🔴🔵 El desafío es reconstruir la República

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Antes de los terremotos del 24 de junio de 2026, el desafío de Venezuela parecía concentrarse en recuperar la democracia. Antes de la captura de Nicolás Maduro, efectuada el 3 de enero de 2026, la prioridad era poner fin a un poder que había vaciado de contenido a las instituciones republicanas. Ambos objetivos eran indispensables, pero ninguno bastaba por sí solo. La caída del gobernante no restituyó automáticamente las capacidades del Estado, y los sismos en el estado La Guaira terminaron de demostrarlo. El cambio político abrió una oportunidad; la catástrofe reveló la magnitud del desafío.

La generación de venezolanos que atravesó el chavismo enfrenta ahora una tarea mayor que sustituir un gobierno o reconstruir las zonas devastadas por el sismo: le corresponde reconstruir la República. Restablecer la supremacía de la ley sobre la arbitrariedad, devolver la autonomía a las instituciones, recuperar el valor del conocimiento técnico frente a la lealtad política, reconstruir una administración pública capaz de planificar, prevenir y responder, y restituir la confianza de los ciudadanos en un Estado concebido para servirlos y no para someterlos.

Los edificios podrán levantarse de nuevo y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía «Simón Bolívar» volverá a enlazar el país. No obstante, ninguna reconstrucción será duradera si descansa sobre las estructuras autoritarias que llevaron al colapso. El verdadero punto de partida de la Venezuela que emerge después del 3 de enero y del 24 de junio de 2026 será la recuperación de la República como pacto político, jurídico e institucional.

Ivo Hernández —politólogo, periodista e investigador venezolano especializado en relaciones internacionales, seguridad y estudios estratégicos— combina una trayectoria de investigación académica y de análisis de los procesos políticos contemporáneos, particularmente en América Latina, Europa y el espacio euroatlántico. Formado en periodismo y posteriormente en Ciencia Política, obtuvo el doctorado en la Universidad de Tubinga, en Alemania, y realizó estudios en la London School of Economics. A lo largo de más de dos décadas ha ejercido la docencia universitaria y ha desarrollado investigación sobre política internacional, defensa, seguridad y procesos de democratización. Su producción intelectual abarca libros, artículos científicos y ensayos dedicados al estudio de la geopolítica, las relaciones transatlanticas, la seguridad internacional y la evolución política de Venezuela. Esa combinación entre formación humanística y especialización en asuntos estratégicos le permite abordar los fenómenos políticos integrando el análisis de largo plazo con la comprensión de las dinámicas contemporáneas.

PERFIL ACADÉMICO

Ivo Hernández

Politólogo, periodista e investigador en relaciones internacionales

Profesión Politólogo, periodista e investigador especializado en relaciones internacionales y seguridad.
Formación Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Tubinga (Alemania) y estudios en la London School of Economics (LSE).
Trayectoria docente Exprofesor de la Universidad Metropolitana (Unimet), la Universidad Simón Bolívar (USB) y la Universidad de Münster.
Áreas de estudio Geopolítica, relaciones transatlánticas, defensa y procesos de democratización.
Fuente: Ficha de perfil de firmas y colaboradores
El Nacional

—¿Cuál es la instantánea de Venezuela a finales de julio de 2026?

—Venezuela vive uno de esos escasos momentos en que un país deja atrás un orden político sin haber construido todavía el siguiente. Tampoco lo ha pensado. La velocidad de las noticias dificulta percibir ese proceso. La coyuntura cambia todos los días; pero las estructuras históricas lo hacen mucho más lentamente. Venezuela vive atada a la coyuntura y ha perdido la capacidad de detenerse a pensar los procesos de fondo. Le cuesta entender que atravesamos uno de esos momentos excepcionales en que una nación cambia de estructura. Ocurrió en 1958 y, antes, después de la Guerra Federal. Hoy volvemos a estar en una situación semejante. El orden institucional nacido en 1999 terminó por desintegrarse. La Constitución de la República Bolivariana no fue derrotada; terminó destruyéndose a sí misma. El hiperpresidencialismo que creó acabó devorando los contrapesos que toda república necesita para funcionar. Las constituciones democráticas de 1947 y de 1961 habían intentado contenerlo; la de 1999 lo liberó. Con el tiempo, ese poder absorbió las instituciones y terminó consumiendo el propio orden constitucional. Hoy el país conserva organismos, pero anuló sus contrapesos y perdió la arquitectura institucional que les daba sentido. La desaparición del orden institucional no deja únicamente un vacío de poder; obliga a responder una pregunta mucho más compleja: ¿sobre qué bases se construirá el próximo Estado venezolano? Esa respuesta no dependerá exclusivamente de una elección, de un liderazgo o de una nueva Constitución. Dependerá, sobre todo, del modelo de país que logre surgir después del colapso.

