Lo primero que se escucha, antes de ver cualquier olla, es el sonido que produce el fuego. Un fuego que no se apaga. Que no se ha extinguido desde el 24 de junio y que no parará mientras haya alguien con hambre a quien servir en 60 puntos de distribución desplegados a lo largo de La Guaira.
En el comedor del Club Puerto Azul, en Naiguatá, ese sonido, el rugido sordo de los berbers encendidos bajo ollas de hasta 70 litros, es el único que compite con el rumor del mar.
“Para nosotros es muy difícil recibir tanto amor y no poder corresponderlo”, dice Luis José Fernández, guatemalteco, director de respuesta de World Central Kitchen para la activación en Venezuela. Hace una pausa. “Pero lo estamos haciendo con comida”.

La vía hacia La Guaira arrastra calor, polvo y un olor a descomposición que no termina de disiparse. Es un recorrido por el antes y el después de una ciudad que todavía no sabe en cuál de los dos vive.
En cada esquina hay ondas de concreto pulverizado. El residuo de lo que eran paredes, escaleras, vidas ordenadas. El calor de julio lo espesa, lo vuelve denso, convirtiéndolo en una presencia física que se adhiere a la ropa y a los pulmones. Y debajo de esa arenilla, un olor que el cuerpo identifica antes que la mente. El olor a lo que no se puede nombrar, que solo se conoce cuando se está ahí, que no abandona del todo aunque uno se aleje.
A los lados de la carretera hay tramos comprometidos, desvíos improvisados, maquinaria pesada trabajando en los bordes. Y rostros. Caras que ya no sorprenden: rescatistas —cuadrillas que llevan casi semanas trabajando sin descanso—, vecinos, familiares, personas que cargan miedo y cansancio en la misma postura del cuerpo. Se mueven en grupos compactos entre los edificios ladeados que aún no han terminado de decidir si caen o resisten.
Naiguatá es otro estado de ánimo. El registro cambia de golpe. La zona sufrió, pero en una escala que todavía permite respirar. Los daños más severos del Club Puerto Azul se concentran en el área náutica, que ya trabaja en su recuperación. El resto del club sufrió algunos daños de mampostería. Lo que se encuentra en su comedor principal es otra dimensión.


La cocina que nunca se apaga
El comedor del club era, hasta hace tres semanas, el espacio donde los socios almorzaban y cenaban junto al mar los fines de semana. Hoy es una cocina de campo de escala industrial, abierta, caliente, organizada por WCT con la misma precisión que tuvieron cuando pasaron los desastres en Turquía, Jamaica, Colombia o Gaza.
“Donde hay hambre en medio del desastre, allí debe estar la cocina”, insisten.
Hay ollas que no tienen fin. Veinte, veinticinco preparándose al mismo tiempo, alineadas sobre los quemadores industriales que en Venezuela tienen ese nombre propio, esa identidad local que el equipo de World Central Kitchen incorporó desde el primer día.
Una olla sale, otra entra. El fuego no baja. El calor de esos quemadores suma al calor del Caribe de julio y el resultado es un ambiente que empapa la ropa en minutos, pero que nadie en esa cocina registra como problema. No incomoda. Y si lo hace, nadie dice nada. Están cocinando. Ese es el trabajo.
“La intención es que todo salga caliente. Siempre”, ataja Fernández.

El día de la visita, el menú incluye carne molida y pasta. Arroz y caraotas. Cientos de kilos. En otra sección, una línea de panadería opera en paralelo. Más allá, la zona de emplatado: bandejas que se llenan, se rotulan, se clasifican por destino.
Cada bandeja sabe adónde va antes de salir de esa cocina. La logística es el músculo invisible de todo esto. El área está pulcra. Organizada. Funciona. Eso rompe expectativas en una zona de desastre donde el caos suele ser la norma.
Personal de Colombia, México, España, Francia, Estados Unidos circula con protocolos claros. Un termo grande dispuesto para todos —cocina, logística, seguridad— ofrece papelón con limón al que lo necesite. Hay armonía. Hay hermandad.

Alimentando lo que duele
World Central Kitchen nació de un terremoto. En enero de 2010, el sismo de magnitud 7.0 que destruyó Puerto Príncipe mató a más de 200.000 personas y dejó a millones sin acceso a comida.
El chef hispano-estadounidense José Andrés llegó a Haití y entendió entonces que cuando hay una crisis, los médicos llevan médicos; los ingenieros llevan ingenieros. Y cuando hay que alimentar a miles de personas en condiciones extremas, hay que llevar cocineros. Porque los cocineros saben cocinar a escala. Saben trabajar bajo presión. Saben que una comida caliente es un mensaje.
Desde ese primer despliegue en Haití, WCK lleva 15 años respondiendo a desastres en todo el mundo. Huracanes, terremotos, inundaciones, guerras. En Ucrania y Gaza han llegado a servir hasta 1,5 millones de comidas diarias. En Puerto Rico después del huracán María. En Turquía después del terremoto de 2023 que mató a más de 52.000 personas en seis estados simultáneos —el más grande que Fernández recuerda con nombre y dolor.
“Lo que aprendimos fue lo mismo que aprendemos siempre: todos los desastres son diferentes. Todos”. Pero el de Venezuela, reconoce, lo ha afectado de forma personal.

