Atravesar la imponente puerta de dos hojas de madera es, literalmente, romper la barrera del tiempo. Dejar atrás el ruido del tráfico actual para adentrarse en el siglo XIX. Adentro, el ambiente cambia: la prisa se diluye y aparece la hospitalidad de Alejandro Caputto y su esposa, la artista plástica Carlota Baptista, quienes reciben a los visitantes con esa calidez que ya parece extinta.
Caputto no es un custodio cualquiera; es descendiente directo de Pedro Trujillo y Felipa Hernández, el matrimonio que fundó en estas mismas paredes una empresa de transporte a base de mulas. Entre el siglo XIX y 1930, desde este punto se despachaban mercancías, productos agrícolas y víveres hacia Caracas y otras regiones del país. En una Venezuela de caminos de tierra y geografía indómita, aquello no era un simple negocio: era una auténtica hazaña que llegó hasta San Fernando de Apure, entre muchos otros destinos. De esa herencia le quedó el nombre al lugar con el que hoy lo conocemos: La Casa de las Carretas.
Una enciclopedia viviente entre paredes de barro
Caminar por la casona es tropezar con la historia en cada esquina. El lugar en sí mismo es una joya arquitectónica, pero su valor se multiplica al observar lo que resguarda: Mobiliario original de época usado por sus fundadores, colecciones de botellas antiguas, armas históricas, un archivo impecable de postales, facturas de comercios de antaño y hasta piezas arqueológicas indígenas, la mayoría de estos tesoros han sido recolectados y documentados por el propio Caputto, arqueólogo, y quien es una enciclopedia viva para todos los visitantes. Es un deleite escucharlo y por momentos perdernos entre relatos y anécdotas, en un pasado de la capital mirandina que hoy parece más lejano y difuso que nunca.
El valor de la casa, además, radica en su autenticidad: es la única estructura en todo Los Teques y los Altos Mirandinos que se mantiene 100% original, sin modificaciones, ya que se conserva hasta el piso de piedra del zaguán con los desniveles propios producto del paso prolongado de las ruedas de las carretas con peso, así como los exquisitos mosaicos de la época con distintos e intrincados patrones.

Sabor a historia y techos en peligro
Sin embargo, en la Casa de las Carretas no todo es color de rosa. El paso del tiempo y la falta de presupuesto han empezado a pasar factura desde hace años. Hay paredes que necesitan atención inmediata, así como la poda necesaria de árboles en la zona del patio que alguna vez albergó a los animales de carga y que ponen en peligro la estructura; aunque, sin duda, la problemática más urgente es el propio techo de esta estructura original de más de 114 años construido con prapa (una palma nativa de los bosques nubosos andinos y de la Cordillera de la Costa), barro y tejas, el cual presenta severos daños estructurales, los cuales no han podido ser subsanados ante la falta de apoyo gubernamental, no solo actual, sino desde tiempo de la llamada cuarta república.

Pero como buenos venezolanos, el ingenio no escasea y, ante la falta de apoyo como respuesta para enfrentar el mantenimiento de este lugar histórico, Alejandro y Carlota sostienen el patrimonio con sus propias manos y recursos. ¿Cómo lo hacen? Transformando la historia en sabor. La pareja ofrece almuerzos y abre los espacios para actividades culturales como única vía de autogestión.
Quien los visita tiene el privilegio de probar la pira, el plato más emblemático de la ciudad y profundamente arraigado en su pasado: una chayota rellena con carne molida de res, bañada en salsa bechamel y queso parmesano sin ningún aditivo moderno, solamente sazón tradicional. El menú de la resistencia también tiene una impecable polvorosa de pollo, ese pastel de masa dulce y quebradiza que contrasta con un guiso perfectamente sazonado. También se pueden disfrutar deliciosos helados de leche de cabra, un menú para el deleite de los paladares de propios, extraños y que sabe a nuestra herencia.
Un llamado desesperado
Duele ver las grietas en las paredes de adobe y tapia, así como las filtraciones que amenazan los más de cien años de historia patria que custodian estas paredes. Sin embargo, resulta inyectable la energía y el optimismo que irradia Alejandro y Carlota, con una sonrisa amable y unas ganas de seguir demostrando el empuje de los nacidos en esta tierra caracterizada lamentablemente por aquello de lo que adolecemos en muchos casos los venezolanos y nuestras ciudades: memoria histórica y sentido de pertenencia.
La Casa de las Carretas sigue en pie, en medio de una ciudad atropellada por el crecimiento urbano desordenado, pero resistiendo gracias al amor de sus guardianes y al sabor de sus recetas. La pregunta que queda en el aire, mientras se saborea el último bocado de polvorosa, es cuánto más podrán resistir solos. Es urgente tenderles una mano antes de que este pedazo de nuestra memoria colectiva sucumba, definitivamente, ante los embates del tiempo y la desidia. Si la Casa de las Carretas se pierde, también perdemos todos un pedazo olvidado de nuestra identidad.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973