🔴🔵 El amor de mi vida es el tambor

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La Negra flota.

Se mueve por el salón de percusión de la Fundación Bigott, en Petare, con la ligereza de quien sabe exactamente cuánto pesa el aire que la rodea.

Lleva el afro suelto, salvaje, como siempre lo lleva cuando quiere estar entera, muy ella. Y habla con las manos antes de pronunciar palabra..

Este cuarto de paredes raspadas y cueros colgados en las esquinas la conoce bien: aquí aprendió. Se forjó. Aquí regresa hoy para contar una historia que comenzó antes de que ella pudiera recordarla.

Su nombre legal es Eileyn Ugueto Ugueto. Nació el 26 de febrero de 1991 en la Policlínica de Coche, Caracas, hija de padres de la costa: su madre con raíces en Ocumare y San José de la Sabana, su padre oriundo de Oritapo y Sucre. Su abuela paterna era cumanagoto, de apellido Araguache.

Tiene, como ella misma dice, «una mezcla muy sabrosa de culturas». Pero todos la conocen como la Negra Ugueto. Y hay una razón precisa para eso.

Ella le dio volumen al silencio de siglos a través del tambor | Foto Abraham Tovar

El tambor como cuna

Con pocos meses de vida, Eileyn enfermó de lo que se conoce como mal de ojo.

Ningún remedio convencional funcionó. Nada la salvaba. Entonces intervino el inolvidable señor Chispa Laya, amigo cercano de la familia, quien la tomó en brazos y la introdujo en el orificio de un tambor enorme mientras lo percutían.

El llanto de días se detuvo de repente. La niña cayó en un sueño profundo. Su cuerpo, dicen quienes estaban ahí, se alineó con el ritmo.

Ella no supo de esa historia sino hasta la adolescencia. Y la manera en que lo descubrió dice tanto de ella como el hecho mismo.

«Conocí al papá de mi hija mayor. Había una rueda de tambores, más o menos por la fecha de la Virgen del Valle, allá en La Sabana. Él tenía el caracol, la warura estaba tocando. Tratando de acercármele sentí la vibración del sonido en los pies. Nunca me había pasado eso. Cuando viene y me pega todo ese ritmo en el cuerpo, me quedé helada y dije: tú me gustas, pero me gusta más eso, el tambor.«

Cuando le contó a su madre lo que había sentido, la maestra Juanita se echó a reír y le reveló la historia del tambor de cuna.

Profundizando con su padre, Eileyn supo que la fecha exacta había sido la fiesta de San Juan de 1991, semanas después de su nacimiento.

El instrumento en el que la colocaron aquel día es, además, el que ella prefiere tocar. El círculo cerró.

«El tambor es el amor de mi vida. Lo digo y siento que me ahogo».

La Negra sonríe mientras lo dice. Una sonrisa ancha que le ocupa toda la cara y que, según ella misma admitirá más tarde en esta conversación, tardó muchos años en aparecer sin pudor.

Eileyn entendió que el conocimiento no es poder si no se comparte, por eso siembra conciencia en las nuevas generaciones sobre lo que importa: nuestro ADN | Foto Abraham Tovar

La mujer que se sentó en el cumaco

El camino hacia la percusión no fue directo. Eileyn llegó primero por la danza, luego por la investigación.

A los doce años comenzó a dar clases de folklore.

Trabajó en Fe y Alegría como docente, incursionó en los talleres de cultura popular de la Fundación Bigott —este mismo edificio, estas mismas paredes— y en 2016 ingresó al elenco tradicional de la Compañía Nacional de Danza.

Fue allí, cuando preparaba la obra Sol de Agua. Fiestas de San Juan, donde la percusión pasó de ser complemento a protagonista.

Para esa producción había que investigar en campo. El equipo se fue a La Sabana en vísperas del 23 de junio. Al día siguiente, cuando los cultores se movieron de lugar porque el cura no llegaba a celebrar la misa, el tambor se quedó solo en una esquina. Y Eileyn lo vio.

Para la Negra Ugueto, la afrovenezolanidad no es un concepto sino la geografía que se lleva en la piel y se defiende con el pensamiento | Foto Abraham Tovar

«Dije: ¿y si me siento? ¿Y si toco un poquito? Ese día no sé por qué no tenía pena, no tenía miedo. Me senté, comencé a darle y cerré los ojos. Un primo se me sentó al lado y me dice: ¿quién te enseñó? Y le dije que aprendí observando».

Dos años después, una amiga le envió una foto por Instagram. Alguien había tomado una imagen de aquel momento —Eileyn sentada en el cumaco de 1 metro 70 de La Sabana, tocando por primera vez— y la había convertido en un mural.

La pintura se exhibe en la avenida Universidad, en el centro de Caracas, frente al antiguo Banco Caroní.

