Caracas es una ciudad repleta de alcantarillas. Rotas, deterioradas y en aceptables condiciones. Forman parte de la “selva de cemento”, para usar una frase popularizada por la salsa. Cuántos ciudadanos no se han preguntado qué hay debajo de ellas, más allá de tuberías y aguas negras, en especial si se toma en cuenta que se trata de una capital de contrastes entre la pobreza extrema y la ostentación.
Mario Morenza, en su primera novela, El plano inferior (Monroy Editor), lleva esta problemática a la ficción con una narrativa ciberpunk y de sátira social en la que el protagonista, el arquitecto Edward Gómez Gómez, decide abandonar la vida peatonal e institucional para sumergirse en el universo subterráneo de las cloacas de la ciudad. Allí, bajo el apodo de «Valle-Coche», se integra a una comunidad de indigentes y marginales para dedicarse a un proyecto que le obsesiona: construir una maqueta de la Caracas ideal utilizando solo desperdicios y desechos urbanos.
Ganador del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional en el año 2016 con “Las tribulaciones de un censor antiplagios”, en el que también plantea una sociedad sometida por el despotismo, Morenza, a través de la arquitectura y la basura, explora las contradicciones de una ciudad en la que conviven destellos de modernidad y tecnología con un constante retorno a las cavernas.
—Si hay algo que he notado en su narrativa, es la tendencia a crear situaciones hipotéticas extremas, como la Ley Antipiratería en su cuento “Las tribulaciones de un censor antiplagios” o la creación de los “citizens” en su novela El plano inferior. ¿A qué se debe esa inclinación?
—En las historias que refieres es probable que hallemos esas situaciones extremas, o incluso yo las catalogaría como absurdas, ya que pertenecen a un mismo universo narrativo que en su debido momento llegará a los lectores y estos trazarán los vínculos temáticos y narrativos entre las historias. Pero perfectamente califican de extremas, pues se suscitan en un territorio dominado por el neogomecismo: un despotismo ficcional experto en prohibiciones. En El plano inferior este régimen ya no existe, y en el cuento que mencionas está por existir, es decir, pertenece a una etapa preneogomecista. Lo curioso es que ambos restringen las libertades. Ambos tienden a la hegemonía irrazonable, si es que acaso existe alguna que tenga razón. Al reflexionar en tu pregunta, pienso que hubiera sido preferible lidiar con estas situaciones extremas que con las padecidas durante este milenio en el país. Tal vez, a través de estos extremismos de la ficción, con humor negro alivio un poco el extremo dolor de la realidad.

—Se suele creer que en Venezuela no hay, o es poca, literatura escrita en clave de humor, que es bastante notable en su libro. ¿Esa idea de la ausencia del chiste o la jocosidad tiene que ver con nuestro canon y su relación con los temas sociales y políticos? ¿Ha cambiado esto con el paso de los años o, más bien, siempre hemos tenido autores que apuntan hacia el humor?
—Es probable que no sea el género más abundante, pero sí existe. Quizá en autores que ni sospechamos porque, precisamente, se les ha mirado desde aristas vinculadas al realismo, a la representación social de una época, a la penuria, pero quizá poco a la ironía, el sarcasmo, incluso el humor. En este caso, debo señalar la diferencia entre humor y lo que conocemos como chiste, mera jocosidad, fácil y llana, que agradecemos puntualmente, pero es fugaz y orientada a un contexto muy específico, a la reunión, el TikTok y el stand-up comedy.
Cuando hablamos de humor, pues este trasciende épocas. Y a su vez, se ha convertido en refugio de nuestra propia resistencia ante esas penurias que vivimos o leemos. Para acercarnos a una definición del humor puro y duro, recuerdo una frase de Enrique Vila-Matas en su relato “Amé a Bo”: un viajero a bordo de una nave averiada que solo avanza en línea recta descubre, más allá de los límites del universo, que la esperanza no es lo último que se pierde, es en realidad el humor. Y ya en tono delirante: “El humor es la verdadera esencia del cosmos. Y lo que hay mucho más allá de este”. El relato nos lo explica como una emoción que doblega cualquier arbitrariedad, disipa el aislamiento profundo. Cuando recurrimos al humor y enfrentamos con él determinada situación extrema o algún extremista, lo desarmamos, lo desarticulamos, señalamos sus debilidades, y en eso radica su poder.
