🔴🔵 La nación sin fronteras – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos

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Las catástrofes no solo destruyen ciudades. También revelan el tipo de sociedad que existe detrás de ellas. Los edificios pueden desplomarse en segundos; la verdadera fortaleza de una nación solo se hace visible cuando alguien decide acudir en ayuda de otro.

El reciente terremoto que golpeó a Venezuela dejó imágenes que permanecerán por mucho tiempo en nuestra memoria: familias buscando a sus seres queridos entre los escombros, comunidades enteras enfrentando la incertidumbre y un país nuevamente confrontado con la fragilidad de su infraestructura y de sus instituciones. Pero, mientras la atención se concentraba en las zonas afectadas, otro fenómeno comenzó a desarrollarse lejos del epicentro.

Desde Bogotá, la experiencia vivida en el centro de acopio habilitado por la Fundación Juntos Se Puede para canalizar ayuda humanitaria hacia Venezuela permitió observar un fenómeno que trascendió con creces la dimensión logística de la emergencia. Lo que allí ocurrió constituyó una evidencia de que la nación venezolana ya no puede comprenderse únicamente dentro de los límites de su territorio. La respuesta organizada por la diáspora reveló la existencia de una comunidad nacional que, aun dispersa geográficamente, mantiene intacta su capacidad de movilización, solidaridad y compromiso con el destino del país.

Desde las primeras horas comenzaron a llegar donaciones. Después llegaron los voluntarios. Luego, muchos más. Migrantes venezolanos que, pese a haber reconstruido sus vidas con enormes sacrificios, regresaban simbólicamente a su país a través de un gesto de solidaridad. Jóvenes, adultos mayores, profesionales, comerciantes, estudiantes, trabajadores, familias enteras ofrecían tiempo, esfuerzo y recursos con una sola intención: ayudar.

Pero la mayor sorpresa no fue la extraordinaria movilización de la diáspora. Fue la respuesta de Bogotá.

Durante años, el debate público ha insistido en narrar la migración venezolana desde la tensión, la competencia por recursos o la xenofobia. Es cierto que esos episodios existen y deben ser enfrentados. Sin embargo, reducir la relación entre colombianos y venezolanos a esos conflictos significa ignorar una realidad mucho más profunda.

En los centros de acopio comenzaron a aparecer vecinos bogotanos que nunca habían pisado Venezuela. Llegaban con alimentos, medicamentos, ropa, agua o artículos de primera necesidad. Muchos no se limitaban a entregar una caja. Permanecían durante horas clasificando insumos, organizando paquetes, cargando vehículos o ayudando en las tareas más sencillas. Lo hacían sin preguntar a quién conocerían al otro lado de esa cadena solidaria.

Allí desaparecieron categorías que tantas veces dominan el debate público: migrante y nacional, venezolano y colombiano, izquierda y derecha, rico y pobre. Permanecían, simplemente, personas trabajando junto a otras personas.

Durante las últimas décadas hemos estudiado el colapso institucional venezolano, la polarización política, la erosión de la confianza social y el éxodo de millones de ciudadanos. Con frecuencia hemos interpretado la diáspora únicamente como una consecuencia del fracaso nacional. Sin embargo, quizás ha llegado el momento de comenzar a verla también como una de las principales reservas de capital humano y social para la reconstrucción del país.

La Venezuela contemporánea ya no termina en La Guaira, San Antonio del Táchira o Santa Elena de Uairén. También está presente en Bogotá, Lima, Santiago, Madrid, Miami y en decenas de ciudades donde millones de venezolanos han construido nuevas comunidades sin renunciar a sus vínculos con el país que dejaron atrás. El terremoto hizo visible esa realidad.

La diáspora no respondió como un conjunto disperso de individuos. Respondió como una comunidad organizada, con capacidad de movilización, de coordinación y de solidaridad. Allí donde el Estado encuentra limitaciones, la sociedad civil demuestra que aún conserva una enorme capacidad para articular respuestas colectivas.

Pero hubo una segunda lección igualmente importante. La solidaridad colombiana desmontó, en los hechos, muchos de los discursos que durante años han intentado enfrentar a dos pueblos cuya historia ha estado profundamente entrelazada. La ayuda no distinguió pasaportes. No preguntó por nacionalidades. No exigió certificados de origen para extender la mano.

