🔴🔵 Yerfenson Torres, un joven albañil, encontró propósito en La Guaira

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Los primeros minutos después del terremoto no estuvieron marcados por el sonido de las sirenas ni por la llegada de grandes equipos de rescate. Lo que predominaba era el golpe de los picos en el concreto, las palas removiendo tierra y las manos de cientos de venezolanos intentando abrirse paso entre los escombros.

Mientras una nube de polvo cubría La Guaira, vecinos, estudiantes, obreros, motorizados y voluntarios comenzaron a buscar sobrevivientes. No esperaron la llegada de equipos especializados. Sabían que las primeras horas podían marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Entre ellos estaba Yerfenson Torres, un joven de 29 años que emprendió el camino hacia un estado que conoce bien. Nunca había formado parte de un organismo de rescate. No llevaba uniforme, casco ni herramientas especializadas. Solo la convicción de que todavía podía haber personas con vida bajo los escombros.

El instante en que decidió ir

Cuando la tierra comenzó a moverse aquel 24 de junio, Yerfenson estaba en la Universidad Central de Venezuela (UCV) junto a otros estudiantes preparando una actividad académica. Durante unos segundos, la rutina se suspendió.

Como miles de venezolanos, lo primero que hizo fue comunicarse con familiares y amigos para confirmar que estaban bien.

En Catia, donde vive, el terremoto dejó daños menores. Algunas viviendas resultaron afectadas, pero pronto entendió que la zona cero estaba en otro lugar.

La Guaira.

Las imágenes comenzaron a multiplicarse en los teléfonos: edificios colapsados, calles cubiertas de escombros y personas atrapadas bajo estructuras derrumbadas.

Mientras muchos intentaban entender la magnitud de lo ocurrido, él tomó una decisión.

Había leído sobre otros terremotos y conocía la importancia de las primeras horas para encontrar sobrevivientes.

“Las primeras horas son críticas porque quedan personas atrapadas bajo los escombros. Nosotros nos vimos en la obligación de agarrar las palas, de agarrar los picos, porque sabíamos que había personas allá abajo”, expresó.

El nivel de destrucción causado por el doble terremoto ha sido tal que resulta difícil estimar no solo el alcance de los daños, sino también el costo de la reconstrucción. Foto: Ezequiel Carías | El Nacional.

Encendió ese mismo día la moto y salió a La Guaira junto a varios compañeros.

No sabía con exactitud qué encontraría. Solo tenía claro que hacía falta ayuda.

Una ciudad irreconocible

La Guaira no era un lugar desconocido para Yerfenson.

Tenía familiares en Anare, amistades en Caraballeda y muchos recuerdos construidos entre visitas y encuentros junto al mar. Por eso, al llegar, el impacto fue distinto.

Las calles estaban cubiertas de polvo y concreto. El silencio solo se rompía por los gritos de quienes buscaban a sus familiares. Vecinos removían bloques con las manos en un intento por llegar hasta quienes seguían atrapados.

Mientras recorría los edificios colapsados también buscaba rostros conocidos.

Sintió alivio al confirmar que una amiga había logrado salir con vida del edificio donde vivía. Pero esa sensación duró poco. Una mujer desesperada se le acercó para decirle que su esposo seguía atrapado bajo una estructura que había cedido.

Pronto comprendió que esa historia se repetía incesantemente. Frente a cada edificio había familias esperando noticias de alguien.

Ante ese escenario, quedarse inmóvil dejó de ser una opción.

“Eran tantas personas pidiendo ayuda que resultó para mí muy abrumador”.

Cuando la solidaridad organizó su propia brigada

Al día siguiente, mientras en Caracas comenzaban a instalarse los centros de acopio, Yerfenson comprendió que podía aportar más desde la zona del desastre.

“Yo creo que mi tarea es en La Guaira”, concluyó antes de anunciar que se trasladaría hasta el estado.

La convocatoria comenzó con un mensaje publicado en sus estados de WhatsApp. En pocas horas, compañeros, conocidos e incluso personas que nunca había visto se ofrecieron para colaborar. La iniciativa terminó reuniendo voluntarios de Maracaibo, Maracay, Falcón, Coro y otras regiones del país, todos con el mismo propósito: ayudar en las labores de búsqueda.

Así nació, desde la UCV, un grupo improvisado al que llamaron “Pico y Pala”. El nombre resumía la realidad de aquellos primeros días: trabajar con las herramientas disponibles para abrirse paso entre las estructuras colapsadas.

Sin equipos especializados y enfrentando jornadas extenuantes, la brigada pasó a formar parte de la respuesta ciudadana que comenzó a actuar desde las primeras horas del desastre.

“Trabajamos con las uñas porque no había más, en un principio”.

