🔴🔵 Las historias de cómo sobrevivieron los venezolanos la primera semana después del doble terremoto

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Edy Añez amaba la vista de su apartamento en La Guaira: veía el campo de golf de Caraballeda de frente, las laderas de El Ávila a la derecha y el mar Caribe a la izquierda. Pero cuando el techo se le vino encima, sólo le quedó el cielo.

El edificio donde vivía se derrumbó durante los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que, con una diferencia de apenas 39 segundos, sacudieron Venezuela a las 18:04 del 24 de junio.

Ese miércoles era feriado. Se conmemoraban 205 años de la Batalla de Carabobo, la victoria militar que consolidó la independencia de Venezuela del dominio español.

«El edificio se fractura y cuando empieza a inclinarse, se desploma hacia la calle», cuenta Añez a BBC Mundo en una llamada. «Veo que la pared se me viene encima y se frena, quedó como un ángulo de 45 grados entre el piso y el techo».

Añez, de 61 años, quedó atrapado en el quinto piso con un mueble que le aprisionaba la pierna. «Estaba inclinado con la cabeza hacia abajo y los pies hacia las ventanas. El tobillo me estaba doliendo. Cuando intenté sacarlo, no podía».

Al descubrirse rodeado de cemento, se aferró a la luz que entraba por la ventana. «Vi el cielo y lo más impresionante fue la cantidad de pájaros y el sonido. Esa imagen no se me va a olvidar nunca».

Confiado en el acceso a la ventana que le proporcionaba aire limpio, se dijo a sí mismo que podría soportar 24 o 48 horas en aquel hueco, mirando el cielo. Pero al pensar en las réplicas, se dio cuenta de que su situación podría empeorar.

Abrió una gaveta del mueble que le aplastaba el tobillo derecho, revolvió su interior en busca de algún recurso y encontró un sobre blanco, un lápiz y una pelota de béisbol.

Decidió dejar un mensaje para aumentar la posibilidad de que sus familiares lo encontraran.

«Es Edy. Estoy en último piso. El piso 6 y 7 cayeron encima mío», escribió en el sobre blanco. «Estoy bien, veo el cielo. Llamen a mi familia». La nota terminaba con dos números telefónicos de sus familiares.

Mientras escuchaba los gritos de auxilio de otros vecinos, envolvió la pelota de béisbol con el sobre blanco donde escribió la nota y la lanzó lo más fuerte que pudo fuera de la ventana.

Empujó el mueble que le aplastaba el tobillo con la pierna que tenía libre. Cuando logró liberarse, se arrastró por la ventana y se tiró hacia afuera. Descubrió que el piso 5 se había convertido en una montaña de escombros que daba directamente a la calzada.

«Yo fui un milagro de la tragedia».

Nota de Edy Añez
La nota que escribió Edy Añez cuando estaba atrapado en los escombros tras los terremotos en Venezuela. Cortesía de Edy Añez

«Apúrate, no te distraigas»

En Camurichico, a menos de 5 kilómetros del lugar donde vivía Añez, Rafael Durand vio cómo se caían los edificios vecinos, mientras el suyo se movía como un péndulo en la misma línea costera.

«Me vino a la mente la caída de las Torres Gemelas del 11 de septiembre, porque inmediatamente salió hacia arriba todo lo que es esa nube de polvo».

Desde la ducha, su esposa Diana Álvarez le gritó que cargara a Arantxa, la hija de ambos de 4 años, mientras ella se vestía a toda prisa.

Aquel llamado hizo que Durand se levantara justo antes de que le cayera encima una vitrina del comedor.

Cuando se disponían a bajar los tres por las escaleras, él le dijo a su esposa que se marchara. Necesitaba unos minutos más para recuperar las llaves del auto, que habían quedado debajo de la vitrina.

«¡Señor Jesucristo, padre!», gritaba Álvarez aterrorizada por las grietas en las paredes, mientras le temblaba la mano al grabar el recorrido con su teléfono.

«Mamá, tranquila», se le escucha decir a Arantxa con su voz infantil. «Apúrate, no te distraigas».

«No quería que la dejáramos sola»

Tres horas después de que se derrumbara el edificio de Añez y colapsara el de Durand, Wladimir Colmenares llegó a La Guaira pasadas las 21:00, cuando aún se desconocía la escala del daño.