—El problema no consiste en explicar cómo terminó ese orden. La pregunta es qué tipo de país surgirá después de él.

—La forma que adopte ese nuevo país dependerá del modelo de producción que logremos construir. De allí nacerá una nueva clase dirigente que levantará instituciones; y sobre esas instituciones podrá sostenerse un nuevo marco constitucional. Si terminamos siendo un país petrolero tutelado, surgirá un determinado tipo de clase política. Si construimos una economía competitiva, basada en la meritocracia y capaz de diversificar la producción, aparecerán otras fuerzas sociales y otro tipo de instituciones. No será el mismo país.

—¿Qué será?

—El modelo económico y de producción de bienes que adoptemos determinará la clase política que tendremos. Podemos convertirnos en un país periférico, tutelado por Estados Unidos. Tendríamos una clase política funcional que administraría la renta petrolera y mantendría un nivel mínimo de estabilidad. Irak lleva 20 años recorriendo ese camino sin haber construido una dirigencia verdaderamente autónoma. Son sujetos que permanecen en una especie de limbo cómodo, se reparten las ganancias petroleras mientras una parte importante de la población se acostumbró a vivir mal. Venezuela puede optar por ese modelo. Tenemos políticos de cuarta especie capaces de adaptarse a ese modelo. Sujetos que, más o menos como ocurrió con el interinato, vivirán bien: serán la nata sobre una leche muy descompuesta. Vivirán de las sobras que les den y de una pretensión de instituciones. También podríamos repetir nuestra tradición clientelar. Cambiarían los nombres de quienes administran el poder, pero no la lógica del país rentista. Seguiríamos viviendo de la distribución de la renta y no de la creación de riqueza. Cambiarían los administradores; no el sistema. Existe una tercera posibilidad: construir una economía abierta, competitiva y meritocrática capaz de producir una nueva clase dirigente. Ese país no surgiría de una consigna ni de una elección.

—¿De dónde surgiría?

—La tercera opción es el gran desafío para el cual podríamos estar listos si traemos la gente adecuada. Rómulo Betancourt usó la diáspora para formarse y además tenía un grupo de gente muy interesante. En 1958 regresó curtido y formado. Ya comprendía a Estados Unidos de una manera mucho más poliédrica que aquel sujeto de Las huellas de la pezuña. Era un político distinto. Entonces, esta Venezuela puede afrontar la construcción de una economía liberal, una economía meritocrática. Ese país está allí, sobre la mesa.

—¿Podemos hacerlo?

—Sí, pero es complicado. Hay tesis muy importantes que sostienen que podemos hacer instituciones, pero que tenemos que empezar por la estructura. Estados Unidos nos asigna el modelo que considera más estable: una tutela y que paguemos nuestros propios gastos con el dinero del petróleo. Una cosa sencilla: una clase política medianamente conveniente y amaestrada que, de tanto en tanto, recibe órdenes de Washington.

—Pero esa no es la única posibilidad. También podríamos construir algo distinto.

—No sé si nuestra clase política está preparada para esa tercera opción. La vieja clase política no termina de ceder el poder y sigue dando vueltas. Cambian las siglas —Plataforma Unitaria Democrática, Mesa de la Unidad Democrática, lo que sea—, pero son, más o menos, los mismos sujetos. Ahí está Ramón Guillermo Aveledo, que viene con Herrera Campíns y el grupo de Carora; y Henry Ramos Allup, gente que viene de otro país y sigue hablando como si todavía significara algo. Esas viejas fuerzas políticas atomizadas lo único que quieren es regresar al poder con sus muletas, bastones y pañales, sin nada nuevo que decir, a repetir sus monsergas, sus chistes y sus refranes. Y luego está una clase nueva frente a la cual el país mantiene muchas reservas. No la ha visto siempre coherente. Pienso en Primero Justicia (PJ), que terminó escindido en un montón de aspiraciones individualistas. Hay sujetos a los que el país todavía mira con distancia.

