En el imaginario cinematográfico del público, el cine venezolano suele estar asociado comúnmente a dilemas sociales, acción, thriller policial, denuncia, hechos históricos y comedia.
Un primer repaso por las películas no las asocia en primera instancia a historias en contexto de tragedias naturales. Sin embargo, hay cineastas venezolanos que han partido de momentos arduos del contexto para contar historias que han trascendido en la cinematografía nacional.
Hace quince años el director Alejandro Bellame estrenó El rumor de las piedras, ambientada en la tragedia del deslave del entonces estado Vargas en 1999.
En el largometraje, Delia es una sobreviviente que en Caracas trata de sacar adelante a sus dos hijos: William y Santiago. Una familia afectada rotundamente por los hechos, pero con respuestas distintas al entorno. William, el mayor, empieza a caminar esa línea delgada en la que solo falta un leve empujón para caer en la delincuencia del barrio en el que vive, mientras Santiago, el menor, lleva el duelo de otra manera, afectado por las ausencias y los cambios repentinos que experimenta en su apenas corta vida. Ella teme que el pequeño también caiga en el mundo del hampa.
El rumor de las piedras es un drama familiar. Un grupo marcado por las consecuencias implacables del deslave, personas que lo perdieron todo. Sin casa, se proponen comenzar de nuevo, pero hay otros cimientos que empiezan a tambalearse en la ciudad, en ese nuevo inicio.
Su director, Alejandro Bellame, cuenta que la mecha que encendió la necesidad de contar esa historia tiene que ver con el personaje protagónico, el personaje de la madre, esa madre coraje que es Delia. Así la califica.
“Está inspirado en una mujer en específico, alguien a quien conocí, una persona que iba a trabajar a mi casa con la que conversaba mucho. Me contaba sobre sus problemas, cómo salió adelante junto a su familia”.
Uno de los puntos que más le causaba admiración al director de películas como El tinte de la fama y Dirección opuesta era el coraje con el que defendía a uno de sus hijos del entorno en el que se encontraba: la inseguridad.
Luisa era el nombre de la mujer que fue punto de partida para esta historia del cineasta. Y para darle más contexto a la trama pensó en otra tragedia, la de Vargas. “Una situación complicada además por no haber podido salvar a su única hija hembra en aquellas circunstancias, en una tragedia natural. Entonces, le toca concentrarse en salvar a sus otros hijos”.
Quince años después de su estreno, Bellame considera que El rumor de las piedras tiene absoluta vigencia. No considera que las circunstancias hayan cambiado. “Creo que todavía hay muchas familias como las de Delia junto a sus hijos Santiago y William tratando de salir adelante y manteniéndose a salvo en la Venezuela actual”.
Si bien repara en que hay situaciones que han cambiado, hay coincidencias en varios elementos. “Esta nueva tragedia que vive el país, y que además golpea nuevamente a La Guaira, hay una correlación. El rumor de las piedras se desprende de la tragedia de Vargas, y en la historia se recuerda que hay una amenaza en el subsuelo. Claro, en ese momento era una metáfora que no necesariamente tiene que ver con lo natural, pero también se nombra el terremoto de Caracas de 1967. Que está latente una nueva tragedia. No es que tenga un carácter premonitorio, sino el recordatorio de que todos estamos a merced de este tipo de situaciones, y que nuestras vidas dependen un poco de ello”.
Una metáfora entonces, en 2011, del peligro de todos los días en lo cotidiano: la delincuencia, el dinero, la política y demás; una constante en parte importante del cine venezolano.
Viaje y fabulación
En el año 2011 también se estrenó El chico que miente, de Marité Ugás, un largometraje que cuenta la historia de un joven de 13 años de edad que abandona su hogar e inicia un viaje por la costa de Venezuela. Perdió a su madre en el deslave de Vargas, y sus recuerdos son vagos. Entonces, cada historia de su origen es distinta, como si tratara de diversas formas de encontrar una que se ajuste a lo que en realidad pasó.
El chico que miente estuvo nominada como Mejor película latinoamericana en el Festival de Cine de Mar del Plata; además, participó en la sección Generación 2011 del Festival de Cine de Berlín.
Ahora bien, esa película tiene como punto de partida A la media noche y media (2000), dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás. Un largometraje que se desarrolla en un contexto en el que es inminente la llegada de un enorme oleaje que promete arrasar una ciudad. Entonces, los habitantes deciden huir llenos de pánico.

Una de las locaciones fue La Guaira, donde se filmó meses antes de la tragedia. “El largometraje fue una especie de premonición porque efectivamente llegó la ola que temía nuestra protagonista, pero no del mar, sino de las montañas”, dijo en mayo de 2011 Marité Ugás en la revista digital Tendencia.
