🔴🔵 Ni pensionados ni retirados: la vejez en Venezuela se mantiene activa por necesidad

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David José González tiene 82 años y ha trabajado toda su vida como buhonero. A pesar de su avanzada edad, se levanta todos los días a las cinco de la mañana para viajar desde Petare (este) hasta el Mercado de Catia (oeste), un trayecto que en transporte público -camioneta y metro- le toma más de una hora. El abuelo David José es un luchador incansable, siempre está activo, enérgico y presto al trabajo. La venta de ropa, paños de cocina y chucherías le han permitido asegurar el sustento que la pensión por vejez le ha negado durante años. 

Desde hace varios años, la vejez en Venezuela dejó de ser considerada una etapa en donde los adultos mayores se retiran de sus labores para descansar y disfrutar de lo que construyeron. Ahora es un período marcado por la necesidad y la obligación de seguir trabajando para poder costear necesidades básicas como alimentos y medicinas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la vejez activa como una etapa de bienestar, participación y autonomía de toda persona mayor de 65 años. Desde 2015, este concepto se ha ido desfigurando en el país para convertirse en vejez activa forzada, producto de la crisis económica y la emergencia humanitaria compleja.

La situación del abuelo David José se repite en muchos espacios. Es muy común ver adultos mayores trabajando como vigilantes, choferes, personal de aseo, atención al público o de manera informal porque la situación económica no le da tregua a ningún cuerpo así tenga canas, surcos en la piel y un caminar pausado.

Economía que empuja a los mayores 

Rosa Rosa Perdomo tiene 68 y todavía sigue activa en el mercado laboral. Para ella es satisfactorio sentirse útil, aunque lo que percibe no le alcanza. Aseguró que seguirá trabajando en su kiosko “hasta que Dios le dé la fuerza”. 

Los últimos resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) del año 2025, estiman que en Venezuela 1 de cada 7 habitantes es adulto mayor. Según estos cálculos, el 14.29% de la población supera los 60 años. De este grupo, un tercio se mantiene activo en labores formales o informales. 

Desde hace varios años, la Encovi viene advirtiendo que Venezuela perdió su bono demográfico como consecuencia directa de la migración. Esto se traduce en que los millones de jóvenes venezolanos en edad productiva abandonaron el país reduciendo el relevo generacional y aumentó el peso relativo de los adultos mayores en la sociedad. 

El envejecimiento acelerado que viene reportando la Encovi ocurre en un escenario adverso para todos los adultos mayores: el acceso a la salud pública es precario, no existe un sistema de protección social que responda ante una emergencia y los servicios básicos funcionan de manera deficiente.

A juicio de Victoria Tirro, investigadora y psicogerontóloga –especialista en temas de vejez- todos los adultos mayores venezolanos, en su gran mayoría, quieren seguir siendo útiles y mantenerse activos, pero advierte que en Venezuela hay un componente de obligatoriedad marcado por la situación económica del país. 

Actualmente, las personas de la tercera edad cobran una pensión de 130 bolívares -menos de un dólar a la tasa oficial-, un ingreso que permaneció congelado durante cuatro años. Aunque el pasado 30 de abril el Ejecutivo Nacional anunció un aumento del bono para los pensionados, hasta el momento el mismo no ha sido publicado en Gaceta Oficial. 

La extrema vulnerabilidad de los adultos mayores venezolanos también se refleja en su imposibilidad para adquirir la Canasta Alimentaria Familiar que, según estimaciones del Cendas-FVM se ubicó en $730 dólares para el mes de abril. La ONG Hum Venezuela reportó pobreza extrema en el 56,8% de los hogares venezolanos y una inflación en alimentos que en 2025 escaló al 259,3%. 

El “Informe Provea 2025: El eclipse de la Constitución, Venezuela exige justicia y democracia” destacó que un sector vulnerable en cuanto al tema de la alimentación es el de los adultos mayores. Las cifras estiman que  9 de cada 10 no pueden costear su alimentación básica.