Colmenares, de 28 años, es voluntario de Ángeles de las Vías, una organización que atiende emergencias en la Gran Caracas. Además de ser enfermero, paramédico e instrumentista, se especializa en emergencias prehospitalarias.

«Nosotros fuimos uno de los primeros grupos en llegar a La Guaira porque realmente no había nadie, eran las mismas personas las que estaban ayudando», dice en una llamada, antes de comenzar una nueva jornada de búsqueda de sobrevivientes.

«Lo que vemos es desastre, es caos total», dice sobre Caraballeda, la zona donde vivía Añez a unos 40 kilómetros de Caracas.

Sin servicio eléctrico y envueltos en la oscuridad, Colmenares y sus compañeros comenzaron a remover escombros, rodeados de personas que gritaban desorientadas y deambulaban por las calles cubiertas de tierra.

«Encontramos a una mujer llamada Catherine que estaba atrapada. Se liberó prácticamente todo el cuerpo, pero tenía un mueble de cocina que le estaba aprisionando las piernas».

Mientras intentaban sacarla de las ruinas, los rescatistas se dieron cuenta de que requerían una sierra eléctrica y máquinas hidráulicas para salvarla.

«Nos genera impotencia no haber tenido los recursos necesarios en esas primeras 24 horas, porque ahí se necesitaban equipos especiales para hacer la extracción».

Wladimir Colmenares
Wladimir Colmenares durante los operativos de rescate en La Guaira. Cortesía de Wladimir Colmenares

El enfermero dice que aquella mujer estaba en «shock emocional».

«No quería que la dejáramos sola. Creo que esa era una de sus preocupaciones más grandes, que no la olvidáramos, que no nos fuéramos».

Al descubrir que no podrían ayudarla, decidieron trasladar la ambulancia y el equipo a otro lugar donde pudieran asistir a más víctimas.

En esas primeras horas atendieron a siete personas.

«Estás allí con ella, le estás agarrando la mano, la estás viendo a los ojos casi llorando y el no poder ayudarla, no poder sacarla, genera bastante frustración».

Un compañero le contó que Catherine había sido liberada 24 horas después. «Por las horas que pasaron del atrapamiento, le tuvieron que amputar ambas piernas».

El sábado, Colmenares participó en un rescate que se prolongó 16 horas y se ejecutó con los equipos apropiados.

«Tuvimos el honor de trabajar con un grupo de rescate de Estados Unidos y es espectacular el trabajo que realizan. Tienen todo para trabajar: los implementos para sonares, equipos hidráulicos, perros de rescate».

Videos en redes sociales documentaron los logros de los perros rescatistas encabezados por Tsunami, un border collie de un ojo azul y otro marrón, que ha detectado la presencia de decenas de personas bajo las ruinas.

Además de los brigadistas estadounidenses, a Venezuela llegaron miles de rescatistas de más de una veintena de países de América Latina, Europa, el Medio Oriente y Asia.

«Cuando ya la persona pudo ser extraída, que la llevábamos en la tabla de la ambulancia, ya estaba siendo atendida con soluciones y alguna medicación para el dolor».

Tsunami
Tsunami descansa sobre la parte trasera de una camioneta durante los rescates. AFP via Getty Images

«Insumos que nunca habíamos visto»

Durante la madrugada después del terremoto, Marlene se dedicó a ayudar a los pacientes que compartían habitación con su hermano en el servicio de Traumatología del Hospital General Dr. Miguel Pérez Carreño en Caracas.

Para evitar represalias, prefiere mantener su nombre anónimo dado que su hermano permanece internado, a la espera de que su familia logre recaudar US$3.000 para comprar un clavo y rectificar la fractura de su pierna.

Marlene asegura que no hubo ningún plan de contingencia para desalojar a los pacientes, especialmente a los que no podían caminar, como su hermano.

«Tengo la foto de un muchacho con un yeso empujando la cama de un paciente que no podía bajarse y caminar».

Hombre empuja la cama de un paciente en un hospital de Caracas
Un hombre con un yeso empuja cama de un paciente para desalojar un hospital en Caracas durante el terremoto. Cortesía

Después de mover camas, trasladar pertenencias de extraños e incluso lavar los baños del piso donde alojaron a los pacientes de todos los servicios, Marlene dice que surgió una situación que aún no es capaz de comprender.

