En los salones de educación inicial de la escuela Anatilde Salcedo de Fe y Alegría, en la parroquia Jusepín del estado Monagas, no hay niños y niñas que jueguen, coloreen, escuchen cuentos ni aprendan.
“Cerró el preescolar porque el año pasado se quedaron con ocho niños y este año con uno solo. Nos tocó incorporarlo a un preescolar también de la comunidad, pero público”, cuenta la coordinadora pedagógica de educación inicial del movimiento educativo, Yusamis García.
Explica que durante los últimos cuatro años, en esta etapa la matrícula ha ido en descenso, sobre todo a medida que disminuye el rango de edad. “Cuando hablamos de las aulas de 3 años y de 4 años (primer y segundo nivel de preescolar) estamos enfrentando serias dificultades”, dice y aclara que ni Caracas se escapa de esta realidad.
De acuerdo con la última Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), en Venezuela la cobertura educativa —capacidad de un sistema para garantizar el acceso a la educación a la población que la demanda— está estancada. Uno de los grupos etarios más golpeados es el de 3 a 5 años de edad: solo el 62 % asiste a la escuela. Es decir que casi cuatro de cada 10 niños y niñas en esta etapa permanecen hoy fuera del sistema educativo.
La dificultad para llenar las aulas, también se extiende a otros estratos. De acuerdo con el director adjunto de la Cámara Venezolana de Educación Privada (Cavep), Omar Uzcátegui, en los últimos tres años solo en el estado Miranda cerraron 50 centros educativos, en su mayoría preescolares.

¿Por qué los niños no van a la escuela?
Para García es claro. “La causa es económica, definitivamente”, dice sobre las razones de los representantes para no inscribir a los niños en el preescolar o retrasar su ingreso; o sobre por qué si la familia tiene más de dos hijos, se “sacrifica” al más pequeño.
“Él se queda dormidito hasta las 10 de la mañana. Yo le doy una chicha, una avena o algo mientras se hace el almuerzo, ¿me entiendes? no tengo para las tres comida”, es una de las explicaciones que le han dado los padres. “Si tengo dos chamos, no tengo para comprar dos juegos de uniformes”, agregan.
De acuerdo con la Encovi 2025, el 68,5 % de los hogares venezolanos vive en situación de pobreza, y de ellos 31,7 % se ubica en pobreza extrema. Entre las principales causas de por qué los estudiantes que sí están inscritos faltan a las escuelas, se incluye la falta de comida en el hogar.
Las fuentes consultadas advierten, además, que culturalmente se subestima la importancia de la educación inicial. “Hay una creencia de que lo que hacen es ir a jugar y perder tiempo”, señala Fernando Pereira, fundador de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap).
Se desconoce que en esta etapa no solo asientan las bases para facilitar su aprendizaje en grados superiores, sino que durante estos años reciben una formación que les ayuda a construir su personalidad e insertarse en la sociedad.
Sigue la exclusión, aunque hay menos niños que atender
Algunas fuentes entrevistadas para este reportaje argumentaron que una de las razones por la que hay menos niños en los preescolares del país es por variables como la migración o la merma en la tasa de fecundidad (que implica que las mujeres están teniendo menos hijos).
La investigadora Anitza Freites, coordinadora de la Encovi y directora general del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, aclara que la disminución de la demanda potencial debería tener “un efecto favorable” en el porcentaje de cobertura.
El porcentaje de cobertura educativa se calcula dividiendo el número de niños de 3 a 5 años que asisten al preescolar (en la ecuación esto representa el numerador) entre el total de niños de ese grupo etario en el país estén o no en el sistema educativo (esto sería denominador) y el resultado se multiplica por 100 %.
En teoría si hay menos niños que atender en el país y los cupos disponibles permanecen iguales, el porcentaje de cobertura educativa debería incrementarse solo, sin que el Estado hiciera ningún esfuerzo adicional.
Pero los datos de la Encovi arrojan que esto no está ocurriendo. Eso significa que el número de niños escolarizados no solo está estancado, está disminuyendo. “Porque realmente la oferta de cupos, de lugares que ofrezcan estos servicios, no ha aumentado”, dijo Freites.

