

Miriam Reyes (1974) nació en Ourense y a los 8 años emigró a Caracas. Se graduó de licenciada en Letras en la Universidad Central de Venezuela. Entonces inició un periplo vital que la ha llevado a vivir en varias ciudades de Europa. Autora de una consolidada obra como poeta y video creadora, ha sido reconocida con el Premio Nacional de Poesía de España en 2025. La edad infinita (Editorial Tránsito, 2025), asunto de la entrevista que sigue, es su primera novela
Por ISAAC GONZÁLEZ MENDOZA
En La edad infinita, la primera novela de Miriam Reyes, la narradora se dirige a un personaje que ha amado y que la ha hecho vivir profundos dolores, Venezuela, el país al que migró de niña con sus padres desde España, en el que creció, fue feliz, sufrió y del que tuvo que irse otra vez viéndolo desdibujarse entre conflictos políticos y desgracias económicas.
Si bien la autora ha excavado en su memoria para escribir este libro, no debe ser visto como una autobiografía: la ficción y la historia se mezclan aquí con la voz de la adulta que se mira a sí misma como una niña en un lugar lleno de belleza y absurdo. Es, probablemente, la historia de muchos migrantes que llegaron huyendo de un conflicto y tuvieron que irse acosados por otro.
Nacida en Ourense, España, en 1974, Reyes es poeta, editora, videocreadora, traductora y novelista. A los 8 años de edad migró a Caracas, donde estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela, y posteriormente obtuvo el título de Filología Hispánica en la Universitat de Barcelona. Entre sus libros se cuentan Haz lo que te digo (Bartleby, 2015), Prensado en frío (Malasangre, 2016) y Sardiña (Chan de Pólvora, 2018). Su obra poética está recogida en el título Extraña manera de estar viva (Mixtura, 2022). El año pasado ganó el Premio Nacional de Poesía de España por su obra Con (La Bella Varsovia, 2024).
—En La edad infinita, la voz narrativa parece establecer un diálogo constante con Venezuela, no como un escenario, sino como un personaje vivo. ¿Cómo fue para usted encontrar ese tono para narrar dirigiéndose al país, y qué tanto de ese «tú» es un reproche y qué tanto un abrazo?
—Fue un proceso largo, pero orgánico. Fui descubriendo la forma y el tono según iba escribiendo y releyendo lo escrito. Ese punto narrativo móvil, que se desdobla continuamente, pero de una forma fluida, fue surgiendo como la manera de capturar la complejidad de los procesos transformativos que buscaba explorar en el libro. En concreto, las transformaciones a raíz de la doble migración y la transformación de Venezuela de país de acogida a país de éxodo. Ambas trenzadas en la vida de la niña. Me dirijo a Venezuela como a un ser querido al que he dejado atrás, pero que forma parte de mí. Un ser querido con el que me puedo volver a encontrar gracias a la literatura. Lo que más me preocupaba, respecto al tono, era caer en el patetismo. Siempre me ha preocupado caer en el patetismo, también en mi poesía, por eso practico la contención expresiva.
Creo que hay más intención de abrazo que de reproche hacia ese “tú”. No digo que no haya reproche en la novela, pero me parece que no es tanto hacia el tú, como hacia el yo (la narradora hacia sí misma) y hacia el ella (la narradora hacia la niña). Puede ser que con el tiempo vea el libro de otra manera. Hay cosas que quienes escribimos solo somos capaces de ver después de mucho tiempo, porque estamos demasiado adentro y nos falta perspectiva. Ahora mismo, para mí es sobre todo un abrazo. Pero sí, puede haber reproche también, como cuando reprochamos a un ser amado que nos haya obligado a alejarnos de él para protegernos.
—El libro es un ejercicio de memoria donde la niña que fue observa a la adulta que es. Al escribir hoy, ¿descubrió que esa niña entendía cosas de la crisis y del entorno que la adulta de entonces (sus padres o profesores) prefería ignorar?
—Los niños tienen otra visión del mundo. Todavía no están acostumbrados a resignarse. Más que entender, lo que me parece es que era capaz de ver el sinsentido de muchas convenciones, o lo injusto. La niña, como personaje, y esa narradora que bascula entre ella y el presente, me permitieron ser dura también, como solo pueden serlo los niños. Una dureza “inocente”, la de quien no es consciente todavía del daño y de las secuelas del daño que unas personas pueden causar a otras.
