🔴🔵 Un nuevo Alto Mando para un cascarón vacío

dixiocarrizo2

Por: Azimut y Buzamiento*

Tengo semanas sin escribir. No fue por falta de temas. Fue por respeto. Cuando la tierra tembló el 24 de junio, La Guaira quedó sepultada bajo sus propios edificios. Torres que se vinieron abajo con la gente adentro, muchas mal construidas por la corrupción chavista, levantadas con el cemento que se robaron y sin la inspección que nunca se hizo. Sentí que cualquier análisis era ruido frente al llanto de miles de familias. Los muertos piden silencio antes que opinión.

Había otra razón, más incómoda de confesar. Vergüenza ajena. La que me producía ver a los líderes de una Fuerza Armada que no apareció cuando su pueblo la necesitó, ocupados en comunicados y fotos, mientras los civiles sacaban cuerpos de los escombros a mano. Preferí callar antes que escribir con rabia. La rabia es mala consejera del análisis, aunque a veces sea su combustible.

Rompo el silencio ahora porque hay noticia. El 25 de julio se anunció un nuevo Alto Mando Militar. Nuevo jefe del Comando Estratégico Operacional, nuevo comandante del Ejército, nuevas caras en la cúpula. Y quiero ser enfático. Este es el momento de entender el problema de fondo y decir hacia dónde debe ir la solución. Cambiar los nombres del organigrama no llena una fuerza que está vacía por dentro. Esa es la tesis completa de esta columna.

El nombre que le pusieron los americanos

Los estadounidenses tienen un término para esto. Lo llaman hollow force, una fuerza hueca. Nosotros lo diríamos con una imagen más propia. Un cascarón vacío. Un huevo que conserva la forma intacta, pero no tiene nada adentro. Eso es hoy la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Conserva las brigadas, los cuarteles y los generales. Perdió la sustancia que los llena.

El concepto no es una metáfora de un periodista. Lo acuñó el general Edward Meyer, jefe del Ejército de Estados Unidos, ante el Congreso en 1980. Después de Vietnam, describió las divisiones que existían en el papel, pero que no podían combatir. Les faltaba lo esencial. Personal entrenado, sobre todo los suboficiales y los mandos medios que convierten soldados en unidades. Repuestos. Adiestramiento real y no desfiles. Su frase «tenemos un ejército hueco» quedó grabada en el vocabulario de defensa de ese país.

No voy a citar cifras venezolanas. Algunas las conozco con precisión y no me corresponde publicarlas. Tampoco hacen falta. La regla que importa cabe en una línea. El alistamiento no se cuenta por cabezas. Un organigrama lleno puede esconder una fuerza vacía, y la diferencia se llama capacidad. El régimen produce presencia con facilidad porque requiere pocos hombres y mucha cámara. Un punto de control en la autopista. Un desfile el día patrio. La capacidad es otra cosa. Es el sargento que mantiene la maquinaria, el capitán que calcula el tiro, la logística que sostiene un esfuerzo más allá del tercer día. Eso es precisamente lo que se ha ido, gota a gota, por la puerta de la deserción y del exilio.

Tres escenas que no necesitan estadística

Piensa en lo que todos hemos visto con nuestros propios ojos en apenas cinco años.

Apure, 2021. Una disidencia de las FARC causó bajas al Ejército venezolano en su propio territorio, capturó soldados y desplazó a miles de civiles. La institución pudo emplear su fuerza contra la población, como documentó Human Rights Watch, pero no logró imponerse a un grupo irregular en su propio territorio.

El 3 de enero de 2026. Una operación militar extranjera desactivó las defensas aéreas, alcanzó objetivos estratégicos y extrajo al jefe del régimen en cuestión de horas. Años de retórica sobre el poderío militar bolivariano se evaporaron en menos de media hora de ataque inicial.

Y el 24 de junio. Dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. Alrededor de cinco mil muertos para mediados de julio. En las horas en que deciden entre la vida y la muerte, quienes encabezaron los rescates fueron los civiles. Las órdenes de despliegue se retrasaron. Hubo confusión en la cadena de mando; faltaron vehículos y herramientas tan básicas como martillos y picos, además de helicópteros con visión nocturna. Las unidades listas para moverse nunca recibieron la instrucción. Para colmo, era el Día del Ejército, jornada de permisos, y buena parte del personal ni siquiera estaba en sus cuarteles.

Yo viví ese día de uniforme. El 24 de junio se desfilaba en el Campo de Carabobo ante una multitud que quería ver a los cadetes redoblando el paso y el estruendo de los equipos militares. Eso quedó atrás. Ahora quedan la ignominia, el desprecio y la tristeza de ver a los superiores que los llevaron hasta aquí, felices en las fotos, sumisos, paseando en camionetas, mientras el oficial subalterno no puede verle la cara ni a sus hijos.

Una mujer que removía escombros lo resumió mejor que cualquier informe técnico. Para reprimir protestas se movían rápido, ¿y para salvar vidas no pudieron? Esa pregunta es el argumento. Un cascarón vacío alcanza para reprimir, porque reprimir requiere poca gente. No alcanza para salvar, porque salvar exige capacidad. Lo que pasó en La Guaira no fue mala suerte ni falta de coraje por parte de los soldados. Fue la aritmética de una fuerza vaciada por dentro.

