🔴🔵 familias pernoctan en plazas sin saber si sus edificios son habitables

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Por: Venezuela Unida

Caracas. La noche del 24 de junio no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra. Para cientos de familias caraqueñas, el temblor continúa en forma de incertidumbre, noches al aire libre y una pregunta que nadie ha logrado responderles: ¿sus viviendas siguen siendo seguras?

Han pasado más de 50 horas desde que los dos terremotos sacudieron Venezuela y, en distintos puntos de Caracas, las plazas, aceras y áreas verdes se transformaron en dormitorios improvisados. Colchonetas, carpas, sábanas y bolsas con las pocas pertenencias que pudieron rescatar reemplazaron las salas de los edificios que hoy permanecen vacíos por temor a un colapso.

En el edificio Carlos Escarrá Malavé, de la Gran Misión Vivienda Venezuela, ubicado en el Paseo Los Ilustres, el silencio dentro de los apartamentos contrasta con el movimiento constante en sus alrededores. Son 145 apartamentos distribuidos en 12 pisos los que presentan afectaciones tras los dos terremotos.

Los residentes abandonaron sus hogares apenas sintieron los movimientos telúricos y desde entonces permanecen en una plaza cercana. Solo regresan por minutos para cocinar, bañarse o buscar alguna pertenencia indispensable antes de salir nuevamente.

La rutina se redujo a esperar

Esperar una inspección técnica, una respuesta oficial. Esperar la certeza de que podrán volver a dormir bajo un techo. «Dormimos aquí en una plaza porque tenemos miedo», es la frase que más se repite entre los propietarios.

Perla Rodríguez, habitante del tercer piso, señalaba las grietas y daños que quedaron dentro de su apartamento. Dijo que las necesidades comienzan a hacerse más evidentes con el paso de las horas.

«Lo que más necesitamos es agua y alimentos, sobre todo para los niños», relató al equipo de El Pitazo, mientras observaba el apartamento que hasta hace unos días llamaba hogar.

La solidaridad de vecinos y ciudadanos ha permitido aliviar parte de la emergencia. Algunas personas han llevado comida, agua potable, medicamentos y productos de higiene. Sin embargo, los afectados insisten en que requieren una evaluación oficial que determine si pueden regresar o si deberán abandonar definitivamente sus viviendas.

Para Ony Hernández, la angustia tiene un componente adicional. Hace trece años vivió la experiencia de permanecer en un refugio tras perder su vivienda y teme repetir esa historia.

Sentada en una pequeña colchoneta, aseguró que no busca promesas, sino respuestas. Relató que la incertidumbre pesa más que el cansancio de dormir a la intemperie.

«Queremos que alguna autoridad venga y nos diga si podemos vivir aquí o no», expresó.

Esperar noticias entre los escombros

A pocos kilómetros de allí, en la plaza Altamira, la espera tiene otro significado.

Familiares de habitantes del edificio Petunia, en la avenida Luis Roche, permanecen instalados bajo carpas mientras continúan las labores relacionadas con las personas que quedaron atrapadas bajo los escombros.

Entre ellos está Anderson Gómez. Su esposa y otros familiares se encontraban dentro del edificio cuando ocurrió el colapso. Desde entonces no ha recibido información precisa sobre su estado.

«Solo quiero que me digan si están vivos o muertos», dijo con la voz quebrada.

Denunció que las respuestas de los funcionarios han sido imprecisas y que las familias permanecen en incertidumbre mientras pasan las horas de.

«No sabemos a dónde iremos„

En los alrededores de la plaza Altamira también permanecía José Alejandro Escobar, residente del edificio Marco Aurelio, ubicado en la avenida del Ávila. Aunque su edificio no colapsó, teme que pueda ocurrir lo mismo que en otras estructuras afectadas.

Entrar a su apartamento se convirtió en una acción breve y calculada. Solo lo hace para rescatar algunos objetos antes de salir nuevamente. Confesó que perdió gran parte de sus bienes, pero expresó que existe una preocupación aún mayor.

«El mayor temor y desesperación es que si nos dicen que debemos irnos no sé a dónde iremos», sentenció.

En un edificio de la Gran Misión Vivienda Venezuela ubicado en la avenida La Estrella, en San Bernardino, decenas de familias permanecen en colchonetas y carpas instaladas frente a la edificación.

Karina Díaz explicó que decidieron quedarse cerca para resguardar sus pertenencias mientras esperan que las autoridades determinen si la estructura puede seguir siendo habitada.

Durante estos días han recibido alimentos gracias a organizaciones civiles y vecinos. Han pasado las últimas 50 horas durmiendo fuera de sus hogares.

«Mi mayor temor es quedarme sin vivienda por segunda vez porque estar en un refugio no es fácil», afirmó.

La historia vuelve a repetirse en el edificio Continental, ubicado en la avenida México de Bellas Artes.

Al menos 85 familias permanecen refugiadas en las afueras del liceo Andrés Bello después de que los apartamentos presentaran daños estructurales.

Zoraida Martínez, una de las residentes, aseguró que el miedo aumenta con el paso del tiempo.

«Es fuerte y tenemos mucho miedo porque no sabemos realmente la situación de la infraestructura», relató mientras esperaba la inspección de Protección Civil.

La solidaridad ocupa el espacio de la respuesta oficial

En la avenida Bolívar, otro conjunto de edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela también mantiene a sus residentes viviendo en plazas cercanas.

Allí son organizaciones sociales, voluntarios y ciudadanos quienes han llevado alimentos, agua, medicamentos e hidratación para quienes permanecen al aire libre.

Las escenas se parecen entre sí: niños jugando entre carpas, adultos pendientes de cualquier información oficial y vecinos organizándose para compartir alimentos y cuidar las pocas pertenencias que lograron sacar de sus apartamentos.

Mientras tanto, los edificios permanecen en silencio, con ventanas abiertas y puertas cerradas, esperando la revisión técnica que permita determinar si aún pueden ser habitados.

Para cientos de familias caraqueñas, el terremoto dejó de ser un evento de segundos. Se convirtió en una larga espera marcada por el miedo, la incertidumbre y la esperanza de que, cuando finalmente llegue una respuesta, aún exista un hogar al cual regresar.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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