La educación preescolar no es un juego
La psicóloga de Cecodap, Alexandra Lecubarri, detalla que esta etapa de educación inicial es fundamental para adquirir habilidades escolares y académicas, pero también para la socialización y regulación emocional. “Se piensa que va a jugar, pero se desconoce el impacto que tiene el juego y cómo abre muchas oportunidades para el desarrollo”.
Ejemplifica que actividades como recortar y pegar ayudan a fortalecer la motricidad fina, y terminan siendo la base para que más adelante aprendan a agarrar bien el lápiz. Pero es también durante estos años que les enseñan sobre horarios y seguimiento de instrucciones, “que les permite ampliar habilidades para adaptarse”. Desarrollan el control inhibitorio, que es la capacidad cerebral para frenar impulsos, ignorar distracciones y detener reacciones automáticas inapropiadas.
La especialista resume que el salir del “mundo familiar” al “mundo escolar” es importante para la construcción de su identidad separada de su entorno, “para que puedan desarrollar su potencial individual”.
Cuando se omite o retrasa el ingreso a la escuela, dice Lecubarri, se va a requerir de muchos esfuerzos del niño para nivelarse. También se demanda un esfuerzo del sistema familiar o escolar, que no siempre cuenta con los recursos para responder.
La ausencia de estimulación temprana puede repercutir directamente en la falta de motivación y un daño a la autoestima cuando el niño percibe que está rezagado frente a sus pares, lo que aumenta el riesgo de abandonar la escuela en primaria o bachillerato.
La escuela para detectar, intervenir y proteger
Lecubarri recalca que la etapa preescolar también es clave para la detección temprana de alteraciones del neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista, el déficit de atención u otras dificultades cognitivas. “Identificarlo de forma tardía crea una brecha que se va acumulando y luego es más difícil de abordar”, señala.
El educador Fernando Pereira hace énfasis además en que las escuelas para estos niños son fundamentales para subsanar las deficiencias que puedan tener en los hogares en cuanto a desarrollo del lenguaje y la expresión oral, por ejemplo. En el aula se les da una oportunidad de expresarse a través del canto, la música, la danza, los cuentos, las dramatizaciones, cuando muchas familias no cuentan con ese tipo de recursos y posibilidades.
Explica que los centros educativos son espacios por excelencia para detectar agresiones y maltratos en niños que estén siendo sujetos a métodos de disciplina inadecuados, autoritarios o violentos, e intervenir para su protección.
Además, existen programas que buscan ampliar la atención, por ejemplo en materia de salud. “En Fe y Alegría tenemos el Plan de niños y niñas saludables, donde los tallamos y pesamos. A raíz de eso hemos logrado alianzas para apoyar a quienes tienen deficiencias visuales, auditivas, si hay necesidades educativas especiales… Queremos que los papás confíen en que sus hijos van a ser queridos y atendidos”, dice Yusamis García.
“Estrategias que suban cerros”
En sus recomendaciones, la Encovi destaca ampliar el acceso a la educación inicial “mediante estrategias convencionales y no convencionales”, de las cuales hay antecedentes de buenas prácticas en el país. Eso lo sabe Fernando Pereira, quien recordó que Cecodap nació justamente como una modalidad de atención comunitaria de niños menores de seis años, en 1984 en el barrio Ciprés, sector Macarao, al oeste de Caracas.
El educador considera que hay que volver a esas estrategias que buscaron mejorar la cobertura educativa durante la década de los noventa, como programas sociales, subsidios y maternales comunitarios.
Consideró que no solo hay que capacitar a las madres, sino que también hay que abordar a abuelos, abuelas y hermanos mayores que se han quedado cuidando a muchos niños porque sus padres emigraron, fenómeno conocido como niñez dejada atrás. “Hay que garantizar estrategias que puedan subir el cerro”, dice.
Y de internarse en los cerros sabe Fe y Alegría. “Venimos manteniendo muchas estrategias: visitar las comunidades, hablar con los papás, las maestras incluso van a los CDI (Centros de Diagnóstico Integral) para censar a los niños, para saber dónde están y tratar de captarlos”, comenta Yusamis García.
Alexandra Lecubarri añade: “Yo espero que se le pueda dar la relevancia social que tiene la educación temprana en el futuro de la niñez y del país. Y que no solo se asegure la asistencia regular de los niños, sino que se garantice que lo que se esté impartiendo corresponda a lo que necesitan. Fortalecer al equipo docente, institucional y a las familias”.
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