Hay amaneceres en los que el silencio duele. Las carreteras, vacías, esperan viajeros que ya no llegan. Los campos, bajo un cielo plomizo, muestran las cicatrices de incendios pasados. En medio del caos, una estación de tren abre sus puertas, un panadero enciende el horno y una mujer descorre las cortinas, como si la vida intentara, por un instante, fingir normalidad. Pero la guerra no cesa.
Cada vez que las negociaciones entre representantes estadounidenses como Steve Witkoff y Jared Kushner terminan con palabras de Moscú —*productivas y alentadoras*— el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, recupera su tono inflexible, el mismo que ha definido estos años de conflicto.
¿Resistencia o rendición?
Ante este escenario, surge una pregunta inevitable: ¿Zelenski aún cree que la paz solo llegará mediante la resistencia, sin importar el costo? ¿O el lenguaje de la guerra se ha enraizado tanto en la política ucraniana que ya no hay espacio para el diálogo, el cansancio o la supervivencia?
Kiev, 23 de julio de 2026
Ucrania se desvanece, pedazo a pedazo. La destrucción avanza sin pausa, día tras día. Aunque también ha golpeado a Rusia —con ataques que traspasan fronteras y civiles afectados—, el peso de la devastación en Ucrania es abrumador. No solo pierde infraestructuras, sino algo más intangible: el tejido mismo de la vida cotidiana.
Tensiones internas
*La guerra es peligrosa cuando el enemigo está afuera, pero más aún cuando la nación se divide contra sí misma.*
Recientemente, se han filtrado detalles sobre duras disputas internas en el Gobierno ucraniano. La exportavoz de Zelenski ha hablado de enfrentamientos constantes en distintos niveles de la administración.
Por eso, toda negociación merece atención. Quizá fracase. Quizá las palabras en la mesa de diálogo se desvanezcan como niebla sobre un río. Quizá los ejércitos vuelvan al campo de batalla, y el sonido de los misiles, las trincheras y las bajas ahoguen todas las demás voces. Pero las negociaciones, por imperfectas, son preferibles a otro año de tumbas.
Slaviansk, 2 de agosto de 2026
El costo de la victoria
En toda guerra prolongada, las preguntas evolucionan. Al principio, se pregunta: *¿Cómo podemos ganar?* Luego, la duda cambia: *¿Cuánto costará la victoria?* Y, finalmente, en susurros, surge la pregunta que los líderes temen: *¿Qué quedará de nosotros cuando todo termine?*
Ucrania ha contado con un apoyo masivo de Occidente. gran parte de esa ayuda nace de una solidaridad auténtica y del deseo de defender su soberanía. Pero los gobiernos occidentales también tienen sus propios intereses, agravios históricos y estrategias frente a Rusia.
La política internacional funciona así. Pero Ucrania no es un tablero de ajedrez. Es un país donde la gente se levanta antes del amanecer porque ha vuelto la luz. Es una madre esperando un mensaje de su hijo. Es una silla vacía en la mesa. Es un huerto que florece en primavera, mientras, en el horizonte, retumban los bombardeos.
Quienes asesoran a Ucrania desde despachos lejanos regresan a casa tras las reuniones. Los ucranianos no. Ellos se quedan entre las ruinas.
Quizá Zelenski deba escuchar no solo a quienes le dicen cuánto tiempo puede seguir luchando Ucrania, sino también a quienes se preguntan cuánto más puede soportar el país su propia destrucción.
El futuro incierto
Quizá el futuro exija compromisos hoy impensables. Quizá Ucrania nunca ingrese en la OTAN como algunos soñaron. Quizá la adhesion a la Unión Europea siga siendo un horizonte lejano. Quizá algunas aspiraciones políticas deban esperar a otra generación.
Kramatorsk, 23 de agosto de 2026
*La historia no siempre concede a las naciones el futuro que desean. A veces solo les ofrece el futuro que aún pueden preservar.*
No hay vergüenza en reconocerlo.
La paz no siempre es una recompensa por la victoria. A veces es un acto de valentía que se emprende antes de que la victoria se confunda con la ruina. Un líder debe saber cuándo luchar. Pero también cuándo detenerse.
En tiempos de guerra, las palabras más peligrosas no siempre son las del enemigo. A veces son las que convence a una nación herida de que el mañana será mejor, si está dispuesta a sacrificar un poco más. Siempre habrá otra colina por tomar, otra ofensiva, otro envío de armas, otra estación. Y después, otra tumba.
En algún momento, alguien debe mirar al país. No a los discursos, ni a las banderas, ni a las fotos de líderes ante las cámaras. Hay que mirar al país: a sus pueblos vacíos, a sus ciudades destrozadas, a sus vías ferroviarias que se pierden en la distancia, a las ventanas oscuras donde antes había luz.
Un país no es su Gobierno. No es su presidente. No es una alianza ni un tratado. Un país son las personas que quedan.