Miles de hogares en Venezuela sobreviven a la crisis con el dinero que reciben desde el exterior. Aunque la cifra no supera los tres dígitos, este salvavidas financiero es lo que hoy permite a las familias salir a flote. Es el caso del esposo de Mary Grecia quien tiene más de 20 años recibiendo remesas desde Suiza. Sus hermanas envían al menos 300 dólares mensuales que deben repartirse entre otras cinco personas. Sin embargo, lo que antes era un presupuesto que permitía realizar alguna reparación en el hogar o planificar vacaciones, hoy apenas alcanza para cubrir una fracción de la cesta básica.
“Con los 75 dólares aproximadamente que recibimos, antes comprábamos muchísimas cosas. Hacíamos un mercado grande. No sólo incluíamos la proteína sino también los víveres en general. Además de eso, de vez en cuando nos podíamos dar un lujo, ir a la playa o al cine, o si la casa necesitaba alguna reparación, entonces ellas nos apoyaban con eso”, cuenta Mary Grecia al reconocer que hoy en día solo pueden adquirir la cuarta parte de los productos.
“Yo amo la carne. Hace 11 años estaba económica. Hoy ya no se puede porque un kilo ya cuesta entre 12 y 13 dólares aproximadamente aquí en Cumaná. Realmente se ha vuelto bastante cuesta arriba”.


La situación que vive Mary Grecia en su hogar tiene una explicación técnica que los economistas denominan apreciación real del tipo de cambio. Mientras el ingreso de su familia se mantiene estático, el costo de la vida en Venezuela ha crecido a un ritmo superior al del precio de la divisa.
El economista Hermes Pérez asegura que este fenómeno ha pulverizado el poder de compra de las remesas, un flujo financiero que —pese a su pérdida de rendimiento— ya representa el 27% de los ingresos petroleros del país. “El problema de fondo lo causa la inflación. Cuando hay inflación todos los precios suben y el tipo de cambio es un precio. Con la inflación, todo se encarece, incluyendo el dólar. En diciembre de 2024, se compraba un dólar con 52 bolívares. Hoy necesitas, por ejemplo, 470 bolívares. Pero si lo compras en subasta, estamos hablando de 560 bolívares por dólar, y si hablamos del paralelo, es una cifra mayor”, explica.
El caso de Mary Grecia es el reflejo de un vuelco histórico en las cuentas de la nación. Según los registros oficiales que datan de 1997, Venezuela era un país emisor de remesas. Fue en el año 2015 cuando el país comenzó a recibir tímidamente sus primeros 11 millones de dólares de una diáspora que comenzaba a crecer.


Pérez asegura que este cambio no fue solo estadístico, sino estructural. En apenas tres años (2015-2018), el flujo saltó de casi cero a 2.000 millones de dólares. Ni siquiera la parálisis global de la pandemia, en el año 2019, detuvo los envíos, que escalaron a los 3.000 millones.
“Es decir, que los venezolanos que estaban fuera, a pesar de toda la crisis económica mundial por la pandemia, ante la pérdida del trabajo, siguieron enviando dinero al país. Eso nos dice que la necesidad de ayudar a los familiares era urgente”, explica Pérez.
Para el analista, este compromiso es un ‘activo’ para el futuro: demuestra que, pese a la distancia, los 9 millones de venezolanos que integran la diáspora mantienen intactas sus raíces e intenciones de apoyar al país. La relevancia de este dinero es tal que, en los momentos más críticos de la industria petrolera, la diáspora marcó un punto importante. En 2020, las remesas (2.500 millones de dólares) equivalieron al 53% de los ingresos petroleros del país.
En 2021 y 2022 las remesas fueron 3.600 millones de dólares, 33% de los ingresos petroleros, que se situaron aproximadamente en 10.000 millones de dólares, lo que hizo que el porcentaje cayera con respecto a años anteriores.
Aunque para 2025 el porcentaje se estabilizó en 18% debido a una ligera recuperación de la producción de crudo, la cifra nominal de 3.242 millones de dólares anuales sigue siendo un gigante económico. Comparado con las exportaciones no tradicionales, el aporte de los migrantes representa todavía 38% de lo que el país logra vender al mundo fuera del sector petrolero.
Las proyecciones para el cierre de este año son al alza. Hermes Pérez estima que, en un escenario conservador, el flujo de remesas para finales de 2026 podría escalar hasta los 4.000 millones de dólares.


