Un aniversario que trasciende el calendario Este 8 de septiembre de 2026, Maracaibo no solo cumple 497 años de existencia: celebra medio milenio de una historia forjada a pulso, lejos de las capitales y con el corazón abierto al lago. El historiador y cronista Ernesto García Mcgregor, otrora presidente de la Academia de la Historia Zuliana, la define como “La Atenas de Venezuela”, una ciudad que parece anclada en la mitad del mapa, pero que siempre supo caminar sola, sin depender de los designios de Caracas ni de Bogotá.
“Te tienen envidia los astros del cielo…” — reza la sentencia popular que bien retrata el espíritu de esta tierra caliente y valiente.
Los pasos de una fundación entre leyendas y oro oscuro El relato comienza en 1529, cuando el alemán Ambrosius Ehinger —a quien los españoles llamaban Ambrosio Alfínger— llegó desde Coro con la obsesión del Dorado. Al preguntar el nombre del lugar, los nativos respondieron “Maara-iwo”, que significa “lugar donde abundan las serpientes”. Sin más, Alfínger bautizó el asentamiento como Villa de Maara-iwo, aunque no imaginaba que el verdadero tesoro no brillaría como el oro, sino que mancharía las manos: el oro negro, el petróleo, que con el tiempo cambiaría la historia del mundo.
Pero la fundación no fue definitiva. Tras el intento de Alfínger, vinieron dos más: la de Alonso Pacheco en 1569 y la de Diego Mazariegos en 1574. La provincia marginada pasó primero a depender del Virreinato de Nueva Granada, con Santa Fe de Bogotá como capital, y luego se integró a la Capitanía General de Venezuela, bajo la órbita de Santiago de León de Caracas.
Lejos de todo, pero pionera en todo García Mcgregor explica con claridad lo que significaba esa lejanía: “A Maracaibo le tocó abrirse paso, porque siempre estuvo lejos de las capitales. Era más fácil viajar por mar a Nueva York que a Caracas, porque había que ir a Curazao y esperar que zarpara algún barco hasta la capital venezolana”. Esa distancia, sin embargo, se convirtió en ventaja: el Lago de Maracaibo se transformó en una vía de comunicación que trajo tecnología y conocimiento mucho antes que a otras ciudades del país.
Maracaibo fue la segunda ciudad de Latinoamérica, después de Buenos Aires, en tener electricidad, aquella noche del 23 de octubre de 1888, víspera del natalicio del prócer zuliano Rafael Urdaneta. Y los adelantos no pararon:
**1884**: tranvía de tracción animal. **1891**: inauguración del ferrocarril a vapor de Bella Vista (19 de septiembre). **1940**: instalación de los primeros teléfonos.
Todos estos hitos llegaron antes que a cualquier otra urbe venezolana. Como si el calor abrasador hiciera germinar la semilla del progreso.
Avances que marcaron época El cronista Orlando Arrieta recupera joyas de la memoria: Maracaibo fue la primera ciudad del país con equipo de rayos X. En una casa de la calle Venezuela, esquina con Vargas, el doctor José Otilio Mármol realizó las primeras radiografías en el año 1900. Arrieta cuenta con gracejo que “las mujeres no pasaban frente a la casa del doctor Mármol porque ahí había un aparato que veía a la gente por dentro”, lo que para ellas era todo un escándalo.
También recuerda que los primeros médicos graduados en La Universidad del Zulia fueron bautizados como “los doce apóstoles”, y que sus tesis doctorales fueron las primeras en toda Venezuela. Y hay más: el 31 de agosto de 1874, Francisco Eugenio Bustamante practicó la primera cirugía abdominal de Latinoamérica en una casa de la calle Registro, para extirpar un tumor de ovario.
Crecimiento imparable La ciudad que comenzó con 30 aldeanos en su primera fundación, ya en 1810 albergaba a 43 mil habitantes, en su mayoría españoles. Para 1936, la población llegó a 110 mil; en 1949 saltó a 218 mil 682. El año 2000 marcó el millón de habitantes, y en 2007 ya superaban los 2 millones. Hoy, los cálculos estiman que Maracaibo sobrepasa los 4 millones de almas en su área urbana de 176 kilómetros cuadrados, más unos 200 kilómetros de zona rural.
¿Por qué “La Atenas de América”? El propio Arrieta apunta que las distinciones alcanzadas por los maracaiberos en las letras, la ciencia, la arquitectura y el auge comercial —gracias a su condición de puerto— le valieron el título de “La Atenas de América”. Aunque algunos se lo atribuyen a Bogotá, en Venezuela no hay duda de que este calificativo le pertenece a la ciudad del sol y el lago.
El escritor Julio Portillo, en su obra ‘El Glorioso Ayer’, sostiene: “Maracaibo conoció primero que otras ciudades de Venezuela lo que significaba la civilización, a juzgar sobre todo por la variedad de productos que embarcaba desde el puerto para el extranjero por ser la primera ciudad del país con energía eléctrica, de ahí a que le llamaran ‘La Atenas de Venezuela’ no era para menos”.
El doctor Manuel Dagnino, durante la instalación solemne de La Universidad del Zulia el 11 de septiembre de 1891 en el Templo de San Francisco, también hizo referencia al apelativo: “Distinguiéndose siempre esta tierra, desde el pasado siglo, por la afición a las letras y el amor al estudio, alcanzando muchos de sus hijos puestos de honor en otros países americanos en virtud de sus buenas dotes”. Dagnino añadió que la denominación —aunque pudiera parecer hiperbólica— fue acuñada por un viajero inglés que visitó la ciudad en 1799.
Un legado que sigue vivo Hoy, Maracaibo cumple 497 años de resistencia, resiliencia e impulso. Una ciudad que nació a orillas del lago, que vio llegar el progreso antes que nadie, que parió próceres y científicos, y que sigue siendo el faro del occidente venezolano. Porque, como dicen los astros, tienen envidia de ella… y no es para menos.