A Caracas le bajaron el volumen. La ciudad es otra, a pesar de que sus habitantes tímidamente traten de volver a una rutina que nunca será igual. Si se hiciera una encuesta, el silencio se impondría, y el sonido apenas se expresaría en lo que es inevitable: el motor de un carro circulando y los niños que juegan en la plaza.
Es sábado 4 de julio, cerca de las 4:00 pm. En Bello Monte, cuatro amigos que pasan sus setenta años se reúnen en la plaza Los Chorritos, donde está Mafalda, para jugar dominó. Se escuchan las piedras, ellos apenas. En El Mercadito de las Doñas unas seis personas toman una cocada y en Todos Carnes, la excepción, se hace cola para entrar, como ocurría cualquier día de fin de semana antes de los terremotos del 24 de junio. Es de esos locales de moda y por los que la gente es capaz de esperar media hora o más para entrar, sentarse y pedir. Tal vez solo quieren recordar cómo era todo hace 15 días, antes de la tragedia.
En el centro comercial El Recreo hay más movimiento, como lo ha sido incluso en los peores momentos de la crisis política y económica del país. Unas veinte personas hacen cola para comer helados en Mykonos en el puesto de la entrada principal; más adelante otras compran en la venta de postres del McDonald’s. En el supermercado Río las personas buscan abastecerse para el día a día. Carne, harinas, pan. No hay venta de licores. Un cartel recuerda que hay ley seca por el duelo nacional decretado por el gobierno interino debido a la tragedia.
Se venden muchos enlatados, papel toilet, compotas, fórmulas infantiles, pañales, jabones. Un empleado que prefiere no ser identificado dice que hay organizaciones que han comprado para llevar a los centros de acopio.

Hay que seguir
Las salas de Cinex El Recreo están abiertas. Son cerca de las cinco de la tarde y han asistido unas 80 personas, según uno de los encargados. Prefieren películas como Toy Story 5 o alguna de acción.
Ahí está Lorenzo, en sus treinta. Eligió ver Supergirl. No ha dejado atrás el temor por los terremotos del 24 de junio. “Miedo siempre vamos a tener, pero la vida continúa. No nos podemos encerrar. ¿Qué vamos a hacer?”, dice antes de entrar a la sala.
En la feria está José Pérez. Un joven que apenas pasa los veinte años de edad. Junto con una amiga, acaban de comer en KFC. Los restos de pollo están ahí. Había hambre y antojo.

Es la primera vez que sale a compartir después de los terremotos. Se considera afortunado en medio de todo. “Hay muchas personas que perdieron la vida, su familia. Todo cambió completamente en cuestión de segundos. Y entonces uno piensa que es afortunado. Tengo mi casa todavía, tengo a mi familia. Lo más importante es que estamos vivos y tenemos que vivir. Hoy salí con una amiga, pasando el momento, un día diferente. Después de tantas cosas malas así, uno siempre trata de rescatar algo bueno”.
En las tiendas Balú hay gente que ve ropa: franelas, medias. Poca. Pero poco a poco se va activando. También ha venido personas a comprar para donar. E viernes un señor se llevó 80 pares de medias para colaborar con los afectados por los terremotos.
Afuera, los buhoneros de siempre ofrecen lo de siempre. Gorras, forros de teléfonos, café, cigarros, chucherías.
Es una esquina neurálgica, un semáforo que debe vivir estresado. Con los carros que suben de Bello Monte, los que siguen por la Casanova hacia Chacaíto, la gente que va al bulevar de Sabana Grande y los que van hacia quién sabe dónde.
Contentos o tristes
Hay algo diferente en el rostro de muchas personas. Tal vez la mejor definición la da una mujer en sus treinta años en el centro comercial Líder, en La California, cerca de Petare. “No sabemos si estamos contentos o tristes. Uno no halla qué decir. Pero la gente viene por lo menos a distraerse”. Ella está en la feria, que no tiene la misma cantidad de personas que los fines de semana antes de todo; todo, esa palabra que lo dice todo en este momento.

En la librería Alejandría volvieron a abrir el sábado 4 de julio. El viernes solo fue el personal a seleccionar algunos libros infantiles para donar. Del otro lado de ese nivel, llamado Entretenimiento, está Cines Unidos y, al igual que en El Recreo, apenas algunas personas se acercan a la cartelera a ver las opciones.
El centro comercial está con decibeles bajos. A esa hora el gimnasio Rock and Rolls, que en otras épocas estaría a reventar con su música y fanáticos del ejercicio, está vacío. No hay nadie.
Hay gente que come helados, comida china, pollo o hamburguesas, pero hay tristeza en el ambiente. Música instrumental se escucha por los parlantes del centro comercial. De hecho, con el apoyo del programa Tiempo en Líder y la organización Zona de Descarga, es un centro de acopio que ha enviado ayuda a diversas zonas de La Guaira.
La avenida Francisco de Miranda, a la altura de Los Palos Grandes, comienza a dar cuenta de los daños en algunos edificios, como Tecoteca y su fachada incompleta, o el edificio Parque Ávila.
Los perrocalenteros de siempre están en sus respectivos lugares de la acera, pero todavía esperan clientes. En la mañana se realizó el acostumbrado mercado de Los Palos Grandes; ya en la tarde, los toldos fueron recogidos.
Están las calles, pero la sensación es otra. Comienza a caer la tarde, y apenas algunos caminan por la avenida. Es un sábado a punto de anochecer y todo es un intento de recobrar algo de normalidad en Caracas.
Más arriba de la plaza Los Palos Grandes está El Coyuco, la célebre pollera. No hay más de diez comensales; uno de los encargados dice que la semana anterior, poco después de los terremotos de 7,2 y 7,5, hubo mucha más gente. Comenta que es porque estaban más nerviosos. “Y sin caña mucho menos van a venir”.