Aunque no tenía formación en rescate ni en primeros auxilios, Yerfenson encontró otra forma de contribuir. Había estudiado Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar y también había trabajado en albañilería, experiencia que le permitió reconocer riesgos en estructuras dañadas y orientar el trabajo de los voluntarios.

Voluntarios del grupo Pico y Pala de la UCV. Foto: Tairy Gamboa | El Nacional.

“Sabía cómo picar, por ejemplo, una viga, ¿vamos a poner una columna acá para que esto no se derrumbe? Ese tipo de cosas era lo que yo aplicaba”, explica.

Aprender entre quienes saben salvar vidas

Con el paso de los días comenzaron a llegar rescatistas especializados de distintos países. Lo hicieron acompañados de perros entrenados, cámaras para detectar movimientos bajo los escombros y equipos que hasta entonces Yerfenson no conocía.

La dinámica de trabajo cambió.

Las labores ya no dependían únicamente del esfuerzo físico. Cada movimiento respondía a protocolos y estrategias desarrolladas para intervenir en estructuras inestables.

Yerfenson entendió que su papel también era distinto. Si al principio retiraba escombros, ahora podía facilitar el trabajo de quienes tenían la preparación necesaria.

“Los mismos topos me decían: ‘Mira, negro, ¿tú me puedes pegar un cable acá en la planta?’ Y yo pegaba el cable. O ayúdame con esto, y así”.

Durante horas trasladó herramientas, conectó equipos, despejó accesos y colaboró en todo lo que fuera necesario.

“Nosotros que no somos expertos, tenemos que apoyarlos a ellos para que ellos realicen el trabajo”.

Trabajar junto a esos equipos también le permitió dimensionar las carencias con las que habían comenzado las primeras labores de búsqueda.

Mientras veía los dispositivos para detectar sonidos bajo los escombros y otras herramientas especializadas, recordaba que ellos habían iniciado el trabajo únicamente con picos y palas.

“Nos dimos cuenta de que si nosotros hubiésemos tenido por lo menos la mitad del equipamiento que tenía ese equipo internacional, nosotros hubiésemos podido salvar muchas más vidas”.

Aquella comparación reforzó una idea que lo acompañaría durante el resto de los días en La Guaira: el país necesitaba estar mejor preparado para enfrentar emergencias de esa magnitud.

“Eran equipos especializados para escuchar, para sondear, equipos especializados que te iban a ayudar de verdad. Nosotros no teníamos absolutamente nada de eso”.

Con el paso de las jornadas esa conclusión se hizo cada vez más evidente.

“Son cosas que uno va mapeando y que uno va observando cuando estás allá metido”.

La noche en que todos corrieron

Durante los días que pasó en La Guaira, Yerfenson descubrió que el miedo no desaparece después de un terremoto. A veces basta un rumor para que vuelva a instalarse.

Después de varias jornadas retirando escombros, alguien gritó que se acercaba un tsunami.

La información se propagó en cuestión de segundos. Nadie sabía de dónde había salido ni hubo tiempo para comprobarla. Después de un terremoto como el que acababan de vivir, cualquier advertencia parecía creíble.

“Evidentemente, todo el mundo empezó a correr y a subir hacia los cerros”.

Él también encendió la moto. Mientras avanzaba cuesta arriba veía familias enteras huyendo otra vez. Personas que apenas unas horas antes habían perdido sus casas abandonaban también las carpas donde intentaban pasar la noche junto a sus pertenencias para buscar un lugar seguro.

Horas después confirmaron que todo fue una falsa alarma.

Pero las consecuencias fueron reales.

“Esa falsa alarma causó el infarto de una señora. La señora murió”.

Cuando las familias regresaron a los campamentos improvisados encontraron otra sorpresa: varias de sus pertenencias desaparecieron.

“Hubo gente que saqueó”.

Al recordar ese episodio, Yerfenson hace una pausa. Dice que todavía le cuesta comprender que, en medio de una tragedia de esa magnitud, hubiera personas que aprovecharan el caos para robar a quienes ya lo habían perdido casi todo.

“Son muchas cosas que pasaron en La Guaira. Yo creo que todo lo que hemos visto no tiene sentido”.

Una imagen que sigue regresando

Durante días convivió con edificios colapsados, familias esperando noticias y cuerpos que iban apareciendo entre los escombros.

Sin embargo, hay una escena que sigue regresando.

Ocurrió durante el tercer día de búsqueda.

Mientras retiraba concreto sintió que había encontrado algo diferente. Lo primero que apareció fueron las patas de un perro.

Siguió removiendo tierra y fragmentos de concreto.

“Consigo las patas de un perrito. Sin vida, obviamente. Y sigo escarbando y me consigo la familia completa”.

Lo que permanece en su memoria no son solo los cuerpos, sino una imagen específica: los pies de los adultos, los de los niños y el perro junto a ellos.

