

“Uno de los casos más conocido es el del político Tomás Lander. Falleció en diciembre de 1845. Fue embalsamado por un alemán llamado Gottfried Knoche (‘Kanoche’, en el habla popular). Este inmigrante pasó a formar parte del imaginario nacional debido, precisamente, al arte de retar a la muerte“
Por MIRLA ALCIBÍADES
Cuando fijamos la mirada en siglos pasados, llama la atención la manera cómo se relacionaba la gente con la muerte. No faltó quien la retara. ¿En qué términos se planteó ese desafío? Pues… en buscar los medios de conservar el cuerpo, en negarse a aceptar una despedida definitiva. Para alcanzar tal propósito, contaron con la ciencia y con la técnica.
La primera de ellas, la ciencia, fue aliada de Álvaro Mutis en la Nueva Granada por allá, en la primera mitad del siglo XVIII. Cuando Miguel de Santiste van hizo el viaje desde Lima hasta Caracas en los años cuarentas de aquella centuria, pudo comprobar que el neogranadino había logrado embalsamar un pájaro. Este testimonio nos dice que el científico iniciaba un experimento que, con el paso del tiempo, sería práctica bastante socorrida. No eran conocimientos novedosos, desde luego, nuestros ascendientes indígenas los practicaban desde siglos atrás. Pero en el caso de Mutis, todo indica que instrumentaba procedimientos europeos.
Con el paso del tiempo el procedimiento se aplicó a las personas. Fue así cómo en todo el continente se dieron casos de personas embalsamadas. Tal vez uno de los más conocidos sea el que se vio en el Ecuador de 1875. Como recordarán, ese año la conjunción de machetes y balas acabaron con la vida del presidente (o dictador, para otros) Gabriel García Moreno.
El cuerpo despedazado fue recogido del pavimento ensangrentado y recompuesto en la medida que se pudo. Para velar el cadáver, acudieron a una modalidad poco convencional: vistieron al difunto con uniforme de gala, le colgaron todas las condecoraciones que había obtenido a lo largo de su no muy larga existencia, lo sentaron en la silla presidencial, buscaron un fotógrafo y le tomaron al muerto el mayor número de fotografías que pudieron. No contentos con cumplir operación tan compleja, la imagen del expresidente sentado y embalsamado fue impresa y repartida entre quienes la pudieron desear.
En Venezuela no quedamos atrás en práctica tan peculiar. Uno de los casos más conocido es el del político Tomás Lander. Falleció en diciembre de 1845. Fue embalsamado por un alemán llamado Gottfried Knoche (‘Kanoche’, en el habla popular). Este inmigrante pasó a formar parte del imaginario nacional debido, precisamente, al arte de retar a la muerte.
El cadáver de Lander permaneció en su casa hasta 1884. Los familiares se habituaron a verlo, sentado frente a su escritorio en actitud de iniciar la redacción de una de sus prestigiadas reflexiones. El año que indico, lo que quedaba de él se trasladó al Panteón Nacional.
Esta relación con la muerte tuvo en Venezuela aristas complejas. En 1839, había muerto un pequeño en el barrio de La Candelaria. El padre quiso conservar el cadáver el mayor tiempo que fuera posible. No quería desprenderse de él. Cuando finalmente aceptó inhumarlo, «reventó el cuerpo, o lo que es igual, hízole despedir hedor intolerable» (decía la noticia de prensa). Una persona que se hallaba cerca fue ‘salpicada’ por los restos putrefactos. Murió poco después. Con certeza, el dolido progenitor no tenía conocimiento o no pudo pagar el tratamiento conservador que vengo abordando.
La muerte de un alto prelado de la Iglesia imponía un activo tratamiento corporal que significaba mantener partes de su humanidad en frascos con formol. El corazón era el órgano privilegido en este proceso con ambición exhibicionista. No sólo se utilizaba en el ámbito eclesial, también se aplicaba en otros espacios, incluso en el militar. No olvidemos que con el corazón de Atanasio Girardot se practicó el mismo procedimiento.
La técnica fotográfica también fue un recurso habitual para evitar el olvido. Quienes podían, contrataban un fotógrafo. Así ocurrió en todo el país. Por ejemplo, en 1862 Puerto Cabello contó con los servicios del especialista Pedro Coll Font. Como en todo el país, este ofrecía el «retrato de cadáveres».
Al momento de fotografiar un niño fallecido, había requerimientos que cumplir. La costumbre era que el pequeño mantuviera los ojos abiertos. Para ello le colocaban palillos o cerillas, los que impedían que los párpados se juntaran. Parte de la vestimenta que se utilizaban en estos casos consistía en colocar alas de papel para proyectar la imagen angelical del pequeñito o pequeñita. Esa idea llevó a utilizar el término de «angelitos», para referirse al cadáver de un bebé. En suma, la gente aprendió a engañarla y a vivir con la muerte.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973