«Cuando me enteré de eso dije: ya, no hay vuelta atrás. Esto es para mí. Me sentí poderosa. Sentí como si el tambor me abrazara. Ahora no solo me habían introducido en él siendo bebé; me abrazaba.»

Ese cumaco, así pues, se convirtió en la biografía entera de la Negra Ugueto, comprimida en madera y cuero.

Pero sentarse en un tambor siendo mujer en una festividad popular venezolana no es un gesto neutro. Hay siglos detrás de esa acción.

La tradición, heredada en parte de los códigos impuestos durante la época colonial, estableció el mundo del tambor como territorio masculino.

Los argumentos para excluir a las mujeres mezclan religión, costumbre y prejuicio: desde el relato de Salomé traicionando a San Juan Bautista hasta el más llano: «no tienes la fuerza física para tocar, mejor canta o baila».

La Negra Ugueto escuchó esas frases más de una vez. Y al principio las justificó.

«¿Cómo van a pensar distinto si están criados bajo una forma de pensamiento que divide al hombre como superior y a la mujer como inferior? Esa desigualdad se mide por unos códigos que son impuestos por manera de pensar, no por el acervo

Con el tiempo, la frase que antes la incomodaba se volvió combustible. Hoy la cita como definición de lo que significa tocar bien.

«Al tambor no se le cae a golpes. Para que eso suene como necesitas hay que entenderlo, ser amoroso, comprensivo, empático. No tiene que ver con fuerza. Tiene que ver con amor.«

Esa convicción la llevó a identificar, dentro del propio imaginario tradicional venezolano, referentes femeninos que habían sido invisibilizados.

Habla de Belén María Palacios, la reina del quitiplá de los años cincuenta.

De las morenas de Chichiriviche de la Costa: doce mujeres y niñas que desde 2024 cantan, bailan, tocan y construyen sus propios instrumentos en un acto que, según la propia Ugueto, le devolvió la fe a la Costa.

Y de sí misma, parada en una festividad de pueblo, sentada en un cumaco entre decenas de hombres, sin pedir permiso.

Es fiel creyente de que su elocuencia siempre será un arma de construcción masiva para la historia y el saber del tambor | Foto Abraham Tovar

Eileyn y la Negra: dos nombres, una misma historia

Hay algo que Ugueto quiere dejar claro: Eileyn y la Negra no son la misma persona, aunque vivan en el mismo cuerpo.

«Imagínatelo como una empresa. Eileyn es la dueña, pero la Negra es la CEO; es la que pone la cara, la que está detrás de esta entrevista. Es pragmática. Eileyn es sentimental. La Negra vive de ese movimiento Ugueto, ella es fuego. La Negra es un tambor. Eileyn es el sonido que sale del instrumento.«

La separación entre ambas identidades es, en parte, el resultado de un proceso de sanación que ella describe sin eufemismos.

Por mucho tiempo, Eileyn sintió vergüenza de casi todo lo que era. De ser «la abandonada, la negra, la mamá adolescente, la pobre, la del afro».

Se desrizaba el cabello para encajar. Se achicaba en las coreografías para que los demás se vieran. Cumplía con las normas de una corrección que no la representaba.

El giro comenzó desde afuera hacia adentro. Un hombre llamado Carlos Julio, el gran amor de su vida según sus palabras, llegó después del nacimiento de su hija mayor, Zaire, y le metió la mano en el cabello un día que ella lo llevaba suelto.

«Me dijo: qué bello. Siempre le parecí más linda al natural. Y no pude esconderme más.»

En su sonrisa y en su fuerza se refleja el orgullo de un pueblo que canta para sanar y baila para existir | Foto Abraham Tovar

Carlos Julio la acompañó durante siete años, hasta que murió en un accidente de carro en una víspera de San Juan, cuando iban camino a Ocumare de la Costa.

De él le quedó un collar con un tamborcito culo e’ puya que lleva consigo desde entonces. De él le quedó, también, la certeza de que el tambor y el amor siempre han ido juntos en su historia.

«Todo en mi vida primero fue por él, pero luego, al final, fue y es por mí. Todo en mi vida está entrelazado por el amor. He llorado mucho en la vida, mucho. Pero desde hace un año para acá, lo hago con alegría.«

Ugueto es investigadora, bailarina y docente | Foto Abraham Tovar

La maestra Juanita

Cuando el nombre de su madre aparece en la conversación, la Negra hace una pausa larga. Se le aguantan los ojos. Respira.

«Juanita es una de las personas más importantes de mi existencia porque es mi madre. Es la causante de que yo sea la Negra. Por mi papá soy Eileyn, ese Ugueto que ven es por él. Pero la Negra es por mi mamá: bailadora, investigadora. Mi mamá viajaba por toda Venezuela indagando sobre danzas indígenas, de todo lo que puedas imaginar.»