La lucha emocional 

Haydee Josefina Ovalles lleva 18 años jubilada del Ministerio de Educación y lleva el mismo tiempo trabajando en un local donde vende bisutería. A pesar de que tiene una hija en el exterior y un compañero con el que comparte los gastos, reconoce que aún así debe seguir trabajando porque no le alcanza: “La pensión por jubilación es casi inexistente, ya ni sé cuánto es, pero eso no sirve para nada”, comentó.

La psicogerontóloga explicó que en el adulto mayor ocurre una mezcla de emociones que van desde la frustración hasta la ansiedad cuando la persona analiza que, en vez de descansar y disfrutar el tiempo que le queda de vida, debe trabajar.

“Hay un trasfondo de tipo psicológico de que ya no hay opción para el descanso, aquí la libertad de escoger si se trabaja o no pasa a un segundo plano porque hay que hacerlo sí o sí”, explicó Tirro.

La experta resaltó que en las consultas con adultos mayores es frecuente escuchar algún tipo de malestar asociado a la “ruptura ideal de retiro”, pues los planes de vivir de un alquiler o de la jubilación se vieron truncados o simplemente nunca se materializaron. 

Tirro aclaró que la frustración de una vejez que no llegó como se tenía planeado suele manifestarse en el cuerpo con enfermedades propias de la edad que empeoran cuando los adultos mayores realizan oficios que exigen mucha fuerza o simplemente las condiciones no son las más ideales: calor, largas jornadas y poco tiempo para el descanso. 

Victoria Tirro destaca que el adulto mayor de hoy es muy distinto al de hace 30 años. El de ahora es mucho “más activo, busca soluciones y defiende su autonomía”, pero es precisamente esa autonomía la que ha convertido a muchos ancianos en pilares familiares y sostenes de hogar.

Aunque no reveló cifras por falta de investigaciones, la psicogerontóloga alertó que en su consulta ha aumentado el número de casos de violencia filioparental (de hijos adultos a padres mayores) precisamente por temas económicos.

Vejez en desventaja 

Mientras que en la mayoría de los países de América Latina los sistemas de Gobierno tratan -aún con grandes fallas- de garantizar un ingreso básico que satisfaga las necesidades, en Venezuela los adultos mayores son los más olvidados del sistema. 

En una comparación con países como Chile, Colombia y México se evidencia el rezago en materia de seguridad social y derechos humanos para los mayores de 60 años. 

Chile ofrece pensiones no contributivas y un Aporte Previsional Solidario que complementa los ingresos de quienes no cotizaron lo suficiente. El pensionado chileno puede recibir mensualmente $206. 

Colombia, por su parte, combina el sistema público (Colpensiones) con el privado (fondo de pensiones), el subsidio promedio varía entre $250 y $350 mensuales para quienes cotizaron. El programa Colombia Mayor, para ancianos en pobreza extrema, otorga entre $20 a $40 mensuales el cual varía por municipio. Cabe destacar que el sistema de salud público colombiano ofrece una alta cobertura universal.

México ofrece la pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores para todos los mayores de 65 años independientemente del historial laboral. Aunque el monto de $175 es insuficiente para cubrir todos los gastos, el ingreso es estable.

Uruguay es uno de los países que tiene el sistema de pensiones más sólido. La pensión mínima es de 550 dólares con ajustes periódicos y una cobertura amplia.

Oscar Cartaya tiene 57 años y trabaja desde los 13. Actualmente se desempeña como vigilante en un centro empresarial. Aunque no se considera un adulto mayor, sabe que deberá seguir trabajando porque la pensión no le alcanzaría ni para cubrir lo más básico. Su historia es la de miles de venezolanos que envejecen sin tener la garantía ni la protección del Estado y sin la posibilidad de elegir entre jubilarse o descansar después de décadas de esfuerzo. 

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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