“Es una imagen que a mí no se me ha borrado todavía”.

El día en que estuvo a punto de convertirse en otra víctima

Su experiencia en construcción lo había llevado a revisar columnas, vigas y puntos de apoyo antes de que los demás avanzaran entre las estructuras dañadas. Sabía que, incluso después del terremoto, los edificios seguían siendo inestables.

Una noche, uno de los voluntarios le pidió que inspeccionara una zona donde continuaban las labores de búsqueda.

Comenzó a recorrer la estructura. Entonces una parte del edificio cedió bajo sus pies.

Todo ocurrió en segundos.

El suelo se abrió y apenas alcanzó a sujetarse de una columna antes de caer hacia un desnivel cubierto de escombros.

“Pensé que si caía ahí abajo quizás también iba a quedar tapiado”.

El golpe le dislocó el hombro. Mientras sus compañeros corrían para ayudarlo, él les pidió que no detuvieran el trabajo.

“No se preocupen. Todo está bien. Yo voy rapidito a la enfermería con uno solo de ustedes y los demás sigan trabajando”.

Para él, la prioridad seguían siendo quienes permanecían atrapados.

“Los que están debajo de los escombros son los importantes. Yo ya pude salir. Yo veo cómo resuelvo mi hombro”.

En la enfermería, una doctora que llevaba días atendiendo voluntarios agotados examinó la lesión.

“Yo sé que está fuera de lugar, pero siento algo más”, le dijo.

Lo trasladaron al Hospital Pérez Carreño para descartar una fractura.

El diagnóstico fue una luxación de hombro.

Le inmovilizaron el brazo y le indicaron reposo absoluto. Sin embargo, no cumplió la recomendación.

Al día siguiente volvió a incorporarse a las labores de búsqueda. Ya no podía mover grandes bloques de concreto, pero seguía orientando a los voluntarios más jóvenes sobre las zonas más seguras para trabajar y los puntos donde era necesario colocar soportes.

“Yo me siento inútil aquí. Un hombro no es nada. Cuántas personas hay sin piernas bajo los escombros, atrapadas y están ahí todavía luchando por su vida”.

Voluntarios
Yerfenson Torres junto a miembros del grupo Pico y Pala de la UCV. Foto: Tairy Gamboa | El Nacional.

Buscar también era una forma de consolar

Con el paso de las semanas las preguntas cambiaron. Al principio, las familias querían saber si todavía había sobrevivientes, después comenzaron a preguntar cuándo encontrarían a sus seres queridos.

“Aun así los familiares quieren recuperar el cuerpo. Conseguirlo, de cierta manera, te hace descansar una parte de ti, a pesar del dolor”.

Para entonces, las labores de búsqueda también habían cambiado.

“Sacamos muchos cuerpos sin vida. Muchos, muchos. La cantidad te diría que la perdí”.

Pero todavía había espacio para los milagros.

Una tarde, mientras colaboraban con un equipo internacional en Caraballeda, los rescatistas pidieron silencio.

Las máquinas se apagaron. Durante unos segundos solo se escuchó el viento. Entonces alguien detectó una voz.

“Hay alguien con vida”.

Desde el exterior, una mujer rompió en llanto. “Esa es la voz de mi esposo”.

Yerfenson recuerda ese momento con claridad: “Todavía se me pone la piel de gallina porque todos nos emocionamos mucho”.

Mientras los especialistas organizaban el rescate, él y su equipo se dedicaron a facilitar cada maniobra.

“Pícame esto… ayúdame con aquello”.

Aunque la persona fue rescatada con vida, Yerfenson perdió contacto con la familia una vez terminaron las labores.

La verdadera medalla

Cuando recuerda aquellos días, Yerfenson no habla primero del hombro lesionado ni de las noches sin dormir.

Habla de las personas que conoció. De los jóvenes que llegaron desde distintos estados haciendo para ayudar a desconocidos.

De los rescatistas internacionales que compartieron su experiencia y de las amistades que surgieron entre los escombros. “Esa solidaridad que nos queda es para mí la mejor medalla”.

La experiencia también cambió sus planes.

Convencido de que el país necesita estar mejor preparado para futuras emergencias, ahora quiere impulsar desde la Universidad Central de Venezuela un grupo permanente de voluntarios capacitados para actuar cuando ocurra un desastre.

Su objetivo es aprender de quienes llegaron a ayudar durante el terremoto y transmitir esos conocimientos para que otros puedan responder cuando vuelva a ser necesario.

“Son cosas naturales que pasan. Esperamos que no pasen, pero pueden pasar. Y hay que prepararse”.

Dice que en apenas 15 días conoció más personas valiosas que en buena parte de su vida.

Ese recuerdo, más que cualquier otro, es el que conserva de La Guaira.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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