Este texto fue publicado originalmente en la revista Quiltra.
Ser migrante es ser, forzosamente, un espectador a la distancia. Es estar ausente de tu tierra en las buenas y en las malas. En los cumpleaños y en las enfermedades, en los nacimientos y en los velorios.
También en las hecatombes.
Es sentir que estás donde no debes estar. Es saberte inútil, es querer ser útil.
Pero sabes que nunca serás lo suficientemente útil tan lejos.
Necesitas estar cerca.
Escribo con mucha dificultad y desorden días después de los dos terremotos de 7,2 y 7,5 que, con segundos de diferencia, sacudieron a Venezuela el 24 de junio.
Como dos demonios gemelos que nacen uno tras otro.
Como dos monstruos que atacan a la vez.
Necesito escribir (gritar, más bien) aunque quizás con mi voz no voy a aportar nada nuevo. Estorbo, en realidad. Estoy a cinco mil kilómetros, no escuché el crujido de la tierra, no oí las alarmas, no sentí el piso moverse, no vi las paredes quebrarse, no tuve que salir corriendo descalza, no luché por mi vida, no salvé la de otros.
Es poco lo que puede decir una periodista que no ejerce y que no está allá, sino acá.
Pero me siento ante la computadora porque debo hacer lo que siempre predico: “Escribir es dejar constancia”.
Necesito escribir, sobre todo, porque mi angustia puede parecerse a la de muchos de los millones de venezolanos regados por el mundo que estamos desesperados porque cómo podemos estar dando clases, manejando un Uber, blanqueando dientes, dibujando un plano, vendiendo celulares, haciendo arepas, practicando cesáreas, escribiendo libros, limpiando casas, cuando nuestro corazón (tan inservible en estos momentos) está en otra parte, cuando solo queremos revisar mil veces al día el celular para preguntarle a los familiares y amigos cómo siguen, para ver en las redes sociales si fue rescatado algún nuevo sobreviviente entre los escombros, para saber cuál es la mejor manera de ayudar desde el exterior, para intentar dar (y tener) ánimo.
Cuesta acariciar ahora a los hijos, si miles de padres perdieron los suyos. Cuesta pararse a trabajar si miles ya no tienen fuentes de empleo. Cuesta mirar estas cuatro paredes si miles ya no tienen paredes. Cuesta dormir bajo esta cobija calentita si miles no pueden pegar ojo. Pienso que patria no es lo que proclaman los políticos en sus discursos, sino esta sensación de saberte parte, de caer con todos y de levantarte con todos.
Necesito escribir además desde aquí porque muchos chilenos aún no entienden la dimensión de la tragedia. Al vivir en una nación con cultura sísmica, no se explican cómo un par de terremotos, de menor intensidad que los que han estremecido su tierra, produjeron tal devastación en el centro-norte de mi país. Según el balance oficial actualizado al 3 de julio, los terremotos han dejado al menos 2.645 muertos, 12.666 heridos y más de 15.000 personas damnificadas. Además, 189 edificios colapsaron por completo, 855 resultaron afectados, de los cuales más de 800 quedaron inhabitables, y unas 58.000 viviendas presentan daños de distinta consideración.
Un terremoto es inevitable, sí, pero la experiencia de países como Chile y Japón nos demuestra que hay formas de impedir un desastre como el ocurrido en Venezuela.
No aprendió el gobierno de mi país de la experiencia vivida en otros desastres naturales. El 15 de diciembre de 1999 ocurrió un deslave feroz, lluvias torrenciales hicieron que la montaña se viniera abajo, piedras y lodo arrastraron con todo a su paso. La región más afectada fue La Guaira, justamente la zona cero de la actual catástrofe. En ese entonces, el Estado demostró su incapacidad para atender la magnitud de un desastre en el que perdieron la vida 16 mil personas, según cifras oficiales, el doble según expertos. Hugo Chávez, presidente en ese momento, reconoció demasiado tarde la emergencia y las instituciones públicas no actuaron a tiempo. El rescate de los sobrevivientes se hizo de forma tardía y desorganizada, como si las instituciones se negaran a asumir la responsabilidad de atender su tarea; muchos fallecieron por la falta de equipos de salvamento, porque no hubo suficientes manos para buscarlos, por el lento traslado a centros de salud y por la escasez de medicinas e insumos; decenas de niños rescatados nunca aparecieron; miles pasaron hambre y sed; los damnificados vivieron por meses, e incluso años, en lugares con condiciones pésimas. En ese momento, como ahora, solo el pueblo ayudaba al pueblo.
