🔴🔵 Un círculo sagrado despide a los surfistas caídos 

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Los surfistas Carlos Cosson, de 51 años, y Carlos Cosson hijo, de 18 años, entran al agua con los primeros rayos de sol de la mañana en Playa Surfista, en la costa oeste de La Guaira. El reflejo sobre la superficie da una tonalidad plateada al mar. En un pacto entre padre e hijo se internan con sus tablas para montar unas olas en un preámbulo al ritual de despedida de sus compañeros muertos en los dos terremotos del 24 de junio en Venezuela. “Nos sumamos al llamado para rendirle un tributo a los surfistas que perdieron la vida en la tragedia. Es nuestro homenaje a ellos en un acto de conexión con la naturaleza en esta playa que tanto amamos y juntos en un duelo colectivo”, dice Carlos padre. 

Leo Álvarez | @oelzer

La comunidad del surf, a través de la Federación Venezolana de Surf, convocó el sábado primero de agosto la actividad Surfistas Unidos en un “Gran Paddle Out” en Playa Surfista, ubicada frente a Mare Abajo, en Catia La Mar, una ceremonia en honor a los atletas de este deporte que fallecieron en los sismos. 

Juan Santiago Monteverde, presidente de la Federación Venezolana de Surf, explica que un “paddle out” es una antigua tradición en la cultura surf en la que los surfistas hacen un círculo dentro del mar y despiden con solemnidad a sus compañeros. “Es una oración colectiva en memoria de los caídos, nuestros hermanos de olas”, dice Juan Santiago mientras baja de su camioneta dos bultos de flores.

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Uno de los primeros en llegar a la playa es Edward Díaz, de 41 años, residente de Mare Abajo, instructor de surf, quien tiene una trayectoria de más de treinta años como atleta debido a que practica el deporte desde que era apenas un niño. “Nuestros hermanos merecen una despedida digna”, comenta Edward, quien no solo perdió amigos sino también su casa. 

Edward vive en el Urbanismo Mare 2 de La Guaira. Aunque su edificio no se desplomó, tiene daños estructurales, por tanto, no puede regresar a su apartamento. Temporalmente, está durmiendo en una carpa junto a su esposa, su hija y sus dos perros en un campamento instalado detrás de sus residencias. 

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“Agradezco a Dios porque sigo vivo. Hoy es un día especial. Es muy significativo reencontrarnos todos después de los terremotos, abrazarnos, conversar en la arena y dentro del agua. Esta playa es un espacio que nos une”, dice Edward. “Que Dios nos dé la fuerza y el cobijo para seguir adelante”, agrega. 

Un olor a leña se mezcla con la brisa marina, proviene de una humareda de dos enormes ollas de aluminio montadas sobre bloques de cemento en el puesto La Cubanita de Elizabeth Moreno, de 60 años, una comerciante de Playa Surfista, conocida por el gremio como mamá Elizabeth. En su local vende café y comida en un menú que incluye empanadas y pescado frito. Es el punto de encuentro para los surfistas que van llegando a la playa.

“Estamos cocinando un sancocho. Es un cruzado de costillas de res y pollo con verduras, con apio, ocumo, zanahorias, ñame y papas y tiene jojoto. Es para que coman los surfistas después de la ceremonia. Es una sopita para sanar el alma”, dice Elizabeth, quien tras los sismos convirtió su puesto en un centro de acopio y es una de las voluntarias que más colabora con las personas que perdieron su hogar y pernoctan en carpas azules donadas por la misión humanitaria de Samaritan ‘s Purse en un refugio ubicado a pocos metros de su negocio. 

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Desde la bahía natural que delinea la playa se puede ver hacia el este una sucesión de montañas y al menos dos de los picos de la cordillera del Ávila del lado del Caribe. “Es salvaje, hermosa, de buen viento y buenas olas”, dice Víctor López, de 40 años, creador de Venezuela Surf, diseñador gráfico, fotógrafo y surfista, socio de Juan Santiago Monteverde. 

En esta tragedia Víctor perdió a dos amigos: Daniel Vivas, de 45 años, un surfista que vivía en un edificio enfrente de Playa Los Cocos y a Víctor Alejandro Isturiz, de 29 años, que residía en la urbanización Caribe y quien, según cuenta Víctor, era un atleta que surfeaba en Los Caracas, al este del Litoral Central. 

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“Cuando entremos al agua lo haremos con el mayor respeto. No hay marcas patrocinantes, no hay música. Es un acto de introspección”, comenta Víctor. En su mayoría, los presentes son surfistas de La Guaira y de Caracas, pero también vinieron algunos de Choroní, Bahía de Cata y Cuyagua, quienes viajaron desde Aragua para sumarse a la ceremonia. 

Néstor Rodríguez, de 43 años, lidera la Escuela de Surf de Cuyagua, es directivo de la Federación Venezolana de Surf, y perdió a tres integrantes de la escuela. Vanessa Chacón, de 43 años, quien era jueza de competencias, así como a Israel Bermúdez, un chico de apenas 11 años, y al padre del niño, Javier Bermúdez, de 42 años, quienes residían en Playa Grande.

La escuela de Néstor funciona como un proyecto social y deportivo en la Posada Casa Grande de Cuyagua, en las costas de Aragua, en la que enseña el valor de la disciplina, la solidaridad y el trabajo en equipo. A los más chamos les comparte su conocimiento en producción audiovisual en fotografía y video como artes que también son un oficio para la vida. 

“Un cincuenta por ciento de la posada se derrumbó, el techo de la cocina se vino abajo, con la gracia de Dios que, aunque había huéspedes en la posada, nadie quedó herido, todos salieron ilesos”, dice Néstor quien promueve el turismo en torno al surf. 