En medio de la tragedia, miles de ciudadanos demostraron que la empatía sigue siendo mucho más poderosa que los prejuicios. Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas de esta experiencia. Las fronteras existen para los Estados. La solidaridad pertenece a las sociedades.

Durante días personas que probablemente nunca volverán a encontrarse compartían jornadas enteras de trabajo. Cada caja organizada, cada alimento clasificado y cada camión cargado eran también una forma de reconstruir algo menos visible que los edificios destruidos: la confianza entre seres humanos.

Las repúblicas no sobreviven únicamente gracias a sus constituciones, sus gobiernos o sus instituciones. También necesitan ciudadanos capaces de reconocerse mutuamente como parte de una misma comunidad moral. Cuando esa disposición desaparece, las sociedades se fragmentan. Cuando reaparece, incluso en medio de una tragedia, comienza la posibilidad de reconstruirlas.

Con frecuencia afirmamos que Venezuela perdió su tejido social. Después de lo vivido en Bogotá, esa afirmación tal vez no sea completamente cierta. Tal vez ese tejido nunca desapareció. Tal vez permanecía disperso, esperando una causa capaz de volver a unir sus hilos. El terremoto produjo una devastación inmensa. Nada puede disminuir el dolor de quienes perdieron familiares, hogares o proyectos de vida. La reconstrucción material exigirá años de esfuerzo y enormes recursos. Sin embargo, junto a esa tarea existe otra, menos visible pero igualmente decisiva: reconstruir la confianza, fortalecer la sociedad civil y comprender que la nación venezolana hoy también se expresa a través de su diáspora.

Quizá el acontecimiento más esperanzador que dejó esta tragedia no ocurrió bajo los escombros, sino lejos del epicentro. Ocurrió cuando miles de venezolanos y colombianos decidieron trabajar hombro a hombro, demostrando que la solidaridad puede ser más fuerte que el miedo, que la fraternidad puede imponerse sobre la desconfianza y que la humanidad siempre será más grande que cualquier frontera.

Porque las ciudades podrán reconstruirse. Los puentes volverán a levantarse. Las carreteras recuperarán su tránsito y, con el tiempo, los edificios reemplazarán los escombros. Esa será la reconstrucción visible, la que medirán los ingenieros, los arquitectos y los gobiernos. Pero existe otra mucho más silenciosa y decisiva, una que no puede decretarse desde el poder ni financiarse con recursos públicos: la reconstrucción del vínculo moral que mantiene unida a una sociedad.

Una nación no sobrevive únicamente por la solidez de sus instituciones o por la fortaleza de su economía. Sobrevive, ante todo, porque sus ciudadanos conservan la capacidad de reconocer en el sufrimiento del otro una responsabilidad compartida. Allí reside el fundamento ético de toda comunidad política. Cuando el dolor ajeno deja de ser indiferente, nace la solidaridad; y cuando la solidaridad se convierte en acción, la sociedad comienza a restaurar aquello que ninguna obra de infraestructura puede reparar: la confianza, la empatía y el sentido de pertenencia.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda que deja esta tragedia. El verdadero renacimiento de Venezuela no comenzará el día en que se coloque el primer ladrillo ni cuando concluyan las labores de reconstrucción material. Comenzará cuando los venezolanos, dentro y fuera de sus fronteras, comprendan que comparten un mismo destino y que ninguna diferencia política, social o geográfica puede ser más importante que la obligación moral de tender la mano a quien sufre. Porque, al final, las repúblicas no se sostienen únicamente sobre leyes o instituciones; descansan, sobre todo, en la convicción de que la dignidad humana siempre debe estar por encima de cualquier frontera, ideología o circunstancia. Si el terremoto fue capaz de recordarnos esa verdad, entonces, entre los escombros, también habrá comenzado la reconstrucción más importante de todas: la de nuestra conciencia como nación.

@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Nota del editor: la imagen que ilustra este artículo fue hecha con ChatGPT a partir de fotografías de Carlos Pinilla.

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