🔴🔵 El scroll interminable y la salud mental después del 24 de junio

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El teléfono cayó al suelo durante el primer impacto. Pasó el segundo, mucho más fuerte. Destrucción. Hubo pánico. Después, cuando el movimiento paró, fue lo primero que buscaron. No agua. Tampoco la puerta de salida. No a la persona de al lado. El teléfono.

Lo que ocurrió después (el scroll compulsivo, videos del derrumbe vistos 10, 20, 40 veces, mensajes de voz enviados a todos los contactos de forma simultánea, grupos de WhatsApp con noticias sin verificar llegando más rápido que la realidad) forma parte del terremoto del 24 de junio de 2026 como síntoma clínico que tiene nombre, mecanismo y consecuencias medibles.

Foto: Getty Images

A las 6:04 pm, dos sismos consecutivos sacudieron Caracas y La Guaira con una fuerza que el país no registraba en décadas. En cuestión de segundos, miles de personas salieron a las calles con una sola certeza: el suelo había dejado de ser confiable. Lo que vino después —réplicas, campamentos de damnificados, escombros, números que crecían hora a hora— no ocurrió solo afuera. Ocurrió dentro de cada pantalla.

La psicóloga Sophia Behrens, especialista en terapia cognitivo-conductual y coordinadora del Colegio Venezolano de Neuropsicofarmacología, le pone nombre a lo que pasó: sobreexposición digital como factor de riesgo para la salud mental en el contexto post-desastre. Advierte que el daño no distingue entre quienes estuvieron bajo los escombros y quienes los vieron desde mil kilómetros de distancia.

Los datos respaldan su advertencia. La Organización Mundial de la Salud establece que, tras emergencias, son esperables la ansiedad, tristeza, insomnio, fatiga, irritabilidad y dolores físicos sin causa orgánica aparente.

El National Center for PTSD de EE UU documenta que la exposición a cobertura mediática de eventos traumáticos se asocia con síntomas de estrés clínicamente medibles, incluso en personas que no vivieron directamente el evento. La Asociación Psiquiátrica Americana recomienda limitar de forma explícita el consumo de televisión y redes sociales después de desastres, porque la repetición de imágenes intensas puede aumentar el malestar, no reducirlo.

Lo que el instinto señala como alivio (estar informado, revisar, actualizar) puede, pasado cierto umbral, hacer exactamente lo contrario.

La psicóloga Sophia Behrens explica por qué lo que consumimos en las pantallas puede ser tan dañino como las réplicas | Foto Archivo

Dieta digital no es indiferencia

“En trauma sabemos que el cerebro no procesa igual una información neutra que una imagen de amenaza, muerte o destrucción”, explica Behrens.

“Cuando una persona ha vivido un evento traumático, o incluso cuando lo observa repetidamente a través de pantallas, su cuerpo puede reaccionar como si el peligro siguiera ocurriendo”. A eso se refiere cuando habla de dieta digital: no negar la realidad, no desconectarse irresponsablemente, sino regular la cantidad, la frecuencia y el tipo de contenido que se consume. Elegir cuándo informarse y cuándo detenerse.

“La dieta digital no es indiferencia”, aclara. “Es higiene emocional”.

—¿Son necesarios los momentos de desconexión?

—Sí. Son clínicamente recomendables. Después de un evento traumático, el organismo necesita alternar entre información, acción y recuperación. Si una persona permanece conectada todo el día a redes o noticias del desastre, su cerebro no recibe señales de seguridad. Se mantiene en alerta, anticipando más peligro. Desconectarse por momentos permite que el cuerpo baje la activación fisiológica: disminuye la tensión muscular, mejora la respiración, favorece el sueño y ayuda a recuperar sensación de control. Una recomendación práctica es revisar información dos o tres veces al día, durante períodos breves, siempre en fuentes confiables. Silenciar cuentas alarmistas. No reenviar contenido no verificado. Y sustituir parte del consumo de imágenes por acciones concretas: contactar a alguien, organizar ayuda, descansar, hidratarse, comer, acompañar.

