

Es evidente que el mundo está viviendo un cambio de época, lo que significa bastante más que una simple evolución propia de los tiempos.
Enfrentamos un cambio de paradigmas, lo cual sugiere que no será una transición fácil. La historia que hasta ahora nos resulta familiar es la de Occidente, con sus logros y fracasos, mientras que el panorama que hoy se asoma tiene mucho del choque de civilizaciones que ya avizoraba en 1993 el celebrado artículo del profesor Samuel Huntington, en el que señalaba que los actores ya no serían solo las potencias occidentales, sino que la confrontación se traduciría en diferencias casi insalvables con actores que no pertenecen al concepto cultural o religioso de Occidente, sino que encarnan una masa crítica cuyo número de personas representa casi la mitad del mundo y una proporción cada vez mayor de su poder económico y, consecuentemente, político.
China, India, Japón, Rusia, Corea, el mundo árabe, etcétera, ya no están a la sombra de la civilización occidental, sino que, con todo derecho, han constituido valores que, gusten o no, representan una porción importante de la actividad del planeta.
Estos cambios epocales, que antes ocurrían en ciclos centenarios, hoy llegan en forma veloz y, la mayor parte de las veces, incontrolable.
En el siglo XV, la invención de la imprenta significó que la Biblia —hasta entonces patrimonio exclusivo de monjes y eruditos— pasó a estar al alcance de grandes grupos que, a su tiempo, trajeron movimientos como la Ilustración y, de allí, las ideas que dieron forma a todo el pensamiento político futuro.
Igualmente, la llegada de Internet resultó en la democratización de la información, con el resultado de que esta alcanza hoy a millones de personas, dando paso a la llegada y difusión de nuevas formas de pensar, a veces controversiales y ciertamente no solo occidentales.
Podemos simplificar lo anterior en un paralelo con la brecha generacional que, a cada uno de nosotros —los que somos “dinosaurios” del siglo XX—, nos separa de las generaciones Z y Alfa, nacidas en el siglo XXI, cuyos paradigmas difieren radicalmente de los de quienes nacimos y crecimos en “el siglo pasado”. Un ejemplo sencillo pero irrebatible es la estructura mental de nuestros nietos, que traen incorporada a su ADN la envidiable capacidad de manejar una computadora en forma intuitiva, habilidad que a los “viejos” nos resulta esquiva.
Aclarado lo anterior, citamos al primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien en su reciente intervención ante el Foro Económico de Davos advirtió que las relaciones internacionales estaban abandonando el sistema de reglas acordadas después de la Segunda Guerra Mundial (1945) para incursionar en un sistema en el que la fuerza y la amenaza de utilizarla vienen sustituyendo el estatus que predominó por más de medio siglo.
Los escenarios que se han presentado en los últimos meses han venido demostrando, lamentablemente, que aquel mundo de reglas, aunque medianamente aceptadas, se ha resquebrajado. Veamos algunos ejemplos:
Naciones Unidas ya no tiene rol alguno en el escenario político internacional. Su Consejo de Seguridad garantiza que ninguna resolución crucial pueda ver la luz como consecuencia del veto que imponen selectivamente algunos de sus miembros. Así pues, el uso de la fuerza internacional jurídicamente sustentada ya no existe y, por ello, no es raro que sean los actores más relevantes política, económica o militarmente quienes amenacen o utilicen la fuerza militar o económica para imponer sus intereses.
La Corte Penal Internacional, establecida en 2002, surgió como una muestra de madurez al crear una instancia destinada a juzgar los más horribles delitos perpetrados contra la humanidad. En toda su existencia apenas ha pronunciado unas pocas sentencias y, en el caso de Venezuela, cursa ante ella la causa conocida como Venezuela I, que desde 2018 viene siendo investigada sin que, a la fecha, haya habido medida alguna contra quienes han perpetrado los innumerables crímenes que son de dominio público.
Rusia viene llevando desde hace cuatro años una guerra de agresión contra Ucrania sin que ningún mecanismo haya podido conseguir siquiera un alto el fuego.
En África, los enfrentamientos (Congo/Ruanda, Sudán, Chad, etc.) no han podido ser contenidos, como tampoco ha sido el caso con los actuales de Gaza e Irán.
El tema de las sanciones internacionales solo parece tener algún efecto cuando una gran potencia las impone. En muchos casos, la cosa no pasa de declaraciones vestidas de un lenguaje que no trasciende a lo práctico (Unión Europea).
Existen también alianzas que prometen apoyos y defensas que, a la hora de la verdad, no se concretan. Venezuela lo acaba de experimentar en enero, cuando la “extracción” de Maduro no consiguió protesta alguna ni de Rusia, China o Irán, que supuestamente han comprometido su ayuda a Caracas.
Irán es el más reciente ejemplo de que aquel país, a la hora de la verdad, no consiguió apoyo concreto alguno ante la agónica situación que enfrenta. China y Rusia, supuestos aliados, hasta los momentos no han prestado apoyo militar ni político alguno.
Las Cartas Democráticas (OEA, Mercosur, etc.) no han podido ser invocadas con éxito (salvo una vez por el gobierno chavista en 2002).
Ha de ser por la constatación de todas estas carencias que la administración Trump ha abrazado la vía de la fuerza, constatándose que —contrario a antecedentes pasados— los países del continente latinoamericano vienen prefiriendo, por los momentos, mantenerse en un sospechoso silencio muy diferente a las vociferantes condenas de antaño.
Los días y semanas por venir irán dando forma a estas constataciones que calificamos como cambio de época.
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