—Y precaución…

—En medio de todo existe un liderazgo que se atomiza y que empieza a tratar de coordinar fuerzas, pero no sabemos con quién, porque tanto da un bandazo como da otro. La figura de María Corina Machado viene de una organización no gubernamental (ONG), luego se convierte en un factor político y transmite un mensaje que unas veces se contradice y otras recoge un sentimiento popular que, en esencia, es hastío. Venezuela quiere volver a verse a sí misma, quiere tener forma, quiere tener vertebración; no quiere seguir siendo esta cosa amorfa que vive de las noticias ni que gobierne una clase política medianamente conveniente y amaestrada que de tanto en tanto recibe órdenes de Washington.

ANÁLISIS PROSPECTIVO

Los tres escenarios para el futuro institucional de Venezuela

Proyección de modelos políticos y económicos para la transición

ESCENARIO 1
País petrolero tutelado
Modelo de administración de renta sin autonomía política real, con estabilidad asistida desde Washington (ejemplo de Irak).
ESCENARIO 2
Modelo rentista-clientelar
Continuidad del sistema de distribución de la renta pública mediante un simple cambio de nombres administradores.
ESCENARIO 3
Economía abierta y meritocrática
Construcción de un sistema liberal, competitivo y con contrapesos institucionales sólidos.
Fuente: Análisis de perspectiva política y reformas institucionales
El Nacional

—¿Es lo que queremos?

—Realmente no. Venezuela fue siempre un socio activo con Estados Unidos. Tuvimos posiciones propias. Es cierto que para derrotar a las guerrillas en los años sesenta recibimos mucha asesoría norteamericana, pero éramos un socio que miraba de frente. Tuvimos dirigentes capaces de hablar de tú a tú con Washington. No como estos hermanos Rodríguez, que son amanuenses de lo que diga Marco Rubio. Marco Rubio les dice: «copien», y ellos copian, dictan y repiten. La situación es vergonzosa, no solo para quienes decían ser de izquierda, sino desde el punto de vista de la dignidad humana. Por el poder se sacrifican muchas cosas; si usted sacrifica su persona por el poder, usted ya no es nada.

—¿Ha funcionado la comodidad?

—Venezuela tiene, por defecto, la tendencia a no querer pensar. Muchos venezolanos claudican y hacen lo que sea para que venga un líder y les resuelva los problemas. Eso se acabó. Lo que nos trajo hasta aquí no nos va a llevar más lejos. Hay que replantearlo todo. Tenemos que construir primero una estructura económica que nos llevará a un marco legal y el marco legal impondrá un sistema político. El sistema electoral crea el tipo de sistema de partidos, bipartidista o multipartidista. Esa arquitectura institucional es la que debemos afrontar. ¿Tiene María Corina Machado el equipo para hacer eso? Yo no lo sé. Yo solo vi la reunión de Panamá y tomé distancia porque invitaron a figuras que han contribuido a la destrucción de Venezuela.

—El mundo ha cambiado…

—Quienes estamos hablando, vimos nacer las computadoras, vimos nacer la internet, vimos nacer las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Una sola de esas revoluciones es del tamaño de la de Gutenberg; nosotros vivimos cuatro. La perspectiva enorme y el nivel de ruido muy grande. La gente ya no tiene ni siquiera paciencia: no lee libros. Una de las tragedias de las editoriales es que nadie lee nada. Quiere un resumen del resumen. Y ya ni siquiera los resúmenes; dame una cosa como una pastilla, mejor si fuera un chip que me la pudiera poner y entender. La digestión se ha parado. A María Corina le toca un mundo mucho más dinámico e inestable en ese sentido. Además hay otra gran diferencia: Betancourt tenía un equipo. Acción Democrática (AD) tenía gente brillante: Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa. El Betancourt que entendió el juego con Estados Unidos también entendió el juego de fundar la democracia venezolana bajo ciertos parámetros; entre ellos, ponerle coto al hiperpresidencialismo. En el caso de María Corina, vemos a una persona cuyo mensaje como líder no está claro. No sabemos si es mesiánico o ejecutivo. Ella tiene una formación ejecutiva, pero a veces apela al factor mesiánico. Entonces, sus acólitos dicen: «No le llamen María Corina, llámenla la líder». A mí me parece un poco raro.