«De la nada comenzaron a sacar cualquier cantidad de insumos que nunca habíamos visto. Cosas que siempre nos habían pedido durante los 25 días anteriores, comenzaron a aparecer en banda, cajas y cajas».

«Apareció personal médico, paramédico, camillero, aseadores. ¿De dónde salieron? No lo sé, porque en el servicio antes del terremoto había una sola enfermera».

Mientras charlábamos por WhatsApp, Marlene rechazó a un desconocido que le ofreció una arepa y a otra que quiso darle sopa, cuando estaba sentada en una sala de espera.

«Se debe resaltar la avalancha de solidaridad que hubo para garantizar la alimentación de pacientes y familiares y que fue tanta que ya no podíamos recibir nada más».

Ración de comida en el Hospital Pérez Carreño
Una ración de comida repartida por voluntarios en el Hospital General Dr. Miguel Pérez Carreño de Caracas. El mensaje termina con las siglas DTB, que significa «Dios te bendiga». Cortesía

El martes 30 de junio, casi una semana después de los terremotos, la dirección del Hospital Pérez Carreño negó en un comunicado que se solicitara a los familiares insumos médicos y quirúrgicos, medicamentos o materiales de farmacia.

BBC Mundo comprobó que la publicación había recibido al menos 49 comentarios en los que usuarios protestaban y aseguraban que habían aportado todos los insumos durante días y semanas para la atención de sus parientes en el hospital.

Pero luego los comentarios fueron borrados.

Rescatista
Un rescatista de bandera venezolana descansa en una acera en medio de los operativos de búsqueda de sobrevivientes. Getty Images

La fuerza de los voluntarios

Un día después de los terremotos, Izumi Viloria y Reynaldo Olivar abordaron su camioneta y salieron espontáneamente para ayudar en lo que pudieran.

Compraron alimentos y medicinas con el dinero que tenían y llevaron los productos a los centros de acopio que comenzaban a organizarse.

«Veía muchos comentarios en redes sociales de gente que quería ayudar y publiqué una historia en Instagram diciendo: ‘Yo estoy acá, el que quiera me puede enviar el dinero y yo le compro todo y les monto la foto de la factura para que vean con transparencia en qué se está gastando la plata», cuenta Olivar.

A medida que recibían donativos, las peticiones se volvían más específicas: les pedían que se acercaran a la casa de un familiar para llevar medicamentos para el asma o la hipertensión, o a un hospital para llevar insumos para un paciente.

«Al principio estábamos emocionados, nos llegaban 50,100, 200 dólares. Con los días hemos recaudado US$15.000 aproximadamente».

Sus historias en Instagram han servido como canales de auditoría sobre los recursos que reciben.

Izumi Viloria y Reynaldo Olivar
Izumi Viloria y Reynaldo Olivar recorren las zonas afectadas con su propio vehículo para distribuir ayuda a los afectados. Cortesía de Izumi Viloria y Reynaldo Olivar

En la última semana, la pareja ha distribuido plantas eléctricas, palas, picos, guantes, cascos de seguridad, linternas LED e incluso 37 carpas para los damnificados de La Guaira.

Como ambos hablan inglés, han servido como traductores para los equipos de rescate extranjeros.

Sin embargo, a medida que policías y militares instalaron puestos de control en las vías principales de La Guaira, exigiendo salvoconductos para acercarse a las zonas de desastre o inspeccionando los vehículos, la distribución se ha vuelto más difícil.

El martes 30 de junio, seis días después de los terremotos, tenían previsto entregar provisiones a unos pescadores que iban en sus lanchas desde Chichiriviche de la Costa, un pueblo turístico conocido como destino de buceo.

«Nos íbamos a encontrar en Catia La Mar, en Playa Las Zorras. Pero la Guardia (Nacional) no permitió entregar las cosas ahí y nos fuimos hasta Tacoa».

Los voluntarios no sólo actuaron espontáneamente, como Viloria y Olivar. También se organizaron bajo instituciones de renombre en Venezuela, como la Facultad de Medicina y el Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, o grupos locales de ayuda humanitaria como Cruz Roja Venezuela, Cáritas u Hogares Bambi.