Perfil del migrante
Pero más allá de los dólares, el fenómeno venezolano guarda una particularidad que lo distancia de los modelos de países de Centroamérica. Para Hermes Pérez, la clave no es sólo cuánto dinero entra, sino quién lo envía.
A diferencia de países como El Salvador, México o Guatemala, donde el grueso de las remesas proviene de mano de obra no calificada, la diáspora venezolana posee un rasgo distintivo: 70% tiene estudios universitarios.
“Hablamos de un capital humano más capacitado y preparado, por ejemplo, para agarrar recursos e invertir en el país cuando lo considere necesario. Eso cambia las reglas del juego”, explica el economista.
Según su análisis, esta formación académica convierte a los 9 millones de migrantes en un activo estratégico que, de encontrar un entorno de confianza y políticas de apertura por parte del Estado, podría transformar las remesas de subsistencia en inversiones productivas.
“En líneas generales estamos hablando de montos que son importantes y si, por ejemplo, la situación o la perspectiva mejora, y viene cualquier gobierno que le diga a la diáspora: ‘Mira, te oigo, quiero contactar contigo, venezolanos de cualquier parte del mundo’, eso puede hacer el proceso venezolano un poco distinto a las diásporas de otros países”.
Sin embargo, en el mapa de la migración latinoamericana, el título universitario no siempre es garantía de buenos ingresos y de una estabilidad económica. Tomás Páez, presidente del Observatorio de la Diáspora Venezolana, advierte que el capital intelectual choca con la realidad de los mercados de acogida, donde la informalidad absorbe entre 50% y 75% de la mano de obra.


“Es muy difícil imaginar que un migrante no se desempeñe en la informalidad, que es el sector mayoritario en la región”, explica Páez.
En países como Perú o Colombia, el profesional venezolano a menudo debe recortar su experiencia y ocultar sus posgrados para poder ser contratado en servicios, construcción o como repartidor.
Para Páez, estar sobrecalificado puede ser incluso una desventaja inicial. “Recuerdo el caso de un periodista que descartó toda su trayectoria para que lo contrataran. Es la manera de abrirse espacio hasta que logran homologar títulos o entender el entorno”.
Pese a ello, la paradoja económica persiste: Páez asegura que un venezolano en la informalidad en Lima o Bogotá percibe, en promedio, entre 300 y 400 dólares mensuales; una cifra que, aunque modesta en el exterior, sigue siendo astronómica frente al salario mínimo que se devenga en Venezuela.
Pese a las difiultades que viven los migrantes en los países de acogida, Páez asegura que siguen enviando dinero al país, especialmente a personas mayores, a familias que están siendo atendidas por otros familiares, a los padres para su sustento semanal y para el financiamiento de la educación de los hijos. «Hay un envío sistemático de remesas al país».


La presión emocional del migrante
William Martínez es un venezolano que desde hace tres años recorre las calles de Arica, en Chile, como conductor de una aplicación. Pese a que el país suele ser visto como un destino de estabilidad, el costo de la vida ha forzado a los migrantes a elegir entre pagar las cuentas en el exterior o enviar dinero a Venezuela.
“He tenido que elegir muchísimas veces entre enviar dinero o pagar mis cuentas aquí; a veces las dos cosas no se pueden hacer”, confiesa. Con un sueldo mínimo que no alcanza los 600 dólares y arriendos que superan los 400 dólares, el margen de maniobra es inexistente.
A la asfixia económica se suma la carga emocional. En un país donde las expectativas familiares suelen ser altas, el remitente se enfrenta a una presión silenciosa. Aunque William cuenta con el apoyo de su núcleo directo, confiesa que el entorno familiar extendido no siempre comprende la dureza de la vida en Chile.


“A veces siento presión de que lo que se manda no es suficiente. Cuando hay una urgencia, me toca parir la plata de donde sea”, relata. Es el drama del migrante que, aun estando ‘sobregirado’, debe cumplir con el rol de proveedor ante la crisis que reporta Mary Grecia desde Cumaná.
“Hace tres años enviaba hasta 30 dólares semanales. Hoy esa constancia se perdió; la economía no da. Si logras mandar 40 dólares es un milagro. A veces paso tres semanas sin mandar nada”, explica el conductor, quien también señala que las recientes fiscalizaciones migratorias en Chile han golpeado los ingresos de su hogar, dejando a su pareja sin empleo en el sector servicios.
Para que el dinero llegue a Venezuela, William prefiere los canales informales al considerarlos menos tediosos. “Por las vías regulares siempre hay límites y colas. Prefiero perder un pequeño porcentaje en comisión que arriesgarme a que el dinero se trabe”.
Este sistema de «supervivencia compartida» mantiene en pie a hogares como el de Mary Grecia, aunque el costo emocional sea alto. Para ella, recibir el apoyo de sus cuñadas desde Suiza es un ejercicio de gratitud mezclado con un profundo sentimiento de pena.
“Me siento muy apenada con ellas porque hacen un esfuerzo enorme y no pueden estar así toda la vida. Es muy frustrante querer un sueldo digno que me permita cubrir mis gastos sin que, si la ayuda no llega, nos afecte tanto”, confiesa con honestidad.
Aunque el país ha normalizado la dependencia de los envíos externos, Mary Grecia se niega a “romantizar” la resiliencia. “El día que ese beneficio ya no esté, toca buscar otras opciones y seguir adelante. Nunca nos hemos rendido ni nos hemos quebrantado, pero esto no debería ser para siempre”.
Sus palabras reflejan la realidad de una generación que, aunque agradece el aporte y ayuda que llega de otros países, anhela recuperar la autonomía que la inflación y la crisis le arrebataron.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973