

Hay tiranías que caen derribadas por la historia, devoradas desde sus entrañas, o de golpe. Y, las que aprenden a morir despacio, negociando cada día la vida como si fuera una victoria. Venezuela, es esta última. Detrás de la agonía administrada, está quien conoce el precio de seguir en pie. Más peligroso que el delirio ideológico es la inteligencia política al servicio de la ilegitimidad.
Un debate que autoritarios prefieren el ciudadano ignore, es la diferencia entre legitimidad de origen y de gestión. La primera nace de las urnas, de la voluntad soberana expresada con libertad. La segunda se construye con resultados, pragmatismo y apariencia de eficacia. La jefa chavista, consciente de que la primera le está vedada, trabaja en fabricar la segunda.
El 28 de julio 2024 fue un fraude electoral y la sentencia inejecutable selló la ilegitimidad oficialista. Actas que el CNE no publicó; testigos intimidados, presos y torturados; centros de votación tomados y un etcétera de irregularidades; construyeron un muro infranqueable entre Miraflores y cualquier pretensión de haber ganado en las calles, lo que, con descaro e impudicia, robaron en un conteo de servilleta.
La designada no es ideóloga torpe. Es, ante todo, una operadora política, formada en la escuela de supervivencia bolivariana, capaz de leer el tablero político con la frialdad que sus adversarios subestiman. Mientras no finalice una transición a la democracia, se puede desviar o revertir. El tiempo es su único activo, ganarlo, es prioridad. No para recuperar lo que nunca tuvo, legitimidad de origen, sino para producir, una gestión dócil que le permita funcionar, negociar y sobrevivir.
La irrupción estadounidense como actor determinante, es de las irónicas extravagancias de la geopolítica contemporánea. El enemigo del socialismo del siglo XXI, convertido involuntariamente en salvavidas de la élite chavista. Delcy Rodríguez lo entendió. ¿Cómo? Obedeciendo, con disciplina calculada y picardía de quien conoce que una concesión táctica no es derrota estratégica.
Donald Trump demuestra -de momento- no tener agobio democrático, sino urgencia de economía y seguridad. Si en paralelo, implosiona la tiranía, bienvenida. Que se destruyan entre ellos, es parte del plan. Pero, lo que priva son resultados operacionales, acceso al petróleo, a los minerales; más importante, evitar inconvenientes, -por insignificantes-, previo a las elecciones de medio término. No obstante, demandará correctivos por desviaciones. El régimen de Delcy Rodríguez débil, en ruinas y desmoralizado, ofrece intentarlo. Y con esa moneda van cancelando su prórroga en el poder.
La gestión busca construir una narrativa de estabilidad en un vecindario convulsionado, presentando a Venezuela como que «funciona». La inserción en circuitos económicos y financieros, generan acuerdos para inversiones. La diplomacia de resistencia moderada, dialogando sin comprometerse, y aparecer en foros internacionales como actor posible para negociar. Aclarando, que ninguno construye democracia todos edifican permanencia.
La debilidad de la maniobra: cuando la gestión no descansa en legitimidad, resulta enclenque y quebradiza. Puede ser efectiva, mientras los asuntos salgan más o menos; USA tenga otros frentes abiertos; y la oposición no logre traducir su victoria moral en presión sostenida. No obstante, cualquier crisis económica, reclamo social, fractura del statu quo, de la élite militar, policial o cambio en la agenda de Washington, se derrumbaría sin parpadear.
La jugada en el corto plazo, lógica para la estabilidad política, y la estrategia de “liberalización controlada” sirve para espantar confrontaciones, asegurar el orden, mantener el control del gobierno y el Estado; lo que coincide con los intereses de Estados Unidos. Sin embargo, moralmente inaceptable y, en el mediano plazo, insostenible. El chavismo gobernó para dar a la sociedad miseria, muerte, mediocridad y desgracia.
Ningún reconocimiento de gestión reemplaza que un ciudadano decida quién lo gobierna, en una votación ejercida en derecho y libertad, sin miedo ni trampa. Eso, Delcy Rodríguez no puede comprarlo, ni con el tiempo ganarlo, tampoco obedeciendo, ni actuando con artimañas que hará.
La historia, ha comenzado la asepsia. Y mientras eso no ocurra, importa poco el esfuerzo por cautivar, complacer y agradar, siempre seguirá siendo exactamente lo que es. Un gobierno sin mandato, administrando un país que no le pertenece.
@ArmandoMartini
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973