🔴🔵 Cómo el McDonald’s de La Guaira se convirtió en hospital

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Las fotos y videos le dieron el aviso a los médicos.

El 25 de junio, pocas horas después de los dos sismos que sacudieron buena parte del país, con consecuencias devastadoras en Caracas y La Guaira, el McDonald’s de Caraballeda apareció en redes sociales con las vitrinas rotas y el interior saqueado: la máquina de helados volcada, las cajas del mostrador abiertas, los estantes de la cocina vaciados.

La gente tomó lo que pudo en medio del caos.

No se sabe cuántas personas entraron. No se sabe exactamente cuándo. Se sabe lo que quedó: las paredes en pie, la cocina industrial intacta, las fotografías de combos y helados iluminadas sobre el mostrador, y un piso listo para convertirse en otra cosa.

A tres semanas del sismo del 24 de junio, la costa de La Guaira intenta reconstruirse entre la pérdida y el luto

En la parroquia de Caraballeda, el McDonald’s es un edificio de dos plantas sobre la avenida principal. Después del doble sismo de magnitudes 7,2 y 7,5 sólo quedaron vigas retorcidas, fachadas arrancadas, calles obstruidas por montones de concreto, ventanas reventadas y un olor a gas, tierra húmeda y algo más que viene de más abajo, de los pisos donde todavía hay gente.

El McDonald’s resistió. Sus estructuras no cedieron. Y eso, en ese entorno, lo convirtió en el recurso más escaso de todos. En un espacio seguro.

El saqueo lo había dejado sin comida, sin caja registradora, sin insumos de cocina. Pero no lo dejó sin techo, sin agua (el local tiene un tanque de 80.000 litros más cisternas de apoyo) ni sin instalación eléctrica conectada a una planta propia de gasoil.

Lo que un hospital, en medio de la urgencia, necesita para funcionar.

Médicos de varias especialidades y veterinarios atienden en el local | Foto Abraham Tovar

Una sábana, dos cables, sesenta médicos

Fernando Jaimes estaba en su consultorio, en Barquisimeto, el 24 de junio. Médico cirujano y especialista en medicina estética, tenía una paciente en la camilla cuando el suelo comenzó a moverse.

“Allí me di cuenta de que estaba temblando”, dice. Esa noche no durmió tranquilo. Vio fotos, videos, testimonios que llegaban desde La Guaira. Y se preguntó qué podía hacer un médico estético en medio de una zona de desastre.

La respuesta llegó antes que la duda. Tenía manos. Y se necesitaban manos.

Envió un mensaje masivo por WhatsApp a sus colegas. “¿Quién tiene pensado ir a La Guaira a ayudar?”. La respuesta fue más de lo que esperaba. Se formó un grupo. Consiguieron buses. Salieron de madrugada el jueves 25. El viernes 26, temprano, 80 personas —médicos, enfermeras, paramédicos, voluntarios— pisaron Caraballeda.

Se instalaron en una zona más alta de la avenida, bajo una sábana amarrada con cables a unos postes improvisados, con mesas pequeñas para los medicamentos y el piso como camilla. “Las mismas personas nos daban insumos para poder atender”, recuerda Jaimes.

La gente llegaba, se sentaba donde podía y recibía lo que había. Un edificio cercano comenzó a mostrar signos de que podía colapsar. Les dijeron que se movieran. Bajaron. Terminaron frente al McDonald’s.

La planta baja del McDonald’s fue designada como área de urgencia | Foto Abraham Tovar

Las puertas se abrieron

Entre los heridos que llegaron al improvisado puesto de atención había una oficial. Venía con un cuadro tóxico por un medicamento mal administrado. El equipo de Jaimes la trató. Mejoró. Y en agradecimiento, la oficial gestionó para que les abrieran el McDonald’s.

“No irrumpimos el espacio”, aclara el médico. “El restaurante ya estaba saqueado. Habían roto algunas ventanas, pero las puertas no estaban vandalizadas. Abrieron el local, estaba con luces encendidas, y allí nos resguardamos“.

Antes de entrar, grabaron un video. Un minuto y medio. Jaimes explicó ante la cámara cómo llegaron, que el robo había ocurrido antes y que el grupo que ingresó era de médicos que venían a atender heridos. La grabación anticipó entonces las preguntas que surgieron justo al día siguiente, en persona, cuando un representante de la marca apareció bajo el supuesto de que el saqueo había sido obra del grupo médico.

“Cuando vio que éramos médicos atendiendo a la gente tras el desastre les cambió la perspectiva”, relata Jaimes. Después vino la gerencia. Luego la presidencia de McDonald’s Venezuela. “Nos han apoyado mucho, hasta en la logística”.

Atienden alrededor de 300 o 400 personas en un día con demanda alta | Foto Abraham Tovar

El letrero de la entrada sigue siendo el mismo. Las fotografías retroiluminadas de hamburguesas y combos siguen colgadas sobre el mostrador con sus colores saturados. Y en primer plano, vendajes. Sueros colgando de estructuras improvisadas. Pies descalzos de pacientes sobre el piso. Rostros de médicos que llevan días sin dormir más de cuatro horas seguidas.

El olor es los primero en notarse. Polvo fino de concreto mezclado con alcohol antiséptico, cloro, medicamentos y el sudor de ochenta personas viviendo y trabajando en el mismo espacio.