Después de tal cantidad de errores y desaciertos, no hubo aprendizajes, no se activaron protocolos de emergencia ni se tomaron previsiones. Varios especialistas (incluso algunos que trabajaban en los propios ministerios) advirtieron la vulnerabilidad del litoral central; sin embargo, el gobierno hizo caso omiso: autorizó edificaciones en terrenos inestables, construyó viviendas sociales que parecían de juguete en sitios inseguros, no adquirió equipos ni tecnología.
En 2009, otro terremoto azotó al oriente del país. El gobierno repitió los errores del deslave, los mismos que se cometieron ahora. Tampoco fue lección ese sismo: no se crearon ni leyes, ni ordenanzas, ni protocolos para un desastre natural, no se invirtieron dineros del Estado en prevención ni se construyeron edificaciones apropiadas… Por el contrario, en estos últimos 27 años se fue desmantelando la red antisísmica nacional: de 300 estaciones que había en los años 90, ahora están operativas cuatro.
Varios geofísicos alertaron que era altísima la probabilidad de un sismo mayor en la zona central en esta década. El chavismo hizo oídos sordos.
Pero así ha sido con todo: al país de grandes recursos hídricos y energéticos lo dejó sin luz y sin agua; al país petrolero lo dejó sin gasolina; al país agrícola y ganadero lo dejó con hambre; al país moderno lo paralizó… Todo este tiempo solo ha habido cientos de recursos y personal para la represión, pero nada para el servicio público.
En esta catástrofe el gobierno venezolano y sus funcionarios solo retrasan, impiden, ordenan, traban, confunden, violentan, ocultan, desorganizan, imponen, frenan. Ningún militar, ningún guardia nacional, ningún policía, ningún funcionario llegó a la zona cero los primeros días del desastre. Se presentaron mucho después. Pero no llegaron a ayudar, sino a reprimir, a bloquear, a amenazar, a robar entre los restos, a hacer show, a sacar a los verdaderos héroes de su labor. Dicen los voceros del gobierno que los voluntarios obstaculizan las labores de rescate, pero los que realmente obstaculizan son los uniformados que no han ayudado a mover ni una piedra, pero sí sirven para poner barricadas para que no entre la ayuda humanitaria. Como ejemplo de tanta impiedad, cuatro días después de los terremotos, justo en las horas más críticas para hallar sobrevivientes, la “presidenta encargada” (no sé cómo llamarla), Delcy Rodríguez, hizo un evento para homenajear a los rescatistas internacionales: “Quisimos apartarlos de sus tareas, que sabemos que son vitales, para agradecerles», dijo, como si esos señores hubieran venido a Venezuela de paseo, como si separarlos obligatoriamente de su labor titánica y contrarreloj no costara vidas.
Venezuela vivió el peor cataclismo con el peor gobierno posible.
Por eso necesito escribir sobre esa convicción que tenemos los venezolanos de que, a falta de Estado, solo contamos con nosotros mismos.