Seis horas
El 24 de junio, seis horas después del doble terremoto, sirvieron su primera comida en Venezuela. Una engranada red y contactos locales activos permitieron activar contra reloj el protocolo de WCK; uno que no espera confirmación oficial para encenderse.
A tres semanas del desastre, el contador marca ya 500.000 comidas servidas, de 30.000 a 50.000 diarias.
La organización trabaja con más de 47 restaurantes asociados en Caracas, más la cocina de campo del Club Puerto Azul. Doce food trucks desplegados en La Guaira, Catia La Mar y Playa Grande cubren zonas de acceso difícil. Ochenta vehículos en total se mueven todos los días hacia los 60 puntos de distribución en La Guaira.
El pico fue de 57.000 comidas en un día, cuando la concentración de rescatistas internacionales era máxima. Desde entonces ha habido una reducción gradual —Caracas empieza a estabilizarse— pero la reducción no implica salida sino adaptación.
“Vamos a empezar a reducir la cantidad de comidas, pero siempre del lado de la comunidad”.

Venezuela alimenta a Venezuela
Todos los insumos se compran localmente. Carne, verduras, granos, ingredientes. Cada centavo que WCK gasta va a la empobrecida economía venezolana. Esa es la política.
“Dijimos: de alguna forma el sector de hospitalidad va a sufrir las repercusiones del terremoto. Nadie va a salir a los restaurantes. Además, sale muy caro remover logística de afuera cuando es más fácil preguntarle a la gente aquí. También está el hecho de que cocinan una mejor arepa ustedes que nosotros“, dijo entre risas Fernández.
Ese método tiene una razón práctica y otra humana. La práctica: reducir tiempos, comprar cerca y reactivar parte de la economía local, también golpeada por el terremoto. La humana: servir comida reconocible, con sabor de casa, para que el alimento no se sienta como una ración anónima. Quieren que cada plato sea compañía.
Para entender la idiosincrasia, los tiempos, los sabores, WCK convocó a Carlos García, chef venezolano con reconocimiento internacional, para que actuara como puente cultural entre el equipo externo y el quehacer local.
El equipo internacional que llegó desde fuera es pequeño. El resto, el corazón operativo, está en quienes conocen el país, el clima, las rutas, la comida y el tipo de ayuda que funciona en medio del dolor.
“Al principio teníamos que trabajar el tema emocional. Mucha gente que está cocinando aquí perdió algún familiar. Perdió algún amigo. Tal vez no tiene un lugar a donde regresar”.
Ese detalle, la cocina que opera sobre el dolor de quienes cocinan, define algo que ninguna estadística alcanza a registrar: la dimensión humana de una respuesta humanitaria.
Los 120 cocineros laborando en Club Puerto Azul no son trabajadores distantes. Son vecinos, en su mayoría, de La Guaira. Personas que perdieron algo y eligieron, de todas formas, venir a cocinar para quien perdió más.
“Nuestra meta era poder servirle a la gente la comida más rica, la más caliente, para que ellos por esos 5 o 10 minutos que estuvieran comiendo pudieran estar enfocados en algo y tener un sabor que les recordara a casa”, dice Fernández. “Eso es algo que vamos a continuar haciendo”.

Lo que queda si World Central Kitchen se va
¿Cómo opera WCK? “Nuestros fondos y recursos son 100% privados. No recibimos plata de ningún Estado, porque eso nos da la independencia de poder trabajar de forma autónoma”, aclara. “Tiene que haber un acercamiento para obtener los permisos, claro. Pero nosotros no dependemos de ellos”, responde.
Para operar en los albergues, WCK firmó un acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos (PMA), que forma parte del sistema de Naciones Unidas bajo el paraguas de OCHA , la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, el organismo que supervisa los mecanismos de respuesta humanitaria internacional en zonas de desastre.
El PMA provee insumos que WCK transforma en comidas que llegan a los refugios. La cadena es verificable y responde a estándares internacionales.
El millón de dólares inicial fue donado por José Andrés a través de su Long TablesFund. Hard Rock International comprometió 60.000 dólares adicionales. Hard Rock Cafe Caracas opera como socio de distribución, preparando 1.000 comidas diarias. Richard Branson, a través de su fundación VirginUnite, también respaldó la operación.

WCK no tiene fecha de salida del país. “Nos quedaremos el tiempo que sea necesario”.
Lo que construye, mientras opera, es algo más durable que una cocina. WCK dejará capacidad instalada. Un equipo local entrenado. Una red de restaurantes y cocineros que ya sabe trabajar a escala. Una logística probada en condiciones extremas.
“Si nos vamos y ocurre otro desastre igual, ojalá que no, levantamos el teléfono y sabemos que la gente está lista y dispuesta para ayudar. No tenemos que regresar nosotros”, asegura Fernández.
La capacidad de producir hasta 50.000 comidas diarias, con personal venezolano formado por chefs internacionales que viajaron específicamente para ese traspaso de conocimiento, es el legado de estas tres semanas de trabajo.
“Los chefs y la comunidad de cocineros en Venezuela son colaborativos. Se respetan mucho. Se apoyan. Eso va a hacer que, si nos vamos y ocurre algo igual a nivel de desastre, estamos seguros de que la gente está lista“.
Desde aquella improvisada cocina de campaña en Naiguatá, José Luis Fernández resume lo que ha visto y vivido desde el 24 de junio: “El venezolano, desde el primer día, dio el corazón. Y lo sigue dando”.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973