La falta de alternativas empuja al choque a dos grandes potencias de Oriente Medio

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El Oriente Medio contemporáneo avanza rápidamente hacia un conflicto que será determinante para su desarrollo futuro: un enfrentamiento entre Israel y Turquía. Especialmente después de que la victoria ‘de facto’ de Irán condujera a un brusco debilitamiento de las posiciones estadounidenses en la región. Ankara y Tel Aviv, dos aliados muy cercanos de Estados Unidos, se encuentran ahora en una situación geopolítica muy compleja.

Turquía luchó durante décadas por integrarse en Europa, pero ahora comprende que esos sueños nunca llegarán a hacerse realidad. Israel, a lo largo de toda su historia, ha intentado obligar a sus vecinos a reconocer su derecho a existir, aunque esto tampoco parece realizable. Como resultado, ambas potencias podrían verse obligadas a enfrentarse entre sí. Simplemente porque pronto no les quedará otra opción: el margen de posibilidades es demasiado estrecho. Un enfrentamiento que será recibido con gran satisfacción por todos los demás Estados de la región, para los cuales tanto Israel como Turquía resultan igualmente peligrosos y ajenos.

Desde el punto de vista de los intereses de Rusia, esto significa una mayor erosión del sistema de influencia de Estados Unidos en la región, un proceso que ya es imposible detener. Y, en términos generales, demuestra muy bien que incluso potencias medianas relativamente fuertes pueden acabar en un callejón sin salida si construyen su política orientándose hacia un único centro de poder externo.

Hace unos días, el Gobierno de Israel respaldó una resolución para reconocer como genocidio la muerte masiva de armenios en el Imperio otomano (1915). La mayoría de los observadores, tanto en Rusia como en el extranjero, recibieron esta decisión con una sonrisa irónica: el cumplimiento de ese deber moral ha tardado demasiado tiempo en llegar.

Una circunstancia que añade un matiz especialmente llamativo, por así decirlo, es que, en la actualidad, las autoridades de la propia Armenia, el país que sufrió aquella tragedia, prefieren no insistir demasiado en el tema del genocidio, ya que ello contradice la línea oficial de Ereván orientada a la reconciliación con sus vecinos túrquicos.

Sin embargo, para Turquía, el reconocimiento del genocidio armenio por parte de cualquier Estado ha sido tradicionalmente uno de los principales indicadores de que la naturaleza y el carácter estratégico de las relaciones bilaterales son hostiles. En Israel esto se comprende perfectamente, pero aun así se opta conscientemente no simplemente por una escalada, sino por una reconfiguración de las relaciones. Ahora ya no pueden quedar grandes dudas sobre cuál será su perspectiva.

Una característica de la posición de Israel y Turquía dentro del sistema internacional de Oriente Medio es que ambas potencias encajan con dificultad en el paisaje cultural e histórico de la región. Ambas constituyen una especie de avanzadas del mundo occidental y mantienen vínculos mucho más estrechos con Estados Unidos y Europa que con sus vecinos regionales. Por ello, las dos afrontan serios problemas relacionados con su identidad.

No cabe duda de que el enorme Irán también posee diferencias significativas y nunca se ha considerado parte del mundo árabe. Sin embargo, jamás estuvo sometido a un proceso de europeización tan profundo como Turquía y siempre conservó una identidad propia que, aunque particular, seguía siendo genuinamente regional. Incluso durante la época del sah, Irán nunca fue un aliado de Estados Unidos tan cercano como lo ha sido Israel.

Por su parte, la República de Turquía surgió sobre las ruinas del Imperio otomano, fue objeto de las reformas más radicales hace cien años y, desde la segunda mitad del siglo XX, emprendió un rumbo de acercamiento a Europa. El símbolo y el fundamento jurídico de esa orientación fue la Unión Aduanera vigente desde 1996, gracias a la cual la Unión Europea constituye el principal socio comercial exterior de la República de Turquía. En 1987, Ankara presentó su solicitud de adhesión a la Unión Europea, pero las negociaciones avanzaron lentamente desde el principio y actualmente se encuentran completamente congeladas: todos entienden que los europeos aceptarían antes a Moldavia, o a lo que quede de Ucrania, que a un enorme país de población musulmana.

