Caracas.- Durante más de una semana, las carpas improvisadas en plazas, bulevares y aceras de Caracas se convirtieron en el único refugio que decenas de familias consideraban seguro. No llegaron allí por falta de vivienda, sino por miedo. El recuerdo de los dos terremotos del pasado 24 de junio, que sacudieron el centro-norte de Venezuela y dejaron daños visibles en varias edificaciones, fue suficiente para que muchos decidieran dormir al aire libre antes de volver a sus apartamentos.
Pero la lluvia terminó imponiendo otra realidad. Las precipitaciones que se han registrado en la capital durante los últimos días, acompañadas de fuertes ráfagas de viento, truenos y bajas temperaturas durante la noche, comenzaron a hacer insostenible la permanencia en las plazas. Las lonas dejaron de proteger del agua, el suelo se convirtió en barro y el frío empezó a afectar especialmente a niños y adultos mayores.
Así, muchas familias tomaron la decisión de regresar a edificios que aún les generan desconfianza.
«Tengo miedo porque no hay un informe formal sobre las condiciones del edificio, pero también es un riesgo estar afuera», contó al equipo de El Pitazo una propietaria de un apartamento en un edificio de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV) ubicado en los alrededores de la avenida Bolívar.
La mujer explicó que volvió a dormir en su vivienda durante la noche del 2 de julio, no porque recuperara la tranquilidad, sino porque las condiciones en la calle dejaron de ser soportables.
«Tengo dos niños pequeños. Con este frío y la lluvia ya no podía seguir exponiéndolos. Dormíamos pendientes de cada trueno y de que el agua no entrara a la carpa. Sentí que estaba cambiando un riesgo por otro», relató.
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Su caso se repite entre decenas de familias que, desde la madrugada del terremoto, ocuparon espacios públicos de Caracas con colchones, cobijas, sillas plásticas y carpas improvisadas.
Durante días convirtieron plazas y espacios abiertos cercanos a sus residencias, en dormitorios colectivos donde compartían alimentos, cargaban teléfonos con extensiones eléctricas y trataban de mantenerse unidos mientras esperaban respuestas oficiales.
El miedo permanece
Aunque en varios edificios ingenieros realizaron inspecciones preliminares y explicaron a los residentes que, en algunos casos, las grietas observadas corresponden a elementos no estructurales, el temor entre los habitantes continúa.
Para muchos, la memoria de la noche del 24 de junio pesa más que cualquier explicación técnica.
Aquella noche, dos fuertes movimientos telúricos alteraron la rutina de millones de venezolanos. En Caracas, La Guaira y Miranda, cientos de personas abandonaron apresuradamente sus viviendas mientras los edificios se sacudían, caían fragmentos de paredes y se abrían grietas en fachadas y apartamentos.
En algunos conjuntos residenciales de la Gran Misión Vivienda Venezuela aparecieron fisuras en columnas, paredes y áreas comunes. Esta realidad aumentó la incertidumbre entre los vecinos.
Desde entonces, muchas familias optaron por permanecer en espacios abiertos, convencidas de que era más seguro enfrentar el frío que un eventual colapso de las edificaciones. Sin embargo, con el paso de los días, la lluvia comenzó a cambiar esa percepción.
Dormir bajo la lluvia ya no es una opción
Las precipitaciones registradas durante las tres últimas madrugadas de esta semana sorprendieron a quienes permanecían en campamentos improvisados. El agua atravesó las carpas, humedeció colchones y obligó a muchos a pasar horas de pie mientras esperaban que escampara.
Las familias comenzaron entonces a evaluar nuevamente su situación. Algunos decidieron regresar a sus apartamentos luego de conversar con ingenieros o tras observar que sus edificios no presentaban nuevos daños. Otros reconocen que volvieron simplemente porque ya no podían seguir soportando las condiciones de la calle.
«Uno entra al edificio con miedo. Cada ruido nos pone nerviosos y cualquier vibración hace que pensemos que está temblando otra vez», comentó otra residente desde Plaza Venezuela.
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Esperan evaluaciones definitivas
A pesar del retorno progresivo de algunas familias, la incertidumbre no desaparece.
Vecinos consultados por El Pitazo coinciden en que necesitan informes técnicos escritos y públicos que les permitan conocer con claridad el estado real de las edificaciones donde viven. Consideran que las inspecciones visuales realizadas hasta ahora no son suficientes para disipar el temor que dejó la emergencia.
Mientras tanto, otros residentes continúan negándose a regresar y permanecen en plazas o espacios abiertos, convencidos de que todavía no existen garantías suficientes para volver.
La emergencia, aseguran, ya no solo dejó grietas en paredes y edificios. También abrió una profunda sensación de inseguridad que persiste incluso cuando las réplicas han cesado.
En Caracas, el regreso a casa no ha significado el final del miedo. Para muchas familias, simplemente representa la elección del riesgo que consideran menos duro: enfrentar la incertidumbre dentro de sus apartamentos antes que seguir pasando las noches bajo la lluvia, el frío y el cielo abierto.
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