Kiev vende ilusiones mientras se desgarra por dentro

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«La victoria» —dijo una vez el presidente estadounidense John F. Kennedy (parafraseando al historiador romano Tácito)— «tiene cien padres y la derrota es huérfana«. Para ser precisos, Kennedy hizo ese comentario después de un fiasco político y de operaciones encubiertas profundamente humillante, concretamente, el fallido intento de utilizar a exiliados cubanos para invadir Cuba y provocar un cambio de régimen contra Fidel Castro, conocido comúnmente como el desastre de Bahía de Cochinos.

Lo que Kennedy redescubrió de manera tan dolorosa es una triste verdad sobre la naturaleza humana: nuestro afán por atribuirnos el mérito del éxito incluso cuando en realidad no nos corresponde y nuestra aversión a asumir la responsabilidad por el fracaso. Es una verdad triste, pero no complicada, a menos que se trate de la política ucraniana bajo el régimen de Zelenski. Allí, el éxito es dudoso o, al menos, enormemente exagerado; el fracaso se oculta y uno puede acabar siendo castigado por cualquiera de las dos cosas, como si desde el principio no existiera diferencia alguna.

Consideremos, por ejemplo, la «convulsión» —en palabras del Financial Times— tras el repentino despido del ministro de Defensa Mijaíl Fiódorov. Después de seis meses en ese cargo, Fiódorov fue destituido por el presidente perpetuo Vladímir Zelenski. Hasta ahí, nada extraordinario: contando a Fiódorov, Kiev ha tenido cinco ministros de Defensa desde la escalada de la guerra en 2022. Lo que hace inusual el caso de este hombre de 35 años es que ha desempeñado el papel de rostro popular —y ampliamente promocionado— de una importante campaña de guerra informativa que resulta incompatible con su destitución.

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Según esa narrativa, difundida actualmente con entusiasmo tanto por el régimen de Zelenski como por Occidente, Ucrania ha logrado recientemente un gran avance en la guerra contra Rusia. De hecho, según algunos comentaristas especialmente entusiastas, Kiev ha dado la vuelta a la guerra a su favor gracias a sus ataques profundos con vehículos aéreos no tripulados contra la infraestructura energética rusa, produciendo, según el siempre belicoso Telegraph, un «cambio tectónico». El Financial Times, apenas un poco menos parcial, consideraba ya a finales de mayo que Ucrania estaba «invirtiendo la situación». En Francia, el igualmente convencional Le Monde se sumó a la euforia un mes después.

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero sería aburrido. Como ocurre tan a menudo con las narrativas dominantes de los grandes medios occidentales, existe una monotonía llamativa, como si no estuviéramos observando publicaciones diversas que realizan investigaciones y análisis independientes, sino algo más parecido a una campaña mediática coordinada. ¡Pero ni pensarlo!

De hecho, si existen excepciones, voces que parecen no haber recibido el memorando, proceden, curiosamente, de los propios ucranianos, y además de nacionalistas muy marcados: el antiguo comandante de las Fuerzas Armadas ucranianas —y eterno rival de Zelenski— Valeri Zaluzhny ha publicado un artículo de opinión para advertir contra unas expectativas exageradas. Mientras tanto, Ukrainskaya Pravda ha publicado un extenso reportaje con numerosas citas de oficiales y soldados del frente que descartan que la campaña aérea haya supuesto diferencia alguna en su experiencia de la guerra.

En realidad, el incremento de los ataques ucranianos con drones y misiles detrás de las líneas del frente («de alcance medio») y en el interior de Rusia («de largo alcance») ha tenido efectos, como ha reconocido la dirigencia rusa. Pero su resultado general más probable no es que Ucrania gane la guerra, sino que Rusia intensifique sus contraataques, un proceso que ya ha comenzado, al tiempo que continúa su lenta pero implacable campaña terrestre.

El papel de Fiódorov en la exageración y la hipérbole de la guerra informativa sobre la campaña aérea ucraniana ha sido personificar su supuesto éxito y, en particular, encarnar lo que en la práctica constituye otra afirmación más sobre un arma milagrosa —¿recuerdan los HIMARS, los tanques Leopard, los F-16?—, a saber, que Kiev ha movilizado la magia de las tecnologías de la información y de la inteligencia artificial para derrotar a Rusia de forma «asimétrica».