—Escribir sobre el pasado requiere que las emociones se asienten. ¿Cuánto tiempo le tomó gestar este libro y en qué momento supo que la distancia, temporal y geográfica, era la adecuada para empezar a desenterrar estos recuerdos?
—Diría que toda la vida. Algunas cosas fueron saliendo en poemas desde nada más irme de Venezuela hasta Sardiña (un poemario de 2018), pero los libros no se centraban en ellas. Luego, “la edad infinita”, como concepto, no sé con seguridad desde cuándo me acompaña; he encontrado archivos de 2010 donde ya lo trabajo, pero creo que es todavía anterior. No fui capaz de sentarme a escribir este libro hasta 2020. Entonces sí, entonces se impuso, se volvió una necesidad escribirlo. A los cuarenta y cinco años, imagínate. No era algo que hubiera podido hacer en mi juventud, precisamente por eso que comenta usted, por la falta de distancia temporal y geográfica.
—La memoria suele ser selectiva y a veces tramposa. ¿Cómo gestionó el peso de lo recordado frente a lo imaginado? ¿Sintió que el libro era una forma de aliviar ese peso o, por el contrario, de hacerlo más tangible?
—Esa consciencia de las trampas y las limitaciones de la memoria es la que me hizo necesitar ver el relato como una ficción. Era la única manera en la que podía sentirme con la libertad necesaria para escribirlo y, al mismo tiempo, dejar de juzgarme y de sentirme culpable por todos los sesgos que estaba segura que no sería capaz de ver y no podría evitar. Pero el libro no ha aliviado el peso al que se refiere usted, al contrario, lo ha hecho más tangible. Ahora soy más consciente (si cabe) de los laberintos de la subjetividad, y siento más densa la niebla sobre la memoria. Eso me asusta a veces: no ver, por más que fije la vista y me restriegue los ojos.
—Muchos autores hablan de la escritura como una purga o una cura. En su caso, ¿cómo le afectó físicamente y emocionalmente el proceso de reconstruir esos años en Venezuela? ¿Hubo algún capítulo que la obligara a detenerse?
—Fue un proceso muy intenso en el cual hubo mucho gozo por volver a un territorio amado y mucho dolor por volver a vivencias que en realidad preferiría no recordar. Me detuve muchas veces. Dudé mucho. La noche antes de enviar el libro a imprenta le escribí a mi editora para quitar una parte que al final no quitamos (un poco porque a ella le parecía vertebradora, un poco porque yo misma dudaba de si era por miedo que la quería eliminar). Hoy pienso que hubiera sido mejor para mí quitarla. No sé qué pensaré en unos años.
Para algunos capítulos, donde lo que estaba ocurriendo en el país cobra protagonismo sobre el proceso de la niña/adolescente, además de mis recuerdos, no paré de investigar, de comprobar datos y de reescribir hasta el final. Entre otras cosas, me preocupaba dejarme manipular por relecturas capciosas o sesgadas de la historia reciente de Venezuela. También me preocupaba ser injusta. El personaje de la narradora me permitió mostrar la lucha interna de quien asume la libertad y la responsabilidad de contar una historia. La conciencia de sus limitaciones y frustraciones. El deseo de saber qué ocurrió —de saberlo de verdad, sin dudas, sin aproximaciones— es así, a veces un motor que te mantiene viva y a veces una fuerza invisible que te arroja contra un muro una y otra vez, hasta romperte. Al final, solo llegamos a aproximaciones.
—Usted creció en Venezuela siendo hija de españoles. Esa condición de «extranjera en casa» y luego «extranjera en la tierra de sus padres» es central en su obra. ¿Cómo marcó esa dualidad su percepción de los símbolos patrios y el concepto de «hogar»?