En nuestra literatura hallamos narradores que con solvencia han manejado el humor. De primero obviamente nombraría a Jaime Ballestas (Otrova Gomas), narrador cuya obra entera se sostiene en una sólida poética humorística. Salvador Garmendia con sus Cuentos cómicos; Renato Rodríguez con La noche escuece o El bonche; Miguel Gomes desliza con refinada soltura la ironía y el sarcasmo en su narrativa; y más atrás en el tiempo, Leoncio Martínez, también caricaturista; Blas Millán con su relato “La radiografía”; Teresa de la Parra sin duda alguna; Miguel Otero Silva y Antonio Arráiz, quienes registran novelas dolorosas como Puros hombres o Fiebre, también nos legaron humor en buena parte de su obra. Y también en otros géneros: pensemos en Andrés Eloy Blanco, Aquiles Nazoa, Eugenio Montejo (con Chamario), y obras teatrales como las de Rodolfo Santana.

—En su caso, ¿cómo aborda el humor en su narrativa? ¿Es una búsqueda personal o surge desde la espontaneidad creativa?
—El humor, el humor… De él siempre se ha dicho, es un arte que además de hacer reír nos lleva a estados metafísicos de reflexión, a pensar, a la crítica sin miramientos ni concesiones. El humor siempre nos hará reflexionar. Recuerdo a Luigi Pirandello, quien escribe en El humorismo: “Todo humorista verdadero, no solamente es poeta, sino que también es crítico (…) con una especial actividad de la reflexión”.
La influencia del humor sin duda se manifesta desde mis primeros cuentos. Las historias que he escrito durante los años que median entre La senda de los diálogos perdidos y El plano inferior no son la excepción. El humor, la parodia, la intertextualidad, lo absurdo, la ironía, entretejen mi obra narrativa. Con El plano inferior me ha pasado algo particular, desde luego existen pasajes y personajes que están allí y pueden ser considerados humorísticos. Sin embargo, algunos lectores los han señalado como pasajes y personajes de una profunda desolación y desmesurada hostilidad. Quizá la ironía se gesta aquí como resistencia existencial y política. Critica y pretende desmontar las afiladas realidades que nos laceran.
—La idea de un arquitecto, Edward, que abandona su vida para estar entre indigentes de las cloacas y crear, con desechos, una maqueta de la Caracas ideal nos puede trasladar a un pensamiento todavía vigente: la cuestión de no terminar de entrar al siglo XXI o la lucha constante por ser un país moderno. ¿Pensó usted en esta controversia a medida que avanzaba en la novela?
—A veces pienso que transitamos tiempos paralelos. Puedo cruzar calles de Catia, La Vega y Coche donde conviven telarañas de sistemas eléctricos que se enmarañan de un poste a otro, de una esquina a otra, con alcantarillas oxidadas y, sin embargo, acompañadas con rutilantes anuncios y pantallas, el neón estridente que anuncia ofertas y combos o la galopante crecida del dólar. En otros lugares, quizá provistos de mejores instalaciones e infraestructura, notamos imprudencias de otro tipo, un comportamiento neandertal. Y es común esto aquí y allá. En nuestra Caracas. En la que conviven espasmos de primer mundo con comportamientos neolíticos. Cuadras enteras en las que se levantan edificios y meses después permanecen en un vacío absoluto. Se desmantelan. Y en el espacio que ocuparon se erigen otros. Esto me recuerda a Penélope, tejiendo y destejiendo. En el país, en lugar de tejer y destejer un desarrollo, pareciera que apilamos y desmontamos ladrillos, acaso un correlato de nuestra concreta inmadurez, de la desesperanza. ¿Cuál es el sentido oscuro de este juego de la inconclusión?

