🔴🔵 El cazón venezolano tiene sabor a extinción

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En mayo, durante cinco días, científicos, investigadores, académicos y estudiantes se reunieron en Colombo, Sri Lanka, en el Sharks International 2026, un congreso de cinco días que dedicó buena parte de sus ponencias a hablar sobre las distintas formas de conservar a los tiburones. El tema no está de moda. Desde hace años, en todo el mundo, las poblaciones de escualos se han reducido de forma alarmante. Y Venezuela no escapa a este fenómeno: el cazón está en peligro.

En Sri Lanka estuvo el biólogo e investigador Leonardo Sánchez Criollo, quien preside el Centro para la Investigación de Tiburones (CIT) de Venezuela y sabe que el rescate de estos peces debe ser un esfuerzo global, porque muchas de sus especies son migratorias.

“Si tú no proteges a una especie en uno de los países, entonces el esfuerzo que se realiza en los demás países se pierde. Por eso es necesario que las medidas se tomen de manera conjunta. Y todos los países lo están haciendo, pero es muy difícil en Venezuela”, afirma Sánchez Criollo, quien lidera desde hace varios meses una campaña para evitar el consumo del cazón o tiburón.

Parte de esa dificultad está en la visión que se tiene sobre estos peces en el país. Expertos en el tema y reportes científicos han reseñado que la pesca artesanal del cazón ocurre en casi todas las costas e islas del país y tiene un peso importante en los ámbitos social y económico, porque es fuente de alimento y empleo. 

“Para los pescadores artesanales, cuyo sustento suele depender de la pesca de tiburones, la carne de tiburón y de raya puede constituir una importante fuente de ingresos para las comunidades costeras”, indica el capítulo sobre Venezuela del reporte “La situación mundial de los tiburones, las rayas y las quimeras”, publicado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en 2024. 

Aunque en el pasado, el precio del cazón era bajo, la crisis económica del país provocó que su precio aumentara y se igualara incluso con el de los pargos (Lutjanidae), los meros (Epinephelidae) y las caballas (Scombridae).

Pese a que la carne de tiburón y de raya se comercializa y consume principalmente dentro del país, el reporte de la UICN detectó que productos venezolanos con esta carne llegan hasta los mercados estadounidenses. Se sospecha que este traslado se hace a través de empresas de mensajería que eluden inspecciones, licencias e impuestos de exportación.

Otro hecho que, según Sánchez Criollo, impulsó las campañas de protección de los tiburones en todo el mundo es la reciente inclusión (diciembre de 2025) de varias especies de escualos –sobre todo de la familia Carcharhinidae, la más grande– en los Apéndices I y II de la Convención del Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), lo que prohíbe o restringe drásticamente su comercio internacional, y controla su comercio local, ya que su pesca debe ser compatible con su supervivencia. El acuerdo fue suscrito por Venezuela y otros 184 países.

La caza de los tiburones bebés

Infografía sobre el ciclo del cazón

En Venezuela, el cazón no es solo una especie de tiburón. En el mercado local se le dice así a todo tiburón pequeño, es decir, a tiburones jóvenes que son de talla pequeña (alcanzan su madurez sexual con 50 o 70 centímetros) incluso al llegar a su edad adulta, o a tiburones bebés o muy jóvenes que son de talla grande.

Para Jaime Llanos, director de Buena Pesca –organización que promueve el consumo consciente de recursos pesqueros–, esa generalización del cazón apunta a una lógica perversa que existe en el mercado y que genera un “vacío de información” del cual se benefician los que explotan a tiburones juveniles que no han madurado sexualmente ni repoblado sus espacios. 

“Bajo ese eufemismo de cazón, se mete todo el mundo en ese saco y acabamos con todo”, sentencia. Por eso, considera crucial que cada tiburón que se pesque se llame por el nombre que lo diferencia del resto.

Sánchez Criollo expone que los artes de pesca usados para capturar a tiburones están pensados para peces pequeños. Se usan palangres, redes de enmalle, y anzuelos a los que se adiciona alambre Money (de acero), el cual evita que se corte el nylon. “El despliegue y la recogida de este tipo de artes en la pesca artesanal se realizan de forma totalmente manual, y las operaciones de pesca suelen llevarse a cabo durante la noche”, revela el reporte de UICN. 