—¿Tiene Venezuela, después del 3 de enero y del 24 de junio de 2026, capacidad para un gran reseteo político y un reseteo estructural?

—Probablemente, pero Estados Unidos no lo permitirá. Marco Rubio lo dijo: quieren figuras confiables. Desde el punto de vista de las fuerzas ocupacionales, es muy lógico: quiere estabilidad y el menor ruido institucional posible. A los americanos hay que entenderlos desde su óptica. Hay que mostrarles coherencia entre palabra y acción. Son fuerzas conservadoras. Marco Rubio es un sujeto conservador y tiene, por supuesto, dudas sobre sus interlocutores. Necesita confiar o poder confiar.

—Es, precisamente el caso con los hermanos Rodríguez. Ellos hacen ver que obedecen, pero en realidad tienen una agenda paralela: mantienen a los presos políticos como rehenes, su objetivo y su discurso es mantenerse en el poder.

—Los hermanos Rodríguez son nuestro clásico vivo criollo, nuestro Tío Conejo. Ellos llegan mediante la traición, evidentemente la tenían in pectore hace tiempo. Jugaron sus cartas en un momento geopolítico interesante. No solamente sacan a Maduro y a Cilia Flores, sino que además destruyen la tutela que antes también había de parte de Cuba. Esos 34 o 40 cubanos que los norteamericanos tuvieron la previsión de eliminar estaban allí para darle a Maduro la solución a Allende, el suicidio inducido. Estados Unidos vio el momento apropiado en una conjunción virtuosa de factores. Los hermanitos hacen algo que ha ocurrido muchas veces en la historia venezolana: traicionar. Hay dos vertientes venezolanas que no nos gusta mostrar y que nos persiguen: la adulación y la traición. Generalmente, el adulante es el mejor traidor. Quien más adula es quien más traiciona.

—¿Estados Unidos se deja engañar?

—El vivo criollo hace las cosas como mejor le conviene. Se hace el que no sabe y le dice sí a todo. A Estados Unidos le conviene: no quiere ruido y va avanzando a su manera. No miran cifras sino tendencias. Y la tendencia va hacia allá: la industria petrolera pasó del millón de barriles diarios. Por supuesto, los hermanos Rodríguez tratan de cimentarse, de ascender a militares amigos, de que la señora no sea encargada, sino presidenta. Son como la pluma de Joe Biden: firman todo lo que les pongan delante. Les aplica muy bien una frase de Groucho Marx: «Tengo mis principios, pero si a usted no le gustan, tengo otros».

—La nueva normalidad.

—Estados Unidos está cómodo. El único triunfo geopolítico importante de Donald Trump es el caso venezolano y, además, se paga a sí mismo: no tiene que enviar dinero del Departamento de Estado. El país se va refinanciando lentamente y a duras penas. Del otro lado no aparece una alternativa política sólida. La nueva clase ha mostrado ser voraz, amoral y oportunista; de ahí salieron el interinato, los «bolichicos» y esa izquierda corrupta y vacía que llamo posmuro de Berlín. Agarre lo que pueda y como sea. Ahí no hay ninguna vertebración política. Los hermanos Rodríguez tienen el calendario de Rojas Hermanos a la inversa: cada día que pasa es un día más en el poder. Los Rodríguez y Diosdado Cabello no tienen nada que ofrecerle al país salvo amenazas, resentimiento y destrucción. Hace tiempo que dejaron de pensar de forma colectiva; solo piensan en sí mismos.

—Se impusieron.

—El asedio a la democracia no fue inútil, funcionó: destruyó los muros. Esto es una especie de siglo XIX disfuncional. Estamos peor que cuando Antonio Guzmán Blanco se impuso después de la Guerra Federal. No queda nada. Destruyeron las instituciones, incluso la conciencia democrática fue basada. Acabaron con todo. El chavismo solo nos dejó ese vivismo imbécil sin mediano ni largo plazo, ni siquiera se sabe para qué robaron. Son fortunas estériles, como las de los «bolichicos», que no producen nada. Salidos de las mejores escuelas de Caracas, en vez de asumirse como élites de un país y decir «nosotros vamos a conducir el país», se dedicaron a robar más que nadie para montar una fábrica de lentes de sol, Operación Bussler. Se robaron todo y ni siquiera supieron hacer lentes. Es un desastre por donde se mire. «Hemos perdido la mañana», como decía la maestra de esos comunistas, Belén Sanjuán.

