Cuando cae la noche en La Guaira, el estado más devastado por el doble terremoto del 24 de junio, el temor aumenta entre quienes quedaron damnificados. También la desesperación entre los familiares que mantienen la fe de que ocurra un milagro y su ser querido sea uno de los sobrevivientes de esta tragedia que ha causado en el país más de 2.000 muertos y 3.000 heridos, según reportes oficiales. Pero pueden ser más. Muchos más.
Sentada junto a su familia y varios vecinos en una acera de la calle Guaicaipuro de Caraballeda, Egnis, quien prefirió no dar su apellido, dice que su vida cambió por completo por el doblete sísmico. El día, dentro de lo que cabe, se hace llevadero hasta que el sol comienza a ocultarse. «Entonces vienen la angustia, la zozobra. Las horas pasan lento, parecen interminables. Es algo muy fuerte lo que estamos viviendo«, dice mientras muy cerca hacían trabajos para el rescate de cuerpos bajo la luz de la luna.
Están a la deriva, dice. No tienen electricidad, internet ni agua. Denunció que están desasistidos e incomunicados. «No sabemos lo que está pasando alrededor porque no tenemos información».
Aunque el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, asegura que el servicio eléctrico está restituido en un 90%, la realidad en el terreno es otra: persisten los sectores a oscuras y, desde hace unos días, se suma la inseguridad. Egnis relató que cada vez escuchan más denuncias de saqueos y robos en las propiedades colapsadas que quedaron desprotegidas. «Esperamos que esta pesadilla pase pronto», clama la mujer iluminada por una lámpara recargable.

Guaireños quieren irse de su estado
El panorama es desolador en La Guaira. Son montañas inmensas de escombros y los edificios que quedan en pie muestran grietas, una imagen que es una segunda tragedia para los sobrevivientes. Por eso hay quienes no quieren vivir más aquí. «Tengo miedo, tengo mi apego con mi estado porque soy nací aquí, pero quiero irme porque de verdad que me da pavor; ya esta es la segunda tragedia que paso», comenta Egnis.
La incertidumbre de saber cuál será el destino de La Guaira representa una gran preocupación para ella. «¿Qué respuesta nos van a dar? No sabemos si nos van a evacuar a todos. No tenemos información de si la presidenta se pronunció», dice sobre la falta de información que hay en estos momentos.
Al no tener comunicación ni atención de las autoridades, su única esperanza es Dios para que haya un cambio y mejore su situación.

Cae la noche
«Las noches son terroríficas», dice Marta Morales, habitante de Caraballeda. Su casa no tiene daños graves, pero la vivienda corre peligro por un edificio que se desplomó en la parte trasera y el muro perimetral amenaza con caer.
«Tenemos que dormir aquí con los vecinos en la parte de afuera. La noche que nos cayó la lluvia fue terrible porque también hubo una tormenta eléctrica muy fuerte», señala mientras una lámpara recargable la iluminaba y sonaba con insistencia una máquina encargada de las labores de extracción.
Los problemas se extienden a servicios fundamentales como el agua, ya que las reservas que tenían escasean, lo que hace difícil cocinar y asearse.

Vecinos se cuidan entre ellos
Ante la inseguridad, comenta Morales, los vecinos se protegen entre ellos mismos. Usan pitos para como alarma para alertar. «El arma que tenemos es un pito. Nos cuidamos entre nosotros con pitos y tratamos de hacer los momentos llevaderos mientras se va resolviendo, mientras nos reconectan la luz. La señal de internet para comunicarnos con los familiares no existe; cada vez que viene alguien en camioneta con su antena Starlink, nos dejan tres minutos nada más. No ha sido fácil, ha sido bastante complicado».
Teme que aumenten los hurtos en edificios, pues aunque han visto policías, son pocos y algunos ni siquiera están armados.

La réplica del lunes, comenta, les generó mucho miedo.
Y aunque en un momento tan cuesta arriba el optimismo puede diluirse, Martha Morales demuestra lo contrario: «Lo importante es que estamos bien; con medicamentos también nos han ayudado bastante y con algunos insumos, colchonetas. En la noche pasan algunas camionetas de Caracas, nos traen comida caliente. Ahí vamos».
Ruega porque la escuchen y solventen con maquinaria la situación del muro que amenaza con caerle a su casa. «La magnitud de esto ha sido inmensa. Hay mucha ayuda, pero no es suficiente. Esto fue mucho más grande».

