🔴🔵 Huellitas Choroní, guías turísticos con bufanda y cuatro patas

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Había un perrito en el camino. Tenía una pata rara, doblada hacia adentro, como si el hueso hubiera decidido tomar su propio rumbo.

Mariarlis Pinto lo vio durante una de sus caminatas matutinas por los senderos que rodean Choroní. No pudo seguir. Le puso nombre. Al día siguiente volvió con comida. Al otro, llegó con más. Cuando se dio cuenta, ya no era solo Pata de cloche -como lo llamó-; eran tres perros más. Luego cinco.

Entonces tocó llevar cuesta arriba un saco de perrarina cada mañana. Y después, sin que nadie se lo hubiera pedido, creó una fundación.

Un esguince para encontrarse

Mariarlis Pinto tiene 35 años de edad y lleva 12 en Choroní. Estudió Contaduría, pero no terminó la carrera.

A la costa de Aragua llegó en 2016. Mientras el país se vaciaba y la gente buscaba salidas, ella buscaba tierra firme. La encontró en una playa.

Se había fracturado un tobillo. Trabajaba como promotora en Caracas cuando se cayó y se hizo un esguince. El traumatólogo le recetó reposo y terapia en arena.

Su abuela vivía en Choroní desde hacía cuarenta años. Los meses pasaron sin que lo notara demasiado mientras hacía rehabilitación.

Cuando debía emprender el camino de regreso a la capital, ya no quería.

«Me conecté con un espacio donde me pude sentir yo. Feliz. En paz», cuenta sin dramatismo.

Caracas, reconoce, era una burbuja. Una burbuja que le impedía ver lo que había dentro de ella: desde niña quiso ser veterinaria, pero el peso social de lo que «convenía» la llevó a estudiar Contaduría. Llegó hasta el noveno semestre.

Se torció el tobillo y el destino hizo lo que le correspondía.

La idea convirtió a los perros sin dueño de Choroní en los anfitriones más solicitados del Henri Pittier | Foto Huellitas Choroní

El primero siempre tiene nombre

Cuando se instaló definitivamente en Choroní, Pinto comenzó a subir a la montaña con sus perros de Caracas.

Recorrer los senderos del Parque Nacional Henri Pittier, que envuelve el pueblo por el norte, se convirtió en su rutina. Un día, en uno de esos recorridos, apareció Pata de cloche.

Y no. No fue amor a primera vista, sino reconocimiento. Lo vio y supo que ese animal necesitaba algo que nadie le había dando: atención.

Le puso nombre porque nombrar es el primer acto de ver. Y ver, en este caso, fue el principio de todo.

Lo que siguió fue una especie de sumatoria sin plan alguno. Tres perros se convirtieron en diez. Diez y la pregunta de cómo organizarse. La pregunta en una página de Instagram. Y la página de Instagram, en 2017, en una historia que se viralizó cuando el fotógrafo Donaldo Barros documentó su trabajo y las imágenes llegaron a El Nacional.

La gente preguntaba. Comentaba. Quería colaborar. «Yo era una chica que solo le daba comida a los perros», dice. Después de aquella publicación dejó de serlo.

En Choroní, los perros no siguen a los turistas. Son los turistas los que siguen a los perros

Huellitas Choroní, sin manual

Puede que la fundación sin fines de lucro Huellitas Choroní naciera de una mujer con un saco de comida en los hombros y perros siguiéndola por el camino.

Pero creció con método. Primero fueron las adopciones. Pinto comenzó a publicar en redes a los animales bajo su cuidado y a encontrarles familias. Luego vino lo que ella considera su herramienta más poderosa: las esterilizaciones.

Afirma que un solo perro sin esterilizar puede originar, en un año, cerca de veinte crías.

Huellitas Choroní ha esterilizado 500 animales. Eso representa, en términos reales, la prevención del nacimiento de aproximadamente 5.000 animales en un entorno que no tiene capacidad de absorberlos. Hasta la fecha, la fundación ha dado en adopción a más de 1.000 perros y gatos.

No hay financiamiento. Esas cifras son solo el resultado del pulso de dos mujeres: Mariarlis y su mamá, que se mudó a Choroní y hoy gestiona una de las dos casas que funcionan como refugio.

No hay hacinamiento. Los animales que no encuentran familia pasan a ser parte de un modelo comunitario: se esterilizan, vacunan, alimentan todos los días y se les da dignidad en la calle. A ese grupo, Mariarlis Pinto lo llama «perritos comunitarios».

El gasto mensual solo en alimentación supera los 4.000 dólares. Eso no incluye emergencias médicas, medicamentos ni traslados a Maracay (la ciudad más cercana con infraestructura veterinaria), porque en Choroní no hay veterinarios con equipos de diagnóstico.

No hay máquinas de rayos X. No hay laboratorio. Cuando un animal se enferma, la ecuación se complica en tiempo, dinero y angustia. Aun así, Pinto dice que nunca ha tenido que decirle «no» a un animal que necesitaba ayuda.

Así, con ellos, nacen las vocaciones verdaderas. Sin plan. Sin título. Sin que nadie te convoque formalmente a cambiar algo, dice Mariarlis Pinto

Firulais no quería irse

Entre los treinta animales que viven actualmente entre las dos casas de Huellitas Choroní, hay un grupo de seis que tienen un estatus distinto.

No son mascotas en el sentido convencional. Tampoco son perros callejeros abandonados a su suerte. Son los Perriguías.

El concepto nació de un perro llamado Firulais y de la capacidad de Mariarlis para observar en lugar de imponer.