Quiero dejar constancia de algo más, porque también lo vimos y porque a mí me lo contaron. Me lo contaron con vergüenza. Hubo militares activos que fueron a ayudar vestidos de civil, sabiendo que, si les preguntaban a sus superiores, se iban a quedar esperando la respuesta. Fueron porque no podían dejar solos a sus compatriotas y porque, afortunadamente, quedan superiores decentes que supieron mirar hacia otro lado. La otra cara también existió. Oficiales que quisieron ir y fueron amenazados y acuartelados por sus propios comandos. En esa prohibición vieron de frente la cara del mal. Esa minoría, la que fue y la que quiso ir, vale más de lo que pesa. En ella sobrevive el material humano con el que todavía puede reconstruirse una institución.

Nombres nuevos, vacío viejo

Vuelvo al anuncio del 25 de julio. El nuevo jefe del Comando Estratégico Operacional sustituye a quien ocupó el cargo durante cuatro meses. Cuatro meses. En lo que va de año, la cúpula militar ha sido sacudida más de una vez, ministro de la Defensa incluido. Y quien firma los nombramientos no es una autoridad electa por los venezolanos.

Imagínate una empresa quebrada que cambia de gerente general cada cuatro meses. Ninguno alcanza a conocer a su gente, ni a entender el inventario, ni a formar un equipo. Cada uno llega a cuidarse las espaldas, no a producir. A una brigada le pasa igual con un comandante de paso. La rotación permanente no es un accidente administrativo. Es el síntoma de un poder que desconfía de sus propios generales y, por eso, los cambia antes de que echen raíces.

Hay algo peor que la rotación. En la FANB de hoy, el grado dejó de medir la responsabilidad y se convirtió en moneda de cambio de la lealtad. Los generales de dos y tres soles ocupan cargos de general de brigada. Demasiados mandos, responsabilidades superpuestas, oficiales más ocupados en proteger su posición que en cumplir su misión. Ese es el método con el que el chavismo aseguró la obediencia militar durante un cuarto de siglo. Politización, miedo, clientelismo y privilegios para los de arriba. El método destruyó el mérito y fracturó la confianza interna. Los nuevos nombramientos provienen de esa misma fábrica. Por eso no cambian nada.

A dónde debe ir la solución

Aquí está el punto que quiero dejar clavado. Un cascarón vacío no lo llena un asesor extranjero, ni un pacto entre oficiales, ni un decreto, ni el dinero solo. Lo llena un comandante en jefe con legitimidad de origen. La propia historia estadounidense lo confirma. Su ejército hueco de 1980 se reconstruyó porque había una autoridad política legítima que respaldó el presupuesto, los ascensos por mérito y la reforma, año tras año. En Venezuela esa autoridad hoy no existe. El poder que nombra no nació del voto, y por eso la fuerza rota, desconfía y sigue vaciándose.

La reconstrucción, además, tiene su propio reloj y conviene decirlo sin ilusiones. Formar al sargento técnico que opera y mantiene la maquinaria pesada toma años. Reconstruir el cuerpo de mandos medios toma más tiempo. El dinero no acorta ese reloj. Por eso el orden de la solución importa tanto. Primero, detener la sangría y retener al personal profesional que queda, porque es más barato que reclutar. Después, blindar la logística y la ingeniería militar, que son las capacidades que convierten un plan en un efecto real, las que abren vías cuando tiembla la tierra y sostienen a la tropa más allá del tercer día. Y en paralelo, devolver el ascenso al mérito y sacar a la contrainteligencia del papel de policía interna de la fuerza, porque sin eso cualquier reforma se revierte por sí sola.

En julio, en Cusco, Estados Unidos expuso ante los ministros de defensa del continente su doctrina para el hemisferio. No busca países dependientes sino socios capaces de controlar su territorio y cooperar contra el crimen transnacional. Venezuela es la prueba decisiva de esa estrategia. Un país capturado por economías criminales durante veinticinco años no puede convertirse en un socio confiable con una fuerza hueca y sin un mando legítimo. El éxito del escudo hemisférico pasa por el de Venezuela. No hay manera de rodear ese hecho.

El legado que todavía no está escrito

Quienes condujeron a la Fuerza Armada hasta esta degradación ya tienen asegurado su lugar en la historia, y ese juicio no admite apelación. Cargarán para siempre con la humillación de Apure, con la vergüenza de un sistema defensivo derrumbado, con la infamia de los centros de tortura y con el polvo de los escombros de La Guaira.

El legado de los oficiales superiores que todavía están en servicio activo, en cambio, está por escribirse. No se recupera el honor con comunicados, desfiles ni un organigrama recién firmado. Se recupera protegiendo al pueblo en la tragedia en lugar de reprimirlo en la protesta, y apartándose de quienes convirtieron el uniforme en una franquicia política y criminal. Se recupera, sobre todo, actuando con profesionalismo para que este país llegue a elecciones libres, porque solo de ellas puede surgir el Comandante en Jefe que reconoce la Constitución. Esa es la única firma capaz de llenar el cascarón.

El escudo de las Américas se prueba en Venezuela. Y Venezuela, en su Fuerza Armada.

* Tcnel(R) del Ejército venezolano. Máster por Harvard. Senior Fellow en SFS, Washington. Fundador de Autana Intelligence Network. Escribo sobre Venezuela y el hemisferio desde la experiencia, el exilio y la convicción de que aún hay futuro.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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