En el corazón del Zulia, donde el petróleo emerge incluso en los patios traseros, Mene Grande respira entre el aroma a hidrocarburos y el burbujeo de gases que llenan el aire. Este pueblo, cuna de la industria petrolera venezolana y hogar de unos 27.000 habitantes, vuelve a ser el centro de atención tras el anuncio de nuevas inversiones extranjeras, generando un clima de optimismo entre sus residentes.
Ubicado en la cuenca del lago de Maracaibo, en este rincón del país encontrar crudo es tan común como ver el sol brillar en el cielo. Los manantiales de petróleo, algunos similares a pequeños volcanes que desbordan asfalto solidificado, son un recordatorio constante de la riqueza natural que yace bajo sus pies.
El renacer de una era «En lugar de salir agua, sale petróleo», comenta Héctor Valero Balestrini, un militar retirado de 67 años que cree en el inicio de «una nueva era» entre Venezuela y Estados Unidos.
El optimismo no es exclusivo de Valero. El expresidente Donald Trump llegó a calificar el acuerdo de inversión estadounidense como «el mejor trato jamás hecho», asegurando que el crudo venezolano duplicaría las reservas de EE.UU. y consolidaría su dominación energética por un siglo. Este pacto, que abarca el 20% de las reservas de petróleo de Venezuela —incluyendo campos en la faja petrolífera del Orinoco—, sigue envuelto en misterio, pues sus detalles se mantienen bajo secreto.
Entre la riqueza y la precariedad A pesar de la abundancia de recursos, la realidad en Mene Grande y sus alrededores es otra: años de mala gestión, corrupción y sanciones han sumido a la industria petrolera en una profunda crisis. Mientras se firman acuerdos millonarios, la vida de sus habitantes se ha vuelto más difícil, especialmente por los constantes cortes eléctricos que azotan la región.
Las calles de Mene Grande, conectadas por carreteras en mal estado, se iluminan apenas con bombillas portátiles durante los apagones. Eladio Ramón Devidez, jubilado de 67 años, muestra con orgullo un pequeño «volcán» de petróleo en el patio de un vecino que emigró.
«Somos ricos en petróleo y en muchos minerales, pero también somos pobres», reflexiona Devidez, quien deposita su esperanza en los acuerdos impulsados por la presidenta interina Delcy Rodríguez. «Es muy bueno para Venezuela porque vendrá mucha inversión, y con ella, el dinero que tanto necesitamos. Ojalá que estos proyectos se traduzcan en trabajo y riqueza para todos los venezolanos, porque la situación está muy dura», añade.
Los apagones y la migración: el costo de la esperanza José Gregorio Martínez, docente jubilado de 65 años, vive en una urbanización de PDVSA en Bachaquero, un asentamiento de unos 40.000 habitantes vecino a Mene Grande. Aquí, la empresa Nabep (North American Blue Energy Partners), propiedad del empresario Alejandro Betancourt, concentra gran parte de sus operaciones. Nabep, la segunda mayor productora de petróleo en Venezuela, fue seleccionada por EE.UU. para implementar el acuerdo energético.
Sin embargo, Martínez denuncia que, desde que comenzó el nuevo convenio con Nabep, la electricidad es desvía de las urbanizaciones hacia los pozos petroleros del lago de Maracaibo para cumplir con las cuotas asignadas.
«Nos quitan la electricidad a los habitantes de los campos petroleros para surtir a los pozos. Desde que empezó el convenio con Nabep, los cortes se han prolongado hasta 17 horas», explica.
Sin electricidad, las casas se convierten en hornos inhabitables. A esto se suma la migración masiva: Martínez, acostumbrado a reuniones familiares de hasta 30 personas, ahora vive en una casa casi vacía. Las calles, antes vibrantes, hoy están llenas de huecos, botes de aguas residuales y maleza, lejos del esplendor que alguna vez recordaba a las urbanizaciones estadounidenses.
A pesar de la opacidad que rodea los acuerdos, Martínez no pierde la fe:
«Las expectativas que tenemos con el acuerdo multimillonario firmado con Estados Unidos son muchas. Nos hacemos la ilusión de que las cosas mejorarán».
El desaliento de quienes se quedan Xiosbelis Saavedra, comerciante de 41 años, piensa cerrar su pequeña charcutería para unirse a sus tres hermanos en el camino de la migración.
«Esto es una desgracia. Es una pesadilla: la electricidad, el agua, el gas… Todo falta. Los precios suben cada día, esto es fatal», resume con tristeza.
Mientras el petróleo sigue brotando en Mene Grande, sus habitantes esperan que esta vez, la riqueza del subsuelo se traduzca en un futuro mejor para todos.