Washington quiere controlar los recursos, aunque tenga que romper todos los mercados

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El mundo está entrando en una era de reparto despiadado y cínico de los mercados energéticos. Al ver cómo Donald Trump califica abiertamente al Reino Unido de «país pobre» y lo insta a derribar de una vez los «horribles molinos de viento» para reactivar la perforación en el mar del Norte, resulta evidente que la era del sacrificio en nombre de los ideales verdes ha terminado.

El frío cálculo sustituye al extremismo categórico del ESG (criterios ambientales, sociales y de gobernanza corporativa). Sin embargo, dar por muerta a la energía alternativa, como hacen los ‘halcones’ de Washington, sería un error analítico. No está muriendo, sino madurando y desprendiéndose del lastre político.

En medio de los ‘shocks’ geopolíticos, la agenda tradicional de los hidrocarburos vive un renacimiento. La OPEP+ resquebrajándose, las guerras de sanciones y el bloqueo de rutas logísticas como el estrecho de Ormuz han desencadenado una redistribución global. La Administración Trump, que detesta de corazón los aerogeneradores, actúa con total franqueza: los grandes gigantes energéticos estadounidenses reciben acceso a lugares donde antes tenían prohibida la entrada.

El caso de Venezuela es solo la punta del iceberg.

Washington no necesita un planeta ‘verde’, necesita controlar los flujos de materias primas y, para lograrlo, está dispuesto a irrumpir en cualquier mercado, fomentando la extracción allá donde sea posible perforar.

Europa, que hasta ayer era el cuartel ideológico del activismo climático, está abandonando sus posiciones más radicales bajo la presión de las circunstancias. La crisis energética provocada por el abandono de los hidrocarburos rusos resultó tan profunda que quebró la columna vertebral de la industria alemana. El reconocimiento del canciller Friedrich Merz de que la falta del gas ruso provocó una crisis prolongada no es más que la constatación de un fracaso.

La UE ya no percibe la energía nuclear como un legado ‘sucio’ del pasado. La ola de cierres de reactores ha sido sustituida por declaraciones sobre la necesidad de prolongar la vida útil de las centrales nucleares y de volver a un amplio uso de la energía atómica para garantizar la soberanía. Todo ello constituye, por supuesto, una indulgencia concedida ‘a posteriori’: la Comisión Europea está corrigiendo las posturas extremistas de los ‘verdes’ porque, sin energía nuclear ni gas, el continente corre el riesgo de quedarse sin industria.

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Pero, paradójicamente, en este contexto sigue aumentando la cuota de las fuentes de energía renovables. China, que continúa siendo el mayor importador de petróleo del mundo, ya ha elevado la participación de las energías renovables en su matriz energética hasta el 38 %.

En 2025, la capacidad instalada de energías renovables en China aumentó en 452 GW, alcanzando la astronómica cifra de 2,34 billones de kW. Pekín reduce de manera pragmática su dependencia de los suministros marítimos, que en caso de conflicto serían bloqueados de inmediato por la flota de un posible adversario. Además, China concentra capacidades estratégicas tanto para la extracción de tierras raras como para la fabricación de paneles solares.

En Rusia, el ritmo es más modesto, pero constante. Para 2031, la capacidad de generación solar y eólica crecerá casi un 80 %, hasta los 13,2 GW, y para 2042 alcanzará los 21,9 GW. Los escépticos dirán que eso representa apenas el 7,3 % de la capacidad total instalada del sistema eléctrico, pero se trata de una decisión consciente. Rusia tiene una estructura energética diferente: es una potencia gasística con un enorme potencial hidroeléctrico y nuclear. No necesita sustituir artificialmente el carbón por la energía solar siguiendo el modelo alemán.

El desarrollo de las energías renovables en Rusia está orientado a resolver tareas concretas: suministrar electricidad a territorios remotos y crear una generación distribuida. Tras la serie de ataques contra infraestructuras y refinerías, la demanda de fuentes de energía autónomas y descentralizadas aumentó drásticamente. Las energías renovables hacen que el sistema energético sea más resistente a ataques puntuales, lo que, en las circunstancias actuales, constituye una cuestión de seguridad nacional.

El verdadero desplazamiento tectónico se está produciendo en el consumo. El mundo ya no necesita tanto combustible en su sentido clásico.

Los vehículos eléctricos, los patinetes eléctricos y todo un ejército de nuevos dispositivos de alto consumo energético se han convertido en algo cotidiano. Se trata de un cambio estructural de la demanda. La participación del transporte, que consume el 54 % del petróleo mundial, se reducirá de forma inexorable. El petróleo y el gas pasan inevitablemente de ser combustibles a convertirse en materias primas tecnológicas insustituibles.

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Los hidrocarburos seguirán siendo el esqueleto de la civilización moderna, pero con una función distinta. Son la base para la producción de polímeros con los que se fabrica todo el entorno cotidiano: desde las carcasas de los paneles solares hasta los equipos médicos; son el amoníaco y los fertilizantes minerales, la química fina, los barnices y las pinturas. Quemar petróleo y gas en un motor pronto se convertirá en un signo de un arcaísmo inadmisible y de un despilfarro insensato.

Contrariamente a los pronósticos sobre su desaparición, la agenda ESG no pierde terreno, sino que se transforma. Se está produciendo un desplazamiento desde el ecologismo histérico al estilo de Greta Thunberg hacia una gestión racional de los recursos naturales. ¿Dónde están ahora aquellos partidos ‘verdes’ que marcaban la pauta en Berlín hace apenas unos años? Su peso político en Alemania se desplomó en cuanto los ciudadanos recibieron las facturas de la calefacción.

Precisamente por eso, la apuesta se centra en el desarrollo de los sistemas de almacenamiento de energía: en Estados Unidos, su capacidad instalada se disparó de 1,5 a 25 GW en pocos años. La demanda de baterías de iones de litio y de tecnologías poslitio crece de forma exponencial y Rusia, al poner en marcha proyectos nacionales para desarrollar sus propios sistemas de almacenamiento, se incorpora a esta tendencia y reduce su dependencia de las importaciones.

La era de las crisis energéticas no acabó con la energía alternativa; la curó. Los aerogeneradores y los paneles solares dejan de ser un eslogan político de las élites europeas: se trata de una transformación dolorosa, teniendo en cuenta la propaganda de los últimos años, y a Europa le resultará, por decirlo suavemente, muy difícil. Mientras el resto del mundo crea y moderniza la infraestructura de las energías renovables, la Unión Europea se ve obligada a explicar a sus ciudadanos este cambio de rumbo, con el riesgo de provocar crisis políticas y frenar el progreso.

Por Gleb Prostakov, analista empresarial. 

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973
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