—Las universidades venezolanas han sido liceos grandes.

—Me toca la médula. Fui profesor en la Universidad Metropolitana (Unimet), después en la Universidad Simón Bolívar (USB) y finalmente me fui de Venezuela. Di clases en Alemania, en la Universidad de Münster, como profesor de planta antes de venirme a Estados Unidos. La crisis universitaria venezolana es más antigua que el propio chavismo. Algún día podré holgarme hablando sobre lo que eran los concursos de credenciales o de oposición y cómo se hacían porque tuve la oportunidad de vivir varios de ellos; no estoy hablando simplemente por anécdotas. Yo tengo experiencia, incluso los documentos los he guardado. También tuve la oportunidad de compartir con profesores de primer nivel en el posgrado de la USB, gente muy seria de aquella Venezuela remanente. Había un poco de lo que hemos visto en el desprecio por la educación que manifestaba el chavismo y el madurismo. ¿Qué le puede pedir uno a Nicolás Maduro sobre una universidad? Imagínense ustedes el concepto: un escolasticismo madurista, eso no pega. Es simplemente un sujeto formado a trancas y barrancas en los cursos de Pinar del Río, donde los cubanos le daban un brochazo de manual. Sin embargo, también hay que recalcar una cosa: sí ha habido beneficiarios. A los jesuitas les ha ido muy bien. Los jesuitas mantienen esa especie de doble discurso que es muy histórico en ellos. Por un lado cohabitan con el poder; el rector, hasta hace poco, se abrazaba y le iba a dar un doctorado al hijo del tirano. Y, por otra parte, la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) tiene gente muy seria haciendo ideas y críticas sociales. A la UCAB le ha ido bien; su infraestructura física ha mejorado y es prácticamente lo opuesto al resto del país. Sus profesores creo que son los que mejor cobran de todo el país —no estoy seguro de eso—. Entonces uno ve como una especie de proyecto que ellos han manejado paralelo a la sociedad. Sin embargo, el proyecto educativo hay que retomarlo, porque la gente ni siquiera quiere pensar: hay que volver a entender que hay que pensar. Hay una frase de Antonio Machado que tenemos que hacer nuestra: «Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas». Venezuela se llenó de nominalismos: «Yo tengo títulos de tal, yo tengo títulos». En Washington tenemos una nueva clase política, los llamo los pescueceros. En sus currículos aparecen Harvard y las mejores universidades del mundo, pero no pueden escribir un párrafo de dos líneas sin la ayuda de la inteligencia artificial.

—Pero quizás de las otras letras, de las letras de cambio, saben mucho.

—El país para todos tenemos que hacerlo con cosas sólidas en las cuales lentamente podemos reconocernos. Yo me veo en un país de instituciones liberales y abiertas: un país complicado.

Hugo Chavez Frias acompanado por su esposa Marisabel sonrie a los numerosos partidarios venidos a soportarlo en una gran marcha que cruza Caracas de oeste a este, el 8 de agosto de 1998, al empezar oficialmente la campana electoral a los comicios presidenciales. Foto: BERTRAND PARRES / AFP

—El discurso de la convivencia y el perdón, ¿a dónde nos puede llevar borrar todo lo que hemos vivido?