—La novela nos traslada a una Caracas muy pesimista, llena de asperezas de la gente aunque con algo del carisma del venezolano. ¿Usted cómo percibe la capital hoy día tomando en cuenta los cambios que ha atravesado en los últimos veinte años?
—Las aceras de la ciudad están cruzadas por gente que conduce carros de última generación, pero también por indigentes y niños de la calle. En el mejor de los casos no se trata de que hemos entrado al siglo XXI, es que hemos vuelto, en buena medida, a las cavernas. La comunidad de indigentes a la que se une el arquitecto protagonista tiene un lema que, entre sus contradicciones, vitorean con orgullo: “¡Ser un citizen es volver a la inocencia del hombre primitivo!”. En otro pasaje leemos: “En la prehistoria todos fuimos indigentes. En la Edad Media la mitad de los humanos éramos indigentes. Dentro de poco, todos volveremos a ser indigentes”. En la Caracas actual estamos muy cerca de sentirnos así, porque en las aceras nos igualamos. Todos vamos al ras del cemento y el asfalto, esquivando sus desniveles y cráteres. Algunos nos damos paso, otros atropellan al que vaya con lentitud. Pero también nos conseguimos gente amable. Solo espero que de esta vorágine nos quede alguna enseñanza. Ese carisma que mencionas, no me cabe la menor duda, es sustancia derivada del humor del que hemos conversado. Y una fórmula de la resistencia.
—“Valle–Coche” es el seudónimo del personaje principal, que se refiere no solo a una arteria vial esencial de la ciudad, sino a dos sectores populares muy cercanos y con mucha historia. ¿Quiso hacerle un homenaje a las parroquias y la carretera? ¿Qué significan particularmente para usted?
—Sí, en realidad es un apodo que le (im)ponen a Edward Gómez Gómez, pues ha regresado a sus comarcas luego de abandonar su vida peatonal y profesional. Regresa a donde residió durante gran parte de su infancia. En este personaje recaen, de hecho, varios apodos; él nunca se cambia el nombre, se lo cambian. Jethro Tull, al que le dicen así porque usa una franela desteñida de esa agrupación británica, le llama Valley Car. Y sí, El plano inferior puede considerarse un homenaje tanto a la literatura que refiero como a las calles que he recorrido, porque soy cochero, aunque afortunadamente nada tenga que ver con el protagonista. Este se planta en un nivel subterráneo para reconstruir la ciudad con sus propios desechos; mientras que, por mi parte, escribí una novela con lecturas y recorridos: un imaginario literario y también de observación, acaso esa mirada del cronista atento que lee entre líneas las aceras. Que citará y narrará veredas y callejones en sus historias. Es la ciudad que llevas dentro. Y en esto coincidimos todos: las huellas que ha sellado la ciudad en nuestros recuerdos. Es la ciudad interior de la que habla el ensayista Juan Carlos Santaella, que presenta la ciudad como imagen asociada a las etapas del ser humano. La vincula a un estado emocional posterior a lo que él acepta como la casa: “El lugar, por excelencia, de las ensoñaciones pasadas y presentes y una especie de lugar sagrado capaz de elevar nuestros placeres hasta sus últimas consecuencias”, escribe. Añade que “el ordenamiento espacial de una ciudad tiene que ver con la organización espiritual y mental de sus habitantes”. Los planos de una ciudad están diseñados acordes con la mentalidad y necesidades de sus pobladores. La armonía o el caos urbano calibran esa espiritualidad y se consolidan en esta concepción. Si narramos personajes, trazamos sus recorridos psíquicos y físicos.

—¿Cómo funcionan los procesos creativos de Mario Morenza? ¿Debe pasar varias horas frente al computador escribiendo? ¿Son momentos esporádicos? ¿De qué modo nace una idea hasta que se propone llevarla a la página en blanco?