Estas organizaciones publican en sus redes sociales instrucciones para coordinar los esfuerzos, distribuir la ayuda y mostrar los resultados de sus actividades en las comunidades donde brindan ayuda.

La diáspora de casi 8 millones de venezolanos que emigraron del país durante la última década, también se organizó en ciudades de todo el mundo para articular cadenas de envío de suministros y dinero para las labores de rescate.

La mayor satisfacción de todos, dentro y fuera de Venezuela, ha sido comprobar en un video que alguien emergió vivo de las ruinas, especialmente los niños, gracias al trabajo de los rescatistas.

Seis días después de los terremotos, las autoridades informaron que más de 6.400 personas habían sido rescatadas.

Edificio en ruinas.
Miles de edificios quedaron inhabitables tras el terremoto. AFP via Getty Images

El Día del Ejército

El 24 de junio no sólo se conmemoraba la Batalla de Carabobo, sino también el Día del Ejército.

A medida que corrían las horas y disminuía la probabilidad de encontrar sobrevivientes bajo los escombros, la presión por ver a militares y policías incorporarse a las labores de rescate se incrementaba.

Un periodista que pidió anonimato me contó que una noche, al salir del estadio de béisbol donde acampan los rescatistas extranjeros, se topó con un grupo de militares que dormían en el estacionamiento, con las cabezas recostadas de sus fusiles.

«Intenté entender por qué no estaban trabajando en la búsqueda de sobrevivientes, pensé que podían estar en una forma de acuartelamiento. Pero luego un jefe de bomberos me dijo que no estaban haciendo nada para ayudarlos».

Una inspectora de riesgo que también pidió anonimato dijo que cuando intentó bajar a La Guaira, fue detenida en una alcabala de la Policía Nacional Bolivariana. Los uniformados le ordenaron a ella y a su equipo que bajaran del auto y revisaron todo lo que llevaban.

«Nos quitaron las aguas y los gatorades. Sólo nos dijeron que eso no podía pasar y se lo quedaron».

Al día siguiente, la inspección fue suspendida porque un organismo del Estado canceló el salvoconducto asignado a su equipo para hacer tomas con drones en las zonas de desastre.

Filas en El Poliedro
Decenas de personas hicieron fila en El Poliedro de Caracas para solicitar salvoconductos para brindar ayuda en las áreas de desastre. AFP via Getty Images

En un video que circuló en las redes sociales se ve al ministro del Interior, Diosdado Cabello, discutir con un rescatista de Estados Unidos, quien le reclama por bloquearle el acceso a las víctimas de un lugar afectado.

En otros, cuya autenticidad BBC Mundo no ha podido verificar, los habitantes de edificios derrumbados golpean a policías y militares por presuntamente quedarse con pertenencias encontradas entre las ruinas.

El recuerdo del deslave

En diciembre de 1999, el periodista y profesor universitario Juan Ernesto Páez Pumar sobrevivió a la tragedia de Vargas, un deslave que cobró miles de vidas en La Guaira y devastó muchas de las áreas que hoy, 27 años después, están en ruinas.

«El carro brincaba, se bamboleaba de un lado a otro», recuerda Páez Pumar al describir el momento en que abandonó su casa con sus hijos y su esposa durante los terremotos.

«En la tragedia de Vargas, uno tenía conocidos desaparecidos o muertos. Ahora prácticamente todas las familias de La Guaira tienen al menos un familiar desaparecido o muerto».

Hasta el momento, las autoridades contabilizan casi 2.300 muertos y más de 11.200 heridos. Naciones Unidas estima que hay 50.000 desaparecidos.

Seis después de los terremotos, cuando ese mismo cielo que acompañó a Edy Añez bajo los escombros se tiñó de rojo por un evento meteorológico llamado candilazo, la madre y un cuñado de Paez Pumar permanecían desaparecidos.

En el séptimo día se declaró duelo nacional.

Aixa Odubert, madre de Juan Ernesto Páez Pumar
El aviso de búsqueda de Aixa Odubert, madre de Juan Ernesto Páez Pumar. Cortesía de Juan Ernesto Páez Pumar

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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