Primera merienda
En la plaza hay niños jugando. Frente a Dog hay cuatro señoras; una de ellas es la escritora de cuentos infantiles Elvia Silvera. Ella vive en Santa Eduvigis, y por primera vez se reúne con las demás para merendar. “Decidimos salir un rato después de toda esta tensión que vivimos, después de toda esa situación en la que se sintió tanto en esta zona; los nervios quedaron bastante alborotados. Estar encerrados hace que uno se sienta peor. Estoy aquí con mi mamá, una tía, la mamá de mi esposo. Estamos acá en la plaza para despejarnos. Tratando de retomar la normalidad”.
El terremoto la sorprendió en la cuarta avenida de Los Palos Grandes. “Fue muy duro, muy duro”, dice cuando faltan veinte minutos para las seis.

El encargado de Dog dice que ha vendido 10 perros calientes. Abrió a las 11:30 am. En la otra esquina de la plaza está Roberto Márquez, un pintor mexicano que suele viajar a lugares donde ocurren tragedias para registrar con sus trazos el sentimiento del momento.
Con objetos recuperados del edificio Petunia II, caído durante los terremotos, busca a través de la pintura proponer un ejercicio de desahogo y también de agradecimiento. La madera de una cama, un espejo o tablas sirven de lienzo para que él haga un boceto que luego otros van interviniendo. Las imágenes muestran a rescatistas en La Guaira, al perro Tsunami, a los motorizados que han apoyado, a médicos que atienden a un superviviente. Todo muy inspirado en los murales de México, pero con el trazo de muchos. Niños, hombres y mujeres han aportado en cada una de las piezas que en esa parte de la plaza se exhiben.

A pocos metros está Tamara Hernández, una madre que lleva a jugar a su hijo de ocho años de edad. Los primeros días no quería salir, pero ya comenzó a trabajar. “Solo queda aceptar las cosas y tener fe en Dios en que todo esto va a cambiar”.
Pensar en el fin
A dos cuadras y media de los restos del Petunia II hay un contraste. Por un lado, la zona acordonada alrededor de los escombros de lo que fue uno de los edificios de vivienda referencia de Los Palos Grandes y, por el otro, una actividad comercial que busca seguir en medio de todo. Por ejemplo, la cola de Todo Carnes es la misma de siempre para entrar, y en Mykonos los helados de yogur griego se llevan por doquier.
Agostino Barbieri es uno de los socios de la carnicería Mont Karmel. “Tengo 50 años acá”, comenta. Ha abierto al público desde el 26 de junio. El 25 fue a recoger todo lo que se había caído por los dos sismos. Ya a esa hora no está despachando porque un grupo de obreros refuerza una de las paredes del local.
Vive en el último piso del edificio del frente. Vivió el terremoto del año 1967, era un niño, pero este no tiene comparación para él. “Yo pensé que se acababa todo”, afirma el carnicero de 73 años.

Ya en la avenida Luis Roche, la que sube, la gente que pasa frente a lo que era el edificio Obelisco no quita la mirada de lo que ahora es un terreno baldío, un espacio vacío, un silencio profundo en un lugar en el que pareciera que se llevaron hasta los recuerdos.
Pero unos 100 metros más arriba, en El Alazán, hay movimiento. Las camionetas estacionan. Miembros del personal comentan que ha disminuido entre 60% y 70% la asistencia. En estos momentos no hay música en vivo, el hilo musical es bajo. Dicen que no hay celebraciones y que mantienen las donaciones de comida a las personas afectadas por los terremotos.
Mundial en mudo
Del otro lado de la ciudad, en el Sambil La Candelaria, no se escucha el zumbido que la afluencia de personas genera en el lugar un fin de semana. Gente baja y sube por las escaleras mecánicas, pero no son las habituales para un sábado después de las seis de la tarde. Unos compran helados, otros buscan churros. Otros simplemente ven vidrieras. Cinepic ya no tiene funciones, fueron temprano, y el parque Ninja Park apenas recibió a diez niños en todo el día. Los empleados dicen que un sábado cualquiera hubiesen sido doscientos.
Las pantallas de Modo, en la feria, transmiten el juego entre Paraguay y Francia, pero sin sonido. Una decisión que se repite en varias zonas de Caracas.

Esta vez, por las calles transitadas, los pocos televisores que transmiten el partido apenas tienen volumen.
Más abajo, en Bellas Artes, en la Plaza de la Juventud, hay un refugio para afectados por los sismos. Los niños juegan pelota o con algún juguete, como un sábado cualquiera Grupos cristianos colaboran con donaciones de comida. De resto, la bulla es la de los carros y buses que siempre pasan por ahí.
Más al sur, en la avenida Los Ilustres, la parte de food trucks intenta reactivarse. Algunos comercios con más gente que otros. En el skatepark hay algunos niños y jóvenes y más adelante, en el Paseo Los Próceres, también; algunos adultos trotan, pero son aceras que están acostumbradas a más gente.
La ciudad, en medio del duelo, intenta recuperar su ritmo, pero dista mucho de aquella Caracas cuyo paisaje cambió para siempre el miércoles 24 de junio a partir de las 6:00 pm.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973