El cuerpo habla cuando la mente hace silencio

Hay síntomas que el terremoto deja y que no aparecen en ninguna radiografía. Insomnio que no cede. Náuseas sin causa digestiva. Temblores al escuchar un ruido fuerte. Opresión en el pecho al ver imágenes de escombros. Dolores musculares que los médicos no logran explicar desde lo orgánico. Es el cuerpo intentando procesar lo que la mente todavía no ha podido nombrar.

“El trauma no se registra solamente como una historia que contamos”, destaca Behrens. “También se registra en el cuerpo. Un terremoto activa los sistemas biológicos de supervivencia: lucha, huida o congelamiento. El problema es que, después del evento, algunas personas siguen funcionando como si el peligro continuara”. ¿Debilidad? No. Es simple biología. La pregunta clínica, en este contexto, no es solo “qué piensa la persona” sino “qué está haciendo su cuerpo”.

—Dos semanas después del terremoto, ¿qué síntomas deberían encender una alarma?

—A las dos semanas todavía pueden aparecer reacciones esperables. Pero hay señales que indican que conviene buscar apoyo profesional: no lograr dormir durante varios días, tener pesadillas frecuentes, sentir que el peligro sigue ocurriendo, revivir imágenes del terremoto de forma involuntaria, evitar entrar a lugares cerrados o sentirse constantemente en alerta. También son señales la irritabilidad intensa los ataques de pánico, la culpa por haber sobrevivido, la sensación de estar en automático o desconectado, y el aumento del consumo de alcohol o medicamentos para calmarse. Ante cualquier idea relacionada con no querer vivir, hay que actuar de inmediato.

En términos clínicos, durante el primer mes después de un evento de esta magnitud pueden observarse síntomas compatibles con estrés agudo. Si son intensos, persistentes o interfieren con la vida cotidiana, la intervención temprana puede prevenir complicaciones posteriores. No hay que esperar a que “se pase solo”.

Dos semanas después del doble terremoto del 24 de junio, el debate sobre la salud mental de una ciudad herida llega al espacio donde más daño silencioso se produce: las pantallas

Duelos sin resolver

Venezuela no llegó al 24 de junio desde un estado de calma. Llega después de años de migración masiva, pérdida de referentes, precariedad sostenida, duelos familiares no procesados y una sensación crónica de amenaza que para muchos no tiene fecha de inicio clara. Ese contexto es parte del cuadro clínico.

“Un trauma nuevo no siempre cae sobre un terreno emocional limpio”, señala la especialista. “En Venezuela muchas personas han vivido años de pérdidas, incertidumbre, separación familiar, migración y duelos inconclusos. Cuando ocurre un terremoto, no se activa solo el miedo actual. También se reactivan memorias emocionales previas“. De ahí que algunas reacciones parezcan, a ojos externos, desproporcionadas. No lo son. La persona no responde solo al terremoto: responde al terremoto más todo lo que ese evento toca.

—¿Puede una sociedad llegar al límite de su resiliencia?

—La resiliencia no significa aguantar indefinidamente. Necesita condiciones: apoyo, descanso, seguridad, vínculos, recursos, esperanza, tiempo para recuperarse. Cuando una persona o una sociedad vive crisis sobre crisis, puede llegar un punto en que ya no se trata de falta de fortaleza, sino de agotamiento. Una sociedad puede seguir funcionando, pero emocionalmente estar exhausta. Por eso hay que tener cuidado con romantizar la resistencia. “Los venezolanos podemos con todo” puede ser inspirador, pero también puede invisibilizar el dolor. La verdadera resiliencia no es callar ni seguir como si nada. También es pedir ayuda, detenerse, llorar, organizarse y reconocer límites.

—¿Entonces, qué le hacen al cerebro las imágenes de destrucción consumidas repetidamente en redes sociales?