En algunos tramos del día, el aire acondicionado atenúa el calor. Pero no borra la humedad ni el rastro de lo que se ha hecho dentro de esas paredes.

Afuera es peor. Los vecinos y rescatistas describen otro olor en Caraballeda: el que viene de los cuerpos que todavía esperan ser recuperados bajo los escombros. Se mezcla con el de los generadores, el combustible y la basura acumulada.

El paisaje sonoro tampoco descansa. Radios de comunicación que crepitan con códigos de emergencia. Llantos de niños. Ladridos desde el área veterinaria. Voces que llaman por nombre a familiares que no responden. Sirenas que entran y salen del perímetro con heridos o con cuerpos.

El personal de AMDA —la Asociación de Médicos de Asia, encabezada por su presidente, Takushi Sato— trabaja en el área de farmacia. Sin hablar español, se comunican mediante señas y con un intérprete para los procedimientos más complejos.

La planta baja del McDonald’s fue repartida con foco en la urgencia. Las mesas y sillas del salón principal desaparecieron para dar paso a zonas de triaje, camillas improvisadas con tablas y colchones, y un pasillo de circulación que permite el ingreso de heridos desde el estacionamiento.

En la esquina, hacia el parque, una farmacia construida sobre el mostrador original: analgésicos intravenosos, material quirúrgico, ansiolíticos, antibióticos, medicamentos veterinarios.

El comedor de la primera planta opera como sala de procedimientos. Allí, una mujer está en trabajo de parto.

Aquí atendemos alrededor de 300 o 400 personas en un día con demanda alta; 200 en un día suave”, dice Jaimes. “Es más que en un ambulatorio normal”.

Lo que más se atiende son infecciones respiratorias por el polvo en suspensión, lesiones e infecciones dérmicas, niños con deshidratación, traumatismos, cortes, esguinces, fracturas estabilizadas. Heridas por cabillas y metales oxidados que exigen vacunación antitetánica —que escasea. Cuadros de hipertensión, pacientes psiquiátricos que requieren derivación, casos de desnutrición.

El área de psicología opera las 24 horas. Las personas están tranquilas, sentadas, esperando ser atendidas. “Pero cuando reciben una inyección y sienten el pinchazo, despiertan de golpe. Lloran, se deprimen, se caen”. La adrenalina de las primeras semanas cede. El shock se demora, pero llega.

En el segundo piso, ochenta personas duermen en colchones dispersos por el suelo. Allí también está el almacén: los insumos que llegan de donaciones se cuentan, clasifican y redistribuyen.

“Siempre estamos recibiendo, sacando. Recibiendo, sacando”.

Sebastián Ures también se sumó desde Barquisimeto. Coordina un equipo de 18 profesionales que ha atendido a más de 400 animales | Foto Abraham Tovar

400 animales

El espacio del antiguo automac —el carril donde los vehículos recogían pedidos— se convirtió en zona veterinaria.

Sebastián Ures también se sumó desde Barquisimeto. Coordina un equipo de 18 profesionales que ha atendido a más de 400 animales: perros rescatistas con patas laceradas, mascotas extraviadas entre los escombros, animales callejeros con fracturas o heridas por aplastamiento.

También trabajan en la zonificación y adopción de animales sin dueño, una tarea que excede la formación clínica de un veterinario. “Nadie estaba preparado para una situación así y no había una directriz que seguir. Nosotros dijimos que podíamos ser valiosos aquí y por eso nos acercamos”, señala.

Cuando alguien sugiere que los animales son una prioridad secundaria en una emergencia de esta magnitud, Ures responde: “Pregúnteselo a quien perdió su mascota en el desastre y finalmente se pudo reencontrar con ella al cabo de unos días”.

La lista de necesidades es grande. Y son los donativos de particulares los que la abastecen.

Vacunas antitetánicas. Antihipertensivos. Antihistamínicos para adultos y niños. Medicamentos de uso crónico —Eutirox, insulina, fármacos para diabéticos— que los pacientes tomaban antes del terremoto y que ahora no consiguen. Protección gástrica, probióticos, jarabes pediátricos. Y gasoil: los 1.200 litros de la planta propia duran cuatro días con uso continuo. Sin planta, no hay agua bombeada, no hay iluminación nocturna, no hay equipos.

La cocina no produce comida. Lo que hace es calentar: un microondas para unas 300 raciones diarias que llegan de donaciones.

Jaimes no sabe cuánto va a durar el hospital. “Siento que tiene fecha de caducidad, pero no sin antes haber trabajado durante meses. Va a durar lo que tenga que durar mientras el foco sea apoyar”.

El problema ya no es solo atender heridas. El problema es sostener a una población que que lo ha perdido todo. O casi todo.

El antiguo McDonald’s de Caraballeda, en La Guaira, fue saqueado en las horas posteriores al doble terremoto del 24 de junio

“Nosotros comenzamos con una sábana y un par de cables”, dice Jaimes. Señala el local con un gesto que abarca todo —las camillas, las cajas de donaciones, los carteles de combos todavía encendidos. “Todo se puede. No nos cansemos de ayudar”.

Afuera, el sol golpea las grietas y el asfalto de Caraballeda. Los edificios ladeados siguen ahí. El olor sigue ahí. El McDonald’s también. Y mientras sigue, la gente tiene adónde ir.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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