🔴🔵 Cuando suena La Clave, Caracas baila Bajo el árbol

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Rodeada de amplios jardines, ceibas centenarias y arquitectura colonial, la Hacienda La Vega es una cápsula de tiempo hacia la Venezuela del siglo XVI.

Pero la tarde del sábado 21 de marzo, el silencio habitual no era protagonista.

Había martillazos. Taladros. Voces dando instrucciones. Gente cargando mesas de madera, tendiendo carpas, armando stands de patrocinantes, afinando equipos.

El soundcheck del reconocido músico y compositor Porfi Baloa resonaba entre los árboles y avisaba que, esa noche, tres mil personas se reunirían allí a bailar. A gozar.

En medio de ese movimiento, Jean Paul Zeppenfeld hablaba. Respondía, gesticulaba, explicaba. A su lado, Silvia Cardona observaba. Como siempre: atenta, sin perderse nada, con los ojos puestos en cada detalle del montaje mientras la conversación seguía su curso.

Él daba la cara. Ella llevaba la batuta. Así funcionan desde hace 13 años, como pareja y como equipo.

Juntos son Bajo el Árbol. Y Bajo el Árbol es La Clave.

Silvia Cardona y Jean Paul Zeppenfeld son el engranaje detrás del fenómeno salsero | Foto Ezequiel Carías

El barsito que inspiró el nombre

La historia de esta productora no comienza en Caracas. Lo hace en Santiago de Chile, en 2012, cuando Jean Paul y Silvia empacaron y emigraron.

Durante cinco años trabajaron para Lotus, la productora más grande del país andino. Dos Lollapalooza. Dos ediciones del Ultra. El Circo del Sol. El Movistar Arena. Una formación a fuego lento en el negocio de los eventos masivos, en la lógica de los patrocinantes, en la ingeniería invisible que sostiene una noche de concierto.

Estaban amasando lo que vendría.

El nombre lo encontraron casi por azar. En el barrio donde vivían había un local llamado «Bajo llave». Les gustó el juego de palabras. Cuando regresaron a la capital con la idea de hacer eventos al aire libre, rodeados de naturaleza, la analogía se completó sola: Bajo el árbol.

La pareja acumuló años de formación en el mercado chileno, trabajando con Lotus, una de las empresas de mayor peso en la región | Foto Ezequiel Carías

Volvieron en 2017. Uno de los años más difíciles de la historia reciente del país en el que la represión y la violencia acabaron con la vida de 163 personas desde el 6 de abril hasta el 13 de agosto, de acuerdo con cifras extraoficiales. Bajaron del avión y, de hecho, lo primero que hicieron fue irse a marchar.

Se juntaron con Daniel Sarmiento, baterista de Desorden Público, y comenzaron desde lo más pequeño posible. Hicieron reuniones en casas de Los Palos Grandes, congregaron entre cien o doscientas personas, pusieron música en vivo y comida. Crecieron.

En diciembre de 2018 se atrevieron con la Concha Acústica de Bello Monte. Cuatro bandas, un festivalito que llamaron «Navidades Desordenadas» que los dejó con ganas de más.

Pero 2019 trajo los apagones y la crisis. Y decidieron emigrar otra vez.

El consejo que lo cambió todo

Buenos Aires, Montevideo. Rawayana, Danny Ocean, Los Mesoneros, Los Amigos Invisibles. Cuatro conciertos en cada ciudad. Y entonces llegó la pandemia y los dejó con las cuatro bandas contratadas y ningún escenario donde montarlas.

Lo último en reactivarse sería el espectáculo, pensaron. Se comieron los ahorros y por eso decidieron montar una cafetería. La llamaron Alegría. Sobrevivieron.

En 2021 tomaron la decisión de volver. Caracas, otra vez, con Bajo el árbol intentando retomar el hilo.

Y en ese momento apareció Cheo Pardo.

Quien fuera guitarrista de Los Amigos Invisibles llegó a pasar una Navidad en la ciudad y los llamó con una sola petición: quería bailar salsa.

Lo llevaron a San Agustín. Y ahí, en medio de ese barrio que inventó el rumbón caraqueño, Cheo les dijo algo que no tenía vuelta atrás.

«Muchachos, pongan en pausa todos esos proyectos y metan el ojo a la salsa. Piénsenlo nada más.»

Jean Paul lo recuerda con la precisión de quien sabe que ese momento partió su historia en dos. Ellos no eran salseros. No tanto.

Pero esa noche en San Agustín los contagió de algo que no pudieron ignorar. En enero hicieron un evento en ese mismo barrio. «Fue un palo; un gentío», recuerda Jean. Y ahí entendieron que Cheo Pardo tenía claro el futuro de Bajo el árbol.

Bajo el árbol nació en Caracas en 2017, en una época de máxima tensión política y social | Foto Ezequiel Carías

La primera Clave y el lugar que les quedó chico

Toda salsa arranca con la clave. El instrumento de percusión que marca el tiempo, sostiene el ritmo y le da estructura a todo lo que viene después. Era el nombre obvio. El correcto.