—Principalmente, disfrutar el proceso. He ahí el detalle. Lo, si se quiere, vocacional. Y puede que exista también esa insistente intranquilidad que solo se atenuará cuando la historia que deseas escribir esté lista, al menos en una primera versión. Pero antes de ese proceso de escritura, debo comentar una etapa que se ha gestado durante años: la trama de las influencias. De esa manera llamé recientemente a un ejercicio en mi taller de cuentos Mares de Narrativa en la UCV. ¿En qué consistía? Inicialmente pedí que cada tallerista se casara con un tema en específico; pero no cualquier tema, un tema por el que sintieran una pasión, interés o afición. Cuando cada uno había elegido ese tema, pues les indiqué que debían buscar una película, un cuento o novela, una canción, un texto de no ficción, una obra artística (pintura, escultura, fotografía) y un comodín: este podía ser incluso un anime, manga o novela gráfica. Y justo después de esto, debían entregarme un cuento en el que se le hiciera un guiño a esas obras: por ejemplo, un personaje descarga esa película que de cierta forma se relacionaba con el tema del cuento, y había avivado la chispa creativa.
Con esto quiero decir que más allá de las horas que te sientes ante la compu, siempre estarás en ese proceso creativo. Incluso, de forma inconsciente. Cuando lees, cuando contemplas, ya es un proceso creativo que silenciosamente se va gestando. Día y noche. Sí, porque el sueño suele traernos sustrato narrativo desde esas dimensiones oníricas. Debes estar atento ante cualquier gesto de la realidad que pueda indicarte que por ese camino será tu próximo relato. Sobre aquello que te apasiona o aún no entiendes del todo, pues sobre eso vas a escribir: para darle sentido narrativo a lo que desconocemos. Y la realidad te las dispone para que a tu modo las vayas armando. Poco a poco estas piezas encajarán, porque has logrado conectar, articular, poner en diálogo obras narrativas y de otras artes que quizá, a primera vista o leída, no se les encontraba mayor afinidad. Tejes el texto con esa tradición temática, artística y espiritual que nos precede. Llegan a amalgamarse, y ese lugar de encuentro será tu obra. Quizá años después o incluso súbitamente surge la idea del cuento o novela. Hace algunos meses me pasó algo así cuando veía una película de Cronenberg, de las últimas que no me han gustado del todo, y una frase secundaria de un personaje secundario —¡o terciario!— se me reveló con el fulgor de esas ideas que te motivan a escribir. Y así surgió un cuento breve, de apenas dos páginas, que estuve escribiendo durante la semana siguiente.
Ahora bien, el ejercicio de sentarte y escribir sería una etapa más de este proceso. Que, por supuesto, implica la lectura y relectura: la ineludible y exhaustiva revisión de lo escrito. En cuanto a las horas, un pasaje de Mientras escribo —de Stephen King— es tajante al indicar que lo ideal serían ocho horas —una jornada laboral— divididas en cuatro horas de lectura y otras cuatro de escritura. Desde luego, por razones de oficios varios, no es mi caso, pero diariamente me tomo el tiempo posible para la escritura y la lectura.

—Usted también ha sido autor de crónicas, un género que se asoma a veces en El plano inferior, aunque se trate de una ficción. ¿Tiene mejor relación con el Mario cronista o con el Mario novelista?
—Somos uno y el mismo, y ambos mundos se alimentan. No debería, no tiene por qué haber, una parcelación de estas actividades cuando pueden generarse trabajos ficcionales y no ficcionales fructuosos. Estoy de acuerdo con lo que Chuck Palahniuk escribe en el prólogo a su libro Error humano. Ambos géneros tienen mucho en común: tanto el autor como el periodista escriben en la tranquilidad de su oficina o estudio, pero ambos también han transitado y pateado la calle para buscar las historias que van a contar en la ficción o en sus crónicas. Y pensando en esta última, cómo obviar la influencia que ha tenido la narrativa en este género desde el Nuevo Periodismo.
Suelo volver a las lecturas de Juan Villoro y Cristián Valencia, y entre esas lecturas me desplazo con fascinación entre sus ficciones y sus crónicas: ambos registran una mirada profunda sobre las realidades. Se encuentran, como cualquier cronista obstinado, en ese laboratorio que es la realidad como señaló René Girard, y, a través de sus personajes, se nos revelan las filigranas que tejen la sensibilidad de un tiempo.
