La ausencia de Nicolás Maduro en el poder no termina con la crisis sistémica de Venezuela. Aunque Estados Unidos capturó al mandatario en enero y la élite política pregona un renacimiento económico basado en el control petrolero, la estructura del gobierno permanece intacta y la población enfrenta una realidad devastadora.
Según un reporte de The New York Times, mientras la cúpula aliada espera la «prosperidad» prometida por Washington, los ciudadanos comunes, como médicos y profesores, sobreviven entre los escombros de una economía arrasada. La liberación de cientos de presos políticos, traumatizados y temerosos de represalias, contrasta con la permanencia de otros cientos de detenidos en cárceles insalubres.
Economía en ruinas y salarios de miseria
El bolívar ha perdido 36 % de su valor desde enero, situando el salario mínimo en apenas 27 centavos de dólar mensuales. Mientras, Delcy Rodríguez anunció bonos mensuales de hasta 240 dólares; sin embargo, una familia requiere al menos 610 dólares solo para cubrir gastos básicos de alimentación.
En la Universidad Central de Venezuela, profesores que percibían cuatro dólares al mes abandonan las aulas para vender comida casera o sus propias pertenencias para no morir de hambre.
Infraestructura y servicios al borde del colapso
El transporte público refleja el deterioro nacional. En zonas como Caricuao, los ciudadanos esperan trenes del metro que nunca llegan o abordan autobuses ensamblados con restos de otros vehículos.
Según The New York Times, la escasez de combustible mantiene a los transportistas en filas de días enteros, mientras la planta de fabricación de autobuses chinos, inaugurada años atrás, permanece cerrada por corrupción y mala gestión.
Pese a que el gobierno de Donald Trump afirma enviarfondos procedentes del crudo para beneficio del pueblo, los analistas mantienen el escepticismo. Reconstruir la industria petrolera requiere una inversión de 180.000 millones de dólares y más de una década de trabajo.
Para expertos citados por The New York Times, las promesas de crecimiento actual podrían ser solo un «espejismo» que no altera la realidad de los ocho millones de venezolanos que huyeron del país y que aún no encuentran razones para volver.
La nota completa en The New York Times
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