—Voy a utilizar aquí una anécdota de José Antonio Páez cuando captura a Manuelote. Manuelote cree que lo van a fusilar, y entonces Páez simplemente le dice: «No, más bien tenemos que vernos las caras». El exceso de memoria conduce a la parálisis. Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, termina acostado en una cama, revisando el mundo y viviendo en la memoria. Venezuela en algún momento va a tener que hacer una de las cosas más difíciles que le ha tocado hacer a muchas sociedades: empezar a tratar de pasar la página en algunos casos. Lo hizo Argentina, lo hizo Alemania y lo hicieron otros países. No podemos importar venezolanos del cielo. El chavismo es bastante amplio y todos sabemos quiénes lo llevaron al poder. Yo me fui de Venezuela pensando que sería un mal gobierno; jamás imaginé una desgracia tan enorme. Detrás de Hugo Chávez Frías estaba un conglomerado de gente que hoy en día se arrepiente. Sabemos quiénes eran y, sin ser cristiano, aplico una enseñanza del cristianismo: el perdón, en ciertas maneras. En algunos casos es más fácil; en otros, más difícil. Pero Friedrich Nietzsche lo dijo: las sociedades que viven permanentemente en el recuerdo están condenadas a la destrucción. Nunca será suficiente la realidad para superar el pasado. Nunca.

—Perdón sin justicia.

—Es un axioma muy, muy peligroso. Tuve la oportunidad de vivir en Alemania casi 30 años y estudié mucho la transición de 1945 a 1949. Ese país tuvo que verse las caras con su propio pasado. El poder judicial lo constituían sujetos que casi todos habían estado vinculados al nazismo. La justicia nunca es absoluta; la justicia siempre será relativa y se administra en relación con un proyecto de poder de país. Aquí hay que ser comprensivos. Sé que, por supuesto, habrá sujetos que tendrán que vérselas con la justicia; en otros casos, el país tendrá que aplicar jurisprudencia más que justicia. Yo trato de que el venezolano entienda que estamos en un punto tan bajo de la organización social que, para empezar a organizarnos, vamos a tener que vernos las caras por muchos días. Mucha gente no regresará, mucha se quedará fuera y habrá que arar con la gente que esté en el país, más los que vuelvan, para empezar a ser un país de nuevo.

—¿Por dónde empezar?

—Lo dirán las fuerzas tutelares.

—¿Dirán que son los venezolanos los que tienen que decidir y actuar?

—Eso lo van a decir en los micrófonos y en las ruedas de prensa, pero puertas adentro, cuando se reúnan, les van a decir: «Señores, aquí lo que queremos es que ustedes hagan una cosa más estable, que conduzca a un proyecto constitucional». Así fue en Alemania. En Venezuela la Constitución de 1999 se deshizo por el monstruo del hiperpresidencialismo. De las 27 constituciones que ha tenido Venezuela, solo 3 pueden considerarse democráticas; las demás son sastrería del autócrata de turno. La de 1947 es una constitución muy avanzada para su tiempo, pero resultó defectuosa porque le faltó mano política; y la de 1961, la más estable que hemos producido, nació de un pacto donde la gente renunció a muchas aspiraciones. La de 1999 es el desastre cantado de un montón de oportunistas. ¿Por dónde empezamos? Primero por vernos las caras. Creo que eso es lo que empieza el 1° de agosto: sentar a la gente a verse las caras.

—La democracia tiene que empezar siendo democracia… ¿Quién escogió a esos diez diputados?… ¿Y quiénes son esos señores para decidir el futuro como país?… Estados Unidos nos está escribiendo la plana, no somos nosotros.

—La democracia, al final del día, es un método; en sí misma no es nada. La democracia es simplemente una fórmula para elegir autoridades. La institucionalidad es republicana; antes que la democracia viene la república. Hay un momento cero y, por supuesto, es arbitrario. Las democracias, cuando comienzan, son arbitrarias; el primer momento siempre es un poco atrabiliario. La democracia empieza siendo protodemocracia y va generando fluidez en la medida en que se va aceitando. Primero la república; la república sí es una fórmula de gobierno que tenemos que generar y que tiene que tener una arquitectura, y eso es lo más complicado.

—A los venezolanos nos cuesta tomarnos en serio. Hacemos un planteamiento liberal económico, de competitividad, de meritocracia, de eficacia, pero no terminamos de construir las instituciones que nos estamos planteando desde la muerte de Juan Vicente Gómez. La sociedad civil, el bien común.