—Para quien vivió el terremoto, esas imágenes pueden funcionar como disparadores traumáticos. El cerebro no siempre distingue con claridad entre recordar el peligro y volver a estar en peligro. Ver repetidamente un derrumbe o escuchar gritos puede reactivar la respuesta de alarma: taquicardia, temblores, llanto, angustia, pesadillas, irritabilidad o necesidad de revisar compulsivamente si habrá otra réplica. Para quien no lo vivió directamente, también puede haber impacto. Existe lo que llamamos exposición indirecta o trauma vicario: una persona puede angustiarse profundamente al ver imágenes repetidas de sufrimiento humano, especialmente si se identifica con las víctimas o si ya venía emocionalmente vulnerable. Informarse ayuda. Sobreexponerse al horror no ayuda. Compartir imágenes crudas no siempre ayuda. A veces creemos que difundir dolor es crear conciencia, pero podemos terminar multiplicando el impacto traumático.

Venezuela enfrenta un trauma nuevo sobre décadas de duelos acumulados. La trampa más peligrosa puede ser esa frase que suena a fortaleza: “los venezolanos podemos con todo” | Foto iStock

Herramientas reales para días reales

Cuando no hay acceso a un psicólogo, cuando los recursos son mínimos y el cuerpo sigue en estado de alerta, Behrens no da promesas. Da herramientas.

—¿Qué puede hacer alguien hoy, sin acceso a psicólogo y sin recursos, para no hundirse?

—Lo primero es bajar la exigencia. La meta no es estar bien ni ser productivo. La meta es recuperar seguridad básica. Dormir aunque sea por períodos cortos. Comer algo sencillo. Tomar agua. Buscar compañía. Reducir la exposición a noticias. Mantener contacto con alguien confiable. Y pedir ayuda de forma específica: no decir solo “estoy mal”, sino “¿puedes acompañarme esta noche?”, “necesito comida”, “ayúdame a buscar información confiable”. En trauma, lo pequeño importa. A veces la recuperación empieza con una comida, una llamada, una ducha o la posibilidad de dormir dos horas seguidas.

—¿Hay ejercicios concretos para salir del estado de alerta cuando el miedo llega de noche?

—Sí. Un ejercicio útil es la respiración con exhalación larga: inhalar suavemente por la nariz y exhalar más lento que la inhalación. Por ejemplo, inhalar en tres tiempos y exhalar en cinco o seis. La exhalación larga le envía al sistema nervioso una señal de regulación. También sirve la orientación al presente: mirar alrededor y decir mentalmente “estoy aquí, hoy es tal día, esto es una reacción de mi cuerpo, en este momento estoy a salvo”. Otro recurso es la técnica 5-4-3-2-1: nombrar cinco cosas que veo, cuatro que siento con el cuerpo, tres que escucho, dos que huelo y una que saboreo. Además, presionar los pies contra el suelo, sentir el peso del cuerpo, soltar los hombros, estirar los brazos o caminar lentamente. El cuerpo necesita señales concretas de que el peligro ya pasó.

En un tono más personal contesta qué le ha dicho este terremoto, como venezolana y como psicóloga, sobre el estado emocional del país.

“Me ha dicho que Venezuela no solo está enfrentando un evento natural. Está enfrentando un evento traumático sobre una historia emocional ya muy cargada. Somos un país con duelos acumulados, migración, pérdidas, incertidumbre y cansancio. El terremoto toca todo eso“.

Y añade que lo que le preocupa es que “confundamos fortaleza con silencio. Que volvamos a decir los venezolanos podemos con todo y dejemos por fuera el dolor, el miedo y el agotamiento. Venezuela necesita reconstrucción física, pero también reconstrucción emocional. Redes de apoyo. Atención psicológica. Información responsable. Y permiso social para pedir ayuda”.

Sanar, defiende, no significa olvidar. Significa que el recuerdo deje de gobernar la vida. Significa poder recordar sin volver a sentir que uno está atrapado en el mismo peligro. Un terremoto deja marca. Pero una marca no tiene que ser una herida abierta para siempre.

Para quienes necesiten orientación, el Colegio Venezolano de Neuropsicofarmacología mantiene activa una línea de atención para afectados por el terremoto en emergencia-puce.vercel.app.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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