—Los ha despojado de ese carácter sagrado e incuestionable que tienen para tantos. Prefiero los símbolos matrios, que serían esos símbolos que nos vinculan a cada uno emocional y profundamente con una tierra y con los valores más nobles de su sociedad de forma libre, no programática. Los símbolos patrios nos vienen dados y se nos educa para amarlos, en algún momento fueron elegidos para crear el sentimiento nacional, forman parte de la oficialidad y su significado se desliza según esta oficialidad los manipule, hasta llegar a ser más un distintivo identificador, que un recipiente de valores compartidos. Pero los matrios se forman por la experiencia propia, personal o colectiva, y los conservamos sin que nadie nos aleccione. La UCV es para mí un símbolo matrio, por ejemplo; representa la cultura, la educación, la resistencia, la creatividad y los sueños de una nación.
—Usted se formó en la Escuela de Letras de la UCV. ¿De qué manera esa formación académica y el ambiente intelectual de una Caracas, que aún vibraba antes de la fractura total, definieron la precisión de su escritura?
—Siento que todo lo importante lo aprendí entonces. Mi mayor fortuna fue haber sido alumna de la Escuela de Letras de la UCV en aquellos años. El nivel de profundidad con la que se trataba cada obra y el espacio abierto a la creatividad en la lectura y en la crítica, sin dejar de lado la rigurosidad, no he vuelto a encontrarlos. Tuve los mejores profesores que pudiera soñar y los mejores compañeros. A pesar de todas las mudanzas y de todo de lo que tuve que deshacerme por no tener recursos para transportarlo o guardarlo, he conseguido conservar, como un tesoro, algunos materiales de las clases de María Fernanda Palacios, como las versiones al castellano que hizo junto a Guillermo Sucre de Mandelstam y Akhmátova; o los guiones de Tarkovski que ella misma transcribió para nosotros; o el dosier de Ballenas y balleneros que preparó para la lectura de Moby Dick. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida. Y, antes que en la Central, también tuve la suerte de estudiar en la USB, donde también tuve excelentes profesores de literatura. Sin duda, la precisión fue un valor en el que me educaron.
Fuera de la universidad, el Ateneo de Caracas era el centro neurálgico donde me encontraba con mis amigas y amigos, íbamos al teatro o al cine. Toda mi base cinéfila se formó en la Cinemateca, en la Sala Margot Benacerraf y en los ciclos que otros centros culturales también ofrecían, como la Humboldt o el Celarg. Hasta mi primer recital de poesía ocurrió entonces, junto a compañeras de la UCV en El Patio de San Bernardino.
—Después de tantas mudanzas y de haber puesto por escrito su historia, si hoy le preguntaran de dónde se siente, ¿respondería con un lugar en el mapa o con una lengua?
—Me gusta que me lo pregunte así, de donde me siento y no de dónde soy. De dónde soy es una pregunta que me sigue resultando muy incómoda y que no me veo capaz de responder, como si no fuera yo quien tuviera potestad para decirlo. Está demasiado ligada a la legalidad y a los “derechos” obtenidos por nacimiento o por genealogía. En cambio, cómo me siento sí que es algo que nadie me puede negar (aunque lo intenten). Después de tantos años en España, me siento medio española medio venezolana. No podría renunciar a ninguna de las dos identidades culturales que me conforman, aunque haya habido etapas de mi vida en las que haya escondido una u otra. Por supuesto que, como toda poeta, vivo en esta lengua que compartimos, en este territorio diverso e infinito, lugar de origen y residencia.
—En el libro conviven un tierno amor por la tierra con la crudeza de la economía, los golpes de Estado y la polarización. ¿Cómo se logra amar un lugar que se está deshaciendo ante sus ojos? ¿Es posible una reconciliación con la tierra que nos vio crecer pero que nos expulsó?
—Creo que pocas personas eran conscientes de lo que estaba sucediendo, de adónde nos llevaría. Y no se hizo caso a las voces que prevenían del desastre. Cada vez nos adaptábamos a las nuevas condiciones de vida y seguíamos adelante. No nos faltaban motivos para seguir amando al país, a pesar de todo. Hasta que el amor no fue suficiente, como en esas relaciones que acaban destruyéndonos.
La tierra nunca nos expulsó. Nos expulsó la sociedad construida sobre ella. Una sociedad que acabó albergando demasiada violencia, demasiado resentimiento y demasiada codicia. Cada historia es diferente y habrá para quien la reconciliación sea psicológicamente imposible todavía o muy difícil. Pero creo que es la única manera de sanar esa herida del todo.