Todo lo están haciendo los propios ciudadanos que, sin herramientas, escarban entre las ruinas para buscar vivos y muertos. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los voluntarios que preparan comida y llevan botellas de agua a los refugios. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los rescatistas, que salvan y animan a los sobrevivientes. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los médicos que se trasladaron por sus propios medios hasta los pocos centros de salud en los sitios más afectados. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los periodistas, que en tal caos informativo, verifican los datos, difunden cada hallazgo y denuncian cada atropello. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los usuarios de redes sociales, que canalizan ayudas y visibilizan historias. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los ingenieros y arquitectos, que gratuitamente van a revisar el estado de las edificaciones que permanecen en pie. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los psicólogos, que atienden a tantos que aún no pueden procesar la tragedia. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los informáticos, que han creado plataformas para registrar los nombres de los desaparecidos y organizar las ayudas humanitarias. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los artistas, que van a contarle cuentos a los niños damnificados. No el gobierno.
Todo lo están haciendo la fortaleza y valentía de las propias víctimas: la niña que con su voz guió a los rescatistas y salvó al hermano; la madre que cubrió al hijo con su cuerpo. No el gobierno.
Todo lo están haciendo las personas que recogen fotos entre los escombros porque quizás sea lo único que queda de muchas familias. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los migrantes venezolanos en el mundo, que recolectan dinero para comprar medicinas e insumos necesarios. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los civiles, que en las noches alumbran con sus celulares los edificios desplomados intentando hallar una señal de vida. No el gobierno.
En fin, todo lo está haciendo el pueblo, que se rebela ante la infamia.
También, todo lo están haciendo otras naciones, que han enviado equipos especializados en búsqueda y rescate, médicos, profesionales expertos en catástrofes. No el gobierno.
Todo lo están haciendo los perritos rescatistas. No el gobierno.
Incluso más estoy haciendo yo (inútil tan al sur) que el gobierno.
Nos queda mucho trabajo por hacer, eso sí, porque recuperar al país no va a ser cosa de un día, ni de un mes; porque de este cataclismo (otra vez) tenemos que salir adelante solos. Y no olvidar.
Este cataclismo también me enseñó algo sobre mí misma, me demostró que yo estaba muy equivocada, que nunca entendí el mensaje que tanto intentó transmitirme mi mamá.
Mi primer recuerdo (o el que creo recordar) fue el terremoto de Caracas, el 29 de julio de 1967. Yo tenía dos años y ocho meses. La verdad no sé hasta dónde llega mi recuerdo y hasta dónde me lo implantó mi madre. Ella me habló del estruendo que venía del fondo del mundo y que le entraba por las sienes. Por eso supe que hubo ruido. Me habló del descenso a toda velocidad por las escaleras del edificio cuando cesó el movimiento. Por eso sé que corrimos. Me habló de los rezos en la casa de al lado ante el Jesús de las procesiones de Martes Santo. Por eso supe que pidió ayuda al más allá. No me habló nunca del miedo. Aunque seguro tuvo miedo. Al siguiente día, me llevó a ver los edificios desplomados muy cerca de mi casa. Yo no me acuerdo, pero ella me contó mil veces que la gente deambulaba por la calle casi desnuda, enloquecida, llorando a los familiares sepultados por los ladrillos. Tanto le impactó lo vivido que, desde entonces, guardó un Últimas Noticias de esos días, un periódico que aún permanece en una maleta cerrada en mi casa de Caracas.
Siempre pensé que, con esa insistencia, mi mamá quería enseñarme que la muerte era una posibilidad. Que todos podíamos morir.
Hasta ella.
Hasta yo.
Pero esta tragedia que vivimos ahora me demostró otra cosa. Escucho en un video a una niña que le dice a un reportero que se asustó mucho, que perdió su casa, pero que está contenta porque está viva y está con su mamá. Veo a otra niña que asoma su cabecita entre los escombros y entrega la sonrisa más bella del mundo. Me detengo a leer lo que escribió en las redes sociales el artista visual Yonel Hernández, que estaba en Caracas con su esposa e hija durante el terremoto y agradece haber podido “vivir esa intensidad juntos, ser padre y proteger cuando yo también sentía miedo”.
Entonces entiendo. Mi mamá también tuvo miedo, pero no quiso enseñarme sobre la muerte cuando insistió en recordar por décadas el terremoto de 1967. Lo hizo porque quería que yo aprendiese a valorar la vida
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973