🔴🔵 El ruido y la furia en Venezuela

dixiocarrizo2

Pudiera decirse que soy una rara avis en el catálogo ornitológico caraqueño. Nací y me crie en la ciudad capital, técnicamente dentro de sus confines, aunque pocas personas que vieran los predios de mi infancia supondrían tal cosa. Ese terruño de mis andanzas pueriles se parece más a la otra cara de la identidad nacional que existe en el imaginario popular del capitalino, con toda su carga peyorativa: el monte y la culebra. Cerros velados por la neblina, muchísima vegetación, abundante fauna silvestre, calles solitarias. Así era el panorama visual. Sonoramente, lo que prevalecía era (ah, paradoja) la falta de sonido. Crecí rodeado por el silencio.

Ahora no es así. Vivo en un apartamento en una de las zonas más bulliciosas de Caracas. Rara vez, sin embargo, el ruido de la calle me perturba. Desafortunadamente no pude durante un buen tiempo decir lo mismo del interior del edificio. Por varios años tuve uno de esos vecinos para quienes la idea de moderación en los decibeles era tan desconocida e inconcebible como la realidad definitiva en ciertas filosofías orientales (“el que cree que no lo conoce, lo conoce”, reza el Kena Upanishad; “el no saber es lo más elevado”, sentencia el Tao Te Ching). A menudo, su residencia, justo encima de la mía, se convertía en una discoteca de Ibiza, con música electrónica a un volumen anonadante. Varias veces me vi obligado a reclamarle. Aunque el problema nunca llevó a situaciones marcadas por el insulto, la grosería o algo peor, su reiteración lo hizo en sí mismo un verdadero dolor de cabeza. Por suerte, el parrandero se mudó.

Sirvan los dos párrafos anteriores para dar a entender que no soy de ninguna manera ajeno a la cuestión de la contaminación sónica que está siendo objeto de discusiones candentes entre venezolanos, debido a videos que circularon recientemente en redes sociales a propósito del flagelo. La discusión no abarca solo la dimensión doméstica. Hay un clamor, ehhhh, altisonante contra la música a todo volumen en playas, en la calle y en comercios. Es más, la discusión no solo abarca la dimensión musical. También incluye el habla a gritos. Es más, la discusión no solo abarca la dimensión auditiva. También incluye todo tipo de conductas que atentan contra la convivencia cívica y educada, desde el empleo de groserías en conversaciones con desconocidos hasta la tendencia de los conductores de motocicletas a manejar entre canales de tránsito en la autopista.

Estamos en la era de la adicción a tener la razón. La condición del hombre-masa contemporáneo es que quiere ser reconocido como erudito en cualquier cantidad de temas sin hacer el más mínimo esfuerzo por informarse al respeto o estudiarlos. No debe sorprender entonces la cantidad de diagnósticos improvisados sobre las causas de la anomia abusiva que se percibe en el espacio público venezolano. Algunos exponen profundos complejos de inferioridad sobre la identidad nacional. Sostienen que el venezolano es y siempre será en esencia un animalito semisalvaje, totalmente incapacitado para vivir de manera civilizada.

Yo no puedo brindar una explicación propia sobre las malas conductas del venezolano que contemple todas las aristas. Estaría incurriendo en lo que acabo de criticar. Sociólogos y psicólogos pueden hacer aportes desde sus respectivas disciplinas, sin los cuales, estoy seguro, no se puede entender el problema completamente. Lo que sí puedo hacer es intentar una contribución desde la ciencia política, mi propia área de especialización.

Lo que tengo que decir, pues, al respecto es que a mi juicio una de las razones por las que se ve tanto caos vial y personas poniendo reguetón y vallenato (nada personal contra esos géneros musicales; aludo a ellos simplemente por su popularidad) a un volumen elevadísimo en Mochima o Morrocoy obedece a otro problema, del que he hablado en múltiples oportunidades. Me refiero a la privatización del Estado. En el transcurso de los últimos 27 años, mientras se desmontaba la democracia y el Estado de derecho en Venezuela, los mecanismos de la res publica dejaron de estar al servicio del público. Fueron puestos al servicio de la elite gobernante, para la salvaguarda de su poder y sus privilegios.