En resumidas cuentas, mi tránsito por la ciudad como peatón promueve los cuentos, novelas y crónicas que escribiré en el porvenir. La naturaleza temática de cada una de estas historias me hará saber si se tratará de novelas o de crónicas, en las que hallaremos uno que otro artilugio literario; pero ambas coinciden en un propósito: si había hablado previamente de disfrutar, ahora digo compartir, que en cada historia, de ficción o no, se proyecte mi mirada del mundo hacia los lectores que lleguen a ella. Esta mirada es un punto de vista sin ninguna pretensión de asumir una verdad. Allí, en esa mirada, van la duda y los recorridos que se realizan para encontrar alguna respuesta. Que auspicie alguna reflexión. Y más importante aún: una emoción.

—Es un libro lleno de referencias tanto literarias como de la cultura pop. ¿La decisión de ponerlas obedece a sus gustos propios, las particularidades de los personajes o por petición de la historia?
—Sí, sin duda alguna. Para finalizar, me extenderé un poco o un tanto en esta pregunta. Sería curioso o más bien sospechoso una obra sin referentes. Las referencias, los guiños, los chapeaux, integran la estela artística que antecedió a esta obra, una cadena, un linaje, y a cualquier otra que se haya creado. ¿Cómo se concibe una obra sin referencias? No puede sostenerse en la nada.
Recuerdo un relato de Bernardo Atxaga, “Para escribir un cuento en cinco minutos”. No, no se trata de un taller exprés de narrativa. En algún momento se señala un diccionario: ese diccionario, ese libro cúbico, pesado como un ladrillo, es la pieza fundacional para la escritura, pues contiene todas las palabras de la lengua. Una voz, irónicamente narrativa, le indica paso a paso a un protagonista silente, acaso el lector, que empiece a escribir; pero para articular las primeras palabras, sin excepción, debe ir al pasado, a las palabras que se han cifrado en el idioma.
Ocurre algo similar con las novelas, discos, edificios, películas, poemas, que refiero en El plano inferior, representan el bloque que abriga las ideas, frases, motivos recurrentes que se integraron paulatinamente desde 2008, cuando surgió la idea de escribir un brevísimo relato llamado “El ciudadano de Valley-Car”, que devino en novela. A todas estas, nada surge de forma espontánea. Y sí, lo referido, lo intertextual, la bibliografía lúdica por llamarla de algún modo, está allí porque la trama, y el fluir natural y lógico de la narración, lo exigieron; y rindo tributo a quienes me antecedieron en esta búsqueda narrativa.
Por otra parte, cuando se trata de mis oficios, como escritor o profesor, o cuando cumplo ambos roles, me sentiría un tanto incómodo si no doy las claves de lo expresado: no tiene ningún sentido reservárselas. Señalarlas enriquece la obra y los vínculos narrativos. Mis personajes tienen un imaginario, y gustos propios, y no necesariamente estos gustos y este imaginario concuerdan con los míos.

En conclusión, en la producción de la historia, tal como se exige una metáfora, un aforismo, un recurso narrativo determinado, una inevitable elipsis o el clímax, pues también está la intertextualidad: a la que puedo definir como la materia oscura de cualquier universo narrativo: esas historias que has leído, las canciones que has escuchado, las películas y obras de arte que has contemplado, sostienen la órbita imaginativa de cualquier creador de historias, de sus mundos posibles.
Hay quienes optan por un epígrafe, otros, por dejar pistas: como el caso de El juguete rabioso de Roberto Arlt. Borges escribe una suerte de remake del desenlace de esa novela y ofrece las pistas para que el lector, como un detective, las encuentre. Igualmente en la reciente película de Spielberg, cuando se alude a la casa de Hansel y Gretel o alguien tararea la canción de Blancanieves, la película dialoga con la tradición de la literatura infantil, y la escena que refiero me pareció fascinante en ese sentido.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973