A veces Francisco siente que no tiene ni siquiera con quien hablar, los abrazos de la familia son apenas recuerdos, las reuniones masivas en casas de afectos sanguíneos desaparecieron. Al menos un primo de cada tío o tía de la decena que tiene emigró y se encuentra en algún lugar de América Latina, Estados Unidos o Europa.
Viviendo en Caracas desde hace treinta años, pero oriundo de Coro, estado Falcón, la primera “gran pérdida” que padeció fue la de su hermano Javier, quien en 2017 no aguanto más y optó por salir huyendo de una realidad que lo estaba haciendo añicos física y mentalmente.
Una noche menguada de octubre de ese año, Javier miraba desde su cama el agrietado techo de su habitación y le dijo a su esposa en Coro: “No podemos seguir así”. Angélica dejó de ver la televisión, le bajó el volumen al aparato y le preguntó: “¿Así como?”, pues, se imaginaba una revelación catastrófica en torno a su relación. “Así pues, en esta pelazón (sic), vamos a terminar mal, tenemos que irnos de aquí”.
Pocos meses después de esa reflexión, Venezuela entró oficialmente en una periodo de hiperinflación que se extendió hasta finales de 2021. El proceso se caracterizó por tasas de inflación mensuales superiores a 50%, alcanzando el punto más crítico en 2018 con una cifra anual que superó el 130.000%. “No se habían visto tasas de inflación tan elevadas desde Zimbabue en la década de 2000 y Alemania en la década de 1920”, publicó un estudio de la Universidad de Texas.
Paralelo a ello, entre 2015 y 2017, la escasez de productos básicos y medicamentos en Venezuela alcanzó su punto más alto con 70% debido a un control de precios establecido por el gobierno del actualmente encarcelado en Estado Unidos, Nicolás Maduro. A esto se sumó la caída de los precios del petróleo, la disminución de la producción nacional, precarización de sueldos y salarios, falta de divisas y un control de cambio.
A hacer maletas con lágrimas
La decisión de marcharse de Javier y Angélica les fue comunicada a cuenta gotas a cada uno de los integrantes de las numerosas familias de ambos. Aunque era la constante en esa época y podía suponerse algo así, igual dolió. A quienes más afectó la noticia fue a los padres de Javier, vecinos e involucrados en la crianza de sus hijos. “Fue como si les hubiese dicho que alguien había muerto”, dijo Margot, quien trabaja como doméstica del hogar materno de Javier desde hace al menos 40 años.
Francisco experimentó emociones encontradas; por un lado, se alegró por la posibilidad de una vida mejor para su hermano, por otro asimiló que no sería partícipe del cotidiano crecimiento de sus sobrinos.
Luego de la decisión, el país elegido para terminar de criar a los hijos de Javier y Angélica, de entonces seis y tres años, fue Uruguay porque Angélica, de profesión periodista, tenía ahí unos amigos que le habían hablado de las bondades de esa nación.
El presupuesto no cuadraba para que todos viajaran a la vez y primero se fue Javier para buscar donde vivir y hacer algo de dinero, mientras Angélica comenzó a venderlo todo: carro, muebles, enseres, electrodomésticos, vajillas y hasta algunos juguetes de los niños que ya no usaban. A la par inició un proceso paulatino de despedida con sus padres y suegros, apegados con vehemencia a sus nietos.
A miles de kilómetros de distancia, el ingeniero mecánico graduado en la Universidad Metropolitana de Caracas se encontró con un ambiente diferente al confort de su salón de clases donde impartía materias en la especialidad de Mecánica en la Universidad Politécnica Territorial de Falcón “Alonso Gamero” de Coro. Pensaba con frecuencia en la familia que había dejado atrás, pero especialmente en su ancianos padres y en la atención que les dedicaba diariamente.
Él y su esposa les hacían el mercado, buscaban las medicinas, pagaban los recibos del hogar, cobraban sus pensiones y bonos. Angélica había quedado encargada de esa responsabilidad, pero se le hacía cuesta arriba con la crianza de los niños. Algo ya estaba empezando a fracturarse
Lo que inicialmente planearon Javier y Angélica para que fuera una separación de meses se convirtió en dos años. En 2019, con Venezuela en plena conflictividad por la presidencia interina de Juan Guaidó, Francisco Javier regresó a buscar a su esposa e hijos ya de ocho y cinco años.
La despedida no fue fácil, hubo llanto, especialmente con los progenitores de Javier. Había la sensación de que no se verían más con vida, y de hecho así fue, su padre murió víctima de una secuela del covid-19 dos años después.
Un rompecabezas familiar
Francisco tiene una reguera de familia por todo el mundo.
Su hermano, cuñada y sobrinos están en Uruguay, además tiene primos en Colombia, España, Portugal, Malta, Chile, Perú, México y varias ciudades de Estados Unidos.
Los chats de WhatsApp de familia, amigos y excompañeros de trabajo, universidad y colegio son una especie de representaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Sus contactos con afectos han quedado reducidos a videollamadas, llamadas y audios por WhatsApp. Tenía previsto ver a su hermano en diciembre de 2025, pero el cierre del espacio aéreo “recomendado” por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, les impidió recibir el Año Nuevo en su casa materna.
Pese a que Javier envía dinero con frecuencia a su octogenaria madre, plata que cada vez rinde menos en una economía donde el dólar del Banco Central Venezuela (BCV) aumenta constantemente, a Francisco le ha tocado lidiar no solo con la manutención de su hogar en Coro, sino arropar el vínculo afectivo y emocional que antes era compartido por el par de hermanos. Si antes viajaba a Coro para cumpleaños, Navidad, Semana Santa y Carnaval, ahora lo hace con más frecuencia.
De acuerdo a cifras de la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) cerca de 8 millones de venezolanos han migrado, lo que representa casi un tercio de la población total y constituye el mayor éxodo en la historia reciente de América Latina.
Según el estudio, la gran mayoría (cerca de 6,7 millones) se encuentran en países de América Latina y el Caribe. Colombia es el principal receptor con cerca de 3 millones, seguido por Perú con 1,5 millones. En ese orden le siguen Chile, Brasil y Ecuador y en menor, pero importante medida España y Estados Unidos.
Algunos venezolanos han tenido que huir de Venezuela debido a la persecución política que se ha desarrollado, especialmente después de las elecciones presidenciales del pasado 28 julio de 2024. Activistas de derechos humanos, políticos, sindicalistas, periodistas, testigos de mesa del 28J y otros miembros de la sociedad civil se han visto obligados a salir y algunos a ser recibidos en países de acogida incluso sin documentos de identidad o con pasaportes vencidos.
“Cada vez que veo a mi sobrinos por videollamada siento que son felices y me alegro por ellos, pero a la vez, padezco nostalgia por perderme su evolución como personas. No se cuando los vuelva a ver, ojalá vengan pronto porque no tengo posibilidad económica de ir a visitarlos. En Venezuela todo tenemos que dejarlo en manos de Dios”, dijo Francisco.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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