Nunca he sido entusiasta de los juegos de cartas, ni de los juegos de azar en general. No obstante, hay una expresión anglosajona proveniente de ese mundo que se me ha venido mucho a la cabeza desde el mes pasado: wild card. Se trata de un naipe de la baraja que puede hacer las veces de cualquier otro. El que tiene esa facultad proteica por lo general es el comodín. Pero otras cartas también pueden tenerla, dependiendo de las reglas del juego. En fin, lo que ha hecho que la expresión se cuele en mis pensamientos es su uso metafórico en la lengua inglesa. Según tal acepción, la “carta salvaje” alude a un factor sobrevenido en un conjunto dado de factores (lo que Deleuze y Guattari llaman “agenciamiento”) y del que no se sabe qué esperar.
¿Y por qué se me viene todo eso a la cabeza? Pues porque pudiéramos decir que el nuevo factor dominante en la política venezolana, que no es otro que el gobierno de Estados Unidos, introdujo una wild card en el “nuevo momento político”. Toda carta debe tener una imagen. En esta aparece el rostro de Dinorah Figuera. La razón por la que Figuera es una wild card no es tanto que su colocación sobre esta mesa lúdica haya sido inesperada. Desde hace unos meses se podía sospechar que Washington se traía algo entre manos que la involucraba, luego de una reunión que ella sostuvo con Michael Kozak, alto funcionario del Departamento de Estado. No. Es una wild card porque, una vez en la mesa, no está muy claro qué papel va a desempeñar.
Para empezar, muy probablemente el nombre de Dinorah Figuera dice poco o nada a millones de venezolanos, incluyendo a la inmensa mayoría del país ávida de cambio político. No es una dirigente con ambiciones de liderazgo nacional. Nunca lo ha sido. Militante de Primero Justicia, el punto más alto de su trayectoria ha sido una curul en la Asamblea Nacional electa en 2015. Luego de que finalizara el período constitucional de la misma en enero de 2021, este organismo, alegando que no tenía otra opción por ser la última institución con legitimidad de origen en Venezuela, y que, además, era la custodia de activos de la República en el extranjero que gobiernos aliados de la oposición venezolana quitaron al control de Miraflores; por todo esto, digo, empezó a prolongar su vigencia durante un tiempo indefinido.
Entre la dispersión de muchos de sus integrantes por un exilio al que los forzó la persecución por la elite gobernante venezolana y el desinterés de otros en seguir siendo parte, eventualmente ese parlamento quedó reducido a una “comisión delegada” que ha tenido a Figuera como presidente por varios años ya. Mientras tanto, el ente, visto cada vez más como una entelequia inútil por las masas venezolanas, fue cayendo en el olvido. Quienes se acordaban de su existencia, por lo general lo hacían con sumo desdén por considerar que estaba administrando recursos públicos de forma opaca.
Tuve que echar todo este cuento largo, retorcido y tortuoso, reflejo de lo infernal que se volvió la política venezolana en la última década y media, para que se entienda por qué, cuando de pronto Washington decidió impulsar negociaciones de transición política entre Miraflores y la AN de 2015, con Figuera como rostro visible de la parte opositora, la reacción de tantos ciudadanos venezolanos comunes fue de sorpresa y confusión. Dado que Figuera no cuenta con representatividad entre las masas de la base opositora, lo que muchos se preguntaron, y se siguen preguntando, es cuál será su relación con aquella dirigencia que sí cuenta con tal representatividad. Es decir, con María Corina Machado y sus aliados.
Acá vale la pena detenerse un poco en las posiciones de Figuera durante el ascenso de Machado hasta el liderazgo opositor. Como militante de PJ, la respaldó luego de que ganara la primaria 2023. Siguió en el partido cuando se fracturó, precisamente porque una parte minoritaria, encabezada por Henrique Capriles, decidió romper con Machado y participar en las últimas “elecciones” parlamentarias, regionales y municipales. Cuando Machado ganó el Nobel de la Paz, Figuera lo celebró en sus redes sociales, refiriéndose a ella explícitamente como líder de la oposición. También estuvo presente en al menos una de las ceremonias por el galardón, codeándose con figuras tan cercanas a Machado como su asesora Magalli Meda.
A partir de todo esto, pudo alguien pensar, cuando Figuera regresó brevemente a Venezuela para entrevistarse con Jorge Rodríguez, que la presidente de la comisión delegada de la AN estaría fungiendo como representante de Machado. Pero hechos, omisiones e informaciones posteriores indican que no es así. En primer lugar, la propia Figuera no ha hecho nada por transmitir tal cosa, ni siquiera con equívocos. Que se sepa, no ha hablado con Machado desde entonces. En entrevistas, reafirmó su reconocimiento de Machado como líder de la oposición. Pero eso no implica que ambas mujeres estén en sintonía. Mi colega periodista Alejandro Hernández, desde el portal La Gran Aldea, ha reportado varias reuniones entre partidos de la Plataforma Unitaria para tratar de hacerse una idea compartida sobre las gestiones de Figuera y qué hacer al respecto. Las mismas han producido en general pocos avances.
Con quien Figuera sí parece estar perfectamente alineada es con el Departamento de Estado, que le ha expresado total apoyo en esta nueva misión. El propio Marco Rubio replicó uno de sus mensajes en la materia. Pero a estas alturas eso no brinda garantías a nadie, excepto a quienes depositan mayor fe ciega en el papel de Washington como garante de la transición en Venezuela. Porque el estatus actual de las relaciones entre Machado y el gobierno de Trump están bien lejos de ser claras.
Como se discutió en la última emisión de esta columna, varios reportes de prensa han expresado que, según fuentes del gobierno estadounidense, la relación de ha deteriorado porque Machado insiste en regresar a Venezuela de inmediato, pero la Casa Blanca preferiría que no lo hiciera, por considerar que ello podría desestabilizar sus planes gradualistas para nuestro país. El propio Trump luego reafirmó que siente afinidad por Machado, y funcionarios de su gobierno desmintieron que se hayan opuesto a su retorno. Pero, por otro lado, Washington no ha dado ninguna señal de que está dispuesto a echarle una mano con eso, lo cual no es una nimiedad. Si nos sinceramos, solo EE. UU. puede garantizar que Machado no sufrirá represalias en un hipotético regreso a Venezuela.
Entonces… ¿Qué se proponen los norteamericanos con la wild card Dinorah Figuera, en esta mesa de Blackjack? Tal vez lo que quieran es empezar el proceso de arquitectura institucional para la Venezuela futura, con un rostro que les permita decir que la oposición, además de la elite gobernante post Maduro, está participando. Si Figuera funge además como puente con el liderazgo de la oposición mayoritaria y busca su eventual incorporación a la mesa de diálogo forjador de instituciones, en el marco de un plan gradualista de Washington que lleve a la aceptación por la elite gobernante venezolana de Machado como líder legítima de la oposición y aspirante al poder por vías democráticas, pues ello sería lo más cercano al final feliz que las masas venezolanas desean. Si, por el contrario, la oposición mayoritaria es excluida del diálogo en el largo plazo y Figuera es solo una ficha para simular participación opositora en un proceso decidido exclusivamente por la Casa Blanca y Miraflores, muy a duras penas cabe esperar que el producto final deje a la mayoría de la población conforme. Hasta Capriles, quien como ya vimos se distanció de Machado, lo ha reconocido. La propia Figuera parece reconocerlo también, cuando identifica a Machado como líder de la oposición. Pero no olvidemos que, en un juego de cartas, a veces los jugadores quieren aparentar pensamientos que no son realmente los que tienen en la cabeza.
@AAAD25
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973