Por estos días un grupo de activistas de la sociedad civil desarrolla una actividad para darle diagnóstico y buscar salidas a los efectos de la polarización política en el país. En las denominadas Mesas de Convergencia, el Foro Cívico, organización convocante, ha promovido un encuentro con actores sociales de criterio diverso, procurando un intercambio que abone el terreno para la concreción de visiones compartidas de la realidad nacional.
Una iniciativa que parece orientada, sobre todo, a articular esfuerzos para mitigar los efectos de la conflictividad política como un mal identificado; adoptar un procedimiento “despolarizador”; abrirle campo a una dinámica que rompa celofanes, que libere los prejuicios, abra campo a la comprensión mutua y procure persuadir a partir del diálogo. Desde hace un tiempo, no ha sido raro ver a los participantes a esas instancias en “zonas de convergencia” con voceros del chavismo moderado. En palabras del politólogo Ricardo Sucre, uno de sus participantes, “el lenguaje político construye un mundo posible para consolidar un proyecto que entra en una relación de diferentes”.
Algunos de los contenidos que se desprendieron sobre esta iniciativa fueron objetados, y abrieron las compuertas de un debate en las redes sociales, en el cual, por cierto, no escasearon los señalamientos personales. Para los organizadores de la actividad, un incidente que finalmente les viene a dar la razón: expresa con claridad la urgencia de trabajar para conjurar la polarización como una dolencia vigente en el país.
Discrepancias de forma y de fondo
Hay que decir que amplios sectores de la sociedad civil han rechazado el procedimiento y el diagnóstico propuesto por el Foro Cívico como vía para sanar las heridas con el chavismo de estos años. Consideran que la polarización política como un problema nacional, se argumenta, es un capítulo superado en Venezuela, puesto que es muy evidente cómo se ha erosionado el capital político y social del chavismo. Ya no hay la simetría de antaño entre las corrientes chavistas y el campo democrático, y tampoco son iguales las cuotas de responsabilidad ni los agravios en lo que va de siglo.
Luis Carlos Diaz, periodista y activista de derechos humanos, advierte que “para despolarizar no hay que negar la verdad, callar las víctimas ni mucho menos renunciar a la libertad”. Al aludir una cierta tendencia vigente en la mediación en relativizar las cargas de la responsabilidad política, Díaz critica “cualquier intento de manipular los términos para apropiarse simbólicamente de un falso centro, y mercadear una mediación que se traduce en apaciguamiento.”
Al existir en el país una nueva voluntad -y un liderazgo político que lo expresa con claridad- lo que procede es sumar voluntades para hacer cumplir aquello que las mayorías nacionales desean. Así las cosas, dicen quienes defienden esta postura, las demandas de democracia y juego limpio van primero que las iniciativas de reconciliación. No antes, puesto que sí son antes, favorecen la dinámica apaciguadora del status quo.
La ruptura de las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio hace inviable cualquier debate que persiga acercamientos parciales pixelados, con sobreentendidos y zonas opacas en materia de responsabilidad y convivencia. La propuesta según la cual, cada quien tiene que ceder un poco de forma equidistante en sus demandas para honrar el ejercicio de la despolarización, a estas alturas, resulta inaceptable.
Es un diagnóstico que tuvo un momento de vigencia que ya quedó atrás. En suma: que hacer justicia no consiste en picarlo todo por la mitad. Que una cosa es el equilibrio y otra el equilibrismo. El sociólogo Rafael Uzcátegui habló de lo improcedente que sería proponer en este momento “un diálogo entre torturadores y torturados”.
La ferocidad de algunas reacciones en contra del Foro Cívico, inhibieron una respuesta contundente de los promotores de la Mesas de Convergencia, después de todo, una convocatoria ciudadana que, por definición, está procurando la creación de zonas para moderar el lenguaje y deponer ciertas actitudes al momento de debatir. En la forja de otro entorno político a partir de la implantación de nuevos hábitos, responden ellos, se van a abrir las compuertas a nuevos escenarios en Venezuela.
Sin embargo no hay duda que en aquellas mesas de trabajo se están sumando reflexiones importantes y de interés por parte de personalidades muy respetables. Para ser objetivos -ya que es tan criticado por su presunta tibieza frente al régimen- , habría que anotar como un dato a tomar en cuenta que el Foro Cívico tiene fijado un trino en su cuenta de X en el cual exige el respeto a la soberanía popular y a la democracia luego de lo ocurrido en las elecciones presidenciales de 2026. En las discusiones, algunos expertos apuntaron que no es necesario que la polarización tenga una dimensión nacional -como sí la tuvo antes- para que no pueda constituirse en un problema público, que dificulte el ejercicio de la política, necesario de abordar y diagnosticar.
Este es un tipo de debate que exige una toma de posición, pero en el cual, ciertamente, hay que argumentar con cuidado. No tiene verdades verticales. El activista civil Javier Tarazona, con cuatro años preso en Helicoide por hacer agudas denuncias al régimen en torno a la realidad social y política de la frontera, por ejemplo, acompaña el enfoque del Foro Cívico. “El rumbo es la reconciliación, pero la reconciliación no es un mantra”, afirmó Tarazona en el Sexto Encuentro Anual de esta organización. “Es un proceso complejo, durísimo, que requiere generar espacios de confianza.”
Finalmente: “despolarizar tiene que ver con comprender al otro, con no cerrar el campo perceptivo y entender la pluralidad. Pero en un espacio democrático y con reglas de juego claras, dice Luis Carlos Diaz”.
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