Hay varias características de los tiburones que los hacen ser más vulnerables a la pesca masiva: por un lado, suelen alcanzar la madurez sexual muy tarde, lo cual hace que se reproduzcan luego de varios años. Su gestación, además, es muy larga. Dependiendo de la especie puede ir desde los 5 meses hasta los 3 años. Además, las camadas son muy reducidas con relación a otros peces: pueden ser una o dos crías, o pocas decenas.

Los embriones de tiburones se desarrollan completamente en el vientre materno (o en huevos protegidos). Cuando las hembras grávidas son capturadas, el estrés las hace abortar y las crías no sobreviven.

De paso, la carne de tiburones adultos no se comercializa porque su textura es distinta, no es agradable al paladar. Además, tiene una alta concentración de amoníaco y mercurio.

“El tiburón es una especie clave que está en el tope de la cadena trófica y desaparecer a una especie así tiene consecuencias bastante graves en todo el ecosistema”, comenta Llanos. 

El World Wildlife Fund (WWF) apoda a los tiburones como los “médicos del mar”. Como depredadores tope, cumplen una función de limpieza genética: eliminan a los individuos enfermos y sostienen el equilibrio de poblaciones como pargos, carites y langostas. Si se retiran del sistema, se activa una “cascada trófica”, porque los depredadores intermedios se disparan y arrasan con los peces herbívoros que mantienen limpios los corales. Por eso, sin su existencia, el ecosistema está en peligro.

El mar sin estadísticas

Sánchez Criollo recalca que con datos de desembarque y pesca sobre tiburones, sería posible que hacer un monitoreo efectivo de las poblaciones de escualos que permita saber qué se está capturando, cuáles son las especies más afectadas o cuándo hay más hembras grávidas, lo que implica dejar que las crías nazcan. 

“Tú conversas con los pescadores y ellos son los principales interesados en que el recurso no se agote (…) Todos lo que estamos capturando son inmaduros sexualmente, no se han reproducido ni siquiera una vez. No podemos matar a los bebés”, añade el científico del CIT.

Pero las cifras no existen. De acuerdo con el capítulo sobre Venezuela del reporte “La situación mundial de los tiburones, las rayas y las quimeras”, publicado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en 2024, el estado de las poblaciones de tiburones en el país es “incierto” y no hay “evaluaciones cuantitativas debido a la falta de datos pesqueros y biológicos”.

El documento explica que, aunque sí hay pesquerías dedicadas específicamente a la captura de tiburones y rayas, “la mayor parte de las actividades artesanales consisten en pesquerías multiespecíficas cuyas flotas operan en función de la abundancia estacional de diversas especies de tiburones y teleósteos”. 

El mismo reporte señala que el Estado venezolano ha mentido sobre los pocos datos disponibles acerca de la pesca de tiburones. De hecho, detalla que a partir de 1998, hubo una caída constante de los desembarques y que no está necesariamente relacionada con “la sobreexplotación de las poblaciones de tiburones y rayas”, Más bien, los expertos la atribuyen “a cambios en los sistemas políticos y al posterior colapso de las instituciones gubernamentales”, lo cual ha afectado directamente el proceso de registro de datos de capturas de tiburones.

“Los datos de pesca a partir de 1998 no son fiables y no deben utilizarse para evaluaciones de poblaciones ni análisis cuantitativos”, concluye el documento.

Esa poca credibilidad también se basa en otro hecho clave: la diferencia entre los reportes del Estado –suministrados por el Instituto Socialista de la Pesca y Acuicultura (Insopesca)– y los de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), que suele aplicar factores de corrección para mitigar la subestimación de la producción pesquera. 

Mientras que entre 1998 y 2003, los datos de ambas instituciones son bastante similares, entre 2004-2019, la diferencia entre ambos varía entre 35 % y 814 %

“Estos datos inexactos pueden explicarse por el hecho de que Insopesca ha inflado las capturas bajas al presentar datos a la FAO y a otras organizaciones internacionales con el fin de ocultar la disminución de los valores de producción”, apunta el reporte.

La información científica sobre el tema, por el contrario, sí ha tenido repercusiones. Gracias a estudios y proyectos de instituciones no gubernamentales y académicas, en 2012 se prohibió la pesca de tiburones en los archipiélagos de Los Roques y Las Aves, y también se prohibió la captura, distribución, comercio y transporte del tiburón sedoso y de todas las especies de la familia Sphyrnidae por parte de las flotas pesqueras industriales. Lo mismo se aplicó para el tiburón zorro de ojos grandes y el tiburón oceánico de puntas blancas, que tampoco puede ser comercializado por flotas artesanales.

