

«Ahora mi destino está sobre mí. No permitas que muera sin gloria, sin luchar, sino en medio de alguna gran hazaña que se cuente entre los hombres en el futuro.»
Un día 18 de abril, pero de 1967, fallecería de manera instantánea, asesinado por una bala con destino a cualquier humanidad, un joven caraqueño. Se llamaba Néstor, nombre que significa en griego antiguo: “viajero”.
Desde aquel Homero de ocho siglos antes de Cristo al presente, cuando todavía se discute si en realidad solo existió un Homero, él como único hacedor de tanta y tan magna poesía, podríamos ya concluir que tal obra es emanada de variados relatos de las gentes del pueblo, uno confrontando con el otro.
Sobre la creación de La Ilíada, en La invención de Homero (1999), de Martin West, se señala la tesis de la autoría múltiple en la llamada poesía homérica: dicha obra es un compendio de poesía recogida como producto de la narrativa épica de la década de guerra ocurrida entre griegos y troyanos. Convertidos en mitos y leyendas, todo aquello que se desprende de la sabiduría filosófica e interpretación de los sentimientos de la naturaleza humana desde sus dramáticas experiencias —la exaltación del heroísmo, la ira, el miedo, la codicia, la envidia—. De las sangrientas confrontaciones y en sus variados momentos (como en la Guerra de Troya), ambas, guerra y poesía, existieron, existen y quizás existirán por muchos más siglos, hasta que el hombre alcance grados inimaginables de progreso espiritual que sentimos aún muy distantes.
En nuestras vidas, desde aquel 18 de abril de 1967 a este de 2026, podemos contrastar los hechos de lo que nos ha acontecido durante los sucesos ocurridos en Venezuela, a la par de los mundiales que nos han atrapado cual rehenes. Llevados por las locuras de sus confrontaciones, las ideologías y las fanáticas creencias religiosas han sido tomadas como si fueran una prescripción divina, ambas revestidas de la locura de la infalibilidad dogmática de quienes aseguran poseer la verdad absoluta; incluso la que los habilita con la justificación para matar al otro, sin atención a los sufrimientos ni a las consecuencias para inocentes y civiles alejados del conflicto o que sean parte beligerante en el mismo. Utilizar las armas a discreción y sin importar los llamados “daños colaterales”.
Si reflexionamos sobre la pena constante que causó a múltiples generaciones el seguir copiando modelos de supuestas revoluciones, desde sus criminales e insensatas descargas armadas de odio y pólvora, vemos la violencia dentro de sociedades que quizás no han podido, o no han querido, aprender a nutrirse de los buenos tiempos de paz y de construcción de una modernidad que, con evidentes progresos económicos, arrancó en la democracia venezolana de 1959.
Durante las últimas casi tres décadas, desde 1998 hasta este 2026, se agolparon en Venezuela un cúmulo de tragedias que, sin alcanzar ninguna gloria de edificación de algún cambio social positivo, dejaron muertes, éxodo de millones de seres y el insólito número de prisioneros de conciencia que han sido, y siguen siendo, maltratados, torturados hasta la muerte; sometiendo a miles de familias al hambre física y espiritual.
Las preguntas, tantas veces susurradas o gritadas, son las mismas: ¿por qué y para qué se ponen las llamadas armas de la República en manos de tantos disparadores? De las oportunidades de tantos momentos felices, tal cual les fueron arrebatadas en una lucha de varias generaciones, como las libradas por la llamada “Generación del 28” en la Venezuela petrolera desde comienzos del siglo XX, que pujaba por ser una sociedad civilizada, sin el conformismo de esa juventud que enfrentó las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (1899-1935), para luego insistir en superar la del general Marcos Pérez Jiménez.
Alcanzar la satisfacción de una vida con significado, con propósito en el logro de tantos anhelos de libertad, justicia, democracia y progreso, era para la generación democrática de aquel joven Néstor Eugenio González del Castillo Yanes —mi hermano mayor, de cuya muerte física se cumplen este 18 de abril 59 años—. Una generación envenenada con la idea de luchar desde una prédica comunista-socialista, armada más de estupidez que de fusiles, le quitaría la vida desde unas llamadas guerrillas urbanas, en contra de un supuesto sistema capitalista injusto.
Trato justo de los hombres hacia los hombres. “Pan, Tierra y Trabajo”. O lo que es lo mismo: respeto entre seres humanos para una convivencia donde, en el marco del Estado de derecho, se pudieran desenvolver los ciudadanos en una evolución constante y sostenible del sistema político-social y económico, con las libertades, los deberes y los derechos para todos.
Toda aquella realidad de superar un tiempo de mentes extraviadas de venezolanos que creían en falsos postulados impuso la tarea de crear la claridad de un liderazgo de nuevos grandes dirigentes, surgidos desde la necesidad de vencer y convencer mediante la formación de grandes mayorías. Desde el exilio comenzó: con más estudio, con más trabajo, como los primeros bienes por los que se luchaba desde aquella generación de jóvenes democráticos, y como lo fue luego la de Néstor. Ellos asumieron con pasión la democracia desde su nacimiento, logrando la legitimidad de una prosperidad individual, familiar y nacional. Ellos fueron ejemplo, son y serán —más temprano que tarde— las sencillas pero tremendas razones de nuestra reconquista de la libertad, para bien de las nuevas generaciones que haremos de grandes venezolanos.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973