El 11 de agosto de 2023, La Clave tuvo su primera edición. San Bernardino y Alfredo Naranjo en el escenario. Quinientas personas en la pista.

Para Jean Paul y Silvia, que venían de producir eventos para miles en el Cono Sur, esas quinientas personas fueron la validación más honesta que podían recibir. La gente subió, pagó, bailó y quiso más.

Pero San Bernardino quedó pequeño rápido. Buscaron otro espacio. Se inclinaron por El Arroyo, pero al final no era lo que buscaban. El Caracas Sport Club era lindo pero no era La Clave. Hasta que alguien los conectó con la Hacienda La Vega.

Lo que comenzó como un evento para 500 personas escaló rápidamente hasta manejar aforos de 3.000 asistentes | Foto Ezequiel Carías

Establecida en 1.590 como finca productora de caña de azúcar, es considerada una de las más antiguas de Venezuela. Además, fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Entre sus ceibas y sus corredores coloniales han pasado desde Simón Bolívar hasta Salvador Dalí. Y desde marzo de 2024, también pasa La Clave.

«Aquí nos quedamos», dijo Jean Paul.

Y no solo por los árboles, aunque los árboles ayudan. Es porque el lugar es amigable para producir, la relación con los administradores es óptima y existe algo en esa hacienda que sintoniza con la filosofía de Bajo el árbol: al aire libre, con verde, con coherencia.

La Clave es un acto cultural que pertenece a la gente | Foto Ezequiel Carías

Bajo el árbol y lo que nadie ve cuando baila

Detrás de cada edición de La Clave, hay un mes de trabajo.

El protocolo empieza desde que alguien compra su entrada. La respuesta es inmediata, así como la atención en redes y el seguimiento. De esta forma, cuando el asistente cruza las telas de la entrada, dice Jean Paul, ocurre pura magia.

Pero esa magia la fabrican treinta personas en la estructura fija y otras trescientas que se suman para el montaje de cada evento.

La logística de la gastronomía, mesas de madera, carpas, stands de los más de quince patrocinantes, experiencias de marca, decoración, luces, el escenario y el sonido, todo tiene un nivel de exigencia que no negocia.

Son celosos con cada detalle, repite Jean Paul. Y Silvia, que sigue ahí, observando, asiente sin decir nada.

También está el reciclaje. Bajo el árbol trabaja con Multirecicla y todo el residual que se genera, que es mucho, en la fiesta tiene un destino consciente.

No es marketing. De nuevo, es coherencia con una filosofía que viene desde el principio. Este proyecto quiere ser parte de la solución.

Los artistas internacionales agregan otra capa de complejidad. Visas, traslados, riders técnicos, negociaciones que a veces duran meses.

Las entradas de la edición con Porfi Baloa, por ejemplo, se agotaron en siete días. Quedaron dos mil personas en lista de espera. Eso también es un problema de producción. Pero no uno que no tenga solución. Con agregar otra fecha, solventarían. Y así lo hicieron. Este sábado repetirán el invitado y el aforo.

Pofi Baloa ha sido una de las experiencias más solicitadas por el público de La Clave | Foto Ezequiel Carías

Diecinueve mil seiscientos

El registro de 2025 habla solo. Nueve ediciones, 19.600 asistentes, un estimado de 63 horas de baile en esa pista. La Dimensión Latina cuatro veces. Porfi Baloa este año. Y en conversaciones avanzadas, Proyecto Uno para una edición de merengue que el público lleva tiempo pidiendo.

El público cambió. No mutó, precisa Jean Paul: creció. Los del principio siguen ahí, pero se sumaron más jóvenes, más familias, más gente que no se identificaba como salsera y que llegó por curiosidad y se quedó por lo que encontró.

Transversal, lo llaman. Desde el más pequeño hasta el más viejo, del más salsero hasta el que no tiene ritmo. Todo cabe, nadie queda afuera.

Un festival estilo Coachella también está en los planes. Pero sin apuro. Con al menos 15 marcas ancladas, un cartel de altura y las condiciones que garanticen que no se queda en el intento.

Competencia, crítica y política

Cuando algo empieza a resonar, llegan también las voces que prefieren destruir antes que construir.

La Clave creció, ocupó espacios en la conversación cultural caraqueña y con eso llegaron las comparaciones y los comentarios. La respuesta de Bajo el árbol fue siempre la misma: oídos sordos.

La comparación más recurrente es con la movida salsera de San Agustín, referencia indiscutible del género en Caracas.

Los organizadores basan su éxito en un modelo de gestión anclado en la experiencia y la sostenibilidad | Foto Ezequiel Carías

Jean Paul la zanja sin rodeos. «San Agustín lo hizo primero, y eso merece respeto. Son conceptos distintos, públicos distintos, filosofías distintas». Y es que Bajo el árbol nació para construir algo propio.