—La lógica de Tío Conejo nos permea en los Rodríguez, en toda esa gente. El tonto de mi ciudad: «Todos comen trabajando; yo como sin trabajar». Al ver eso, Estados Unidos dice: «Aquí no hay proyecto de país». Con respecto a la sociedad civil, con perdón del difunto Luis Castro Leiva, yo soy muy escéptico. Yo no sé cómo se come eso, y lo digo en el mejor sentido. Veo a un montón de organizaciones no gubernamentales moviendo intereses y representando a la sociedad civil de una manera medio inexacta. No sé si Venezuela tiene ahora una sociedad civil articulada que pueda contraponer un discurso político. Yo no creo que la señora Dinorah Figuera sea, en sí misma, un actor de nada; creo que representa intereses de otras figuras que probablemente se han enriquecido durante todo este tiempo. Las crisis para algunos son oportunidades de negocio y dentro de la oposición venezolana se han enriquecido sujetos que van a regresar mucho más musculosos económicamente de lo que salieron de Venezuela. No toda la diáspora pasa trabajo. Es cierto que hay una diáspora —conozco a profesores y colegas de alta valía que reparten paquetes de Amazon con enorme dignidad y no piden clemencia; simplemente hacen su trabajo calladamente—. Pero también conozco a sujetos del tren del padre, sujetos que se la pasan en las grandes reuniones de dinero. Una cosa y otra.

—La superficialidad se ha impuesto…

—Ahora Venezuela tiene que empezar a escoger, a pensar. Y aquí quiero volver a ver el gran periódico El Nacional, el gran periódico de lo que fue El Universal. Quiero esos espejos para que haya juego de fondo en el pensamiento, para que haya ideas maceradas, no simplemente redes sociales. La gente tiene que ver cosas de fondo, donde se discuta a otro nivel, y no dejarle la conducción del país a cualquier orate con micrófono. Las opiniones volanderas tienen cabida, obvio, pero debe haber pensamiento también. Lo necesitamos para digerir y mostrarle a la sociedad que tenemos las opciones abiertas y todo está en cero; eso es lo bueno de este momento, que podemos armar la arquitectura de lo que puede ser Venezuela.

—¿Y los empresarios venezolanos?

—Los hay de muchos tipos, pero yo creo que si se les ponen reglas claras, si se deja de valorar y de premiar al más vivo de la partida, los empresarios se adaptan. Y empezaremos a recoger memorias como la de Eugenio Mendoza, un empresario que hace una universidad y que, con una idea filantrópica mucho más compleja, produce riqueza y genera también un proyecto de sociedad, de país, de ideas. La gran diferencia entre Elon Musk y Jeff Bezos: uno y otro generan mucho dinero, pero el único millonario al que uno escucha con un proyecto futurista y loco es Elon Musk, que no le importa el dinero sino poner un hombre en Marte. Venezuela tiene sus empresarios que han aguantado la tormenta y también algunos han vivido a costa del régimen. Yo creo que todos han aprendido y pueden aportar.

La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, escucha al ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, durante un desfile cívico-militar que conmemora el 24.º aniversario del regreso al poder del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez (1999-2013) tras el fallido golpe de Estado de 2002, en Caracas, el 13 de abril de 2026. Foto: Federico PARRA / AFP

—¿En qué momento empezaremos a ver una lucecita que realmente nos convenza de que vamos saliendo del túnel?

—Yo veo destellos de esas lucecitas en la gente; en un joven humilde hablando en inglés con los rescatistas en el estado La Guaira, en medio de la destrucción. A veces la veo en las caras de las personas y en lo que dicen. Y le doy la razón a Germán Carrera Damas: todavía queda algo de aquel país que en 1961 empezó a generar universidades como la Universidad Simón Bolívar y empezó a traer profesores. Todavía el país no ha sido vencido. Hay esperanza. El país tendrá representación política en algunos de estos filibusteros y corsarios que simplemente piensan en comprarse no sé cuál carro, no sé cuál vivienda, pero hay que hacer mitos fundacionales de nosotros mismos y empezar a generar gente desprendida. Si no entendemos que el país necesita un poco de cooperación, las fuerzas tutelares lo pondrán a funcionar en el mínimo, como ocurre en Irak. Nosotros tenemos y hemos tenido gente seria. Desafortunadamente, muchachos criados con cucharita de plata, como los «bolichicos», terminaron siendo unos bandoleros baratos. Corresponde a otros asumir su rol histórico y dejar a la posteridad mucho más que una fábrica de lentes de sol. Venezuela puede ser un gran país, tiene gente muy educada. Es un país que da saltos de repente y sorprende. Hay que hacer otros espejos en la vida para empezar a ver luces. La generación del 58 no dejó mucho y los que ahora tienen 50 y 60 años han generado partidos de yogur, que se empichan muy rápido. Primero Justicia fue un muñón extraño: al principio, democracia cristiana; después, arribismo y negocios.

