

Imaginemos por un momento un Irán sin recursos petrolíferos ni gasísticos. Sería un país normal cuya economía se basaría en el espíritu emprendedor y la innovación, en una sociedad con un nivel intelectual bastante elevado a escala mundial. Sin gas ni petróleo, los ayatolás no habrían logrado acumular inmensas riquezas y dedicarlas a su comodidad personal y a la adquisición de armas. Es gracias a los ingresos de estos recursos naturales que la dictadura ha podido acumular tal poder, perjudicial para su pueblo y para sus vecinos. No es un caso aislado. La abundancia de recursos naturales, petróleo, gas y minerales raros suele coincidir con dictaduras belicosas. Putin sin gas ni petróleo no existiría. La difunta dictadura de Maduro en Venezuela tampoco habría sido posible. Son también los ingresos procedentes del petróleo y el gas los que garantizan la supervivencia de la dictadura militar en Argelia. Estos recursos naturales generan tanto dictadura como desigualdad. Nigeria es otro buen ejemplo, donde la sobreabundancia de petróleo ha generado una sociedad de dos velocidades: el 1% de millonarios y 99% de indigentes. En todos estos casos, quienes se apoderan del poder político también controlan, por la fuerza, el poder económico y no tienen ningún incentivo para compartir sus beneficios con su pueblo. Este fenómeno es bien conocido desde hace mucho tiempo por los economistas, que lo denominan ‘la maldición de los recursos naturales’.
La renta inmediata que generan estos recursos para quienes los controlan –ya sean dictadores u oligarcas– incita a no invertir, a no innovar, a no trabajar. Cabe recordar que esta llamada ‘maldición de los recursos naturales’ no es un fenómeno nuevo. España ya la experimentó con la abundancia de oro y plata procedentes de las colonias americanas. Aquella riqueza aseguró durante un tiempo la prosperidad de las élites, pero cuando esos recursos comenzaron a agotarse, España quedó sumida en una pobreza relativa en comparación con el resto de Europa.
Otro ejemplo reciente de esta maldición también es significativo: el caso ejemplar de Ghana. Hasta hace pocos años, Ghana era uno de los pocos países del África negra dotado de un régimen político más o menos democrático y cuya economía se desarrollaba sobre la base del espíritu empresarial y el capitalismo. Hasta que se descubrió un vasto yacimiento de petróleo frente a sus costas. ¡Maldición! Todas las inversiones privadas se detuvieron; todo el mundo esperaba que el petróleo brotara y sustituyera al trabajo. El petróleo aún no ha brotado, pero el crecimiento en Ghana se ha detenido, mientras que el Gobierno se endeuda hipotecando los ingresos teóricos futuros.
Por supuesto, es posible gestionar los recursos naturales de otra manera que no sea subvencionando la dictadura y la injusticia. Noruega lo hace muy bien al colocar los ingresos procedentes de sus recursos gasísticos en un fondo público denominado «soberano» destinado a garantizar el bienestar de los noruegos cuando estos recursos se agoten. Gran Bretaña ha hecho lo mismo y Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo Pérsico han comprendido que ninguna renta es infinita y que, para evitar la maldición, conviene diversificarse lo más rápidamente posible. Arabia Saudí se ha reconvertido así en una economía de tipo capitalista clásico basada en la innovación y no en la extracción; al menos, esa es la estrategia que ha anunciado.
Sin saber aún cuál será el resultado del conflicto actual entre Irán, Estados Unidos e Israel, cualquier posible solución a esta guerra no debería limitarse a la eliminación del terrorismo o al problema del desarrollo nuclear. Tampoco debería centrarse solo en la naturaleza del régimen político iraní. Además de todo ello, sería necesario plantear la cuestión de cómo se utilizan los abundantes recursos naturales que existen en el territorio iraní. Para garantizar la estabilidad futura del país y evitar que cualquier régimen venidero perjudique a su pueblo o a otros, es imprescindible restringir el acceso de ese gobierno a la utilización libre de sus recursos naturales. Es imperativo que estos se privaticen, o incluso se globalicen, o que sus beneficios se destinen, no al beneficio de Trump, sino, como en el caso de Noruega ya citado, a un fondo soberano que reinvertiría en actividades útiles para la población. Y no en colecciones de drones y misiles.
Al obsesionarnos demasiado con la naturaleza política del régimen, oligarquía, teocracia o democracia, olvidamos tener en cuenta lo que ha hecho posible la dictadura de los ayatolás: el petróleo, el petróleo, el petróleo. También es a través del petróleo, con la subida de su precio, como los ayatolás esperan desanimar a los estadounidenses y hacer que la opinión pública occidental se incline a favor de abandonar los combates. Lo que podría salvar su reinado. La maldición que pesa sobre el pueblo iraní no tiene tanto que ver con el islam chiíta y sus ambiciones milenaristas como con la confiscación de los recursos naturales por parte de estos mulás que se proclaman islámicos, un islam reinventado para su propio beneficio. Civilizar Irán exige, en definitiva, restaurar el capitalismo tal y como existía antes de la dictadura de los ayatolás.
Sin duda, debido a mi formación profesional, observo que en los debates sobre el futuro de Irán y otras dictaduras, en particular Rusia, las cuestiones económicas siempre pasan a un segundo plano, cuando, según Karl Marx, la economía es la infraestructura de los regímenes políticos que se derivan de ella. Pero, lamentablemente, observo que los diplomáticos a los que se recurre para poner fin a los conflictos (ya que son incapaces de prevenirlos), rara vez son economistas. Y los economistas, por su parte, no se dedican a la política, o al menos no lo suficiente; el último economista influyente por su actividad política fue Milton Friedman. Después de citar a Marx, citaré al general De Gaulle, quien, cuando estaba en el poder, fue interrogado por un periodista sobre su visión de la economía francesa. No tenía ninguna. Y con una frase que se hizo famosa, al menos en Francia, respondió: «La intendencia seguirá». No se podía ser más antimarxista que De Gaulle: para él, la política guiaba la historia, mientras que la economía no era más que sudor, lo contrario de lo que afirmaba el autor de El capital. No me gustaría dar la razón a Marx frente a De Gaulle, pero me parece indispensable, como mínimo, que cada una de estas teorías enriquezca a la otra. En otras palabras, no habrá una solución puramente política al desorden iraní, venezolano, nigeriano o ruso. El petróleo, os lo digo yo.
Artículo publicado en el diario ABC de España
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973