🔴🔵 Sin bolsa Clap y con un salario congelado: ¿cómo se las ingenian los venezolanos para comer?

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La desaparición de las bolsas Clap, y en los retrasos en las zonas donde aún llegan, el estancamiento salarial y el alza del costo de los alimentos han obligado a millones de familias venezolanas a sobrevivir entre deudas y porciones reducidas para poder alimentarse 

Durante una década, miles de familias venezolanas organizaron su alimentación alrededor de una fecha clave: el día en que llegaba la bolsa de comida que comercializaban los Comités Locales de Alimentación y Producción (Clap). Hoy esa fecha desapareció del calendario. La mayoría de los hogares ya no la recibe y, en los pocos donde aún llega, lo hace con retrasos prolongados.

En este escenario y con un salario mínimo congelado, la pregunta que recorre los barrios es directa: ¿Y ahora, cómo comemos?

Las respuestas varían, pero casi siempre comparten un mismo hilo: rebusque, deudas en las bodegas, reducción de porciones y una creatividad forzada por la necesidad.

Leonides Castro, madre de tres niños en los Valles del Tuy, reconoce que en su casa se acuestan con el estómago vacío muchas veces. Tanto ella como sus tres hijos de 14, 12 y 6 años de edad saben lo que es el hambre, por eso valoraban cuando recibían la bolsa Clap. La última que compraron fue hace seis meses.

«A mis hijos les encantan las sardinas. Algunos de mis vecinos no se las comían y me las regalaban», cuenta. 

Esa proteína le alcanzaba para cinco días. El resto del mes lo resolvía con huevos cuando recibía el bono de guerra económica. 

«Desde que no llega la bolsa me endeudo todos los meses en la bodega, pero, poco a poco voy pagando cuando me sale un trabajito para limpiar casas», explica a El Pitazo el 10 de marzo.

Eugenia Fuchs, una pensionada de 56 años, coincide con Castro en que las bolsas Clap, que no recibe desde 15 meses, eran una «gran ayuda para el bolsillo», aunque insuficiente para cubrir los requerimientos alimenticios.

Desde Maturín, estado Monagas, ella recuerda que después de muchos reclamos, los productos mejoraron de calidad y representaban un ahorro económico. Esto permitió a muchas familias comprar proteínas y vegetales para complementar su dieta.

Un programa que dejó de ser regular

En el año 2016, el Gobierno presentó los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) como un mecanismo para garantizar alimentos a precios subsidiados. En sus inicios este programa logró el acopio y la distribución de 1.500 toneladas de alimentos entregados mensualmente, aseguró el Gobierno.

Según la información oficial esta cantidad fue aumentando de manera progresiva hasta alcanzar las 60 mil toneladas mensuales, que eran llevadas hasta los hogares de 7.500.000 familias venezolanas, a través de 45 mil Clap.

En la práctica, muchas familias de menores recursos llegaron a depender casi por completo de este programa, a propósito de la inflación y la escasez. No era un complemento: era el centro de la dieta mensual

Con el tiempo, la frecuencia de entrega se hizo irregular, el contenido se redujo y, en numerosos sectores, simplemente dejó de llegar. No hubo anuncio, tampoco explicación.


Desde que no llega la bolsa me endeudo todos los meses en la bodega, pero, poco a poco voy pagando cuando me sale un trabajito para limpiar casas

Leonides Castro, vecina del estado Miranda


«Antes uno contaba con la bolsa, aunque fuera cada dos o tres meses. Ahora no contamos con nada», comenta una vecina de Ocumare, madre de tres menores de edad, que prefiere no dar su nombre. «Yo organizaba todo alrededor de eso: qué se comía, qué se guardaba, qué se estiraba. Sin eso, todo se volvió más incierto».

En el barrio Paraíso, una zona de bajos recursos económicos en el oeste de Maracaibo, estado Zulia, también sentían esa incertidumbre, ya que los retrasos de las bolsas del Clap superaban los tres meses. 

María Fernández, un ama de casa, madre de cuatro adolescentes y dos niños, lo recrimina. En su hogar, la comida no abunda. La inflación y la devaluación diaria del bolívar hacen que los alimentos sean escasos en su mesa. 

«La bolsa llegaba solo tres veces al año y los productos eran de mala calidad. Yo nunca conté con eso, sino con el trabajo de mi esposo. Es jardinero y en el mejor de los días, llega a casa con 20 dólares; otros con sólo 5 dólares. Con eso vemos que nos alcanza para comer», remarcó.

En el barrio La Musical, en Zulia, Edra Briceño, un obrero pensionado de 64 años, coincide con Fernández: «El beneficio llegaba cada 4 meses, aunque en 2025 sólo lo recibimos 2 veces». Él y su esposa compran lo que pueden con el bono de guerra económica, que ronda los 50 dólares mensuales, aunque no les alcanza para cubrir el mes.

En Caracas, la impuntualidad también es la norma. Otto Torres, de la parroquia San Martín, contó a El Pitazo que la bolsa que recibió en febrero, correspondía a diciembre. Mientras espera nuevas entregas, debe resolver su alimentación con su pensión y jubilación, un ingreso que apenas cubre compras puntuales. En su opinión es mejor recibir un bono de alimentación y comprar los rubros que cada quien desee en los establecimientos de su preferencia.

