

Proclamar la victoria y marcharse a toda prisa: ese fue el consejo que Henry Kissinger dio al presidente de Estados Unidos cuando era evidente que su Ejército se había empantanado en Vietnam, sin esperanza alguna de restablecer la independencia de ese país. Quizá Donald Trump debería adoptar esta fórmula, sobre todo porque nadie sabe cuáles eran los objetivos de lo que denominó una «excursión» a Irán. La excursión está saliendo mal: no se ha alcanzado ninguno de los objetivos de geometría variable que Trump había anunciado. Es cierto que el dispositivo militar iraní ha quedado mermado y que la capacidad de intervenir más allá de sus fronteras por parte de los aliados de Irán también se ha reducido, pero está claro que los iraníes siguen siendo capaces de resistir el asalto de Estados Unidos y de agredir a todos sus vecinos de forma aún más violenta que antes de esta guerra tan poco útil. Trump tampoco ha conseguido la interrupción del programa nuclear iraní, ni la renuncia a los misiles, ni a los drones. No ha conseguido un cambio de régimen; la teocracia parece más afianzada que nunca en detrimento del propio pueblo iraní. Por mucho que se busque, no se ve por parte de Estados Unidos qué beneficio puede atribuirse Trump. Esta guerra es inútil: por lo tanto, está perdida. Solo queda el humor de Henry Kissinger para salir del paso.
Lo más sorprendente de esta ‘excursión’, por retomar la expresión de Trump, es lo mal preparada que estuvo. Es evidente que el Ejército estadounidense no sabía con quién se enfrentaba, una nación con 2.500 años de antigüedad que nunca ha traspasado sus fronteras actuales. Además, está reforzada por una religión nacional, el chiismo, concebida para perpetuar la civilización persa. Es igualmente sorprendente que Estados Unidos no haya previsto que este poder chií, que se considera depositario del verdadero islam, atacaría a todos sus vecinos suníes. Estos, a ojos de los ayatolás, son herejes. Esta dimensión religiosa del conflicto, que enfrenta a Irán con sus vecinos, es una dimensión que se le ha escapado por completo a Trump. Del mismo modo que se les escapó a sus predecesores durante las operaciones militares en Vietnam, Afganistán e Irak.
A los estadounidenses les cuesta mucho aceptar que el mundo entero no piense como ellos y no comparta los mismos valores. Si me permiten citar un recuerdo, tuve la oportunidad de dar una conferencia en la Academia Militar de West Point, donde se forman los oficiales del Ejército de Estados Unidos. El tema de mi conferencia fue el antiamericanismo. Expliqué por qué Estados Unidos tenía tantos enemigos y por qué su aventurerismo militar no hacía más que aumentar su número. Los jóvenes oficiales quedaron estupefactos. No imaginaban que existiera un sentimiento que pudiera llamarse ‘antiamericanismo’, convencidos de que todo el mundo los quería y esperaba ser liberado para adoptar instituciones y valores comparables a los suyos. Cabe señalar que los oficiales de Estados Unidos, al igual que la tropa, son reclutados en las regiones más pobres, profundamente religiosas, y están convencidos de la misión evangélica de su país, lo que no facilita que comprendan a los países en los que se aventura el Ejército de Estados Unidos.
Si bien Trump no ha ganado nada, el balance es diferente por parte israelí. Israel conoce bien a sus vecinos, con los que está en conflicto desde la fundación de su Estado. Los israelíes no pueden permitirse perder una sola batalla: una guerra perdida para ellos significaría su desaparición total. Esto lleva a los israelíes a un nivel de preparación y conocimiento del que carece Estados Unidos. Esto se ha podido constatar tanto en Irán como en el Líbano: los objetivos del Ejército israelí eran conocidos e identificados, en algunos casos desde hacía años. Israel, como es habitual, ha podido llevar a cabo una guerra de extrema precisión. Y también una guerra sin piedad por la razón expuesta anteriormente: Israel no puede perder, so pena de desaparecer.
Si hacemos balance del conflicto, tomando como punto de partida la agresión perpetrada por Hamás desde Gaza, el gobierno de Netanyahu ha alcanzado prácticamente un objetivo que llevaba veinte años persiguiendo: crear una amplia zona de protección alrededor de Israel. Lo ha conseguido destruyendo prácticamente la totalidad de Gaza, anexionando el sur del Líbano y excluyendo a Hizbolá, apoyado por Irán. Israel es ahora una fortaleza rodeada de zonas de amortiguación al norte y al sur. Y al este, de aliados en el mundo árabe, con los que está formalmente en paz, o en paz de facto. La guerra contra Irán también habrá hecho comprender a los Estados del golfo Pérsico, y en cierta medida a Arabia Saudí, hasta qué punto Irán era su verdadero enemigo y no Israel, de tal manera que al acercarse el final de este conflicto se pueda considerar que los suníes de Jordania, los Emiratos y Arabia Saudí son, de hecho, aliados de Israel, que los protege contra cualquier incursión iraní o chií. Esos mismos saudíes, emiratíes o kuwaitíes también habrán comprendido que Estados Unidos es un aliado inestable y, en definitiva, poco eficaz frente a una agresión iraní. El conocimiento del terreno por parte de Israel, y una tecnología superior, lo convierten en el aliado objetivo de los suníes frente a los chiíes. Netanyahu no podía esperar un mejor resultado.
Por desgracia, persiste conflicto que está lejos de resolverse: el que enfrenta a Israel contra sí mismo. Esta sociedad, que en sus orígenes era laica y más bien socialista, está hoy dividida por una profunda fractura entre lo que queda de la sociedad laica de antaño y el irresistible auge de un Israel ultraortodoxo para el que la promesa divina de un vasto territorio que incluiría Cisjordania prevalece sobre cualquier consideración práctica y humanitaria. El campo de batalla se ha desplazado del exterior al interior, en particular en Cisjordania y Jerusalén, judíos contra judíos. Los judíos siempre han estado divididos entre el pueblo del Libro y el pueblo de la Tierra, como nos recordó el historiador Flavio Josefo, que acompañaba a las tropas romanas durante la destrucción del templo. Esta división, consustancial al judaísmo, se ha agudizado considerablemente en los últimos años con una demografía que favorece a los ultraortodoxos frente a los judíos laicos o simplemente conservadores. Para concluir, diría que Israel ha ganado frente a sus vecinos, allí donde Trump ha perdido. Pero Israel no ha ganado frente a Israel. Y esa batalla sigue pendiente. Extraordinariamente indecisa, con, entre otros, a los palestinos como rehenes.
Artículo publicado en el diario ABC de España
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973