La salida del ministerio de la Defensa del general Vladimir Padrino López constituye todo un hito político y militar dentro de los confines de la revolución bolivariana en sus 27 años de existencia. El país, de alguna manera, cierra con su marcha un ciclo particularmente confuso y catastrófico: el de los años del gobierno de Nicolás Maduro (que no necesariamente el de la hegemonía de la revolución bolivariana).
Los doce años que estuvo Padrino frente al ministerio de la Defensa constituyen todo un récord administrativo en Venezuela. Siendo uno de los efectivos más longevos del mundo militar venezolano, Padrino logró consolidar, de acuerdo a las fuentes, una arraigada autoridad en los cuarteles durante mucho tiempo y un inusual e inconfesado poder político. Antes del ataque militar estadounidense del pasado 3 de enero, que parecen haber eclipsado su estrella, Padrino se había convertido en una de las bisagras de la estabilidad del país y en un garante del predominio chavista sobre la sociedad nacional. En uno de los hombres del poder de este tiempo.
“La salida de Vladimir Padrino del gobierno no tiene que ver exclusivamente con los sucesos del 3 de enero”, afirma Sebastiana Barráez, analista especializada en el ámbito militar. “Padrino no cabe en esta nueva realidad. Es una figura que no le gusta a los Estados Unidos, ni sus vínculos con Vladimir Putin”.
Simulando en todo momento -pero sobre todo al comienzo de su gestión- ser un actor institucional y apolítico, con el paso del tiempo, Vladimir Padrino López galvanizó una poderosa alianza con Nicolás Maduro, y le prestó a su gobierno un soporte de una utilidad invalorable. Ambos consiguieron la llave para garantizar la continuidad de la revolución luego de la muerte de Chávez y se convirtieron en la expresión personificada de la estrategia de poder cívico-militar del chavismo.
Además, dentro de las Fuerzas Armadas, Padrino se encargó de darle el soporte definitivo al nacimiento del estado revolucionario. Bajo su mando, se consolidó el carácter rupturista del proceso político actual. El pensamiento chavista colonizó el mundo castrense y la letra de la Constitución Nacional pasó a tener una importancia secundaria. Se endurecieron los procedimientos de control del personal militar y se adelantó un implacable proceso represivo con el mundo civil una vez que se concretó el colapso socioeconómico del país. Con Padrino, el pensamiento político de Hugo Chávez pasó a ser estudiado en términos doctrinarios en los cursos de formación especializada, y su presencia en los cuarteles obtuvo un rango similar al de Simón Bolívar.
Delcy Rodríguez, la presidenta encargada, adelanta en este una ambiciosa cirugía en su gabinete para consolidar su autoridad y consolidar su equipo de trabajo en este “nuevo momento político” que ella misma ha invocado: el del “rodrigato”. Las conclusiones y consecuencias implícitas del ataque militar estadounidense del 3 de enero hacían ya difícil la prolongada presencia de Padrino en el Ministerio de la Defensa.
El cambio de gabinete que aludimos trae consigo una mutación de caras y personas en las cuales parece asentarse, sobre todo, un cambio de estilos, más que definiciones de fondo. El nuevo ministro de la Defensa será ahora Gustavo González López, especializado en labores de inteligencia, con años de experiencia en el gobierno, otro cuadro político comprometido con los lineamientos institucionales del estatus quo. La llegada de González López deja al mundo militar en el mismo lugar donde estaba en tiempos de Padrino: lejos de una reinstitucionalización constitucional, y dentro de los confines político-ideológicos del chavismo. Oscar Murillo, de Provea, denunció que en 2024 existen en el país “una suspensión de facto de las garantías constitucionales”.
A Padrino le tocó transitar tiempos especialmente anegados y caóticos: las protestas antigubernamentales de 2014 y 2017; el veto impuesto a la Asamblea Nacional de 2015; la fallida Asamblea Constituyente; la escasez generalizada de bienes en los automercados; la ola criminal que azotó a Venezuela hasta 2020; el éxodo masivo de venezolanos al exterior; la crisis humanitaria y el ascenso de Juan Guaidó; la pandemia y el derrumbe de la economía; las primarias de María Corina Machado; la candidatura de Edmundo González Urrutia; las controvertidas elecciones presidenciales de 2018 y 2024. Las sanciones internacionales.
Al comienzo de su gestión, algunas personas abrigaban esperanzas sobre lo que podría ser la conducta de Padrino, en virtud de sus pergaminos profesionales, de su condición de militar formado en los tiempos de la democracia, y de la calculada neutralidad de sus declaraciones públicas, en las cuales ofrecía la confusa impresión de ser un funcionario estatal con una aproximación equidistante de las parcialidades políticas, como suelen ser los efectivos militares en una democracia (y como se lo prescribe la Constitución Nacional)
“El 6 de diciembre (de 2015) habrá una fiesta electoral en Venezuela”, habría declarado entonces. “No habrá golpes de estado, esa etapa debe quedar superada en América Latina. Habrá más democracia, y la paz debe prevalecer”, había afirmado poco antes de las elecciones parlamentarias en las cuales la oposición obtuvo una resonante victoria política y no pudo poner en vigor una sola ley.
Privilegiando el criterio de la lealtad, fue capaz de todo con tal de garantizar la continuidad de la revolución, tal y como lo dejó encargado Hugo Chávez antes de morir. Su salida marca el fin de un capítulo. Pero no necesariamente el fin de la historia.
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