La maestra Juanita Ugueto tiene una trayectoria de más de cinco décadas en la difusión de los ritmos afrovenezolanos.

Formó parte de agrupaciones que marcaron la historia de la danza tradicional en el país: el Grupo Cosecha, Así es mi Pueblo, Nuevo Grupo Tambores de La Sabana, Yuruary, Sol Larense, Vasallos de la Candelaria, Palenque Son Karibe.

Colaboró con la Fundación del Niño y con la Fundación Bigott. Publicó investigaciones sobre acción y proyección de la danza.

En casa de los Ugueto había una colección de VHS, CDs y LPs de tradición popular venezolana. Eileyn creció entre esos materiales, los estudió, los internalizó. Cuando llegó a la Fundación Bigott siendo adolescente, ya traía el archivo encima.

«Mi modelo a seguir, de una manera inconsciente», la llama ahora. Y agrega algo que da la medida de lo que su madre le enseñó sin proponérselo: «Figuras como la suya trazaron caminos variados y sólidos para que jóvenes como yo pudiéramos transitar por una danza sin dolor ni restricciones. Una danza que busca la felicidad, la fe o la conexión musical, más que los aplausos o la tarima.»

Rafael Francheschi fue el responsable de la aparición de Ugueto en la revista Vogue México | Foto Abraham Tovar

Vogue Latinoamérica

A finales de 2024, el fotógrafo venezolano y gran amigo Rafael Francheschi le contó que había hablado con Raúl Barreto, uno de los dos editores venezolanos de Vogue Latinoamérica, y que quería llevarle su historia a la revista.

Al poco tiempo, le pidieron que escribiera un ensayo como a ella le fluyera. Eileyn no se considera redactora. Lo entregó de todas formas.

El texto que produjo, titulado Mujeres al tambor: un relato sobre la tradición afrocaribeña en Venezuela, fue publicado por Vogue Latinoamérica como editorial especial.

En él, la Negra describe las cuatro dimensiones del tambor —instrumento, género musical, recurso de crianza y herramienta de poder— y documenta el momento en que comprendió que no era la única mujer que se atrevía a sentarse en un cumaco en plena festividad.

Para ilustrar esa comprensión, el equipo viajó a Chichiriviche de la Costa siguiendo un video que la creadora de contenido Rossana Te Guía había publicado en Instagram sobre las morenas del pueblo.

Lo que encontraron allá fue una comunidad de doce mujeres y niñas que desde 2024 cantan, bailan, tocan y construyen sus propios instrumentos.

La cantante Yolimar Mayora resumió el espíritu de ese grupo con una sola frase, recogida en el ensayo de Vogue: «Lo comenzamos a hacer porque para nosotros era como una terapia. Sí, siempre lo han hecho los hombres, ¿pero por qué no lo podemos hacer las chicas? El tambor es una herramienta más para criar a nuestros hijos. Y además lo hacemos excelentemente bien.»

La publicación en Vogue no fue solo un hito personal para la Negra Ugueto sino la prueba de que la tradición afrovenezolana puede llegar a espacios que históricamente le han sido ajenos, sin que por eso pierda su esencia ni su peso.

Verla en acción es entender que el tambor no es solo música; es un rito de conexión con la tierra. Nuestra tierra | Foto Abraham Tovar

Oír, sentir y fluir

A Eileyn Ugueto, un embarazo adolescente la obligó a replantear el camino.

Estudió Trabajo Social en la UCV hasta cuarto año, luego Educación en el Pedagógico. Y cuando llegó la pandemia, se matriculó en la Unearte para cursar Educación para las Artes, mención Danza.

Hoy está en proceso de tesis. El tema: un método instruccional para enseñar el tambor de La Sabana. Un documento que explica, en pasos accesibles, de dónde viene el ritmo, por qué suena así, por qué le pertenece a cualquier venezolano independientemente de su origen, y cómo se relaciona con otros ritmos afrovenezolanos.

La fecha que se propone para graduarse es diciembre de 2026.

Su metodología pedagógica nace de la simple convicción de que el tambor no puede enseñarse solo desde la técnica. Hay que humanizarlo.

«Lo trato como una persona. Me siento un tambor. Lo divido en cuatro dimensiones para que la gente pueda empatizar con él. El tambor es oír, sentir y fluir. Si no lo escuchas, no lo vas a entender.»

Esa frase, oír, sentir y fluir funciona como síntesis de una filosofía pedagógica que no distingue entre el instrumento y quien lo percute.

Ambos son el mismo proceso. Ambos necesitan preparación, respeto y disposición para transformarse.

La Negra también habla de los rituales que rodean la práctica: curar las manos con ron antes de tocar, afinar el tambor con calor de fogata, usar vestimenta que libere el movimiento.