Salario vs. alimentación

En un país donde la crisis económica se volvió rutina, el costo de la comida se transformó en una barrera casi imposible.

El Cendas-FVM informó que la canasta alimentaria familiar alcanzó 677 dólares en enero de 2026. Su presidente, Óscar Meza, detalló que aumentó 681,1 % en bolívares y 42 % en dólares en un año, mientras que la cesta básica subió 715,55 % en moneda nacional y 48,3 % en divisas.

Frente a estas cifras, el salario mínimo —fijado en Bs. 130 desde marzo de 2022— evidencia una brecha entre ingresos y necesidades básicas.

En este contexto, la desaparición del Clap no es un detalle administrativo: es un golpe directo al plato de comida de los hogares más vulnerables.

En Puerto La Cruz, estado Anzoátegui, Emma López, reconoce que en su casa no se consumían todos los alimentos del Clap, pero lo consideraba un beneficio que les permitía abaratar costos del presupuesto familiar.


Antes comíamos tres veces al día. Ahora, si hay desayuno, no hay cena. Si hay almuerzo, el desayuno es solo café

Jonás, adulto mayor del estado Miranda


«El gobierno debe implementar otras ayudas que realmente le sirvan a la comunidad», considera. Aunque en su zona hay personas de bajos recursos en situación de vulnerabilidad, ella piensa que es mejor destinar esos recursos a salud y educación

Pdval: una alternativa limitada

Con el declive del Clap, el Gobierno impulsa otro modelo: la reapertura de los Pdval, una empresa estatal creada en 2008 en Venezuela, adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Alimentación, que fue noticia dos años después de su lanzamiento, cuando se encontraron miles de toneladas de alimentos vencidos que habían sido importados con su subsidio. 

Sin embargo, su alcance es desigual. No todas las comunidades tienen un punto cercano, el inventario es variable y, aun con subsidio, muchos productos siguen siendo inaccesibles para quienes dependen de salarios mínimos o trabajos informales.

El 28 de febrero, el ministro de Alimentación, Carlos Leal Tellería, informó que existen 416 Pdval en el país, de los cuales 121 ya están activos, y el resto será reabierto progresivamente por instrucción de Delcy Rodríguez.

«Pdval ayuda, pero no es la solución para todos. La gente necesita un salario digno para comer bien y no pasar hambre», explica un líder comunitario de Petare en el estado Miranda.

Inseguridad alimentaria

La crisis alimentaria en Venezuela no es nueva, pero se ha transformado. Organismos especializados han descrito un escenario de inseguridad alimentaria acentuada para una gran parte de los hogares pobres, donde muchas familias comen menos, de peor calidad y con menos regularidad. Además, ubican al país entre las naciones de la región con altas necesidades humanitarias sostenidas.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) -organización internacional de las Naciones Unidas- indica que aproximadamente el 15 % de la población venezolana (alrededor de 4 millones de individuos) necesita asistencia alimentaria urgente, y que alrededor del 40 % experimenta inseguridad alimentaria moderada o severa.

Un informe publicado el 29 de diciembre de 2025 por el Sistema Mundial de Información y Alerta Temprana de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO-GIEWS) reveló que 7,9 millones de personas dentro del país tenían necesidades críticas concentradas en seguridad alimentaria, entre otras áreas, en ese entonces.

En los barrios, estas cifras se traducen en decisiones duras: desayunar o guardar algo para la noche, comprar solo carbohidratos, sustituir proteínas por harinas. La carne, que ronda entre 8,5 y 12 dólares, y el pollo, entre 2,5 y 3 dólares por kilo, se han vuelto compras ocasionales. 

En muchos hogares, la estrategia es simple y dura: comer menos. “Antes comíamos tres veces al día. Ahora, si hay desayuno, no hay cena. Si hay almuerzo, el desayuno es solo café”, relata Jonás, un adulto mayor de Caucagua, estado Miranda.


La bolsa llegaba solo tres veces al año y los productos eran de mala calidad. Yo nunca conté con eso, sino con el trabajo de mi esposo

María Fernández, vecina del estado Zulia


Lo que él describe coincide con lo que vive Leonides Castro, endeudándose cada mes en la bodega; con lo que recuerda Eugenia Fuchs sobre cómo la bolsa Clap ayudaba a equilibrar el presupuesto y con lo que relata María Fernández sobre recibirla apenas tres veces al año.

Es el mismo panorama que enfrenta Edra Briceño cuando los bonos no alcanzan para cubrir el mes y con lo que señala Otto Torres, quien debe resolver su alimentación con lo que puede comprar entre pensión y jubilación.

Sus historias, distintas pero paralelas, muestran que la desaparición del Clap no ocurrió en un vacío: llegó en un país donde el salario quedó rezagado frente al costo de la comida, donde Pdval no cubre las necesidades y donde, como advirtió Óscar Meza, la canasta alimentaria sigue alejándose del ingreso real de las familias.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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