Por lo general, cuando se piensa en esta apropiación, se la concibe en términos de recursos materiales. La tan mentada mano que se mete en el erario público y luego pasa al bolsillo (“Y comenzó: coge aquí, coge allá, coge allá, coge aquí”, canta el coro acompañante de Wilfrido Vargas en su tema El funcionario). Eso existe. Vaya que existe, con consecuencias nefastas. Pero justo ahora el Estado como administrador de dineros no es el que tengo en mente, sino el que lleva a cabo su función hobbesiana más básica. A saber, garantizar la seguridad de los ciudadanos. Velar porque se cumpla la ley. Que todo el mundo respete las normas.

Cuando ese garante se retrotrae, bien sea para dedicarse exclusivamente a velar por la seguridad e intereses de un grupo muy minoritario (como ha sucedido en Venezuela) o por cualquier otra razón, los incentivos de las masas para respetar esas normas disminuyen drásticamente. Lo cierto es que hace falta la espada que esgrime el coloso en la célebre portada de la primera edición del Leviatán de Hobbes. Para que la población en general siga las reglas, se necesita temor a consecuencias reales acarreadas por el quiebre de las mismas. Quisiera uno que la población estuviera siempre iluminada por la virtud al punto de que ni siquiera fuera indispensable que haya leyes escritas, como en la “república” de Platón. Pero por algo ese Estado hipotético es hasta el Sol de hoy el epítome del idealismo político. El mundo real no funciona así.

Sé muy bien que esta no es una visión muy positiva de la humanidad. Pero si no sobrara evidencia a favor de ella, no estaríamos teniendo esta conversación en primer lugar. Cuando las autoridades no cumplen con su deber y dejan a las masas a sus anchas, pero a la vez desamparadas, ocurre una regresión parcial o total al “estado de naturaleza” hobbesiano. No es que absolutamente todos los individuos de la sociedad se vuelven ladrones, asesinos y violadores, aunque esa peor criminalidad sí se multiplica (cosa que, de nuevo, los venezolanos hemos experimentado bastante, para nuestra desgracia). Pero si las faltas menores son siempre más numerosas que las más graves, asimismo en esta situación cabe esperar que muchas más personas pongan música a todo volumen en un parque nacional e irrespeten el semáforo que en circunstancias opuestas.

Todo esto suena deprimente, ¿no? Pero vuelva a leer la primera oración del último párrafo antes de este. Repare en la palabra “humanidad”. Lo que estoy describiendo es un rasgo de la naturaleza humana. No de la naturaleza del venezolano. No hay, pues, nada especial en los venezolanos en este sentido. Cualquier sociedad que sufra el desvanecimiento parcial o total del Estado por la razón que fuere es vulnerable a los mismos padecimientos. No importa cuán civilizada se la imagine. De ahí que, por ejemplo, en las guerras, los saqueos sean frecuentes en territorios que caen en manos del enemigo, ya que las autoridades derrotadas pierden control sobre ese espacio y la población local puede dedicarse al robo masivo. Otro tanto pueden hacer las tropas vencedoras, ya que se encuentran en un territorio en el que la jurisdicción legal de sus respectivos Estados no alcanza (en el siglo XX surgieron estatutos de derecho internacional y leyes de guerra con el propósito de frenar estos excesos, pero esa es otra discusión). Sucedió en la culta Europa en el contexto de las Guerras Napoleónicas y la Segunda Guerra Mundial.

De manera que no hay ninguna necesidad de que, entre tantos incidentes de tormento auditivo, los venezolanos nos atormentemos adicionalmente por cuenta propia con atribuciones ridículas de salvajismo a nuestra nacionalidad. No estamos condenados a ser así. Nadie lo está. Cuando volvamos a tener un Estado que cumpla con sus responsabilidades para con el público, no tendremos que preocuparnos tanto por esas dos palabras con las que Faulkner tituló una novela: el ruido y la furia. El esfuerzo de todos, por lo tanto, debe ir hacia aquella dirección.

@AAAD25

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