En el paseo ribereño del río Amur, en Jabárovsk, se yergue desde el 4 de septiembre un monumento de bronce de 15 metros de altura. Representa a un soldado soviético rompiendo con la culata de su fusil un mojón fronterizo japonés que lleva el emblema del Crisantemo Imperial, símbolo sagrado para el pueblo nipón. La obra, titulada *Monumento a la Victoria en Oriente*, fue impulsada por el presidente ruso, Vladímir Putin, con el apoyo de la Sociedad Histórica Militar Rusa y el gobierno regional. El mojón de piedra replicado en la escultura es una réplica exacta de aquellos erigidos por Japón en Sajalín tras la guerra ruso-japonesa de 1904-1905.
Reacción inmediata de Tokio
Al día siguiente de su inauguración, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, exigió su retirada. En una publicación en la red social X, calificó la representación del crisantemo destrozado como *absolutamente inaceptable* y una ofensa a los sentimientos nacionales de Japón. El ministro de Asuntos Exteriores, Toshimitsu Motegi, se sumó a la protestas y tachó el monumento de *inaceptable* y *profundamente lamentable*, anunciando que Tokio seguiría presionando para su eliminación.
Moscú no cederá: la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, María Zajárova, declaró que el monumento no sería desmontado ni modificado, ironizando incluso que *también se podría pedir que dejara de soplar el viento o de brillar el sol*.
China no se mantuvo al margen. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Mao Ning, instó a Japón a *aprender de la historia, romper con el militarismo y ganarse la confianza de sus vecinos con acciones concretas*.
Un mes de escalada diplomática y militar
La situación actual parece sin precedentes. En solo un mes, Vladímir Putin realizó una visita histórica a la isla de Iturup, ambas naciones convocaron a sus embajadores, y Japón, Estados Unidos y Australia llevaron a cabo ejercicios militares a solo 20 kilómetros de la frontera rusa. Además, el conflicto por el monumento ha profundizado lo que los medios describen como un *fuerte enfriamiento* en las relaciones bilaterales, con rumores de una posible apertura de un *segundo frente* en la Guerra Fría en el Lejano Oriente.
Sin embargo, según analistas rusos consultados, la crisis no fue iniciada por Moscú, sino por el Ministerio de Defensa japonés.
El detonante: el Libro Blanco de Defensa de Japón
El 4 de agosto, el Gabinete japonés aprobó su *Libro Blanco de Defensa 2026*, un documento récord de 598 páginas con una portada de estilo *anime* que muestra a un grupo de jóvenes sonrientes frente a una ciudad futurista, bajo el lema *Seguridad para el futuro*. Pese a su diseño optimista, el contenido es pragmático: identifica a China como el *mayor desafío estratégico* de Japón, seguido de Rusia y Corea del Norte. Por primera vez, vincula el aumento del poder militar con la prosperidad económica del país.
El texto detalla la actividad militar rusa en el Lejano Oriente:
- Vuelos de bombarderos Tu-95.
- 214 interceptaciones de aeronaves rusas durante el año.
- Ampliación de patrullas navales conjuntas con China, incluyendo la participación de un submarino en agosto de 2025.
- Un vuelo conjunto de bombarderos rusos y chinos cerca de la isla de Shikoku en diciembre de 2025.
- Mención a nuevos métodos de guerra, como el uso de drones de bajo coste y la inteligencia artificial en la toma de decisiones.
Por segundo año consecutivo, el documento califica las acciones rusas en las islas Kuriles Meridionales como una *ocupación ilegal*.
La visita de Putin a Iturup y sus consecuencias
Nueve días después de la publicación del Libro Blanco, el 13 de agosto, Vladímir Putin visitó por primera vez la isla de Iturup, parte de las Kuriles Meridionales, territorio reclamado por Japón. La reacción de Tokio fue inmediata:
- Sanae Takaichi calificó la visita de *absolutamente inaceptable*.
- Toshimitsu Motegi reafirmó que las islas son *una parte inherente del territorio japonés*.
- El Ministerio de Asuntos Exteriores japonés convocó al embajador ruso en Japón, Nikolái Nozdrev.
Moscú respondió con firmeza, tachando las declaraciones japonesas de *políticamente irrelevantes, ofensivas y jurídicamente nulas*, y reafirmando que Iturup, al igual que el resto de las Kuriles, es *parte integral de Rusia*.
Gestos simbólicos y protestas diplomáticas
El 15 de agosto, aniversario de la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Sanae Takaichi envió un *tamagushi* (ofrenda ritual) al santuario de Yasukuni, asociado a figuras controvertidas del militarismo japonés. Aunque no asistió en persona, el gesto —realizado con fondos personales y en su calidad de líder del Partido Liberal Democrático (PLD)— buscó contentar a su base nacional sin escalar tensiones con Pekín y Seúl.
El 18 de agosto, el embajador japonés en Rusia, Akira Muto, fue convocado por el viceministro de Relaciones Exteriores ruso, Mijaíl Galuzin, quien presentó una *enérgica protesta* por las declaraciones de Takaichi y Motegi. Galuzin subrayó que la soberanía rusa sobre las Kuriles Meridionales es *inviolable* y que cualquier intento de cuestionarla es *inaceptable e ilegítimo*.
El 31 de agosto, la tensión llegó a otro punto álgido con un nuevo incidente diplomático.