.
Sanar los vacíos desde la consulta
En su ejercicio profesional, Diego intenta llenar estas carencias mediante tres ejes de acción inmediata:
- Validación de la identidad: Utiliza el nombre y pronombre correctos desde el primer momento, evitando el nombre legal a menos que sea estrictamente necesario para trámites administrativos.
- Escucha activa: Prioriza entender la historia de vida de la persona antes que el protocolo frío, integrando la vivencia del paciente como parte fundamental del diagnóstico.
- Derivación informada: Cuando un caso supera su alcance, Diego no “deriva a ciegas”. Acompaña al paciente hacia especialistas con la sensibilidad y el conocimiento técnico necesarios para continuar el proceso de forma segura.
Para el doctor Rosal, este enfoque no es una postura política: “La consulta transafirmativa no es un acto de activismo; es simplemente medicina bien hecha”.
Barreras para transiciones hormonales
Para Diego Rosal, la Terapia de Reemplazo Hormonal (TRH) no ha sido un camino lineal, sino un sendero recorrido desde la espera y la resiliencia en dos momentos clave de su vida. El primero ocurrió a los 18 años, cuando se enfrentó a un sistema médico que, ante la falta de información, intentaba disuadirlo de iniciar su transición. Sin una ruta clara ni especialistas sensibles, la incertidumbre lo hizo desistir en aquel entonces.
Hoy, en su segundo intento, el proceso es activo pero complejo. Diego revela que su transición no es convencional debido a una condición de nacimiento: Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC). Esta condición hace que su cuerpo produzca una carga basal mayor de hormonas masculinas, lo que condiciona un grado de intersexualidad. Como médico, entiende que su dosis de testosterona debe ser calculada de forma milimétrica para evitar complicaciones de salud.
Diego además es claro en señalar que acceder a una transición supervisada en Venezuela va más allá de adquirir el fármaco; implica costear consultas especializadas y exámenes de monitoreo que se han convertido en un “privilegio inalcanzable” para la mayoría. Ante la brecha de servicios públicos, reconoce la labor de organizaciones como Fundaunitrans y Transafab, cuyo acompañamiento técnico y humano evita que las personas transicionen en soledad o riesgo.
Para el Rosal, el objetivo final trasciende la hormona: “El enfoque real debe ser abogar por una atención médica transafirmativa genuina”. Su realidad es la de una comunidad que sigue trabajando para que la salud deje de ser una carrera de obstáculos y se convierta en un derecho humano garantizado, regulado bajo protocolos internacionales.
La “huella de protocolo”: transformar el hospital desde la bata blanca
En el mundo hospitalario, donde el uniforme, la credencial y el uso de los espacios están rígidamente normalizados, la presencia de Diego Rosal como hombre trans obliga a las instituciones a mirar sus propios vacíos protocolares. Ante esta realidad, su estrategia ha sido la “profesionalidad absoluta”. Para él, su uniforme y su bata no son solo vestimenta, sino el símbolo de su competencia profesional.
“He procurado que mi desempeño clínico sea tan impecable como sea posible, de forma que el debate sobre qué baño uso o qué dice mi credencial pase a un segundo plano frente a la calidad de mi atención”, explica.
Sin embargo, el camino no ha sido sencillo; ha requerido gestionar espacios de forma estratégica y recurrir al diálogo directo con actores institucionales para establecer acuerdos que respeten su dignidad. Su objetivo es que su paso por estos centros deje una “huella de protocolo” que facilite la atención de futuros profesionales o pacientes trans.
Más allá de la urgencia de una base legal en Venezuela, Rosal identifica tres cambios estructurales mínimos de gestión y sensibilidad necesarios para que el sistema evolucione hacia una atención basada en el respeto y el principio de no maleficencia:
- Protocolos de atención transafirmativa: Implementar manuales de procedimientos que garanticen un trato digno, técnico y libre de prejuicios desde el triaje hasta el alta médica.
- Enfoque de diversidad en la formación académica: Incorporar la identidad de género como objeto de estudio clínico y de atención integral en las facultades de medicina —como la UCV— y postgrados hospitalarios.
- Espacios de trabajo seguros para profesionales: Crear políticas internas de no discriminación que permitan a los profesionales trans ejercer, ascender y ocupar cargos de toma de decisiones sin frenos administrativos por su identidad.
Diego cierra con una reflexión: cuando el sistema de salud sea seguro para todos, se convertirá en un verdadero refugio tanto para quienes padecen, como para quienes alivian el padecimiento. “No estamos pidiendo privilegios; estamos pidiendo institucionalidad y rigor científico aplicado a la diversidad humana”.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
- Una certeza temprana
- El proceso de renacer
- La deuda del Estado
- Del “miedo institucional” a la organizaciones inclusivas
- La “lotería de la empatía”: vacíos en la formación médica
- Sanar los vacíos desde la consulta
- Barreras para transiciones hormonales
- La “huella de protocolo”: transformar el hospital desde la bata blanca
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973