Está próximo el cumplimiento de los seis meses a partir del comienzo del “nuevo momento político” que produjo un impacto sin precedentes en Venezuela. La oportunidad, igualmente sin precedentes, para mover al país en la dirección que la inmensa mayoría desea produjo un renovado interés masivo en la política nacional. Ello, a su vez, nos ha brindado a quienes nos dedicamos a la observación de la política una fuente de material como no habíamos tenido en años. No obstante, esos cambios se han dado a un paso más lento que lo que dicha mayoría desea (y, además, sigue siendo incierto el desenlace). Desde la última vez que me senté a escribir esta columna, no he visto nuevos acontecimientos relacionados que me parezcan dignos de ser descritos aquí.
Sin embargo, es la política venezolana la que me sirve de plataforma para abordar el tema sobre el que ahora escribo. Específicamente, por una coletilla de su predecesor. Si leyeron la última emisión de la columna, recordarán que fue sobre el acompañamiento que tuvo la líder opositora María Corina Machado por otros políticos en una reunión en Panamá, y el rechazo que eso produjo entre muchos integrantes de la base opositora, quienes ven a los susodichos políticos con sumo desdén y preferirían que Machado no se codeara con ellos.
A propósito de ello fue entrevistado un joven influencer de redes sociales conocido como “Kilómetro”, quien en los últimos años ha sido un comentarista frecuente sobre la política venezolana e incluso alguien que, invirtiendo papeles, ha entrevistado a políticos venezolanos (lo hizo con Leopoldo López, verbigracia). No voy a discutir lo que Kilómetro dijo. No es eso lo que hoy nos atañe. De hecho, más que lo que dijo, la discusión que produjo en la opinión pública se ve sintetizada en la pregunta “¿Por qué se entrevista a un muchacho, sin ninguna formación profesional en la materia, para que hable de política?”.
Es un fenómeno que me ha llamado la atención desde hace años, y quiero aprovechar para tratarlo en este momento. No, no es algo propio de Venezuela con exclusividad. Está pasando en todo el mundo. No solo en Venezuela. Vean el caso de Westcol en Colombia. O el de Joe Rogan en Estados Unidos. Influencers, streamers y criaturas similares del internet haciendo de periodistas y “analistas políticos” (suelo entrecomillar esta expresión por su informalidad).
Lo hacen con un alcance mucho mayor, sobre todo entre jóvenes, que el que tienen profesionales del periodismo y de las ciencias sociales. Llamo a este fenómeno la “podcastización de la política” y es una fase superior de la “política como espectáculo” de la que hablaba Giovanni Sartori. El éxito de los improvisados se debe a que, al margen de que emiten comentario político con más o menos tino, son personas chistosas o entretenidas de alguna otra forma.
Ello refleja otro fenómeno de nuestros tiempos: la colonización de todos los aspectos de la vida por el entretenimiento. Las masas están adictas al entretenimiento en la era de las redes sociales, por lo fácil que es conseguirlo. Están adictas al estímulo fugaz y lúdico, como apunta Byung-Chul Han. Todo tiene que ser un chiste, un meme, un video de brainrot.
De más está decir que esto banaliza y empobrece la discusión de temas serios (la seriedad es, inversamente, algo a lo que las masas hoy le rehúyen como a la peste), por “aburrida”), incluyendo la discusión de temas políticos. Umberto Eco lo advirtió antes que nadie: que la democratización de las comunicaciones vía redes sociales es un arma de doble filo, al brindar oportunidades a gente brillante y dar al mismo tiempo un altavoz a los idiotas.
No es que todos estos influencers sean ineptos cuando hablan de política. Como dije hace unos días, hay personas que sin formación académica en la materia son capaces de abordar el asunto con talento. Pero sí ocurre a menudo que los comentarios de estos personajes son frívolos y superficiales. Repito: su éxito no radica en la calidad informativa o reflexiva de sus opiniones, sino en su capacidad para entretener.
Personalmente, nunca me he visto impresionado por lo que he visto de los tres ejemplos enumerados arriba (Kilómetro, Westcol y Rogan). ¿Son tipos graciosos? Sí, quizá. Pero si yo quiero reírme, acudo a un comediante. No a un sujeto que quiere influir en mi juicio político.
Debo ahora tomar prestado un principio básico de la macroeconomía. La oferta de algo nocivo no es un problema si no hay demanda. Las audiencias de estos influencers tienen una tajada de responsabilidad en la depauperación de la esfera de opinión pública. Por su adicción al entretenimiento. Por su falta de disposición a abordar ciertos temas con la seriedad que ameritan. Por querer sentirse facultados para opinar sobre temas complejos sin hacer el esfuerzo intelectual que tal cosa exige. Tal vez el rasgo más distintivo de la presente iteración del hombre-masa que tanto inquietaba a Ortega y Gasset es una combinación de dos pecados capitales: pereza y soberbia. Quiere y hasta exige que los demás avalen su opinión sobre un tema del que no hizo ni el más mínimo esfuerzo por informarse. El entretenimiento, como ya vimos, es una de sus adicciones. Que le den la razón es la otra.
También hay que decir que la fauna de influencers y streamer ha desplazado a los custodios tradicionales de la opinión supuestamente bien informada, pues estos últimos no han sabido adaptarse de forma satisfactoria a las nuevas maneras en que fluye la información. Toca a estos profesionales pensar en formas de lograr que el público vuelva a interesarse en lo que tienen que decir, sin degradaciones de la sustancia. De no conseguirlo, me temo que la podcastización de la política avanzará más y más.
@AAAD25
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973