No tiene callos en las manos después de doce años de percusión. El ron funciona, dice, con la autoridad de quien lo ha comprobado.

Venezuela y el venezolano que no se conoce

Lleva años haciéndose una pregunta que se formula con la claridad de quien ya no tiene paciencia para los rodeos: ¿por qué el venezolano desconoce su propia cultura?

«Hemos sido programados de esa manera. Si lo vemos como un sancocho, ese caldo está compuesto por muchas cosas. No todas nos gustan. Pero componen un sabor característico. Lo que no te gusta lo sacas, no te lo comes, pero ese sabor está presente«.

Señala que la identidad afrovenezolana ha sido negada sistemáticamente porque la gente asocia lo afrodescendiente con una apariencia específica: la piel oscura, el cabello rizado. Y no funciona así.

Venezuela es una mezcla tan profunda que intentar separar sus componentes equivale a deshacerla.

«El hecho de que mi torta tenga más cacao no significa que yo no tenga ascendencia europea o indígena. Mi abuela era apellido Araguache, cumanagoto de Sucre. No puedo negar eso. Y siento que eso es una de las cosas que ha hecho que el venezolano no se sienta parte de su propia cultura».

Pone un ejemplo que deja poco margen para el argumento contrario.

Cada vez que alguien escucha un joropo recio llanero, está escuchando percusión afrovenezolana. Cuando el arpa jala el bordón y el bailador zapatea, está ejecutando percusión corporal.

La tradición africana está ahí, mezclada con lo llanero, con lo indígena, con lo español. Negarla equivale a negar parte de lo que suena.

Ha llevado el tambor venezolano a China, Argentina, España y Francia. Lo que el mundo entiende de Venezuela cuando escucha un cumaco es algo que difícilmente transmite una noticia: la densidad de una cultura que lleva siglos transmitiéndose de cuerpo en cuerpo, de mano en mano, de generación en generación.

Sus planes a futuro se concretan al ritmo del tambor | Foto Abraham Tovar

Lo que viene

El próximo 25 de abril, la Negra Ugueto regresa al Parque Cultural Tiuna el Fuerte con su experiencia Tambores Venezolanos, una propuesta presencial que lleva los ritmos de La Guaira al corazón de Caracas.

El evento incluye tambores en vivo, cultores e invitados especiales, zona de trenzado y artesanía, y todo el ambiente de comunidad que ella ha construido pacientemente durante años.

No es un concierto, dice. Es un encuentro.

El formato del taller lleva rodando desde 2024 en distintos espacios de la capital y ya alcanzó Europa. En 2025, la Negra realizó una gira por Francia y España llevando los ritmos de Naiguatá, La Sabana y Chuspa a salones donde nadie había escuchado antes un gangue ni un malembe.

La recepción, según ella, siempre desbordó las expectativas.

Para este año también se proyecta la culminación de su tesis en la Unearte, lo que significará que el método para enseñar el tambor de La Sabana quedará sistematizado por primera vez en un documento académico.

Es, quizás, su aporte más duradero… Convertir en texto lo que siempre fue oral, sin que por eso pierda el calor de lo vivido.

La última pregunta es la que nadie le había hecho antes, y la Negra Ugueto lo reconoce con genuina sorpresa: ¿se ha sentido cómoda consigo misma desde siempre?

«Siendo muy honesta, muy honesta, ese empoderamiento y seguridad tienen muy poco tiempo. Podría ser incluso que desde el año pasado para acá. Yo cuando era pequeña tuve un accidente y me di con una acera en los dientes, y me generó una sensibilidad horrible. Cómo una persona que ama hablar, que siente que lo que va a decir es importante, tener una inseguridad justo en esa área del cuerpo y asumir la responsabilidad de comunicar… era complejo.»

Este año hizo una sesión fotográfica donde decidió mostrar todo lo que siempre le había dado pena. Su cuerpo, su delgadez, su forma de verse. Lo que la sociedad le ha dicho que una mujer negra debe o no debe ser. Hipersexualización, voluptuosidad, explicitez.

Ella eligió otra cosa: mostrarse entera, sin performance, sin concesiones.

«Este es el año de mostrar todo lo que soy, sé y no sé. Y agradezco a El Nacional por hacerlo posible, porque conectaste en mí muchos hilos. Yo sé que después de este encuentro, el día de hoy, se van a pasar muchas cosas interesantes».

La Negra Ugueto dice eso y lo cree. Lo dice con la calma de quien ya no necesita convencerse.

El salón de percusión de la Fundación Bigott absorbe el silencio que le sigue. Afuera, en algún lugar de Petare, alguien está percutiendo algo. Podría ser cualquier cosa. Podría ser un tambor.

Probablemente sea un tambor.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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