La etiqueta de «sifrinos» también los ha perseguido. Que La Clave es de nicho, que es para cierto tipo de público. No obstante, Jean Paul la rechaza con la misma energía con que la nombra.

En La Clave no hay estratos. Hay comunidad. Lo que los diferencia no es el origen del público sino el nivel de exigencia con que producen cada detalle de la experiencia.

Y luego está la política. El límite más claro que Bajo el árbol se ha trazado sin titubear.

Silvia cuenta con una larga trayectoria forjada en la gestión de alimentos y bebidas en el Country Club y el IESA | Foto Ezequiel Carías

Una vez participaron en un Nocturneando, evento reconocido por llevarse a cabo en el casco histórico y las calles de Chacao. No les gustó la experiencia. Cuando la política se interpone en el arte, dice Jean Paul, no es justo. No compagina con ellos.

Son directos al respecto. No quieren ninguna relación con el discurso del momento, con alcaldes, gobernadores ni con ninguna figura que use la cultura como plataforma de otra agenda.

El acto cultural es la cultura. Esa postura, en el contexto venezolano actual, es una decisión con consecuencias, y la toman completamente conscientes de lo que implica.

En este negocio, dice Jean Paul, «sino te estructuras en la primera vas para afuera». Y ellos llevan demasiado tiempo construyendo esto como para apostarlo a la prisa.

Bajo el árbol es un proyecto que nació de la incomodidad y del deseo de regresar a Venezuela | Foto Ezequiel Carías

Porfi Baloa llegó a La Vega

Cuando el sol terminó de caer sobre la Hacienda La Vega, el lugar era otra cosa.

Las mesas de madera estaban ocupadas. Los stands de los patrocinantes, activos. El olor a comida se mezclaba con el de la noche y del verde húmedo de los jardines. Y la gente llegaba sin parar.

Llegaba sola, en parejas, en grupos. Con ropa de color, ganas acumuladas, y esa energía particular que solo tiene quien sabe exactamente adónde va y por qué.

Nadie baila solo en La Clave | Foto Ezequiel Carías

Porfi Baloa subió al escenario y el público se dividió: los que cantaban y los que bailaban. Aunque en realidad eran los mismos. Porque en La Clave nadie se queda quieto mucho tiempo.

Los éxitos de la noche salían de bocas que los sabían de memoria. A todo gañote, como solo se canta cuando una canción lleva años viviendo dentro.

Había parejas que bailaban pegadas, en ese diálogo silencioso que solo entienden quienes bailan juntos hace tiempo. Hubo grupos que formaban círculos, esas ruedas de casino donde alguien siempre termina en el centro sin haberlo planeado, y donde todos aplauden como si el mérito fuera colectivo, porque lo es.

Los jóvenes llegaron con algo de pena. Pero la pena dura lo que la primera canción. Después, el ritmo decide. Los adultos mayores, por su parte, no necesitaron esa transición. Llegaron listos, con el paso ya puesto, con la cintura recordando lo que el cuerpo nunca olvida del todo.

Los éxitos de Porfi Baloa se bailaron durante más de más de 2 horas | Foto Ezequiel Carías

Nadie bailó solo por mucho tiempo. Esa es quizás la ley no escrita de La Clave: si llegas sin pareja, la pista te da una.

Porque en la salsa, igual que en todo lo que vale la pena, nadie está completo hasta que hay alguien enfrente.

El sudor, las sonrisas, los «¡esa es!» lanzados al aire cada vez que arrancaba un coro conocido. La noche fue avanzando con esa lógica de las buenas fiestas donde el tiempo pasa pero nadie lo nota hasta que de repente son las tres de la mañana y el cuerpo dice basta.

Tres mil personas compartieron esa noche en una hacienda que tiene más de cuatro siglos de historia. Ninguna de ellas pensó en eso mientras bailaba.

Y ese, precisamente, es el propósito de Jean Paul y Silvia: que nadie tenga que pensar en nada más que en el próximo paso.

Dos mil personas quedaron en lista de espera. La solución fue agregar una segunda fecha. Este sábado 28 de marzo se repite el escenario | Foto Ezequiel Carías

Una palabra

Al preguntarle sobre cómo define Bajo el Árbol en una sola palabra, la respuesta llega sin pausa: pasión. Y La Clave: el lugar donde nos gustaría estar.

Afuera, en los jardines de la hacienda, el soundcheck terminó. Las mesas estaban en su lugar. Los stands listos. Las luces probadas.

Esa noche, Porfi Baloa su subió al escenario ante tres mil personas en la primera de dos noches. Jean Paul y Silvia estaban ahí, como siempre: él dando la cara, ella con los ojos en todo.

Porque La Clave no se improvisa. La Clave la hace Bajo el árbol. Y Bajo el árbol son ellos dos.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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