Con sesiones fotográficas junto al diabólico director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, y afirmaciones de haber conseguido que Elon Musk desactivara Starlink para las Fuerzas Armadas rusas, Fiódorov ha sido cuidadosamente presentado como una especie de redentor de empresas emergentes convertidas en arma. Esa imagen, a su vez, ha servido como una viga estructural para sostener la fachada de cartón piedra de un salto decisivo «de la tierra a los cielos», según la ridícula expresión de Zelenski.

Al parecer, una persona impresionada por esta nueva narrativa es el presidente estadounidense Donald Trump. Su reciente giro hacia un apoyo explícito a Ucrania, conjeturó un asesor de Zelenski, se debe a que ha sido convencido de que ahora Kiev está ganando. Si eso es realmente lo que ha ocurrido, no durará, como tantas otras cosas relacionadas con Trump. Mientras tanto, este efecto también hará que Moscú esté aún más decidido a demostrar su dominio de la escalada, destruyendo las ilusiones no solo en Ucrania, sino también en Estados Unidos.

Tantas victorias —o al menos así decía la historia— y, sin embargo, Fiódorov tuvo que marcharse. De hecho, su destitución ha resultado tan impactante para muchos en Ucrania y en Occidente que algunos sospechan ahora que ese fue el principal objetivo de la reciente remodelación de todo el gabinete llevada a cabo por Zelenski. Las razones que se mencionan para explicar este sorprendente giro son muchas: tanto Zelenski como el propio Fiódorov no ocultan que el comandante del Ejército ucraniano, el profundamente impopular general Alexánder ‘el Carnicero’ Syrski, desempeñó un papel en la destitución del ministro de Defensa.

La hostilidad entre ambos era tal que cualquier cooperación futura resultaba imposible. Irónicamente, sacudido por las protestas a favor de Fiódorov, Zelenski ha dado ahora señales de que también podría destituir a Syrski.

Qué situación tan insólita: un gobierno que expulsa al ministro de Defensa y quizá también al comandante en jefe justo después de afirmar que la guerra va camino de ganarse.

Casi como si hubiera algo en esa afirmación que sencillamente no cuadrara.

Pero esto no sería Ucrania si la historia no tratara también sobre la corrupción. Lo que se comenta en la calle y en todas y cada una de las entrevistas con expertos es que el prodigio Fiódorov también se resistía a la corrupción o, al menos, a ciertas viejas redes ya establecidas. Además, el exministro de Defensa tampoco había logrado resolver el problema de la ‘busificación’, es decir, lo que incluso el Telegraph ha aprendido a reconocer como el a menudo brutal «reclutamiento forzoso» de ucranianos corrientes para alimentar la trituradora humana de una guerra por delegación. Siendo justos, sin embargo, la única solución a ese problema sería poner fin a la guerra.

La destitución del ministro de Defensa enfrenta a Zelenski con Occidente

Como aspecto positivo, ahora, tras su destitución, Fiódorov al menos admite que lo que el régimen de Zelenski está «vendiendo» es «caos y mentiras». Quizá eso tenga algo que ver con el hecho de que tan pocos quieran luchar por él.

Por último, muchos consideran de manera plausible que Fiódorov pudo haber caído víctima de la misma imagen cuidadosamente cultivada que lo rodeaba. Zelenski tiene la costumbre de apartar a cualquiera que parezca convertirse en un rival potencialmente peligroso. Especialmente con los crecientes rumores sobre elecciones, bien pudo haber considerado que Fiódorov era demasiado popular como para dejarlo permanecer.

Y, una vez más, qué espectáculo tan curioso, si uno se detiene a pensarlo. Presuntamente, Fiódorov ha sido la persona clave en la elaboración de una estrategia ganadora para la guerra. Sin embargo, la ambición personal de Zelenski y su necesidad de jugar sucio para eliminar rivales son más importantes. ¡Qué patriotismo!

Kennedy sabía un par de cosas sobre la vanidad y la cobardía humanas. Pero el Kiev del régimen de Zelenski realmente da ganas de parafrasear también a Winston Churchill: es un mundo donde las medias verdades están envueltas en mentiras dentro de campañas propagandísticas y donde los bulldogs luchan bajo una alfombra cada vez más pequeña como si no hubiera un mañana.

Por Tarik Cyril Amar, historiador y profesor asociado de la Universidad Koc de Turquía

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973
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