La propia Turquía es un Estado que, aunque no está exento de problemas, ha alcanzado un nivel considerable de éxito. Esto incluye unas fuerzas armadas de entidad significativa y la capacidad de desarrollar una diplomacia activa. Sin embargo, como resultado de varias décadas de «elección europea», de su pertenencia a la OTAN y de la cooperación militar con Estados Unidos, Turquía prácticamente carece de una política exterior que no sea una derivación de sus relaciones con sus grandes socios occidentales.

En los últimos años, Ankara ha tratado de construir una política de ese tipo desarrollando sus vínculos con Rusia e interviniendo activamente en los asuntos de Oriente Medio. Pero, por ahora, los resultados son limitados: en el primer caso, el principal obstáculo son sus compromisos con Estados Unidos; y, en el segundo, la creciente actividad en las direcciones sur y sudeste conduce inevitablemente a una confrontación con Israel.

Este último, por su parte, también busca un nuevo papel para sí mismo. El Estado hebreo fue creado por inmigrantes procedentes de Europa y heredó las tradiciones jurídicas y estatales europeas, aunque adaptadas a sus propias convicciones religiosas. En cierto sentido, Israel es realmente una isla de Occidente en el inmenso mar del mundo islámico, y su existencia siempre ha dependido del poder de Estados Unidos y de sus aliados.

Durante décadas, Washington ha proporcionado a Israel una importante ayuda económica, además de garantizar su supervivencia en caso de conflictos militares de gran envergadura. No es ningún secreto que la decisión de Donald Trump de atacar a Irán a finales de febrero de 2026 fue tomada bajo una fuerte influencia israelí. Y, en términos más generales, la política de Estados Unidos hacia Irán es una derivación de las irreconciliables contradicciones entre Irán e Israel.

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En otras palabras, a lo largo de sus 80 años de historia, Israel aún no ha logrado construir una identidad propia en la política internacional, especialmente en el plano regional, que permita percibirlo de manera independiente de Estados Unidos. Por ello, los Estados árabes consideran, con bastante lógica, a Tel Aviv únicamente en el contexto de sus relaciones con Washington y nada más. No resulta sorprendente que los instrumentos de influencia diplomática de Israel sobre sus vecinos sean tan limitados: si fueran más sólidos, no tendría que recurrir a la fuerza con tanta frecuencia.

Pero ahora el mundo comienza a cambiar rápidamente. El principal signo de esos cambios es la creciente exigencia de que los Estados sean capaces de hacerse cargo de su propio destino de manera independiente. Se trata de un fenómeno de alcance global, aunque resulta especialmente visible en el caso de los numerosos aliados de Estados Unidos.

En efecto, durante la segunda mitad del siglo XX, varios Estados de considerable importancia dejaron de actuar como actores independientes para convertirse en una prolongación de los intereses estadounidenses. Incluso la posición internacional de países tan importantes para la economía mundial como Japón o Corea del Sur está garantizada por la presencia de bases militares estadounidenses en sus territorios, destinadas a ejercer presión sobre China: por sí mismos, Tokio y Seúl todavía no poseen un valor estratégico verdaderamente autónomo.

Lo mismo ocurre con Turquía e Israel: pese a sus capacidades económicas y a su potencial militar, estratégicamente siguen siendo poco más que una parte de la infraestructura global de influencia de Estados Unidos.

Esto no suponía un problema mientras Washington disponía de los recursos necesarios para sostener esa infraestructura. Sin embargo, se ha convertido en un serio desafío para Ankara y Tel Aviv ahora que en Estados Unidos ya se habla abiertamente de la necesidad de renunciar a una parte considerable de sus compromisos excesivos.

Como consecuencia, Israel y Turquía comienzan a intentar afirmarse con creciente determinación en el espacio regional. Sin embargo, no pueden cooperar ni construir algo conjuntamente: se lo impiden sus ambiciones políticas y, sobre todo, el complejo profundamente arraigado de sentirse siempre actores secundarios, siguiendo a una potencia más fuerte pero sin representar por sí mismos un valor estratégico autónomo en la política mundial.

En ambos países no ven otra manera de superar ese complejo que alcanzar la hegemonía regional: aprovechar la retirada de Estados Unidos y asumir el liderazgo. Pero el líder solo puede ser uno, y eso es precisamente lo que empuja a Ankara y Tel Aviv hacia un enfrentamiento que ya parece prácticamente inevitable.

Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973
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