Durante el día, en la OPPE 26 de La Guaira el movimiento no para. El ruido de los camiones, el ir y venir de la gente y los motores de las máquinas pesadas saturan el ambiente, incluso 42 días después del doble terremoto. Pero al caer la noche, todo cambia. Ahí es cuando Rafael Arocha y su cuñado aprovechan para meterse entre las piedras. No son rescatistas de oficio, son familiares que escarban la tierra con lo que tienen a la mano para cumplir una promesa: no dejar a nadie atrás.
La OPPE 26 era un complejo residencial ubicado en el sector Caribe de Caraballeda y fue parte de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV). Cada una de sus 12 torres contaba con 500 apartamentos y 6 de ellas colapsaron con los dos terremotos ocurridos el 24 de junio. Bajo el concreto quedaron atrapados cientos de personas, transformando el urbanismo en una zona cero, pero de dolor.
«Ya encontramos a mi hermana, al cuñado y a mis dos sobrinitas. Falta uno de 14 añitos», cuenta Rafael a El Pitazo. El que falta es Dylan, el último hijo de ese hogar que quedó atrapado bajo el concreto el 24 de junio cuando dos terremotos sacudieron al país y con más fuerza al litoral central.
Estar metido ahí adentro te cambia la mente. Cuando Rafael, tío de Dylan, habla de lo más rudo que ha visto en estos días, se le quiebra la voz.
«La familia de uno. A pesar de las otras personas que hemos visto y hemos sacado bastante antes de llegar a ella… da tristeza. Madres con carajitos abrazados, todo tipo de cosas que uno no se puede imaginar. Cosas que uno nunca ha visto y que yo no pensaba que vería, pero nos tocó».

Un viaje de ida y vuelta
La historia de esta familia es una muestra de amor incondicional. Lograron sacar a los primeros cuatro fallecidos y tuvieron que llevárselos rápido a Maturín, estado Monagas, para poder enterrarlos, porque ya tenían tres días en el puerto y el calor no perdona. Los sepultaron allá en Oriente y, sin pensarlo dos veces, se regresaron a La Guaira a buscar al adolescente.
En esta tarea lo acompaña su cuñado, el tío político de Dylan. Él es guaireño nato, pero tiene 11 años viviendo en Carúpano con su esposa. Al enterarse, dejaron todo y viajaron a apoyar. Para poder meterse en los escombros, tuvieron que tomar una decisión difícil: dejar a sus hijos —de 8, 11 y 15 años— con la abuela en Maturín.
«Tuvimos que dejarlos con la abuela para poder estar aquí en esta lucha», dice el cuñado de Rafael, visiblemente agotado. «Tantas muertes… los familiares de uno. Este es un sufrimiento total, un desastre total. Esto es algo que para expresarlo es fuerte, de verdad«.
Trabajar a oscuras y apoyarse entre todos
La familia prefiere meterle el pecho al trabajo de noche y de madrugada. Primero, por la tranquilidad, y segundo, para ganarle el paso a las máquinas pesadas. Les da terror que una excavadora mueva un bloque grande sin mirar y tape o destroce el cuerpo de Dylan.
«Ahorita estamos utilizando más que todo las manos, porque hay escombros, y mandarrias para despejar abajo», explica Rafael.
El esfuerzo físico es fuerte. Para llegar hasta donde están los cuerpos, la familia ha tenido que ir abriendo pequeños túneles y caminos entre los bloques caídos. Con cuidado, van moviendo la tierra y rompiendo el concreto para hacerse espacio entre las ruinas y seguir avanzando hacia abajo. Pero en la OPPE 26 nadie trabaja solo. Ahí se acabó el egoísmo.
«Gracias a Dios siempre nos están ayudando con las herramientas. Yo estoy abriendo aquí, yo voy para el piso cuatro y el que va para el cuatro va para el cinco; nos ayudamos entre varios. Así como están ayudando entre todos y aquí estamos. Es fuerte, pero aquí estamos«, asegura Rafael.
Esa ayuda no es solo entre los que escarban. La gente de la comunidad se acerca a cada rato a llevarles guantes, ropa limpia y comida para que no tiren la toalla.
Esta familia tiene una sola meta. No se van a ir de La Guaira, ni van a regresar a Oriente a abrazar a sus otros hijos, hasta encontrar a Dylan, aunque sea para darle el último adiós.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973