Para el crítico de cine Robert Gómez, A la media noche y media es una cinta que se podría incluir en una lista de obras del cine venezolano sobre tragedias naturales, aunque en este caso en alusión a una premonición.
También menciona a Hora menos, de Frank Spano. Estrenada también en 2011, la película se enfoca en dos mujeres que deben superar sus diferencias mientras emprenden un camino para dejar atrás la devastación causada por el deslave de 1999. Una producción que participó en la sección oficial del Festival de Málaga.
Si bien no se trata de una catástrofe natural, Zafari (2025), de Mariana Rondón, se adentra en la convivencia y el conflicto de un grupo de vecinos que viven en un lugar distópico. Un mundo hostil en el que cada persona verá cómo se ponen a prueba sus principios.

Gómez también recuerda el unitario de Venevisión Aguas turbulentas, dirigido por César Bolívar con guion de Román Chalbaud. Estrenado en 2002, la historia estaba ambientada en una pensión cuyos habitantes se verán afectados por el deslave en Vargas.
El registro documental
Ahora bien, en el cine venezolano la no ficción también se ha enfocado en el tema. Por ejemplo, Vargas, Venezuela: La fuerza de la unión, de Fernando Venturini. Una película de ficción que se estrenó para conmemorar los 20 años del deslave en La Guaira. No solo se enfoca en contar lo que ocurrió esos días de diciembre de 1999, sino también cómo la sociedad se organizó para superar la catástrofe.
Ninoska Dávila, directora de Cinemapress, comenta que hace poco volvió a ver el documental. “Fue un reencuentro con el testimonio de 17 sobrevivientes y voluntarios que nos comparten cómo salieron adelante a pesar de las terribles circunstancias. La importancia del apoyo inmediato, la solidaridad. Que no hay ayuda pequeña. Ese duelo que se multiplica por mil pero que, a pesar de ello, como sea debemos avanzar. El valor de la familia y de todo lo que somos capaces de hacer por dar un cierre digno a quienes perdimos”, indica quien también fue pareja del cineasta, fallecido en el año 2022.
Recuerda que en 1999 el ecosistema de los medios de comunicación era totalmente diferente, no existía la inmediatez de las redes sociales. Rememora cómo el director hablaba con orgullo del resultado obtenido con el documental. Cita una entrevista en Prodavinci en la que dijo que lo filmado demuestra cómo es el venezolano a través de las tragedias.
Robert Gómez también suma el documental Érase una vez en Venezuela (2020), de Anabel Rodríguez Ríos. Si bien el largometraje se concentra en la vida de la convivencia en medio de tensiones políticas en Congo Mirador, los habitantes de esa parte del lago de Maracaibo se ven afectados por la sedimentación de las aguas, un problema que provoca que muchos tomen la decisión de marcharse.
Mirada colectiva
“El cine venezolano creo que es muy poco proclive a contar tragedias naturales o desastres naturales como parte de una historia dramática o una comedia. Creo que tiene que ver, por un lado, con una visión quizás más convencional y lógica en los presupuestos. Siempre asumimos que un filme sobre catástrofes naturales puede ser algo tremendamente costoso para nuestros fondos”, asegura Robert Gómez.
El también guionista indica que también hay un especial énfasis en el cambio y el avance. Partir de cero y seguir. “Sin embargo, hay tragedias constantes en el cine venezolano. Películas que hablan de algunos de nuestros grandes desastres. Creo que incluso en cierto modo se escribe la tragedia desde una manera mucho más metafórica en cada fracaso, en cada historia que pretende contarnos un relato pequeño, pero que es frustrado. Hay tragedia en Jericó, hay tragedia en Oriana, hay tragedia en las películas de Chalbaud”, remata el crítico, quien considera que el documental va un paso adelante en ese aspecto. Indica además que actualmente Oscar Rivas Gamboa prepara un documental sobre los recientes terremotos del 24 de junio: Latidos bajo los escombros.
La periodista cultural Catherine Medina tiene también una perspectiva similar. “Noto una ausencia de películas venezolanas que se cuestionen la tragedia natural. Creo que ese es un ejercicio que hay que hacer como colectivo. Y ese trabajo colectivo por supuesto va a derivar en las artes. Fíjate que en otros países hay filmografía sobre desastres de montaña, filmografía sobre tsunamis, sobre accidentes nucleares. Bueno, el accidente nuclear no es un fenómeno específicamente natural, pero hay sobre explosiones volcánicas. Y además el registro dramático siempre va a la par del documental. Hay muchísima filmografía documental sobre los distintos desastres naturales que han aquejado a la humanidad en distintos momentos de su historia, pero en el caso del cine venezolano uno nota una ausencia, incluso cuando se trata de tragedias tan icónicas como el deslave de Vargas”, subraya la crítica de cine, quien menciona El rumor de las piedras como una película emblemática que tiene como punto de partida el deslave.
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