Historias entre la penumbra
En lo que queda de las residencias Rita Sol Palace, en Los Corales, hay un esfuerzo constante. Rescatistas argentinos y venezolanos, voluntarios y algunos familiares están instalados en una zona fuertemente afectada, que iluminaron con equipamiento profesional.
Los faroles apuntan directamente a una zona de desastre: una enorme masa de concreto bajo la cual quedó atrapado el hogar de cientos de familias. Al fondo, una multitud observa expectante, aferrada a la esperanza de que los rescatistas logren extraer a quienes habitaban el edificio de diez pisos. La mirada de los vecinos sigue de cerca cada movimiento, el estruendo de las máquinas, el análisis minucioso del terreno y el traslado de plantas eléctricas. Es una labor titánica que exige una precisión milimétrica, desafiando las inclemencias del clima y una agónica carrera contrarreloj por hallar sobrevivientes cuando ha pasado más de una semana del doble sismo.

José García vivía en el piso 2 del edificio y, tras el sismo, su esposa, hijos y él cayeron hasta la planta baja. Lograron rescatarlos a todos menos a su pareja. Cree que sigue viva bajo la torre desplomada.
Estuvieron encerrados entre 8 y 9 horas. Horrible es la palabra que usa para describir la situación, pues estaba con sus hijos en un espacio reducido; al menor lo tenía al lado, pero al de 12 años solo podía verle un pie y una mano, ya que el resto de su cuerpo estaba tapado por los escombros.
Durante el encierro, les pedía a sus hijos que oraran y les repetía constantemente: «De aquí vamos a salir». Los niños decían que «vendrían los ángeles» a buscarlos.
Fue sacado de los escombros gracias a un esfuerzo conjunto de su hijo mayor (quien es bombero y estaba fuera luchando por ellos), un amigo de la familia y el grupo UOTE de la Policía Nacional.

La versión del héroe
Cuando el bombero Jesús García llegó al sitio, un compañero ya había localizado a su padre y a sus dos hermanos en el área derrumbada de la piscina y buscaba refuerzos. Su compañero le confirmó: «Tu papá está con vida con los niños». Al entrar por primera vez y escucharlo, su padre le suplicó: «No me dejes aquí». Jesús le pidió calma; no se iría sin él.

Mientras intentaban ingresar por primera vez, ocurrió una réplica y las estructuras comenzaron a caer. A pesar del riesgo, decidieron continuar con la labor de salvamento.

El rescate se demoró significativamente porque estaban «escasos de herramientas». Tuvieron que esperar una hora por un martillo eléctrico de una residencia vecina.
El éxito del operativo se debió en gran medida a la llegada del grupo UOTE (Unidad de Operaciones Tácticas Especiales de la Policía Nacional Bolivariana), quienes apoyaron con tres esmeriles, y a la ayuda de otro bombero de La Guaira que se sumó a las labores.
Lograron extraer con éxito tanto a su padre como a sus dos hermanos (el primero en salir fue el más pequeño, Diego). No obstante, Jesús mencionó con tristeza que la madre de sus hermanos aún permanece bajo los escombros.
Solos una vez más
Un sobreviviente de 60 años, quien se identificó como Álvaro, denunció el olvido institucional y la falta de recursos básicos para la reconstrucción de sus vidas. «Pasan muchos funcionarios en el día y en la noche no hay ninguno patrullando. Entonces, esto se va a volver otra vez como en la época de la tragedia de la vaguada de Vargas, que hay que empezar a armarnos aquí los ciudadanos, los vecinos que quedamos vivos para defendernos».

Asegura que no hay quien proteja los bienes y a las personas. «Vienen a robar, no vienen con buenas intenciones, entonces hay que enfrentarse con ese tipo de personas».

Exigió a las autoridades que se aboquen a los problemas que enfrentan: seguridad y servicios públicos, además del suministro de gasolina. «Son cosas muy básicas del ser humano. No hay agua ni siquiera en cisternas. Menos mal que llovió hace dos días y recogimos un poquito de agua. Imagínate eso después de 8 días».
Lamenta que no haya alguien que esté dando órdenes para ayudar a la gente a volver a empezar. «Aquí todos somos guerreros. Bueno, vamos a seguir guerreando, pero necesitamos ayuda».
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973