—¿Y Voluntad Popular?

—Ni siquiera es un partido, son franquicias personales y cosas de esas. El sistema electoral que se construya dará vida o no a esos partidos. Una vez que limpiemos veremos qué sistema electoral y qué democracia queremos. El Parlamento es la gran vértebra democrática. ¿Quiénes ocuparán las 160 sillas?, ¿qué fuerzas sociales representarán?

—¿Y las Fuerzas Armadas?

—El primer objetivo de destrucción de Hugo Chávez Frías fue la Fuerza Armada Nacional (FAN). Como Diosdado Cabello y toda esa gente, Chávez fue un militar vergonzoso de muchas maneras. Traicionaron todo tipo de institucionalidad, pero las Fuerzas Armadas no pueden desaparecer. Hay que determinar su nivel de descomposición para saber cuánta remoción de tejido será necesaria. Sabemos que padecen un carcinoma; desconocemos cuán extendido está. Habrá que remover el tejido dañado y empezar a trabajar con gente nueva y fresca. El espíritu marcial se educa, se puede volver a hacer; ha habido ejemplos en el pasado. Venezuela fue el único país que derrotó completamente a las guerrillas cubano-soviéticas en Latinoamérica. La de ahora fue carcomida desde dentro y si se impone una reformulación, probablemente, la Guardia Nacional no sobrevivirá. El tema militar para Venezuela es complicado del lado militar y del lado civil. Un militar retirado decía que el taconeo daña el cerebro —y no se ría: es cierto—. En la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en la plana mayor de los generales de cuatro estrellas europeos, nadie taconeaba; ni ellos ni sus subalternos. En Venezuela alguna gente taconea durísimo y se considera ingeniero militar y se da mucha preponderancia. Chávez nos mostró que no solamente eran sujetos con falencias, sino algunos de ellos muy descompuestos, muy lamentables, y que ni siquiera sirven para lo que debían servir, porque el propio Chávez Frías salió corriendo en 1992.

—El 3 de enero hubo también una derrota militar…

—Recojo las declaraciones de Padrino López: «Yo, cuando vi que venían 150 aeronaves norteamericanas, les dije a los muchachos que se quedaran quietos». Eso fue una capitulación y ahí terminó todo ese discurso tonto, guerrerista, absurdo. Venezuela no es un país guerrerista; tuvo un siglo XIX muy turbulento y evita el conflicto tanto como puede. Me acuerdo de Chávez Frías con un teléfono ordenando movilizar no sé cuántos batallones hacia la frontera con Colombia. Son conductas propias de los cobardes. Son sujetos mal formados que no entienden el peso y el valor de un uniforme. Derrotada la lucha armada, la izquierda se planteó infiltrar las instituciones: los medios de comunicación, la cultura, las universidades y también el Ejército. Era una izquierda con metas; la de hoy es más rupestre.

—Pragmática y capitalista.

—Venezuela ha cortejado un discurso de la izquierda que, además, alguna parte de la Iglesia apoyó también. Mucha gente subestimó el problema o no lo diagnosticó apropiadamente. Rómulo Betancourt rechazó las intenciones de Fidel Castro, pero Hugo Chávez, un pobre iletrado, iluso, lleno de la mitología de la izquierda, cayó en los brazos del Caballo. En Venezuela la gente vivía con una ingenuidad y una ligereza muy grandes y los cubanos nos miraban desde lejos con la vieja tesis de ponerle la mano a Petróleos de Venezuela, S.A. (Pdvsa). Y lo hicieron. Pero los cubanos no saben administrar sino saquear y, por supuesto, destruyeron a Pdvsa. La vieja tesis que Castro —«con mi revolución y tu petróleo»— no pudo ejecutar con Betancourt, sí funcionó con Chávez Frías que se creyó toda aquella mitología de la Sierra Maestra. Venezuela cayó y se destruyó. Sin embargo, hay una reflexión que debemos hacer a fondo: ¿por qué había un terreno fértil para fuerzas autodestructivas? Eso es lo complicado.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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