Firulais llegó al refugio para su posoperatorio después de ser esterilizado. La recuperación, que normalmente dura tres días, se extendió a quince. Cuando sanó, no se fue. Pasaron semanas. Y entonces, un día, comenzó a escarbar la tierra junto al portón. Se escapaba. Volvía. Se escapaba de nuevo.

«Yo decía: ‘qué raro, le estoy dando un hogar», recuerda Mariarlis. Pero Firulais no buscaba un hogar. Buscaba la playa. A los turistas. Se iba solo, pasaba el día acompañando a la gente en el agua o en la orilla, y a veces volvía a dormir. A veces no.

Ese comportamiento no era un problema. Era su personalidad. Y Mariarlis la leyó correctamente. «Dejaron de ser ‘el perrito que está a tu lado’ para ser ‘el perrito que te está acompañando»», explica.

La diferencia es pequeña en palabras y enorme en todo lo demás. Hoy los Perriguías tienen bufandas al cuello como señal. Cuando no las usaban, los turistas los ignoraban, los esquivaban, no sabían si acercarse. La bufanda cambió esa dinámica: generó reconocimiento, empatía, confianza. El turista que llega a Choroní ya sabe quiénes son. Los busca.

Los seis Perriguías actuales, que van y vienen, que consideran las casas del refugio algo parecido a un hostal donde descansar y reponer fuerzas, jamás han mordido a nadie. Son, como los describe Mariarlis, «buscadores de amor».

Los perros bajo el cuidado de Mariarlis encontraron su propósito guiando a extraños por la costa venezolana | Foto Huellitas Choroní

Instinto en economía

La idea llegó, como las mejores ideas, sin anunciarse. Pinto siempre publicaba en redes sus caminatas matutinas con los perros: el amanecer sobre el Henri Pittier, el río, los senderos donde el parque suena a pájaros que no se ven pero llenan el aire.

La gente comentaba que quería estar ahí. Una amiga voluntaria grabó un video de uno de esos recorridos. Se hizo viral. De ahí nació el Woof Tour.

La propuesta es tan sencilla como difícil de imitar: recorridos turísticos guiados por los Perriguías, diseñados a medida del visitante, que pueden incluir caminatas, ciclismo, trote, visitas a haciendas cacaoteras, al parque nacional, al río, a la playa.

Todo con los perros como compañía y con una lógica de turismo de bajo impacto. Cada tour articula a los aliados del pueblo: lanchas, hospedajes, cocinas locales. El dinero que genera no sale de Choroní.

«El 80% de las personas que vienen no se dan un baño de agua dulce», dice Mariarlis con una mezcla de asombro y convicción.

«Solo van a la playa. No saben que tienen el parque con mayor biodiversidad de Venezuela en la punta de sus dedos».

El Henri Pittier alberga 7% de todas las especies de Venezuela en un territorio comparativamente pequeño. Es, en biodiversidad, uno de los parques más ricos de América Latina. Y está al fondo de la calle principal de Choroní.

El Woof Tour no solo es una fuente de ingresos para la fundación. Es una propuesta de turismo consciente en un lugar donde el turismo existe desde hace décadas, pero raramente ha ido más allá de la arena y el sol.

Sin precio, pero con costo

La sostenibilidad de Huellitas Choroní descansa en varias patas. Las adopciones digitales permiten que personas que no pueden tener un animal físicamente lo «adopten» a distancia, recibiendo fotos y videos diarios a cambio de una colaboración mensual.

Tienen también gorras, franelas, bolsos y stickers de la fundación que han llegado hasta Canadá, Portugal y otros países de Europa.

El Woof Tour genera ingresos directos. Y las redes sociales, con un movimiento activo de seguidores y colaboradores, mantienen encendida la cadena de ayuda.

También existe la adopción: más de 1.000 animales con familias. Y las esterilizaciones comunitarias, que ya no requieren que Mariarlis vaya de puerta en puerta a convencer a la gente.

En la última jornada hizo un censo de 70 mascotas. Se presentaron 110 personas. Antes tenía que invitar a la gente con asopados y “compartires”, como una forma de persuasión. Ahora vienen solos. Algunos en lancha desde caseríos alejados.

Ese cambio de actitud en una comunidad de 7.000 habitantes que creció aislada y con pocos recursos es, quizás, el logro menos visible y más significativo de todo lo que ha construido.

El trabajo de Mariarlis y su madre es el pilar de la fundación

Choroní no es fácil. No hay veterinarios con equipos. Tampoco apoyo institucional, aunque hay conversaciones abiertas con la gobernación y una primera jornada conjunta ya ejecutada.

No hay más personas haciendo esta labor en el pueblo: solo Mariarlis y su mamá. Y aún así, la fundación cumple casi una década.

Los perros son más visibles, más dignos, más seguros. El turismo tiene una dimensión nueva que antes no existía. Y seis perros con bufanda al cuello recorren playas y senderos como si supieran, de alguna manera, que forman parte de algo más grande que ellos.

Pata de cloche, el primero, ya no está. Pero legó lo que dejan los que llegan en el momento exacto: una dirección.

Mariarlis Pinto no se graduó de veterinaria. Estudió Contaduría, se torció un tobillo y se fue a vivir con su abuela a la costa. Lo que encontró allá no estaba en ningún pensum. Estaba en el camino, con la patita torcida, esperando que alguien se detuviera.

Ella se detuvo.

Para más información ingresar a: @huellitaschoroní en Instagram

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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