En Cuyagua, Néstor tiene un refugio para mascotas llamado “Huellitas cuyagüeras”. Los 13 perros y ocho gatos que protegen estuvieron varias horas aislados antes de que pudieran rescatarlos debido a que las escaleras de acceso al refugio se desplomaron. La Iglesia de Cuyagua sufrió daños, al día siguiente del terremoto los devotos sacaron la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción a la plaza y a su alrededor la gente del pueblo, donde no hubo muertos ni heridos, rezó por los fallecidos y desaparecidos de Caracas y La Guaira. 

Mientras que decenas enceran sus tablas y se preparan para el acto colectivo, hay un surfista sin tabla quien a la orilla de la playa solo contempla el mar. Es Carlos Daniel Guzmán, de 30 años, habitante de Mare Abajo, quien dirige la escuela comunitaria de surf Team Espartanos que enseña la práctica del deporte a niños y niñas de Mare. Carlos perdió a su madre, Omaira Guzmán, de 38 años, enfermera y una víctima más de los terremotos.

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La madre cuidaba de un adulto mayor en una casa en Playa Grande al momento de los sismos. Durante el temblor el techo se desplomó sobre ellos. Fue Carlos quien con sus propias manos sacó a su mamá de debajo de los escombros, pasadas las 48 horas del evento, porque ninguna autoridad o cuerpo de rescate hizo acto de presencia en ese lugar. 

“El primer cuerpo que llegó la madrugada del sábado 27 de junio a la morgue de Los Silos de La Guaira fue el de mi mamá. Pasé la noche entera esperando que me la entregaran. Tenía miedo de que entre tanto desorden su cuerpo se perdiera, nunca me fui de ahí hasta que me la dieron. Finalmente, le pude dar santa sepultura”, cuenta Carlos, quien no se siente aún preparado para entrar al mar. “Vine a acompañar a mis hermanos de mar, pero no puedo surfear”, reitera. 

Cerca de las diez de la mañana unos cien surfistas conforman un círculo humano sobre la arena. Unos compañeros reparten ramilletes de flores blancas y violetas a cada uno de los asistentes, quienes se paran con firmeza junto a sus tablas de surf. Parecen unos soldados del mar.

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“Esto es un llamado para nosotros quienes genuinamente hemos venido acá para responder desde una manera bonita, desde el corazón, unidos, dándole fuerza al deporte en un homenaje a esos surfistas que ya no nos acompañan y despedirlos en una ceremonia que es un momento especial. Venimos a rendirle honores a los nuestros”, con estas palabras Juan Santiago Monteverde da inicio al acto. 

Un surfista lee un fragmento del capítulo 38 del libro de Isaías de la Biblia, el llamado cántico de Ezequias, un himno de acción de gracias por la vida ante el dolor de la muerte. Luego se hace un minuto de silencio en memoria de quienes no podrán montar más olas. Al concluir el acto sobre la arena, Juan Santiago dice: “Los invito a entrar en el agua en la Playa Aeropuerto para continuar en el mar”.

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Una hilera de surfistas con sus tablas y flores en mano camina en procesión por la ruta que conduce al mar hasta la playa de al lado. Algunos se persignan antes de entrar al agua. Otros rezan previo a comenzar a nadar. Uno se arrodilla en la orilla, levanta con su mano derecha un rosario y lo cuelga en su cuello. Poco a poco, se meten al agua. Luego se adentran en el mar acostados sobre sus tablas y remando con sus manos para avanzar. Algunos aprietan entre sus dientes los tallos de las flores para evitar que caigan al agua.

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Entre los surfistas que participan en el ritual están José Manuel Alayeto, de 42 años, Franco Arato, de 49 años, y Giulio Galucci, de 32 años. También Ernesto Liendo, de 57 años, Luis Rangel, de 51 años. Aillen Villaroel, de 20 años, y Anette Gamboa, de 60 años, dos generaciones de mujeres surfistas. Y Ángel Zambrano, de 39 años, cuya tabla de surf en la que se lee la frase “Friends Company”. Fue una de las que marcó la peregrinación marina.

Mar adentro los surfistas conforman un círculo flotante. Por unos instantes se toman de las manos sobre sus tablas de surf en un símbolo de fraternidad. De nuevo, esta vez en el agua, algunos hacen una oración y dan unas palabras por la memoria y el descanso eterno de los hermanos caídos. Luego, todos en sincronía levantan sus manos al cielo con las flores en alto, las sacuden unos segundos y las lanzan al centro del círculo en una ofrenda a los fallecidos. A partir de entonces, manotean el agua hasta sacar espuma y gritan con todas sus fuerzas vítores hacia el cielo para despedir a los que partieron.

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Como una señal mística, unos minutos después, el mar del oeste de La Guaira se alebrestó y ofreció buenas olas para surfear a los miembros del círculo. Aunque hay distintas versiones sobre la ceremonia, el ritual tiene un origen ancestral que se remonta a los pueblos de la Polinesia y el primer registro documentado ocurrió en Hawai, en las playas de Waikiki, a principios del siglo XX. 

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“Este ritual es un símbolo espiritual de la cultura del surf. Es un círculo sagrado el que nos une”, dice Humberto Goncalves, de 50 años, quien comparte el acto junto a su pequeña hija de cinco años de nombre Praia (playa en portugués). La niña, quien lleva flotadores en ambos brazos con ilustraciones de princesas de Disney, es la única que sostiene flores amarillas en el círculo, unas margaritas, porque las del resto de los surfistas son blancas o violetas. “Traje a mi hija porque ella es una vida que comienza”, agrega Humberto. 

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LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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