“Además, creamos el Plan de Acción Nacional para la Conservación de los Tiburones”, comenta el Sánchez Criollo. Sin embargo, sobre este documento, nunca se supo nada más después de que se entregó. Jamás se ejecutó.

Una fuente vinculada al tema pesquero reveló que, aunque hay un inspector de pesca en cada puerto, este recurso humano resulta insuficiente porque el personal carece de preparación y gana un sueldo mínimo que le impide comprometerse con su trabajo. En algunos puntos es necesario más de un funcionario que pueda reconocer cada especie y hacer el conteo de lo que trae a tierra cada desembarque. Si esta realidad no cambia, será imposible que se obtengan las cifras requeridas.

Lo que proponen los expertos

Para Sánchez, la protección de los tiburones debe ser cuestión de ley, y no de decretos transitorios que puedan derogarse fácilmente por otras administraciones. La exigencia debe centrarse en prohibir la pesca hasta que las poblaciones se restablezcan, lo cual puede tardar al menos una década. Sin embargo, alerta que una decisión tan radical no puede discutirse o promulgarse sin tomar en cuenta la voz de los pescadores.

“Queremos que se proteja a los tiburones, pero hay que hacerlo como tiene que ser. Tienes que ir a las comunidades, hablar con ellos, proponer y encontrar soluciones. Hay que también escucharlos a ellos proponer soluciones. Así se tomaron las decisiones sobre los tiburones en todos los países, incluso en algunos que están en peores condiciones económicas y conflictos que Venezuela”, afirma el científico. 

Para Jaime Llanos “no hay solución mágica, ni una sola solución”. Asegura que las acciones deben tomarse desde varios frentes: gobierno, academia y sociedad civil, aunque admite que “amalgamar las tres es bastante difícil en un país como el nuestro”.

Pescadores en plena faena
Pescadores venezolanos en plena faena. Foto extraída del informe de la UICN

Por un lado, propone que se forme a los pescadores para que distingan cuáles especies son susceptibles o no de explotación. “Hay una cantidad de tiburones que están sujetos a regulaciones en Venezuela y otros no. Pero al momento de la captura esa diferenciación no se hace”, resalta.

Llanos indica que, en otros países, se ha explorado el avistamiento de tiburones como alternativa para los pescadores que ya no pueden capturar estas especies. “Se ha demostrado que el rendimiento económico de esa actividad es considerablemente mayor que la propia pesca en sí”, afirma, aunque sabe que en el contexto venezolano de supervivencia, la idea puede resultar utópica.

En Venezuela, el CIT desarrolla el “Proyecto del tiburón ballena” en la costa central, que involucra comunidades pesqueras y locales e incluye programas escolares. 

“Los resultados han demostrado que las comunidades están dispuestas a colaborar en actividades de conservación e incluso a participar activamente como científicos ciudadanos. Además, el programa de voluntariado del CIT ha sido fundamental para alcanzar los objetivos de sus proyectos y ha contado con la participación de pescadores, estudiantes de biología, buzos y el público en general”, se lee en el reporte del UICN. 

El otro aspecto que sugiere tratar Llanos es la reeducación del consumidor: “es sumamente importante ponerle conocimiento de esa situación de vulnerabilidad y lo que significa para la sociedad la pérdida de una especie clave en un ecosistema como los tiburones”.

En la gastronomía, sustituir al cazón no debe ser un problema significativo. Llanos revela que el tiburón usa su piel como parte de su sistema de secreción de orinas y otros fluidos. Cuando muere, retiene en su tejido muscular muchas sustancias, entre ellas, el amoníaco, que produce un olor intenso. Por esa razón debe lavarse y prensarse repetidas veces antes de consumirse.

El resultado, explica, es un “pisillo insípido” que toma el sabor del sofrito con el que se haga. Aunque en el oriente venezolano hay paladares que sí reconocen qué es tiburón y qué no, “la gran mayoría de los venezolanos no puede diferenciar la carne de cazón con la de otro pescado”, asegura. 

Por eso, la sustitución del cazón en las recetas no le parece demasiado compleja.

“Desde el punto de vista propiamente biológico, ecológico, nosotros lo que recomendamos son especies de ciclo corto como la sardina (…) Hay otras especies que son un poco más grandes, que tienen ciclos cortos, como el jurel y las lisas, que son muy buenas alternativas porque son sabrosos”, concluye. Que la acción protectora comience a través de los propios consumidores, podría salvar al rey del mar.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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