El reciente encuentro convocado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez para promover un supuesto “Acuerdo por la paz y el bienestar nacional” plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ante un sincero intento de diálogo o frente a un nuevo mecanismo de control político disfrazado de inclusión?
Para responder a esa pregunta, es necesario partir de una premisa fundamental: el feminismo, en su esencia, es profundamente pacifista. Pero eso no significa que todas las mujeres lo sean.
El feminismo es también, como señala Amelia Valcárcel, un proyecto civilizatorio. Gracias a luchas pacíficas, aunque firmes y valientes, las mujeres hemos conquistado derechos fundamentales: acceso a la educación, a profesiones que por años nos fueron negadas por inapropiadas para las “mujeres honestas”, a los derechos civiles, a ser juzgadas con los mismos baremos que los hombres, a la participación política y la igualdad ante la ley. En otras palabras, hemos obligado a que los ideales de la Ilustración del siglo XVIII, igualdad, libertad, ciudadanía, se cumplan también para nosotras.
No fue fácil. Durante siglos, esos ideales se formularon en masculino. La “fraternidad” de la Ilustración dejó claro que las mujeres no estaban incluidas. Querían sociedades humanitarias y libres, pero solo para ellos. Y mientras ellos se reservaban el espacio público, a nosotras se nos relegaba al ámbito doméstico, consideradas incapaces de participar en los asuntos “elevados” de la sociedad.
Y, sin embargo, hemos avanzado. Hace menos de 80 años, apenas el 2,38 % de los egresados de la Universidad Central de Venezuela eran mujeres. Hoy llenamos las aulas y hemos irrumpido en todos los espacios, incluida la política.
Aclaro esto porque el feminismo siempre necesita ser explicado, defendido, reivindicado. Pero vuelvo al punto inicial: el feminismo es pacifista, aunque no todas las mujeres sean pacifistas. No somos una categoría moral o antropológica distinta de los hombres. También hemos sido parte de conflictos y guerras cuando las circunstancias lo han exigido. La historia lo demuestra: mujeres que combatieron en la resistencia contra el nazismo, enfrentando con valentía a regímenes totalitarios, y hoy mujeres que integran fuerzas aéreas en zonas de combate. La participación en la guerra no nos es ajena.
Y a lo que voy.
En más de 20 años trabajando por los derechos de las mujeres, convocando a mujeres de posiciones políticas diversas porque creo profundamente que el feminismo debe ser un espacio de encuentro, he aprendido algo esencial sobre el poder y la violencia: que el poder rara vez se entrega voluntariamente, y que la violencia, explícita o estructural, es una de sus principales barreras de acceso.
Esa violencia está profundamente arraigada en nuestras sociedades patriarcales, donde persisten estructuras de subordinación y sistemas de valores que descalifican sistemáticamente las voces y acciones de las mujeres.
En Venezuela, esa tensión se hizo evidente desde hace años. Ya en 2002, las fracturas dentro del movimiento feminista comenzaron a profundizarse debido a diferencias políticas. Algunas mujeres defendían un proyecto político que justificaba el uso de la violencia como mecanismo para alcanzar una supuesta justicia social.
Frente a eso, desde la Asociación Cauce, apostamos por otra vía: convocar a mujeres de distintas tendencias a trabajar juntas en la defensa de sus derechos dentro del único marco que podía garantizarlos de manera sostenible: el proyecto democrático.
El chavismo, sin duda, supo apropiarse del discurso feminista para proyectarse como una vanguardia. Promovió leyes importantes, pero al mismo tiempo diseñó mecanismos de participación controlada. La Ley de Consejos Comunales de 2006, presentada como una herramienta de democracia directa, amplió la participación de las mujeres, pero bajo estructuras de supervisión política que terminaron excluyendo a quienes no se alineaban con el proyecto oficial.
El resultado es conocido: restricciones a las libertades, criminalización del disenso, debilitamiento institucional y una profunda crisis social, política y ética. Nada de esto es compatible con los principios del feminismo.
Y, sin embargo, muchas mujeres continuaron creyendo que participaban en una lucha emancipadora, mientras se silenciaban las responsabilidades concretas de quienes sostenían ese sistema de poder.
Por eso sorprende (y preocupa) que hoy se convoque a un “Acuerdo por la paz y el desarrollo integral de las mujeres venezolanas” en términos que hablan de inclusión, soberanía y estabilidad, sin que existan condiciones reales para un diálogo genuino.
No hay paz posible sin espacios donde se pueda hablar libremente. Sin reconocimiento de las heridas. Sin posibilidad de cuestionar. Sin aceptar la necesidad de procesos de justicia transicional y restaurativa.
Cuando el diálogo se plantea sin estas condiciones, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo para acallar el disenso, para legitimar decisiones ya tomadas, para dar apariencia de inclusión donde no hay verdadera participación.
Mis años de trabajo en la construcción de espacios de diálogo entre mujeres en Venezuela me han enseñado que, aunque no todas las mujeres sean pacifistas, la gran mayoría anhela vivir en paz. Pero esa paz no puede construirse desde arriba ni desde el control.
Requiere que las mujeres sean verdaderas actoras del proceso. Que haya escucha real. Que las víctimas puedan hablar. Que quienes han ejercido el poder reconozcan sus responsabilidades. Así ha ocurrido en los procesos de paz en otros países, como Colombia, donde el reconocimiento del conflicto y la inclusión de múltiples voces fueron condiciones indispensables para avanzar. Tomó tiempo, el tiempo que era necesario.
La paz no se decreta ni se construye desde espacios controlados. Al contrario, la paz exige verdad, justicia y participación real. Y si las mujeres hemos de ser convocadas, no puede ser para legitimar acuerdos ya definidos, sino para incidir en ellos. De lo contrario, no estaremos ante un proceso de diálogo, sino ante una nueva forma de silenciamiento.
Tampoco puede convocarse a las mujeres para legitimar la ausencia de elecciones libres, ni para sostener arreglos de poder que, como en El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, buscan que todo cambie para que nada cambie. La paz no puede construirse sobre la expectativa de una aquiescencia silenciosa por parte de las mujeres.
@nataliabrandler | nataliabrandler@gmail.com
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