—Aparece en el texto la figura de «rrei» y una conflictividad con lo masculino y sus abusos. Esto transforma el libro en un viaje de madurez y autocuidado. ¿Es La edad infinita también una forma de denunciar un desarraigo de género, más allá del geográfico?
—Mi experiencia vital y mi mirada sobre el mundo están marcadas por mi género. Ser mujer mientras yo crecía era más difícil que hoy en día (en el mundo occidental). Y en las generaciones anteriores a la mía, todavía era peor. Cuando me he encontrado con mujeres mayores que yo en los clubes de lectura, es apabullante ver cómo todas ellas vivieron esa predatización socialmente legitimada o permitida. Que no se nos olvide. No hace tanto que somos consideradas por nuestras sociedades tan humanas, tan cognitivamente capaces y tan ciudadanas como cualquier hombre.
—Usted se ha destacado por integrar tecnología y video en sus recitales. ¿Qué le aporta la imagen proyectada al poema que la palabra escrita no alcanza a cubrir? ¿Busca con ello completar la memoria o fragmentarla aún más?
—El video, en mi caso, está ligado al recital, por eso no se puede relacionar con la palabra escrita sino con la palabra dicha. Quiero que el poema acontezca. Dejo de ser quien lo escribió para ser su intérprete. Y ante mí no veo lectores sino espectadores. Con el video busco multiplicar significados, tirar de alguno de los hilos de los que nació el poema escrito y ver adónde me lleva en ese otro lenguaje. El poema escrito es otra cosa y permanece inalterable en el libro, por mucho que lo transforme en la escena. Y no necesariamente tiene que estar conectado con la memoria. A no ser que consideremos que toda escritura es memoria, que también puede ser una forma de verlo.
—¿De dónde provienen sus influencias más profundas? ¿Siente que hay una tradición venezolana que sigue presente en su obra actual?
—Eso es difícil de contestar sobre una misma. Cómo saber hasta qué punto una lectura nos moldea. Puedo hablarte de poetas fundacionales a los que sigo volviendo, como Ramos Sucre; de libros que no he dejado de recomendar con el paso de los años, como Cuerpo de María Auxiliadora Álvarez; de poéticas que siguen siendo ejemplo, como “que cada palabra lleve lo que dice/que sea como el temblor que la sostiene” de Rafael Cadenas; y de versos que se grabaron en la juventud y nunca más se borraron. También está ahí toda una larga tradición en la poesía venezolana donde está presente la condición migrante como herencia o como experiencia propia. Esa raíz dividida de poetas nacidos en otros rincones del mundo o que nacieron en el país, pero fueron hijos o nietos de migrantes: desde Gerbasi, hasta Miyó Vestrini, Hanni Ossott o Margara Russotto.
—¿De qué modo debemos buscar a la Miriam Reyes real en las páginas de este libro? ¿Es este su texto más autobiográfico o es acaso el más ficcional por el hecho de tener que reconstruir una infancia que ya no existe?
—Preferiría que no me buscaran en mis textos, sino que cada lector/a se busque a sí mismo. O busque un ángulo desde el que mirar el mundo y mirarse, otro encuadre. Entiendo el impulso porque antes que nada yo soy lectora. Quien me conozca supongo que me verá, como yo veo en sus textos a las amigas y amigos que escriben. Me gustaría que mis libros (no solo este) se sostuvieran a sí mismos. Y que no necesitaran de ningún tipo de contexto, al menos mientras sean contemporáneos de sus lectores y lectoras. El libro que se sostiene a sí mismo es el que no necesita de una persona detrás mitificándose.
Respecto a si es más autobiográfico o más ficcional, es cierto que podemos verlo como el más ficcional, junto con Sardiña, porque ambos trabajan con lo que ya no existe. En el resto de mis libros el momento de escritura y el momento de vida están más cerca en el tiempo. Aunque eso tampoco es garantía de autobiografía porque todo ejercicio autobiográfico presenta un grado de ficcionalización del yo (aunque no sea consciente o voluntariamente).
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973